"31 de Diciembre de 2013, 22:36.
Queda apenas hora y media para que acabe esta mierda de año.
Estoy sola, en mi cama, llorando.
Mis padres se han ido esta noche de cena —¡cómo no!—. Me habían repetido como una veinte mil veces que me fuera con ellos, que quedarme en casa sin nadie no era la solución.
"Mamá, ¿crees que después de todo lo que ha pasado tengo ganas de salir?", le dije a mi madre.
No contestó, la respuesta era obvia.
Mi novio, acababa de dejarme por una zorra rubia con el tipo de una barbie estúpida. Prefería no hablar de ella; me ponía de los nervios. No sé si tenía más rabia que dolor en mi pecho o viceversa, pero el sentimiento era agonizante.
Después de 17 meses juntos, Álex me había dejado. Tenía que asumirlo. Debía asumirlo. Pero no, con lo cabezota que era, no podía. O no quería.
Tantos momentos a su lado, tantas esperanzas que se habían ido al traste...
Encendí la televisión. Todo eran personas felices celebrando el final del año, esperando con ansia el 2014.
Puse Antena 3. ¡OH!, la famosa Puerta del Sol. Madrid. Millones de personas concentradas bajo un estúpido reloj que elegía cuándo hacer que toda esa gente saltase y, aunque fuesen completos desconocidos, se felicitasen como si se conociesen de toda la vida. ¡Qué asco!
Empecé a hacer zapping, la felicidad que trasmitían me daba demasiada envidia, sobre todo, porque era allí, en Madrid, dónde debería estar ahora con él, y no en mi cama, sin nadie.
Pensarlo no iba a cambiar nada, pero me daba igual. Aún así, algo tenía que hacer, si no dejaba de darle vueltas, iba a estallarme la cabeza.
Cogí el ordenador, lo encendí y puse la primera canción que el "Aleatorio" había elegido para mí.
«A thousand years», de Christina Perri.
Perfecto, era lo que necesitaba.
No la cambié; decidí dejarla y ponerme a escribir. Abrí un momento el Facebook para ver nuevas solicitudes de amistad, si me habían "felicitado el año", o simplemente para revisar mis fotos y esas tonterías que hago cuando me aburro.
1 petición de amistad.
"¿Y ahora quién puede ser?", pensé, a esas horas de la noche, y siendo el día que era, no esperaba que nadie me pidiese ninguna solicitud.
«David García», leí. Chico de Barcelona, de 19 años y con una capucha en la foto de perfil.
Cotilleé un poco su biografía y le eché un vistazo a sus fotos. ¡Dios!, tenía los ojos más bonitos que había visto en mi vida. Un precioso verde azulado le cubría ambas pupilas, y...
"¡Para, Cía!", me dije. "Acabas de salir de una relación, y él es de Barcelona. ¡Olvídalo!", y eso es lo que hice.
Rechacé la solicitud. Cerré sesión, y apagué el ordenador. Lo dejé encima de la mesita y volví a la cama.
Me dormí con su imagen en la cabeza, sabiendo que en la vida volvería a saber de él: David..."
Cía es una adolescente de Zaragoza que se va a Barcelona por motivos de trabajo de su padre durante el verano, y en parte, por olvidar a su ex novio, Álex. Allí conoce a un chico llamado David, y todo va genial hasta que un día, Álex se presenta en su apartamento diciéndole que la echa de menos. ¿Qué pasará entre ambos?, ¿Cía se quedará con David, con Álex o con ninguno?
miércoles, 31 de diciembre de 2014
lunes, 22 de diciembre de 2014
Capítulo 35.
"Joder, me estaba escuchando...", se dijo Cía en el pensamiento.
Silencio.
—¿Puedes contestarme ya..., Cía...?
—¿Sabes?, en aquél momento no hubiese sabido decírtelo... Él ha sido mi pasado. Tú... Tú eres mi presente, pero no sé si podrás ser mi futuro.
»Supuestamente debería haberme ido ya a Zaragoza; pero no pude. Necesitaba encontrarte, saber que estarías bien cuando yo me fuese.
—¿Y cuándo te vayas?, ¿qué pasará conmigo? ¿Crees que estaré bien?
Silencio de nuevo.
—Dime si lo crees, Cía.
—No, sé que no lo estarás..., pero no puedo hacer nada...
»Tengo que irme y no puedo quedarme.
De pronto, oyeron ramas quebrarse en el suelo y ambos se giraron de repente.
—¿En serio creíais que ibais a ir muy lejos?, sobre todo con el inútil de David en ese estado... Jajajaja, ¡qué ignorantes!
Laura.
—¿Qué quieres, Laura...? —preguntó Cía sin entender cómo les había encontrado.— ¿No te cansas...?
—¿Crees que algo que me gusta, me cansa, cariño?
—Pensé que éramos amigas..., las amigas no se hacen esto, ¡Dios!
—¿Amigas? —preguntó Laura retóricamente—. No me hagas reír, yo nunca te he considerado "Amiga".
»Me acerqué a ti por David, simplemente. No podía hacerme a la idea de que mi chico estuviese en brazos de una zorra como tú.
»No lo conseguí del todo..., pero no me he dado por vencida, como habrás podido comprobar. El problema de todo, es que me estás cansando demasiado. Quieres hacerte la héroe y sólo me estás jodiendo.
—Te estoy, ¿qué...?
—¡Cállate! —chilló Laura—Tráele ya, Chistian.
"¿Traer...?, ¿a quién...?", pensó David.
De repente, vieron al "supuesto Christian" acercarse con un chico que parecía estar sacado de una antigua mazmorra, sin haber comido durante días, y sin haberse duchado durante un mes como mínimo.
Christian era alto, 1'85 aparentemente; tenía el pelo de color cobre y lo llevaba revuelto, sus bíceps se marcaban bastante debajo de la camiseta ajustada de manga corta que llevaba en aquel momento, y sus pectorales también... Pero lo que realmente llamó la atención de aquél chico, no fueron sus increíbles ojos grises... Fue, que el chico que llevaba agarrado de las muñecas, era Álex.
Si no hubiese sido porque Cía conocía de sobra a su ex novio, nunca habría adivinado que era él, "ese chico".
Tenía unas ojeras que le llegaban al suelo, moradas y con bolsas; la piel, la tenía sucia y estaba llena de tierra, no llevaba ninguna camiseta para el frío que hacia y se le notaban las costillas, sobresalientes.
Apenas habían pasado varios días..., pero por lo visto, nadie le había dado de comer. Seguía teniendo una venda cubriéndole los ojos, mugrosa y medio rota.
Christian empujó a Álex y éste cayó al suelo de rodillas. No podía articular palabra, y Cía únicamente quería chillar y pedir socorro; pero de repente vio lo que nunca pudo imaginar de una de "sus mejores amigas".
Laura sacó de la parte trasera de sus pantalones un revólver, lo puso en la cabeza del chico arrodillado, y mirando a Cía a los ojos, pronunció:
—¿Y ahora qué, Cía...? Elige. Álex, o David.
Silencio.
—¿Puedes contestarme ya..., Cía...?
—¿Sabes?, en aquél momento no hubiese sabido decírtelo... Él ha sido mi pasado. Tú... Tú eres mi presente, pero no sé si podrás ser mi futuro.
»Supuestamente debería haberme ido ya a Zaragoza; pero no pude. Necesitaba encontrarte, saber que estarías bien cuando yo me fuese.
—¿Y cuándo te vayas?, ¿qué pasará conmigo? ¿Crees que estaré bien?
Silencio de nuevo.
—Dime si lo crees, Cía.
—No, sé que no lo estarás..., pero no puedo hacer nada...
»Tengo que irme y no puedo quedarme.
De pronto, oyeron ramas quebrarse en el suelo y ambos se giraron de repente.
—¿En serio creíais que ibais a ir muy lejos?, sobre todo con el inútil de David en ese estado... Jajajaja, ¡qué ignorantes!
Laura.
—¿Qué quieres, Laura...? —preguntó Cía sin entender cómo les había encontrado.— ¿No te cansas...?
—¿Crees que algo que me gusta, me cansa, cariño?
—Pensé que éramos amigas..., las amigas no se hacen esto, ¡Dios!
—¿Amigas? —preguntó Laura retóricamente—. No me hagas reír, yo nunca te he considerado "Amiga".
»Me acerqué a ti por David, simplemente. No podía hacerme a la idea de que mi chico estuviese en brazos de una zorra como tú.
»No lo conseguí del todo..., pero no me he dado por vencida, como habrás podido comprobar. El problema de todo, es que me estás cansando demasiado. Quieres hacerte la héroe y sólo me estás jodiendo.
—Te estoy, ¿qué...?
—¡Cállate! —chilló Laura—Tráele ya, Chistian.
"¿Traer...?, ¿a quién...?", pensó David.
De repente, vieron al "supuesto Christian" acercarse con un chico que parecía estar sacado de una antigua mazmorra, sin haber comido durante días, y sin haberse duchado durante un mes como mínimo.
Christian era alto, 1'85 aparentemente; tenía el pelo de color cobre y lo llevaba revuelto, sus bíceps se marcaban bastante debajo de la camiseta ajustada de manga corta que llevaba en aquel momento, y sus pectorales también... Pero lo que realmente llamó la atención de aquél chico, no fueron sus increíbles ojos grises... Fue, que el chico que llevaba agarrado de las muñecas, era Álex.
Si no hubiese sido porque Cía conocía de sobra a su ex novio, nunca habría adivinado que era él, "ese chico".
Tenía unas ojeras que le llegaban al suelo, moradas y con bolsas; la piel, la tenía sucia y estaba llena de tierra, no llevaba ninguna camiseta para el frío que hacia y se le notaban las costillas, sobresalientes.
Apenas habían pasado varios días..., pero por lo visto, nadie le había dado de comer. Seguía teniendo una venda cubriéndole los ojos, mugrosa y medio rota.
Christian empujó a Álex y éste cayó al suelo de rodillas. No podía articular palabra, y Cía únicamente quería chillar y pedir socorro; pero de repente vio lo que nunca pudo imaginar de una de "sus mejores amigas".
Laura sacó de la parte trasera de sus pantalones un revólver, lo puso en la cabeza del chico arrodillado, y mirando a Cía a los ojos, pronunció:
—¿Y ahora qué, Cía...? Elige. Álex, o David.
lunes, 8 de diciembre de 2014
Capítulo 34.
—No preguntes... —dijo en voz baja Cía.
David no podía preguntar aunque quisiese, seguía en shock.
"¿Ella?, ¿qué hace aquí...?", se repetía una y otra vez el chico de los ojos verdes azulados.
—Vamos, levanta, tenemos que irnos.
Cía cogió a David por debajo de los hombros y conforme pudo, lo levantó. Notaba más de lo normal su peso sobre ella, pero aún así, consiguió mantenerlo en pie. David estaba demacrado; el contorno de sus ojos había cogido un tono amoratado y sus labios no eran los de siempre, finos cortes rodeaban su boca a causa del frío, igual que sus manos. Apenas podía abrir los ojos, de haber estado días y días con esa mugrosa venda cubriéndoselos. Balbuceaba preguntas como "¿Dónde me llevas?" o "¿Qué haces aquí?" un tanto inentendibles, pero que después de repetidas veces, pudo llegar a descifrar.
Estaban en el bosque, era casi media noche y el frió empezaba a actuar. David, que sólo llevaba una camiseta de manga corta y su famosa chaqueta con capucha, comenzó a tiritar. Iba cayéndose por cada tres pasos que daba, y de hecho, de haberse tratado de una carrera de caballos, siendo él uno de ellos, ni el más tonto hubiese apostado a su favor. Aún así, Cía continuó el camino sin importarle que se fuera cayendo sucesivamente, quería sacarle de allí cuanto antes, le dolía verle en aquel mal estado, tanto físico, como psicológico.
Sacó su Iphone 5C de su bolsillo y vio las líneas que marcaban la cobertura.
"0, sin cobertura." Absolutamente nada.
"Mierda", pensó Cía, "¿Y ahora qué...?"
—Siéntate ahí, David. Necesito descansar.
David hizo caso omiso a lo que ella le había dicho, y dio dos pasos más.
—¿¡Pero qué te acabo de decir!?, ¡no puedes caminar sin mí, dios! —le chilló Cía—. Pf... Lo siento, perdóname, no quería chillarte.
—No te... preocupes... Estoy... bien.
David se fue deslizando por el tronco de un árbol hacia el suelo hasta conseguir sentarse, y acto seguido, Cía se colocó a su lado.
—Ven, acuéstate, anda —le dijo la chica indicándole que apoyase su cabeza en sus piernas.
David, sin pensárselo dos veces, terminó de acostarse en el suelo y apoyando la cabeza en las piernas de ella, cerró los ojos.
Pasados cinco minutos, su respiración le delataba; se había dormido.
Cuántas veces le había visto dormir, y aún así nunca se cansaba...
—Ahora que apuesto que no me escuchas... Creo que debo decirte lo que ha ocurrido... —Comenzó a narrar Cía.
»Sé que te fuiste de mi casa cabreado y a la vez "triste" por la carta de Álex, que resultó ser de Laura, porque desconfiaste de mí y no tuviste razón... Pero también lo vi todo...
»Cuando saliste de mi casa, estaba mirándote por la ventana, queriendo chillar que volvieses... Te seguí casi hasta tu casa... Y entonces lo presencié todo... Observé cómo un hombre, o al menos eso aparentaba ser, vestido de negro, con un pasamontañas y ambos guantes del mismo color, te tapaba la boca con un pañuelo empapado de cloroformo, supongo, pues caíste rendido a la primera de cambio.
»Corrí a toda prisa, queriendo alcanzar el coche, pero llegué tarde... —suspiró y continuó...— Ay, pequeño... No lo sabías, porque no te lo había dicho, pero conduzco desde mayo. Así que sin pedirle permiso a mis padres, hice lo que cualquier adolescente de dieciocho años hubiese hecho de darse el caso de "secuestro a su novio", o no... Quién sabe. En fin, que salí en tu "búsqueda". No me fue difícil localizar el coche que te había secuestrado, pues por suerte o por desgracia, su tubo de escape soltaba una especie de líquido que me resultó más fácil el seguimiento.
»Al llegar al lugar donde te retuvieron dos días seguidos, bajé del coche, consiguiendo que no me viesen, y les seguí.
»La vi, David... Vi que había sido ella, y no pude reprimir mi ira. Allí estaba Laura con dos hombres, supongo que contratados, y Álex. Tú estabas enfrente de él, con los ojos cerrados. Ambos estabais igual, y ahí... Ahí no supe a quién de los dos necesitaba, no supe a quién quería, David.
Al oír su nombre, el chico comenzó a abrir los ojos, pero antes de hacerlo murmuró:
—¿Y a quién quieres, Cía...?
David no podía preguntar aunque quisiese, seguía en shock.
"¿Ella?, ¿qué hace aquí...?", se repetía una y otra vez el chico de los ojos verdes azulados.
—Vamos, levanta, tenemos que irnos.
Cía cogió a David por debajo de los hombros y conforme pudo, lo levantó. Notaba más de lo normal su peso sobre ella, pero aún así, consiguió mantenerlo en pie. David estaba demacrado; el contorno de sus ojos había cogido un tono amoratado y sus labios no eran los de siempre, finos cortes rodeaban su boca a causa del frío, igual que sus manos. Apenas podía abrir los ojos, de haber estado días y días con esa mugrosa venda cubriéndoselos. Balbuceaba preguntas como "¿Dónde me llevas?" o "¿Qué haces aquí?" un tanto inentendibles, pero que después de repetidas veces, pudo llegar a descifrar.
Estaban en el bosque, era casi media noche y el frió empezaba a actuar. David, que sólo llevaba una camiseta de manga corta y su famosa chaqueta con capucha, comenzó a tiritar. Iba cayéndose por cada tres pasos que daba, y de hecho, de haberse tratado de una carrera de caballos, siendo él uno de ellos, ni el más tonto hubiese apostado a su favor. Aún así, Cía continuó el camino sin importarle que se fuera cayendo sucesivamente, quería sacarle de allí cuanto antes, le dolía verle en aquel mal estado, tanto físico, como psicológico.
Sacó su Iphone 5C de su bolsillo y vio las líneas que marcaban la cobertura.
"0, sin cobertura." Absolutamente nada.
"Mierda", pensó Cía, "¿Y ahora qué...?"
—Siéntate ahí, David. Necesito descansar.
David hizo caso omiso a lo que ella le había dicho, y dio dos pasos más.
—¿¡Pero qué te acabo de decir!?, ¡no puedes caminar sin mí, dios! —le chilló Cía—. Pf... Lo siento, perdóname, no quería chillarte.
—No te... preocupes... Estoy... bien.
David se fue deslizando por el tronco de un árbol hacia el suelo hasta conseguir sentarse, y acto seguido, Cía se colocó a su lado.
—Ven, acuéstate, anda —le dijo la chica indicándole que apoyase su cabeza en sus piernas.
David, sin pensárselo dos veces, terminó de acostarse en el suelo y apoyando la cabeza en las piernas de ella, cerró los ojos.
Pasados cinco minutos, su respiración le delataba; se había dormido.
Cuántas veces le había visto dormir, y aún así nunca se cansaba...
—Ahora que apuesto que no me escuchas... Creo que debo decirte lo que ha ocurrido... —Comenzó a narrar Cía.
»Sé que te fuiste de mi casa cabreado y a la vez "triste" por la carta de Álex, que resultó ser de Laura, porque desconfiaste de mí y no tuviste razón... Pero también lo vi todo...
»Cuando saliste de mi casa, estaba mirándote por la ventana, queriendo chillar que volvieses... Te seguí casi hasta tu casa... Y entonces lo presencié todo... Observé cómo un hombre, o al menos eso aparentaba ser, vestido de negro, con un pasamontañas y ambos guantes del mismo color, te tapaba la boca con un pañuelo empapado de cloroformo, supongo, pues caíste rendido a la primera de cambio.
»Corrí a toda prisa, queriendo alcanzar el coche, pero llegué tarde... —suspiró y continuó...— Ay, pequeño... No lo sabías, porque no te lo había dicho, pero conduzco desde mayo. Así que sin pedirle permiso a mis padres, hice lo que cualquier adolescente de dieciocho años hubiese hecho de darse el caso de "secuestro a su novio", o no... Quién sabe. En fin, que salí en tu "búsqueda". No me fue difícil localizar el coche que te había secuestrado, pues por suerte o por desgracia, su tubo de escape soltaba una especie de líquido que me resultó más fácil el seguimiento.
»Al llegar al lugar donde te retuvieron dos días seguidos, bajé del coche, consiguiendo que no me viesen, y les seguí.
»La vi, David... Vi que había sido ella, y no pude reprimir mi ira. Allí estaba Laura con dos hombres, supongo que contratados, y Álex. Tú estabas enfrente de él, con los ojos cerrados. Ambos estabais igual, y ahí... Ahí no supe a quién de los dos necesitaba, no supe a quién quería, David.
Al oír su nombre, el chico comenzó a abrir los ojos, pero antes de hacerlo murmuró:
—¿Y a quién quieres, Cía...?
lunes, 1 de diciembre de 2014
Capítulo 33.
"No sé dónde estoy, tengo una venda o una especie de antifaz viejo y mugriento en los ojos. Sólo noto el tacto de la fría tierra bajo mis manos. Está húmeda, pero no parece que haya signo alguno de que nazca césped por aquí, o cualquier hierbajo.
—¡Para ya, David, deja de martirizarte! —me digo a mí mismo.
Pero sigo sin hacerme caso, no creo que pueda dejar de pensar en ella, pero debería; aunque total, nunca hago lo que debo.
Oigo pasos, cómo unos pies se van acercando. Intento relajarme, pero hasta yo mismo escucho mis propios latidos. Me vuelven a tocar esas manos frías las muñecas, y siento cómo me van desatando esa especie de cuerda, que sigo sin saber si se trata de una cuerda o de una brida, de lo fina que es.
Me vuelve a acariciar la cara, pero esta vez más suavemente que la vez anterior; siento cómo me va a quitar la venda de los ojos y noto cómo lo hace.
Vuelvo a estar ciego completamente, el sol me ha anulado la visión. Poco a poco voy recuperando la vista, pero sigo viendo nublado.
Al cabo de los minutos, cuando por fin puedo ver más allá de un par de centímetros de distancia, la veo; allí está... Ella. Quién nunca me hubiese esperado..."
—Hola David.
"Cía...", dice mi pensamiento.
No sé tampoco decir si es de día o de noche. Tengo las manos anudadas detrás de la espalda y no puedo quitarme el objeto que me tapa los ojos.
Los pies, en cambio, los tengo libres, pero de poco me sirve, de momento no soy ningún experto en gimnasia rítmica y mi elasticidad es más bien poca.
Los pies, en cambio, los tengo libres, pero de poco me sirve, de momento no soy ningún experto en gimnasia rítmica y mi elasticidad es más bien poca.
He perdido la cuenta, no sé si pasan minutos, horas o incluso días; sólo sé que llevo sin beber desde hace mucho y que mi boca pide a gritos un poco de agua, o bastante. Noto cómo mis manos arden, pero a la vez están congeladas, y claro, instintivamente me acuerdo de aquello que leí una vez...
«Soy como el hielo,
transparente,
a veces brillante,
puedo adoptar varias formas,
pero seguiré siendo lo mismo,
eso,
hielo.
Si me tocas a veces quemo,
y otras veces en cambio me derrito.
Si me sueltas me parto en mil pedazos.
Y a veces sin razón alguna, me quiebro.»
Me ha venido automáticamente a la cabeza y mi mente sólo puede pensar en sus manos calientes, en cómo acariciaban las mías.
—¡Para ya, David, deja de martirizarte! —me digo a mí mismo.
Pero sigo sin hacerme caso, no creo que pueda dejar de pensar en ella, pero debería; aunque total, nunca hago lo que debo.
Oigo pasos, cómo unos pies se van acercando. Intento relajarme, pero hasta yo mismo escucho mis propios latidos. Me vuelven a tocar esas manos frías las muñecas, y siento cómo me van desatando esa especie de cuerda, que sigo sin saber si se trata de una cuerda o de una brida, de lo fina que es.
Me vuelve a acariciar la cara, pero esta vez más suavemente que la vez anterior; siento cómo me va a quitar la venda de los ojos y noto cómo lo hace.
Vuelvo a estar ciego completamente, el sol me ha anulado la visión. Poco a poco voy recuperando la vista, pero sigo viendo nublado.
Al cabo de los minutos, cuando por fin puedo ver más allá de un par de centímetros de distancia, la veo; allí está... Ella. Quién nunca me hubiese esperado..."
—Hola David.
"Cía...", dice mi pensamiento.
miércoles, 26 de noviembre de 2014
Capítulo 31 y 32
Varias horas después de lo sucedido...
No veía absolutamente nada. Algo le estaba cubriendo los ojos, o definitivamente se había quedado ciego. Tenía la boca seca, como si le hubiesen metido anteriormente un aspirador de esos que utilizan los dentistas para absorber la saliva. Notaba cómo sus labios le ardían, cómo aún quedaban pequeñas partículas de sangre en la comisura de su boca.
Empezó a asustarse.
Quiso levantarse, pero el movimiento fue en vano. Tenía las manos sujetas a la silla en la que estaba sentado; pero no hubiese sabido decir con qué, si con una cuerda demasiado fina, o con bridas. Pasó lo mismo con los pies, tenía las piernas abiertas, enganchadas cada una a una pata, y le fue imposible.
Desconocía el porqué estaba allí, sobre todo él, cuando en su vida había hecho nada malo; excepto decir una que otra mentira, y tampoco.
Olía a húmedo y a lugar cerrado, pero no fue ese su mayor problema.
De repente escuchó una voz que le resultó demasiado familiar.
—¿Ho...la?, ¿hay alguien... Ahí? —dijo esa voz.
—¿Álex?, ¿Álex, eres... Tú? —preguntó extrañado David conforme pudo.
—¿David?, ¿qué haces aquí?, ¿por qué no puedo verte?
—Eso debería preguntarte yo a ti... —dijo David tragando saliva—. ¿Qué significa que no puedes verme?, ¿también te han tapado los ojos?
—¿También? —se extrañó Álex—. ¿Se puede saber qué tipo de broma es esta, y por qué estamos los dos sentados y atados?, ¿¡qué coño está pasando aquí!?
Inesperadamente oyeron cómo una puerta se cerraba de golpe, y unos pasos caminaban hacia ellos.
Alguien estaba empezando a tocarle la cara a David. Esa persona tenía las manos frías pero finas y a la vez grandes. No sabía decir si se trataban de manos masculinas o femeninas.
Notó cómo se iba separando de él...
—¡Decidme qué tiene Cía que no tiene cualquier chica! —dijo la voz desconocida.
—¿¡Quién eres y por qué nos tienes aquí atados!? —chilló Álex.
—¿He dicho que hables? —preguntó la misma voz.
—¡AH! —chilló Álex.
David sabía que aquello no era ninguna broma. Que delante de ellos había alguien absolutamente ido de la cabeza y que lo mejor iba a ser no decir nada. Suponía que esa persona había golpeado a Álex tan fuertemente que había hecho que éste perdiera el conocimiento y por ello no dijese nada.
Súbitamente se acercó a él de nuevo y le acarició la cara una vez más.
—Eres tan precioso, David... —dijo la voz desconocida.— Lo tienes todo...
»Y yo... Yo... ¡Mírame! Yo no tengo absolutamente nada...
—No puedo... mirarte... —dijo el chico intentando calmar el tono alterado y asustadizo de su voz.
—¡Cállate!, ¡ni falta que hace!
Y dicho esto, desapareció.
_________________________________________________________________
"¿Dónde estamos y por qué, por qué nosotros?, ¿qué tiene que ver Cía en todo esto...?", pensaba continuamente David.
Álex acababa de despertarse de nuevo y estaba volviendo a quejarse.
—Estamos en las mismas, Álex. Haz el favor de callarte porque aún la tendremos.
—¿Pero tenerla de qué, David?, ¿¡no te das cuenta de que esto es un secuestro en toda regla!?
—Sí... —respondió David apagando la voz...
Volvió a abrirse la puerta, pero esta vez habían más de dos personas. Comenzó a oír cómo desataban a Álex de su silla y los gritos de él.
—¿Qué hacéis?, ¿dónde me lleváis? —chillaba Álex mientras su voz se iba alejando.
—¿Dónde os lo lleváis...? —preguntó esta vez David, con un hilo de voz, pero su pregunta no obtuvo respuesta alguna.
Silencio.
Éste empezó a llorar de la rabia e impotencia. Empezó a pensar en Cía. En todos los momentos a su lado, en cómo la había dejado llorando en su habitación la última noche. No sabía cuánto tiempo había pasado desde aquello, pues los minutos allí, sin ver absolutamente nada, pasaban como horas.
El tiempo le engañaba. Sin duda no era lo mismo una hora con Cía, que 60 minutos sin ella.
Comenzó a sudar y a ponerse nervioso, cada segundo en aquél lugar le ponía más enfermo. No sabía en qué momento iba a entrar alguien por la puerta, cuándo le traerían comida, y lo más importante, cuándo le llevarían algo para beber. Estaba empezando a deshidratarse cuando se abrió nuevamente la puerta.
—¿Quién está ahí? —preguntó el chico ya sin apenas voz.
Un vaso de agua le rozó los labios, y David abrió la boca al máximo con el fin de tragar la mayor cantidad de agua posible.
—Gracias...
—De nada —dijo de nuevo la voz desconocida, tocándole esta vez la mano.
Al tacto de ésta, sintió cómo un escalofrío le recorría todo el cuerpo, y sin quererlo, preguntó:
—¿Laura...?
De nuevo se creó el silencio...
—Lo siento David...
Y dicho esto, el chico de los ojos verdes azulados, volvió a dormirse bajo los efectos del somnífero diluido en el agua...
No veía absolutamente nada. Algo le estaba cubriendo los ojos, o definitivamente se había quedado ciego. Tenía la boca seca, como si le hubiesen metido anteriormente un aspirador de esos que utilizan los dentistas para absorber la saliva. Notaba cómo sus labios le ardían, cómo aún quedaban pequeñas partículas de sangre en la comisura de su boca.
Empezó a asustarse.
Quiso levantarse, pero el movimiento fue en vano. Tenía las manos sujetas a la silla en la que estaba sentado; pero no hubiese sabido decir con qué, si con una cuerda demasiado fina, o con bridas. Pasó lo mismo con los pies, tenía las piernas abiertas, enganchadas cada una a una pata, y le fue imposible.
Desconocía el porqué estaba allí, sobre todo él, cuando en su vida había hecho nada malo; excepto decir una que otra mentira, y tampoco.
Olía a húmedo y a lugar cerrado, pero no fue ese su mayor problema.
De repente escuchó una voz que le resultó demasiado familiar.
—¿Ho...la?, ¿hay alguien... Ahí? —dijo esa voz.
—¿Álex?, ¿Álex, eres... Tú? —preguntó extrañado David conforme pudo.
—¿David?, ¿qué haces aquí?, ¿por qué no puedo verte?
—Eso debería preguntarte yo a ti... —dijo David tragando saliva—. ¿Qué significa que no puedes verme?, ¿también te han tapado los ojos?
—¿También? —se extrañó Álex—. ¿Se puede saber qué tipo de broma es esta, y por qué estamos los dos sentados y atados?, ¿¡qué coño está pasando aquí!?
Inesperadamente oyeron cómo una puerta se cerraba de golpe, y unos pasos caminaban hacia ellos.
Alguien estaba empezando a tocarle la cara a David. Esa persona tenía las manos frías pero finas y a la vez grandes. No sabía decir si se trataban de manos masculinas o femeninas.
Notó cómo se iba separando de él...
—¡Decidme qué tiene Cía que no tiene cualquier chica! —dijo la voz desconocida.
—¿¡Quién eres y por qué nos tienes aquí atados!? —chilló Álex.
—¿He dicho que hables? —preguntó la misma voz.
—¡AH! —chilló Álex.
David sabía que aquello no era ninguna broma. Que delante de ellos había alguien absolutamente ido de la cabeza y que lo mejor iba a ser no decir nada. Suponía que esa persona había golpeado a Álex tan fuertemente que había hecho que éste perdiera el conocimiento y por ello no dijese nada.
Súbitamente se acercó a él de nuevo y le acarició la cara una vez más.
—Eres tan precioso, David... —dijo la voz desconocida.— Lo tienes todo...
»Y yo... Yo... ¡Mírame! Yo no tengo absolutamente nada...
—No puedo... mirarte... —dijo el chico intentando calmar el tono alterado y asustadizo de su voz.
—¡Cállate!, ¡ni falta que hace!
Y dicho esto, desapareció.
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"¿Dónde estamos y por qué, por qué nosotros?, ¿qué tiene que ver Cía en todo esto...?", pensaba continuamente David.
Álex acababa de despertarse de nuevo y estaba volviendo a quejarse.
—Estamos en las mismas, Álex. Haz el favor de callarte porque aún la tendremos.
—¿Pero tenerla de qué, David?, ¿¡no te das cuenta de que esto es un secuestro en toda regla!?
—Sí... —respondió David apagando la voz...
Volvió a abrirse la puerta, pero esta vez habían más de dos personas. Comenzó a oír cómo desataban a Álex de su silla y los gritos de él.
—¿Qué hacéis?, ¿dónde me lleváis? —chillaba Álex mientras su voz se iba alejando.
—¿Dónde os lo lleváis...? —preguntó esta vez David, con un hilo de voz, pero su pregunta no obtuvo respuesta alguna.
Silencio.
Éste empezó a llorar de la rabia e impotencia. Empezó a pensar en Cía. En todos los momentos a su lado, en cómo la había dejado llorando en su habitación la última noche. No sabía cuánto tiempo había pasado desde aquello, pues los minutos allí, sin ver absolutamente nada, pasaban como horas.
El tiempo le engañaba. Sin duda no era lo mismo una hora con Cía, que 60 minutos sin ella.
Comenzó a sudar y a ponerse nervioso, cada segundo en aquél lugar le ponía más enfermo. No sabía en qué momento iba a entrar alguien por la puerta, cuándo le traerían comida, y lo más importante, cuándo le llevarían algo para beber. Estaba empezando a deshidratarse cuando se abrió nuevamente la puerta.
—¿Quién está ahí? —preguntó el chico ya sin apenas voz.
Un vaso de agua le rozó los labios, y David abrió la boca al máximo con el fin de tragar la mayor cantidad de agua posible.
—Gracias...
—De nada —dijo de nuevo la voz desconocida, tocándole esta vez la mano.
Al tacto de ésta, sintió cómo un escalofrío le recorría todo el cuerpo, y sin quererlo, preguntó:
—¿Laura...?
De nuevo se creó el silencio...
—Lo siento David...
Y dicho esto, el chico de los ojos verdes azulados, volvió a dormirse bajo los efectos del somnífero diluido en el agua...
lunes, 10 de noviembre de 2014
Capítulo 30.
David no podía creerse lo que estaba viendo, sentía que ese papel ardía en sus manos cual fuego acabado de encender.
Encendido él también de rabia, se acercó a Cía y la despertó:
—¿¡Me puedes decir qué es esto, Cía!?
—¿Qué...? —contestó ella aún con las sábanas pegadas a la cara.
—¡Mírame por Dios!
—David... No chilles... Mis padres están durmiendo...
Éste, sabiendo que estaba alzando demasiado la voz para las horas que eran, decidió empezar a relajarse. Llevaba únicamente unos bóxers de Calvin Klein que se había puesto anteriormente para no estar completamente desnudo, pero sentía que hasta ese mínimo trozo de tela le sobraba. Le ardía todo el cuerpo y exactamente por fiebre no era. Cía, cubriéndose los pechos se incorporó en la cama; no entendía por qué, de haber sido otra situación, le hubiese dado igual ir desnuda ante él, pero en ese mismo momento, lo único que podía hacer para no sentirse tan insignificante y pequeña era taparse, aunque fuese de aquella manera. Hecho esto, se incorporó en la cama y encendió la luz de la lamparita de noche.
—A ver, ahora dime qué pasa, y a qué viene tanto jaleo...
—Mira esto, Cía, joder.
David, le entregó la nota, arrugada, claramente, y miró hacia la ventana para no seguir mirándola a ella.
Había dejado de llover... «¿Tanto tiempo ha pasado desde entonces?», pensó.
—David... Esta letra no es de Álex...
—¿Cómo que no es de Álex, Cía? —dijo él, de nuevo en tono acusador—. ¿Me ves cara de imbécil o es que te diviertes riéndote de mí?
—Perdona, pero conozco la letra de mi ex novio y te puedo asegurar que no es de él, joder —dijo Cía empezando a levantar la voz. No había dejado de mirar la nota cuando de repente empezó a palidecer...— David... Es de...
—¿De quién?
Silencio.
—¿De quién es la puta nota, Cía?
—De Laura, David, ¡es de Laura!, ¡conozco a la perfección su letra!
»Sé también que es suya porque tanto a ella como a Marta..., les contaba lo que hacíamos..., el día de la pizza, cundo vimos "Un paseo para recordar", y bueno, en fin, la mayoría de las cosas, por no decir todas.
»Estoy segura de que lo demás se lo ha inventado, David..., ¿¡pero qué voy a decirte a ti si la acabo de perder contigo!?
Seguidamente se acostó, se giró y tapándose la cara con la almohada comenzaron a nacerle las lágrimas en los ojos.
—Cía, lo siento... —dijo él acercándose a ella mientras le acariciaba la cabeza.— Siento haber desconfiado de ti...
—Vete David, necesito estar sola...
El chico, sin querer insistir, se fue separando de ella, y como si tuviese el corazón en el puño empezó a vestirse.
Viéndola cómo en silencio lloraba, iba poniéndose la ropa que anteriormente yacía en el suelo. Era la peor imagen que podía haber visto nunca y que, aunque quisiese, no podía evitar. Al acabar, diciendo en un leve murmuró: «Adiós Cía, te quiero...», se fue.
Al salir del apartamento de ella, volvió a ponerse su típica capucha y ambos auriculares en los oídos, escuchando de nuevo "Quererte a mi modo" de Dante, comenzó a andar cabizbajo, pensando en todo lo que acababa de ocurrir. En cómo había pasado de ser todo de color de rosa, a ser completamente negro.
Llegando a su casa, un coche paró delante de él, y antes de que se quitase la capucha para ver mejor, notó cómo empezaba a dormirse debido al pañuelo que le acababan de poner en la nariz...
lunes, 3 de noviembre de 2014
Capítulos 28 y 29.
—¿Te han dicho alguna vez que tienes una boquita muy tentadora? —le preguntó descaradamente David a Cía.
—David, ¿qué quieres?
Este, se situó delante de la chica y cogiéndola de la cintura se lanzó con ella encima de la cama, alargó el brazo para tocar el interruptor de luz y que de esta manera se apagase, y volvió a poner su brazo debajo de la cabeza de Cía.
David cogió el mechón de pelo que le caía en la cara a ella, e instintivamente se lo apartó del rostro.
—Mírate, eres preciosa... —suspiró David—. Cualquiera en su sano juicio estaría loco por ti.
—¿Por qué haces esto tan difícil, David...?
—Si quieres que me vaya, sólo dímelo, dímelo, y... —silencio. —Dímelo y me volveré a ir, pero esta vez, juro que no volverás a saber de mí.
Cía se separó de su lado y volvió a mirar a ese techo negro.
Notaba cómo los músculos del brazo del chico se tensaban cada vez más, y sabía que era porque él esperaba una respuesta.
Silencio de nuevo.
—Cía, di algo, por Dios.
—No...
—¿No qué...?
—No quiero... —dijo la chica sin poder terminar la frase.
"No quiero verte más", pensó David que ella diría... Y sin decir nada, hizo amago de levantarse, quitando el brazo de debajo de su cabeza.
De repente, notó cómo le agarraba el brazo y se le acercaba a la oreja.
—No quiero que te vayas... No quiero que te vayas, ni ahora, ni nunca —le susurró en el oído, y abrazándole le echó hacia atrás, tumbándole entre sus brazos.
Mirándole desde arriba le besó de nuevo y cerró los ojos.
—¿En qué piensas, pequeña?
—En nada —contestó Cía. —Ven anda. Le dijo haciéndole sitio en la cama para que se tumbase a su lado.
Él ni se lo pensó dos veces, y a los cuatro segundos ya estaba a su lado, abrazándola de nuevo.
—Sólo espero que mis padres no te hayan oído entrar... —dijo en voz baja Cía.
—Me he arriesgado con tal de estar contigo y ser un poco más feliz —contestó él.
Cía miraba esos ojos verdes azulados pensando que nunca más volvería a verlos y quiso que es imagen se quedase en su mente toda su vida.
Dentro de las sábanas empezaba a hacer calor, y no sabía si era ella, él, o los dos. Nunca había experimentado aquella sensación. Nunca había estado con nadie en esa misma situación, ni siquiera con Álex.
__________________________________________________________________
—No te pongas nerviosa, enana, no haremos nada que no quieras hacer —dijo David tranquilizándola mientras la volvía a besar.
Pero ella sí quería, quería que su primera vez fuese en la preciosa ciudad de Barcelona, que fuese en su cama, pero sobre todo que fuese con él. Así que no dijo nada más, y se relajó.
Notaba cómo la mano de David le acariciaba y cómo debajo de ésta se le erizaba la piel. Sentía que en cualquier momento iba a estallar, y que sus padres se enterarían de todo. Se reía para sus adentros porque la realidad era que aquel momento, de una manera u otra, le excitaba.
Cía se incorporó junto con David sin parar de besarle e intentó quitarle los pantalones torpemente. Lo había visto hacer muchas veces en muchísimas películas, pero no se podría haber imaginado que llegase a tener tanta complicación.
—Me siento idiota —dijo riéndose en voz baja la chica.
—Sh... No te preocupes...
Y el chico acabó de quitárselos sin dejar de mirarla. Al instante, hizo lo mismo con su camiseta preferida, la de Los Simpsons, sabiendo que debajo no llevaría nada, pues cuando una chica va a dormir, siempre se quita el sujetador.
—No te tapes, cielo... —le dijo a Cía quitándole las manos de los pechos—. Eres perfecta...
Continuó besándola, dándole la seguridad que necesitaba, intentando que cada segundo fuese perfecto, sabiendo lo nerviosa que estaba ella.
La veía tan pequeña, tan frágil, tan vulnerable... Que sentía que cualquier roce iba a romperla.
Finalmente, le quitó la única prenda que la tapaba, y él también acabó por desnudarse del todo, quedándose de esa manera ambos, conforme les habían traído al mundo.
—Si te hago daño, sólo dímelo...
—Sh... Estoy segura.
Y dicho esto, se fundieron el uno con el otro...
Una hora y media después, en aquella misma habitación...
La tenía durmiendo encima de su pecho; estaba sudada, con las mejillas sonrojadas y más preciosa que nunca. De repente, una piedra entró en la habitación. Por suerte el balcón estaba abierto y no rompió ninguna ventana.
Sin despertar a Cía, se levantó, con el fin de descubrir al capullo que la había tirado, pero al agacharse para recogerla, se dio cuenta de que alrededor de ésta, había un papel envuelto.
Abrió el papel y mentalmente leyó:
"¿Sabes?,
contigo quiero hacer el amor, quiero follar, quiero ver estrellas en el cielo cuando nos perdamos por cualquier montaña (cómo hacíamos antes, ¿recuerdas?),
quiero hacer una pizza casera y que nos manchemos y ensuciemos con harina, quiero comerte con chocolate, con nata, con helado de vainilla, o incluso sin nada.
Quiero verte dormir, quiero hacerte fotos mientras duermes, e inmortalizar el momento,
quiero que estés a mi lado y no te vayas,
quiero pasear contigo de la mano por cualquier calle, sea de Barcelona, de Zaragoza o de París, me da igual.
Sólo me interesa que estés tú.
Quiero ver cualquier película de miedo y asustarme adrede para que me abraces más fuerte.
Quiero ducharme, y que te metas tú de sorpresa, para acabar una buena ducha.
Quiero ver cualquier película contigo y dormirme sobre tus piernas.
Quiero tantas cosas, Álex...
Pero, ¿sabes...?
Sobre todo te quiero a ti.
—Cía.
Querido David, todo lo que ha hecho contigo, lo hizo conmigo."
—David, ¿qué quieres?
Este, se situó delante de la chica y cogiéndola de la cintura se lanzó con ella encima de la cama, alargó el brazo para tocar el interruptor de luz y que de esta manera se apagase, y volvió a poner su brazo debajo de la cabeza de Cía.
David cogió el mechón de pelo que le caía en la cara a ella, e instintivamente se lo apartó del rostro.
—Mírate, eres preciosa... —suspiró David—. Cualquiera en su sano juicio estaría loco por ti.
—¿Por qué haces esto tan difícil, David...?
—Si quieres que me vaya, sólo dímelo, dímelo, y... —silencio. —Dímelo y me volveré a ir, pero esta vez, juro que no volverás a saber de mí.
Cía se separó de su lado y volvió a mirar a ese techo negro.
Notaba cómo los músculos del brazo del chico se tensaban cada vez más, y sabía que era porque él esperaba una respuesta.
Silencio de nuevo.
—Cía, di algo, por Dios.
—No...
—¿No qué...?
—No quiero... —dijo la chica sin poder terminar la frase.
"No quiero verte más", pensó David que ella diría... Y sin decir nada, hizo amago de levantarse, quitando el brazo de debajo de su cabeza.
De repente, notó cómo le agarraba el brazo y se le acercaba a la oreja.
—No quiero que te vayas... No quiero que te vayas, ni ahora, ni nunca —le susurró en el oído, y abrazándole le echó hacia atrás, tumbándole entre sus brazos.
Mirándole desde arriba le besó de nuevo y cerró los ojos.
—¿En qué piensas, pequeña?
—En nada —contestó Cía. —Ven anda. Le dijo haciéndole sitio en la cama para que se tumbase a su lado.
Él ni se lo pensó dos veces, y a los cuatro segundos ya estaba a su lado, abrazándola de nuevo.
—Sólo espero que mis padres no te hayan oído entrar... —dijo en voz baja Cía.
—Me he arriesgado con tal de estar contigo y ser un poco más feliz —contestó él.
Cía miraba esos ojos verdes azulados pensando que nunca más volvería a verlos y quiso que es imagen se quedase en su mente toda su vida.
Dentro de las sábanas empezaba a hacer calor, y no sabía si era ella, él, o los dos. Nunca había experimentado aquella sensación. Nunca había estado con nadie en esa misma situación, ni siquiera con Álex.
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—No te pongas nerviosa, enana, no haremos nada que no quieras hacer —dijo David tranquilizándola mientras la volvía a besar.
Pero ella sí quería, quería que su primera vez fuese en la preciosa ciudad de Barcelona, que fuese en su cama, pero sobre todo que fuese con él. Así que no dijo nada más, y se relajó.
Notaba cómo la mano de David le acariciaba y cómo debajo de ésta se le erizaba la piel. Sentía que en cualquier momento iba a estallar, y que sus padres se enterarían de todo. Se reía para sus adentros porque la realidad era que aquel momento, de una manera u otra, le excitaba.
Cía se incorporó junto con David sin parar de besarle e intentó quitarle los pantalones torpemente. Lo había visto hacer muchas veces en muchísimas películas, pero no se podría haber imaginado que llegase a tener tanta complicación.
—Me siento idiota —dijo riéndose en voz baja la chica.
—Sh... No te preocupes...
Y el chico acabó de quitárselos sin dejar de mirarla. Al instante, hizo lo mismo con su camiseta preferida, la de Los Simpsons, sabiendo que debajo no llevaría nada, pues cuando una chica va a dormir, siempre se quita el sujetador.
—No te tapes, cielo... —le dijo a Cía quitándole las manos de los pechos—. Eres perfecta...
Continuó besándola, dándole la seguridad que necesitaba, intentando que cada segundo fuese perfecto, sabiendo lo nerviosa que estaba ella.
La veía tan pequeña, tan frágil, tan vulnerable... Que sentía que cualquier roce iba a romperla.
Finalmente, le quitó la única prenda que la tapaba, y él también acabó por desnudarse del todo, quedándose de esa manera ambos, conforme les habían traído al mundo.
—Si te hago daño, sólo dímelo...
—Sh... Estoy segura.
Y dicho esto, se fundieron el uno con el otro...
Una hora y media después, en aquella misma habitación...
La tenía durmiendo encima de su pecho; estaba sudada, con las mejillas sonrojadas y más preciosa que nunca. De repente, una piedra entró en la habitación. Por suerte el balcón estaba abierto y no rompió ninguna ventana.
Sin despertar a Cía, se levantó, con el fin de descubrir al capullo que la había tirado, pero al agacharse para recogerla, se dio cuenta de que alrededor de ésta, había un papel envuelto.
Abrió el papel y mentalmente leyó:
"¿Sabes?,
contigo quiero hacer el amor, quiero follar, quiero ver estrellas en el cielo cuando nos perdamos por cualquier montaña (cómo hacíamos antes, ¿recuerdas?),
quiero hacer una pizza casera y que nos manchemos y ensuciemos con harina, quiero comerte con chocolate, con nata, con helado de vainilla, o incluso sin nada.
Quiero verte dormir, quiero hacerte fotos mientras duermes, e inmortalizar el momento,
quiero que estés a mi lado y no te vayas,
quiero pasear contigo de la mano por cualquier calle, sea de Barcelona, de Zaragoza o de París, me da igual.
Sólo me interesa que estés tú.
Quiero ver cualquier película de miedo y asustarme adrede para que me abraces más fuerte.
Quiero ducharme, y que te metas tú de sorpresa, para acabar una buena ducha.
Quiero ver cualquier película contigo y dormirme sobre tus piernas.
Quiero tantas cosas, Álex...
Pero, ¿sabes...?
Sobre todo te quiero a ti.
—Cía.
Querido David, todo lo que ha hecho contigo, lo hizo conmigo."
lunes, 27 de octubre de 2014
Capítulo 27.
Cía volvió a encender la luz de su lamparita de noche, apartó las sábanas de su cuerpo y se levantó.
Se acercó a la ventana del balcón, era un cristal que llegaba al suelo desde el techo, el cual nunca le gustaba que estuviese sucio, pero que en esos momentos era imposible tener limpio, pues las lágrimas del cielo lo estaban salpicando.
Abrió despacio, intentando hacer el mínimo ruido posible y dejó pasar a David, quién parecía haber sido sacado recientemente de un río.
Le dejó allí plantado en medio del dormitorio, y salió en busca de una toalla con la cual se secara.
La casa estaba completamente en silencio; sólo se podía percibir cómo las gotas de lluvia golpeaban con fuerza los cristales, y cómo el viento atizaba las ramas con energía.
Al volver a su habitación, le vio, sin camisa, con su perfecto torso, con sus perfectos bíceps y sus abdominales. Con lunares que hacían competencia a las mejores constelaciones del universo, pero temblando, como un cachorro recién nacido que necesita el calor de su madre.
—Ten, anda —dijo Cía tendiéndole la toalla de terciopelo con el brazo— cúbrete y sécate antes de que cojas una pulmonía.
—Pensaba que te habrías ido... Supuestamente te volvías hoy a Zaragoza... —añadió David cabizbajo.
—Con la tormenta que hay, mi padre ha decidido posponer el viaje. No es muy seguro.
—Déjame pasar la última noche contigo, por favor...
—David, no sé qué haces aquí, pero esto no es buena idea —respondió.
El chico iba acercándose a Cía, y ella, como un animal indefenso se quedó quieta.
—Déjame hacerlo. Por última vez quiero verte. Quiero observarte dormir, y contemplar cómo giras en la cama buscando la sábana que sin querer pierdes mientras estás en los brazos de Morfeo.
—David..., no hagas esto más dif...
Y antes de que ésta pudiera acabar la frase, fue besada por aquél chico de los ojos verdes azulados.
—No sabes los días que llevo queriendo hacer esto, Cía —le susurró David en el oído mientras le acariciaba el pelo—. Deseando oler de nuevo tu perfume, tu esencia.
—Dav...
—Sh... —contestó el chico poniéndole el dedo índice sobre los labios.
Y volvió a besarla.
Con más ganas, con más placer, con más ansia. Había añorado cada segundo que no había pasado con ella, y necesitaba, anhelaba con todas sus fuerzas que esa frágil y delicada chica, fuese suya.
—No soportaría nunca que otro te tocase como estoy haciendo yo ahora —siguió diciendo David entre murmullos.— Cía, eres mía, y no quiero que seas de nadie más.
lunes, 13 de octubre de 2014
Capítulo 26.
—Ey, David, ¿estás bien?, te has quedado blanco, tío —dijo su hermano.
David tardó en reaccionar pero finalmente de su boca salió un: —Sí...
Nunca le había hablado de ella a Fran, hacía años que no se veían y tampoco había tenido la ocasión de decirle nada, pero debería haberlo hecho; ahora no estaría en aquella situación.
00:30 en el "Port Olímpic"...
—¿Por qué me has traído aquí? —quiso saber ella.
—Supuse que, de todos los sitios de La Barceloneta, este sería el último en el que nos buscarían.
—¿Qué quieres, Álex?
—Qué queremos. Queremos que esos dos no estén juntos; yo quiero que Cía vuelva a ser mía, y tú..., bueno, tú supongo que quieres que David vuelva a ser tuyo, ¿o me equivoco?
—No, no lo haces. Pero no sé qué quieres que haga, si Cía va a irse mañana a Zaragoza —contestó la chica algo confusa.
Álex se acercó a su oído y le susurró qué iba a hacer.
00:40 dentro del coche de la familia Beltrán...
—¿Por qué vas tan callada, hija?
Cía miraba por la ventanilla del coche, tenía en sus oídos la canción "Aunque tú no lo sepas" de "El canto del Loco" y observaba cómo las gotas de lluvia que hacía poco habían empezado a caer, nacían en el cristal; su madre le tocó la pierna y le hizo el gesto de quitarse un auricular invisible para que la escuchase.
—Perdona mamá, no te estaba oyendo, ¿decías?
—Nada, cariño, simplemente me extraña que no hayas dicho nada desde que hemos salido del restaurante.
—No pasa nada, solo es que estoy cansada —suspiró y añadió:—. Cuando lleguemos avísame, voy a seguir escuchando música.
"He blindado mi puerta
y al llegar la mañana
no me di ni cuenta
de que ya nunca estabas..."
Y cerró los ojos con la voz de Dani Martín, acariciando sus tímpanos.
00:52 llegando a un apartamento cualquiera en la playa de La Barceloneta...
Irene acarició la pierna de Cía, quién se había quedado dormida, y le dijo:
—Cariño, ya hemos llegado.
Los tres bajaron del coche, y la chica subió rápidamente a su habitación pues la lluvia había empezado a cogerse y caía con fuerza.
Entró en su dormitorio y comenzó a quitarse la ropa: primero los tacones, luego el vestido de encaje negro y finalmente el sujetador. Se introdujo la camiseta de los Simpsons por la cabeza, se metió en la cama, apagó la luz de su lamparita de noche y se quedó mirando a la nada. Al techo, negro, cómo si en esos momentos tuviese los ojos cerrados.
De repente, le llegó un WhatsApp y revisó por última vez sus mensajes.
Tenía 33, pero todos eran de grupos, exceptuando el último, que era el que acababa de recibir:
"David: Cía, abre la ventana... Estoy fuera."
David tardó en reaccionar pero finalmente de su boca salió un: —Sí...
Nunca le había hablado de ella a Fran, hacía años que no se veían y tampoco había tenido la ocasión de decirle nada, pero debería haberlo hecho; ahora no estaría en aquella situación.
00:30 en el "Port Olímpic"...
—¿Por qué me has traído aquí? —quiso saber ella.
—Supuse que, de todos los sitios de La Barceloneta, este sería el último en el que nos buscarían.
—¿Qué quieres, Álex?
—Qué queremos. Queremos que esos dos no estén juntos; yo quiero que Cía vuelva a ser mía, y tú..., bueno, tú supongo que quieres que David vuelva a ser tuyo, ¿o me equivoco?
—No, no lo haces. Pero no sé qué quieres que haga, si Cía va a irse mañana a Zaragoza —contestó la chica algo confusa.
Álex se acercó a su oído y le susurró qué iba a hacer.
00:40 dentro del coche de la familia Beltrán...
—¿Por qué vas tan callada, hija?
Cía miraba por la ventanilla del coche, tenía en sus oídos la canción "Aunque tú no lo sepas" de "El canto del Loco" y observaba cómo las gotas de lluvia que hacía poco habían empezado a caer, nacían en el cristal; su madre le tocó la pierna y le hizo el gesto de quitarse un auricular invisible para que la escuchase.
—Perdona mamá, no te estaba oyendo, ¿decías?
—Nada, cariño, simplemente me extraña que no hayas dicho nada desde que hemos salido del restaurante.
—No pasa nada, solo es que estoy cansada —suspiró y añadió:—. Cuando lleguemos avísame, voy a seguir escuchando música.
"He blindado mi puerta
y al llegar la mañana
no me di ni cuenta
de que ya nunca estabas..."
Y cerró los ojos con la voz de Dani Martín, acariciando sus tímpanos.
00:52 llegando a un apartamento cualquiera en la playa de La Barceloneta...
Irene acarició la pierna de Cía, quién se había quedado dormida, y le dijo:
—Cariño, ya hemos llegado.
Los tres bajaron del coche, y la chica subió rápidamente a su habitación pues la lluvia había empezado a cogerse y caía con fuerza.
Entró en su dormitorio y comenzó a quitarse la ropa: primero los tacones, luego el vestido de encaje negro y finalmente el sujetador. Se introdujo la camiseta de los Simpsons por la cabeza, se metió en la cama, apagó la luz de su lamparita de noche y se quedó mirando a la nada. Al techo, negro, cómo si en esos momentos tuviese los ojos cerrados.
De repente, le llegó un WhatsApp y revisó por última vez sus mensajes.
Tenía 33, pero todos eran de grupos, exceptuando el último, que era el que acababa de recibir:
"David: Cía, abre la ventana... Estoy fuera."
lunes, 6 de octubre de 2014
Capítulo 25.
Allí estaba, sentada, con un vestido negro precioso, de media manga, con un encaje que le realzaba la figura tan esbelta que tenía. Sus ojos color miel destacaban entre cualquier otros y su melena, color carbón, de largaría hasta su cintura, brillaba como nunca.
No recordaba haber visto a ninguna chica igual de preciosa que ella; tan elegante y a la vez tan sencilla. Contaba en silencio las veces que se enrollaba en el dedo índice su mechón de pelo negro y cuántas lo enganchaba tras su oreja —¡hasta ese movimiento lo hacía como nadie!—.
Mierda. Acababa de levantarse. Seguro que iría a decirle algo por cómo la estaba mirando; si es que hasta él se había dado cuenta, si las miradas matasen, esa chica de la mesa 30 hubiese estado bajo tierra hace rato.
Pues no. Se dirigía hacia el baño. Y qué bien caminaba, recta, pisando fuerte, con seguridad.
"Si sigo aquí no voy a lograr nada", se dijo el chico para sus adentros.
Y dicho esto, se levantó de la barandilla donde estaba sentado, volvió a colocarse los auriculares en sus oídos y fue tras ella.
Los servicios se encontraban en la planta inferior, a los cuales se llegaban bajando una enorme escalera de caracol. La chica del pelo negro acababa de entrar por la puerta, y él, lo único que pudo hacer, fue sentarse en el último escalón y esperar.
Al cabo de diez minutos, mientras oía "Entre sábanas" de Balastegui, notó cómo una mano le tocaba el hombro. Era ella.
—Perdona, ¿te conozco?
—No, dudo que lo hagas, recordaría una cara como la tuya.
—Vaya, pues me he equivocado de persona... —dijo Cía sonrojada.
—Pero bueno, ya que estamos, encantado; soy Fran.
—Lo mismo digo; soy Cía.
A la chica, aquella cara le sonaba tan sumamente familiar..., y lo peor es que no sabía el porqué.
—¿Vives por aquí? —le preguntó Fran.
—¡Qué va!, soy de Zaragoza, y esta noche es nuestra última noche...
—¿Nuestra...? —dijo él algo desconcertado.
—Mis padres y yo; ya sabes.
—Ah , sí, claro. Bueno, bonita, quizá nos veamos más adelante, en cuestión de semanas voy a Zaragoza, mira por donde.
Cía no podía creerse lo que estaba oyendo. Acababa de conocerle y justamente iba a ir a Zaragoza, a su Zaragoza. Cosas de la vida.
—¡Qué pequeño es el mundo, vaya...! Pues nada, ya nos veremos si eso.
Y sin despedirse siquiera, Cía, siguió subiendo las escaleras, y desapareció de su vista.
23:40 en la puerta del restaurante "1881 per Sagardi"...
—¡Ya era hora de que llegaras, hermano!, ¡te he estado esperando como unos 30 minutos! —chilló Fran al chico que se le iba acercando.
—He estado algo liado, ya sabes...
—¿Has vuelto a estar con ella...?, mira que no aprendes...
—Déjalo, no importa. ¿Tú qué?, ¿te ha interesado alguien de por aquí mientras me esperabas?
—Pues no vas a creértelo pero sí. Es preciosa, su pelo, sus ojos, incluso su nombre...
—¿Y no me vas a decir cómo se llama, pillín?
—Cía, David, mi amor platónico se llama Cia...
lunes, 29 de septiembre de 2014
Capítulo 24.
—Cía, despierta...
—¿Eh...? —Cía notó cómo alguien la movía para conseguir que se despertase del todo...— Mamá...
—Cariño, ¿tan poco te gusta ese vestido que te has dormido con él puesto?
—Esto... ¿Qué hora es?
—Las nueve menos cuarto; te has quedado dormida —contestó Irene.— Ya podríamos estar esperándonos tu padre y yo bajo...
Anda, acaba de arreglarte y baja, que nos vamos enseguida. Y acuérdate de apagar la música.
«...borrón y cuenta nueva; prometo ser mejor de lo que... era...»
Exacto. Necesitaba eso, justo eso; hacer borrón y cuenta nueva, y costase lo que le costase, lo iba a conseguir.
Cía acabó de arreglarse el pelo haciéndose una preciosa trenza de espiga que caía por el lado derecho de su ovalada cara, consiguiendo así un acabado perfecto. Se colocó unos zapatos color beige, de unos 10 centímetros de tacón, cogió una chaqueta fina por si más tarde el aire refrescaba, y añadió en su pequeño bolso de mano, los complementos imprescindibles para una chica: el móvil, el rímmel, colorete y un brillo de labios.
Bajó las escaleras y vio a sus padres más elegantes que nunca. Su padre, Adrián, llevaba un traje azul marino con una camisa gris y una corbata blanca; sin duda, su padre era un hombre muy atractivo, y de no haber sido su padre, y haber sido unos 20 años más joven, hubiese sido el hombre de su vida.
"¿Qué piensas Cía?, ¡no digas bobadas! —se dijo a sí misma."
Su madre, por otra parte, llevaba un increíble vestido de Chanel, blanco. No recordaba habérselo visto puesto antes, pero sí, que su padre se lo había regalado. Le quedaba genial, y los tacones de infarto le quedaban perfectos. Le alegraba verles así, felices, juntos, enamorados.
De repente pensó sin querer de nuevo en David, y los ojos empezaron a acristalarse...
—Cía, ¿estás bien, cariño?
—Sí, mamá, simplemente me ha entrado un poco de rímmel en el ojo —contestó la joven conforme pudo—. ¿Vamos?
—Claro.
_________________________________________________________________
22:00 llegando al restaurante "1881 per Sagardi"...
—No veo a tu amigo Miguel por ninguna parte —dijo Adrián.
—Me dijo por WhatsApp que esta noche libraba..., que ya nos veríamos —respondió Cía con ligera tristeza.
—Bueno, ¿vamos a cenar? —preguntó Irene intentando cambiar de tema.
En cuestión de 10 minutos, la familia Beltrán se encontraba ya sentada en una de las mesas con mejores vistas del restaurante.
22:37 en la playa de la Barceloneta...
—¿Recuerdas la de noches que pasamos aquí, esperando a que amaneciese? —dijo ella.
—No podría olvidarlo, Laura —contestó David.
—Sigues pensando en ella, ¿verdad?
—¿Quieres que te mienta, o que te diga la verdad?
—Depende de lo que duela menos.
—Entonces sí, pienso en ella.
—Eso duele más —dijo en voz baja Laura.
—A mí no; pensarle no me hace daño.
Laura cerró los ojos y para sí misma se dijo: "¿Qué más tengo que hacer para conseguir que la olvide...?", pero continuó sin encontrar la respuesta.
—Me voy, aquí no hago nada —dijo de repente David.
—Quédate, por favor... —le suplicó la chica mientras le acariciaba la mejilla de manera sensual.
—Ya hemos hablado todo lo que teníamos que hablar. No tengo nada más que decirte.
Dicho esto, David se levantó, se sacudió la arena de la ropa y se despidió de Laura.
Conforme éste se fue, Laura desbloqueó su IPhone y llamó...
"—He estado con él...
—Sí, acaba de irse...
—Con ella, supongo...
—No...
—No hagas ninguna locura, Álex..."
Y colgó.
lunes, 15 de septiembre de 2014
Capítulo 23.
—¡NO!, ¡ESTÁS DE COÑA!, ¡No me mientas en algo así, por lo que más quieras, Miguel, que lo poco que te queda de hetero te lo arranco! —chilló Cía a su amigo.
—¡TE LO JURO!, están en la zona VIP de la terraza.
Cual dos niños pequeños, Cía y Miguel, se alejaron de Irene y Adrián, dejándoles en medio del restaurante solos, y subieron a la terraza con el propósito de ver a DVICIO.
—¿Les ves? —preguntó Miguel a la chica.
— ¡SÍ!, ¡AY, ANDRÉS QUE GUAPO ESTÁ, Y MISSIS, Y MARTÍN, Y NACHO, Y LUÍS!, LOS CINCO ESTÁN AHÍ!
—Bueno, ya, tranquilízate —contestó Miguel—, pareces una niña de tres años.
Cía le miró con cara de pocos amigos, pero al minuto volvió a sonreír:
—Es mi grupo favorito, ¿qué quieres que haga?
—Vale, vale. Pero oye, tengo una idea...
Y acercándose a su oído se la susurró.
22:15 en una parte del restaurante "1881 per Sagardi"...
—¿Y ahora esta niña dónde se nos ha metido? —preguntó Irene a Adrián.— No me gusta que se vaya por ahí sin avisar.
—No te preocupes tanto, mujer... Además, está con Miguel, no va a pasar nada.
En ese mismo momento, a varios metros de sus padres en la terraza de aquel restaurante...
"Vamos Cía, que tú puedes —se decía la chica a sí misma—, solo vas a poder hacer esto una vez en tu vida."
Lentamente se acercó a la barandilla de la terraza y se sentó. Abrió los brazos simulando la posición de Rose en Titanic y echó la cabeza hacia atrás dejando que el aire acariciase su preciosa cara. Habrían unos 10 metros o más desde aquella altura al agua, y sabía que era probable que cayese antes de que nadie la sujetase; pero necesitaba hacer aquella locura.
Conforme pudo, se levantó, mantuvo el equilibrio con ambos pies, y con la misma postura chilló: ¡DVICIO ES EL MEJOR GRUPO DEL MUNDO!
En ese momento le vino a la mente la frase de Jack Dawson: "¡Soy el rey del mundo!" y se rió para sus adentros, volviendo a recordar también, la frase que habían dicho en Los 40 Principales sobre Andrés:
"Si eres una loca, feliz, y sin prejuicios, puede que conquistes al cantante de DVICIO".
De repente alguien le tocó la pierna por la parte de detrás. Cía, se giró cómo pudo y vio esos ojos verdes de su cantante favorito. ¡Andrés estaba a menos de un metro de ella!, ¡había conseguido su propósito!
Sin saber cómo actuar en ese momento, lo primero que intentó fue bajar de aquella bardilla suicida, pero por desgracia dio un paso en falso...
—Ya te tengo, tranquila —susurró Andrés cogiéndola en brazos.
—¡TE LO JURO!, están en la zona VIP de la terraza.
Cual dos niños pequeños, Cía y Miguel, se alejaron de Irene y Adrián, dejándoles en medio del restaurante solos, y subieron a la terraza con el propósito de ver a DVICIO.
—¿Les ves? —preguntó Miguel a la chica.
— ¡SÍ!, ¡AY, ANDRÉS QUE GUAPO ESTÁ, Y MISSIS, Y MARTÍN, Y NACHO, Y LUÍS!, LOS CINCO ESTÁN AHÍ!
—Bueno, ya, tranquilízate —contestó Miguel—, pareces una niña de tres años.
Cía le miró con cara de pocos amigos, pero al minuto volvió a sonreír:
—Es mi grupo favorito, ¿qué quieres que haga?
—Vale, vale. Pero oye, tengo una idea...
Y acercándose a su oído se la susurró.
22:15 en una parte del restaurante "1881 per Sagardi"...
—¿Y ahora esta niña dónde se nos ha metido? —preguntó Irene a Adrián.— No me gusta que se vaya por ahí sin avisar.
—No te preocupes tanto, mujer... Además, está con Miguel, no va a pasar nada.
En ese mismo momento, a varios metros de sus padres en la terraza de aquel restaurante...
"Vamos Cía, que tú puedes —se decía la chica a sí misma—, solo vas a poder hacer esto una vez en tu vida."
Lentamente se acercó a la barandilla de la terraza y se sentó. Abrió los brazos simulando la posición de Rose en Titanic y echó la cabeza hacia atrás dejando que el aire acariciase su preciosa cara. Habrían unos 10 metros o más desde aquella altura al agua, y sabía que era probable que cayese antes de que nadie la sujetase; pero necesitaba hacer aquella locura.
Conforme pudo, se levantó, mantuvo el equilibrio con ambos pies, y con la misma postura chilló: ¡DVICIO ES EL MEJOR GRUPO DEL MUNDO!
En ese momento le vino a la mente la frase de Jack Dawson: "¡Soy el rey del mundo!" y se rió para sus adentros, volviendo a recordar también, la frase que habían dicho en Los 40 Principales sobre Andrés:
"Si eres una loca, feliz, y sin prejuicios, puede que conquistes al cantante de DVICIO".
De repente alguien le tocó la pierna por la parte de detrás. Cía, se giró cómo pudo y vio esos ojos verdes de su cantante favorito. ¡Andrés estaba a menos de un metro de ella!, ¡había conseguido su propósito!
Sin saber cómo actuar en ese momento, lo primero que intentó fue bajar de aquella bardilla suicida, pero por desgracia dio un paso en falso...
—Ya te tengo, tranquila —susurró Andrés cogiéndola en brazos.
lunes, 8 de septiembre de 2014
Capítulo 22.
Irene, tras ver salir a David por la puerta, subió lo más deprisa a la habitación de su hija, entró sin llamar, se sentó en el borde de la cama, y abrazó a Cía como solo una madre sabe hacerlo.
—¿Qué ha pasado, cariño?
—No quiero hablar del tema, por favor, mamá.
Su madre se quedó pensativa, y seguidamente dijo:
—Tengo una idea. —Se levantó de repente de las sábanas blancas y continuó diciendo:— Esta noche, tu padre, tú y yo, nos vamos a cenar al restaurante "1881 per Sagardi". Te despejarás, y de paso verás a tu amigo Miguel, ¿te parece?
—¡Hace un año que no le veo, mamá!, ¡me parece genial!
—Nos vamos a las 9, tómate el tiempo que necesites.
Y dicho aquello, besó a Cía en la frente y desapareció del dormitorio.
20:15 en la habitación de Cía...
"¡No tengo ni idea de qué ponerme! —se decía a sí misma—, necesito algo elegante, pero sin exagerar; algo provocativo, pero sin enseñar demasiado, no sea que piensen que soy una buscona..."
Aquello era más difícil de lo que pensaba, había utilizado casi toda la ropa que se había llevado a Barcelona y no sabía qué hacer.
Finalmente, del fondo del armario sacó un vestido que prácticamente era nuevo, no llevaba la etiqueta de compra puesta, pero no había sido utilizado.
"Veamos cómo me queda esto... —pensó introduciéndose aquel vestido desconocido por la cabeza, para así luego meter los brazos por las mangas."
Era un vestido negro, ni muy largo ni muy corto, justo por encima de los muslos; las mangas le llegaban a los antebrazos, y tenía la espalda descubierta, era el vestido de encaje más precioso que había visto nunca, y sin duda, aquella iba a ser una buena noche para estrenarlo oficialmente.
Se hizo una trenza de espiga a un lado y añadió un pequeño broche plateado en la parte superior de su cabeza. Se miró una última vez al espejo, se puso un poco de colorete y rímmel y bajó en busca de sus padres.
21:45 camino al restaurante "1881 per Sagardi"...
"...Carrer Cermeño. Carrer de Ginebra. Plaça de Pau Vila, Número 3."
Se sabía las calles de memoria. Iban cada año; era su costumbre familiar. Aquel sitio no era barato, pero se lo podían permitir sin problema.
—¡No!, ¡No puedes ser tú! —chilló un chico a lo lejos con voz afeminada— ¡No puede seeer!
—Jajaja, sí, soy yo, Miguel, cómo cada año —le dijo Cía calmándole los nervios.
—Irene, Adrián... Pasad por aquí por favor —añadió dirigiéndose a sus padres.
Cía y Miguel se conocían desde hacía más de seis años, él era mayor que ella cinco, y fue allí dónde se conocieron. Miguel era bastante atractivo, y volvía locas a todas las chicas, pero ya sabéis lo que dicen: "Si está bueno, o está casado, o es gay", y Miguel, era demasiado joven para caer en el matrimonio.
Cuando se adentraron en el restaurante, Miguel le pegó un estirón al brazo de Cía, haciendo que ésta casi cayese.
—¿Pero qué te pasa, loco?, ¿tantas ganas tenías de verme, o es que quieres matarme?
—¡Hay algo que tienes que saber! —dijo Miguel aguantando la respiración.
—¡Dilo, que vas a ahogarte!
—¡EL GRUPO DVICIO HA VENIDO A CENAR!
—¿Qué ha pasado, cariño?
—No quiero hablar del tema, por favor, mamá.
Su madre se quedó pensativa, y seguidamente dijo:
—Tengo una idea. —Se levantó de repente de las sábanas blancas y continuó diciendo:— Esta noche, tu padre, tú y yo, nos vamos a cenar al restaurante "1881 per Sagardi". Te despejarás, y de paso verás a tu amigo Miguel, ¿te parece?
—¡Hace un año que no le veo, mamá!, ¡me parece genial!
—Nos vamos a las 9, tómate el tiempo que necesites.
Y dicho aquello, besó a Cía en la frente y desapareció del dormitorio.
20:15 en la habitación de Cía...
"¡No tengo ni idea de qué ponerme! —se decía a sí misma—, necesito algo elegante, pero sin exagerar; algo provocativo, pero sin enseñar demasiado, no sea que piensen que soy una buscona..."
Aquello era más difícil de lo que pensaba, había utilizado casi toda la ropa que se había llevado a Barcelona y no sabía qué hacer.
Finalmente, del fondo del armario sacó un vestido que prácticamente era nuevo, no llevaba la etiqueta de compra puesta, pero no había sido utilizado.
"Veamos cómo me queda esto... —pensó introduciéndose aquel vestido desconocido por la cabeza, para así luego meter los brazos por las mangas."
Era un vestido negro, ni muy largo ni muy corto, justo por encima de los muslos; las mangas le llegaban a los antebrazos, y tenía la espalda descubierta, era el vestido de encaje más precioso que había visto nunca, y sin duda, aquella iba a ser una buena noche para estrenarlo oficialmente.
Se hizo una trenza de espiga a un lado y añadió un pequeño broche plateado en la parte superior de su cabeza. Se miró una última vez al espejo, se puso un poco de colorete y rímmel y bajó en busca de sus padres.
21:45 camino al restaurante "1881 per Sagardi"...
"...Carrer Cermeño. Carrer de Ginebra. Plaça de Pau Vila, Número 3."
Se sabía las calles de memoria. Iban cada año; era su costumbre familiar. Aquel sitio no era barato, pero se lo podían permitir sin problema.
—¡No!, ¡No puedes ser tú! —chilló un chico a lo lejos con voz afeminada— ¡No puede seeer!
—Jajaja, sí, soy yo, Miguel, cómo cada año —le dijo Cía calmándole los nervios.
—Irene, Adrián... Pasad por aquí por favor —añadió dirigiéndose a sus padres.
Cía y Miguel se conocían desde hacía más de seis años, él era mayor que ella cinco, y fue allí dónde se conocieron. Miguel era bastante atractivo, y volvía locas a todas las chicas, pero ya sabéis lo que dicen: "Si está bueno, o está casado, o es gay", y Miguel, era demasiado joven para caer en el matrimonio.
Cuando se adentraron en el restaurante, Miguel le pegó un estirón al brazo de Cía, haciendo que ésta casi cayese.
—¿Pero qué te pasa, loco?, ¿tantas ganas tenías de verme, o es que quieres matarme?
—¡Hay algo que tienes que saber! —dijo Miguel aguantando la respiración.
—¡Dilo, que vas a ahogarte!
—¡EL GRUPO DVICIO HA VENIDO A CENAR!
lunes, 1 de septiembre de 2014
Capítulo 21.
"24 de Julio de 2014.
Querido diario:
Después de un mes sin escribir, he vuelto.
He vuelto porque necesitaba plasmar mis sentimientos en cualquier maldito trozo de papel, y si es necesario, a continuación, quemarlo. Porque ahora mismo me siento cual hormiga en el mundo; pequeña, insignificante...
¿Sabes lo que es sentirse utilizada?, ¿lo que es sentirse humillada...?"
—¡Qué vas a saber, si tan solo eres un trozo inútil de papel! —gritó Cía lanzando su diario encima de la cama.
Toc. Toc.
Estaban llamando a la puerta. Podía oírse una voz tras ésta. La voz de su madre, tan dulce cómo siempre.
—Cía, David quiere hablar contigo —dijo Irene.
—Dile que se vaya, no tengo nada que decirle... —contestó Cía entre sollozos por la rabia contenida.
De repente, la puerta se abrió, y apareció el chico de la capucha, el chico de los ojos verdes azulados, el chico que la había enamorado; el mismo que la había vuelto a romper.
—Hola Cía... —dijo cabizbajo. Al momento levantó la cara, y mirando esos ojos marrones color miel de ella siguió diciendo:— Perdóname, por favor...
—¿Qué más da, eh, David?, mañana me voy, no vas a volver a saber de mí.
—No puedo dejar que te vayas, Cía...
—¿Por qué?
—¡PORQUE ESTOY ENAMORADO DE TI! —chilló David a la vez que se le empezaban a acristalar los ojos—. Dime que no quieres saber nada más de mí, y me iré para siempre de tu vida...
—Ya no confío en nadie, y menos en ti... —respondió Cía mirándole fijamente—. Y ahora, si no vas a amenazarme como a Laura, vete, no quiero saber nada más de ti, David.
El chico se quedó sin habla. Pudo oír cómo su corazón iba desquebrajándose, cómo latía sin motivo. Pero él tenía la culpa y solo él, y si Cía no quería saber nada más, estaba en todo su derecho, así que se giró, se dirigió a la puerta para irse de aquel lugar y en voz baja, antes de marcharse, murmuró: "Te quiero, y te querré siempre...".
Bajó las escaleras entre lágrimas y se despidió de Irene y Adrián, sin darles tiempo a contestar.
Querido diario:
Después de un mes sin escribir, he vuelto.
He vuelto porque necesitaba plasmar mis sentimientos en cualquier maldito trozo de papel, y si es necesario, a continuación, quemarlo. Porque ahora mismo me siento cual hormiga en el mundo; pequeña, insignificante...
¿Sabes lo que es sentirse utilizada?, ¿lo que es sentirse humillada...?"
—¡Qué vas a saber, si tan solo eres un trozo inútil de papel! —gritó Cía lanzando su diario encima de la cama.
Toc. Toc.
Estaban llamando a la puerta. Podía oírse una voz tras ésta. La voz de su madre, tan dulce cómo siempre.
—Cía, David quiere hablar contigo —dijo Irene.
—Dile que se vaya, no tengo nada que decirle... —contestó Cía entre sollozos por la rabia contenida.
De repente, la puerta se abrió, y apareció el chico de la capucha, el chico de los ojos verdes azulados, el chico que la había enamorado; el mismo que la había vuelto a romper.
—Hola Cía... —dijo cabizbajo. Al momento levantó la cara, y mirando esos ojos marrones color miel de ella siguió diciendo:— Perdóname, por favor...
—¿Qué más da, eh, David?, mañana me voy, no vas a volver a saber de mí.
—No puedo dejar que te vayas, Cía...
—¿Por qué?
—¡PORQUE ESTOY ENAMORADO DE TI! —chilló David a la vez que se le empezaban a acristalar los ojos—. Dime que no quieres saber nada más de mí, y me iré para siempre de tu vida...
—Ya no confío en nadie, y menos en ti... —respondió Cía mirándole fijamente—. Y ahora, si no vas a amenazarme como a Laura, vete, no quiero saber nada más de ti, David.
El chico se quedó sin habla. Pudo oír cómo su corazón iba desquebrajándose, cómo latía sin motivo. Pero él tenía la culpa y solo él, y si Cía no quería saber nada más, estaba en todo su derecho, así que se giró, se dirigió a la puerta para irse de aquel lugar y en voz baja, antes de marcharse, murmuró: "Te quiero, y te querré siempre...".
Bajó las escaleras entre lágrimas y se despidió de Irene y Adrián, sin darles tiempo a contestar.
jueves, 31 de julio de 2014
Capítulos 19 y 20.
—Álex, ¿qué pasa?, dímelo ya.
David entró en la habitación de golpe, y fijamente se quedó mirando a Álex.
—¿Se puede saber qué haces aquí? —preguntó David alzando el tono de voz.
—Tenía que hablar con ella —contestó Álex.
—Tú y ella no tenéis nada de lo que hablar, ¿recuerdas?, por tu culpa está ahí.
—Creo que tienes que contarle algo, ¿no crees? —dijo Álex.
El chico se quedó sin habla, y seguidamente agachó la cabeza.
—David... ¿Qué es lo que ocurre? —preguntó de nuevo Cía.
Tres semanas antes en la playa de la Barceloneta...
—¿Me quieres? —dijo él mirándola a esos ojos de color verde esmeralda mezclados con gotas de Coca-Cola.
—David... Creo que deberíamos tomarnos un tiempo...
—No voy a poder verte todos los días y fingir que no ha pasado nada, joder.
—Va a ser lo mejor, empieza el verano, quiero estar con mis amigas, y disfrutar. Solo espero que lo entiendas... —contestó ella.
—Vas a acordarte de ésta, te lo prometo.
Aquella misma noche en la habitación 212 del Hospital del Mar...
—Lo siento Cía... —dijo David.
—Laura...
—Es cosa del pasado, Cía, ahora estoy enamorado de ti...
—No me digas nada más, por favor, y no vuelvas a hablarme... Olvídame, David —contestó Cía entre lágrimas. Sin poder articular apenas las palabras. Sintiendo que el mundo se le venía encima, y que no iba a salir de aquella.
—Pero...
—Adiós David.
Y salió por la puerta, sin decir nada, dejando atrás a su Cía, a su pequeña.
—No quise decirte nada porque no estaba seguro... —añadió Álex.
—Vete, necesito estar sola, por favor.
Todos los momentos que habían pasado, todos y cada uno de ellos... ¿Fingidos?, ¿cómo se puede fingir querer a una persona?
Todo por vengarse de ella, de alguien a quién consideraba una de sus mejores amigas; de Laura.
La utilizó y no le importó lo que ella sentiese, era simple. Y en ese momento, lo único que deseaba era volver a la noche anterior para que aquel coche le hubiese quitado la vida.
—Estaré fuera para lo que me necesites, pequeña... Estoy aquí —dijo Álex antes de salir de la habitación.
—Diles a todos que no quiero saber nada de nadie, solo te pido ese favor.
—Cómo quieras, Cía...
--------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Dos noches antes en un cruce cerca del parque de La Barceloneta...
"—Juro que de esta noche no pasa..., ni ella, ni él... —pensaba mientras calentaba el motor del coche— David no va a ser feliz con ella, porque sigue siendo mío."
Empezó a sonar "Quererte a mi modo" de Dante. Su canción. Y aceleró. Llevándose por delante a Cía, viendo cómo David chillaba su nombre mientras se arrodillaba en el suelo llorando cómo nunca antes le había visto llorar.
La noche del día siguiente en un apartamento cualquiera de la playa de la Barceloneta...
Ding. Dong.
Laura se aproximó a la puerta y la abrió. David.
—¿Qué haces aquí?
—Fuiste tú, ¿verdad? —le chilló el chico.— ¡Atropellaste a Cía!
—Me dejaste, deja que haga mi vida. Ahora la quiero a ella —contestó David.— Aunque quizá empezase jugando con Cía ahora me he enamorado. Entiéndelo y métetelo en la puta cabeza.
—No puedes enamorarte de alguien en menos de dos semanas, ¡David!
—Si el protagonista de "Querido John" pudo, no veo por qué yo no.
David dio un portazo dejando a Laura con la palabra en la boca, dejando casi toda la rabia que llevaba dentro en el golpe que le acababa de dar a la puerta.
Mientras caminaba en dirección al hospital, iba pensando en ella. En la chica morena de ojos color miel que conoció en la playa, y lo sabía, estaba enamorado. Podía poner la mano en el fuego admitiendo que nunca antes había sentido algo parecido, pero quizá ya era demasiado tarde, y la había perdido para siempre. O quizá no, y por eso iba a intentarlo.
Llego al hospital y fue directamente a la habitación 212, pero ella ya no estaba allí. ¿Dónde la habían llevado?
—Perdona, busco a Cía Beltrán, estaba en esta misma habitación —preguntó a la enfermera que en ese mismo momento cambiaba las sábanas de aquella cama.
—Cía Beltrán... —dijo mirando el techo de la habitación como pensativa— Ah, sí, le han dado el alta esta mañana.
—Mierda —susurró David.— Está bien, gracias.
Salió a toda prisa del hospital y fue corriendo a su casa, necesitaba hablar con ella.
Al llegar, llamó al timbre y fue su madre quién le abrió la puerta.
—Hola David, Cía está durmiendo ahora, ¿querías algo?
—Venía a verla y a hablar con ella.
—Pasa si quieres y tómate algo con Adrián y conmigo, pero no te prometo que se despierte.
—Está bien, esperaré.
Al entrar a la casa, la vio diferente, habían menos objetos que la última vez que había estado allí y le pareció extraño.
—Irene, ¿qué ha pasado aquí?, ¿y las cosas?
—Ah, esperaba que te lo dijese Cía, pero visto lo visto... —dijo bajando la voz— A Adrián le han pedido que vuelva antes a Zaragoza por el trabajo, y nos tenemos que ir.
—¿Significa eso que no volveréis?
—Lo dudo, David...
David entró en la habitación de golpe, y fijamente se quedó mirando a Álex.
—¿Se puede saber qué haces aquí? —preguntó David alzando el tono de voz.
—Tenía que hablar con ella —contestó Álex.
—Tú y ella no tenéis nada de lo que hablar, ¿recuerdas?, por tu culpa está ahí.
—Creo que tienes que contarle algo, ¿no crees? —dijo Álex.
El chico se quedó sin habla, y seguidamente agachó la cabeza.
—David... ¿Qué es lo que ocurre? —preguntó de nuevo Cía.
Tres semanas antes en la playa de la Barceloneta...
—¿Me quieres? —dijo él mirándola a esos ojos de color verde esmeralda mezclados con gotas de Coca-Cola.
—David... Creo que deberíamos tomarnos un tiempo...
—No voy a poder verte todos los días y fingir que no ha pasado nada, joder.
—Va a ser lo mejor, empieza el verano, quiero estar con mis amigas, y disfrutar. Solo espero que lo entiendas... —contestó ella.
—Vas a acordarte de ésta, te lo prometo.
Aquella misma noche en la habitación 212 del Hospital del Mar...
—Lo siento Cía... —dijo David.
—Laura...
—Es cosa del pasado, Cía, ahora estoy enamorado de ti...
—No me digas nada más, por favor, y no vuelvas a hablarme... Olvídame, David —contestó Cía entre lágrimas. Sin poder articular apenas las palabras. Sintiendo que el mundo se le venía encima, y que no iba a salir de aquella.
—Pero...
—Adiós David.
Y salió por la puerta, sin decir nada, dejando atrás a su Cía, a su pequeña.
—No quise decirte nada porque no estaba seguro... —añadió Álex.
—Vete, necesito estar sola, por favor.
Todos los momentos que habían pasado, todos y cada uno de ellos... ¿Fingidos?, ¿cómo se puede fingir querer a una persona?
Todo por vengarse de ella, de alguien a quién consideraba una de sus mejores amigas; de Laura.
La utilizó y no le importó lo que ella sentiese, era simple. Y en ese momento, lo único que deseaba era volver a la noche anterior para que aquel coche le hubiese quitado la vida.
—Estaré fuera para lo que me necesites, pequeña... Estoy aquí —dijo Álex antes de salir de la habitación.
—Diles a todos que no quiero saber nada de nadie, solo te pido ese favor.
—Cómo quieras, Cía...
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Dos noches antes en un cruce cerca del parque de La Barceloneta...
"—Juro que de esta noche no pasa..., ni ella, ni él... —pensaba mientras calentaba el motor del coche— David no va a ser feliz con ella, porque sigue siendo mío."
Empezó a sonar "Quererte a mi modo" de Dante. Su canción. Y aceleró. Llevándose por delante a Cía, viendo cómo David chillaba su nombre mientras se arrodillaba en el suelo llorando cómo nunca antes le había visto llorar.
La noche del día siguiente en un apartamento cualquiera de la playa de la Barceloneta...
Ding. Dong.
Laura se aproximó a la puerta y la abrió. David.
—¿Qué haces aquí?
—Fuiste tú, ¿verdad? —le chilló el chico.— ¡Atropellaste a Cía!
—¿Y qué?
—¿¡Cómo que y qué!?, estás enferma, Laura.
—Te dejé, pero sigues siendo mío, y aunque ella fuese una de mis mejores amigas, no iba a ser feliz contigo.—Me dejaste, deja que haga mi vida. Ahora la quiero a ella —contestó David.— Aunque quizá empezase jugando con Cía ahora me he enamorado. Entiéndelo y métetelo en la puta cabeza.
—No puedes enamorarte de alguien en menos de dos semanas, ¡David!
—Si el protagonista de "Querido John" pudo, no veo por qué yo no.
David dio un portazo dejando a Laura con la palabra en la boca, dejando casi toda la rabia que llevaba dentro en el golpe que le acababa de dar a la puerta.
Mientras caminaba en dirección al hospital, iba pensando en ella. En la chica morena de ojos color miel que conoció en la playa, y lo sabía, estaba enamorado. Podía poner la mano en el fuego admitiendo que nunca antes había sentido algo parecido, pero quizá ya era demasiado tarde, y la había perdido para siempre. O quizá no, y por eso iba a intentarlo.
Llego al hospital y fue directamente a la habitación 212, pero ella ya no estaba allí. ¿Dónde la habían llevado?
—Perdona, busco a Cía Beltrán, estaba en esta misma habitación —preguntó a la enfermera que en ese mismo momento cambiaba las sábanas de aquella cama.
—Cía Beltrán... —dijo mirando el techo de la habitación como pensativa— Ah, sí, le han dado el alta esta mañana.
—Mierda —susurró David.— Está bien, gracias.
Salió a toda prisa del hospital y fue corriendo a su casa, necesitaba hablar con ella.
Al llegar, llamó al timbre y fue su madre quién le abrió la puerta.
—Hola David, Cía está durmiendo ahora, ¿querías algo?
—Venía a verla y a hablar con ella.
—Pasa si quieres y tómate algo con Adrián y conmigo, pero no te prometo que se despierte.
—Está bien, esperaré.
Al entrar a la casa, la vio diferente, habían menos objetos que la última vez que había estado allí y le pareció extraño.
—Irene, ¿qué ha pasado aquí?, ¿y las cosas?
—Ah, esperaba que te lo dijese Cía, pero visto lo visto... —dijo bajando la voz— A Adrián le han pedido que vuelva antes a Zaragoza por el trabajo, y nos tenemos que ir.
—¿Significa eso que no volveréis?
—Lo dudo, David...
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