"31 de Diciembre de 2013, 22:36.
Queda apenas hora y media para que acabe esta mierda de año.
Estoy sola, en mi cama, llorando.
Mis padres se han ido esta noche de cena —¡cómo no!—. Me habían repetido como una veinte mil veces que me fuera con ellos, que quedarme en casa sin nadie no era la solución.
"Mamá, ¿crees que después de todo lo que ha pasado tengo ganas de salir?", le dije a mi madre.
No contestó, la respuesta era obvia.
Mi novio, acababa de dejarme por una zorra rubia con el tipo de una barbie estúpida. Prefería no hablar de ella; me ponía de los nervios. No sé si tenía más rabia que dolor en mi pecho o viceversa, pero el sentimiento era agonizante.
Después de 17 meses juntos, Álex me había dejado. Tenía que asumirlo. Debía asumirlo. Pero no, con lo cabezota que era, no podía. O no quería.
Tantos momentos a su lado, tantas esperanzas que se habían ido al traste...
Encendí la televisión. Todo eran personas felices celebrando el final del año, esperando con ansia el 2014.
Puse Antena 3. ¡OH!, la famosa Puerta del Sol. Madrid. Millones de personas concentradas bajo un estúpido reloj que elegía cuándo hacer que toda esa gente saltase y, aunque fuesen completos desconocidos, se felicitasen como si se conociesen de toda la vida. ¡Qué asco!
Empecé a hacer zapping, la felicidad que trasmitían me daba demasiada envidia, sobre todo, porque era allí, en Madrid, dónde debería estar ahora con él, y no en mi cama, sin nadie.
Pensarlo no iba a cambiar nada, pero me daba igual. Aún así, algo tenía que hacer, si no dejaba de darle vueltas, iba a estallarme la cabeza.
Cogí el ordenador, lo encendí y puse la primera canción que el "Aleatorio" había elegido para mí.
«A thousand years», de Christina Perri.
Perfecto, era lo que necesitaba.
No la cambié; decidí dejarla y ponerme a escribir. Abrí un momento el Facebook para ver nuevas solicitudes de amistad, si me habían "felicitado el año", o simplemente para revisar mis fotos y esas tonterías que hago cuando me aburro.
1 petición de amistad.
"¿Y ahora quién puede ser?", pensé, a esas horas de la noche, y siendo el día que era, no esperaba que nadie me pidiese ninguna solicitud.
«David García», leí. Chico de Barcelona, de 19 años y con una capucha en la foto de perfil.
Cotilleé un poco su biografía y le eché un vistazo a sus fotos. ¡Dios!, tenía los ojos más bonitos que había visto en mi vida. Un precioso verde azulado le cubría ambas pupilas, y...
"¡Para, Cía!", me dije. "Acabas de salir de una relación, y él es de Barcelona. ¡Olvídalo!", y eso es lo que hice.
Rechacé la solicitud. Cerré sesión, y apagué el ordenador. Lo dejé encima de la mesita y volví a la cama.
Me dormí con su imagen en la cabeza, sabiendo que en la vida volvería a saber de él: David..."
Cía es una adolescente de Zaragoza que se va a Barcelona por motivos de trabajo de su padre durante el verano, y en parte, por olvidar a su ex novio, Álex. Allí conoce a un chico llamado David, y todo va genial hasta que un día, Álex se presenta en su apartamento diciéndole que la echa de menos. ¿Qué pasará entre ambos?, ¿Cía se quedará con David, con Álex o con ninguno?
miércoles, 31 de diciembre de 2014
lunes, 22 de diciembre de 2014
Capítulo 35.
"Joder, me estaba escuchando...", se dijo Cía en el pensamiento.
Silencio.
—¿Puedes contestarme ya..., Cía...?
—¿Sabes?, en aquél momento no hubiese sabido decírtelo... Él ha sido mi pasado. Tú... Tú eres mi presente, pero no sé si podrás ser mi futuro.
»Supuestamente debería haberme ido ya a Zaragoza; pero no pude. Necesitaba encontrarte, saber que estarías bien cuando yo me fuese.
—¿Y cuándo te vayas?, ¿qué pasará conmigo? ¿Crees que estaré bien?
Silencio de nuevo.
—Dime si lo crees, Cía.
—No, sé que no lo estarás..., pero no puedo hacer nada...
»Tengo que irme y no puedo quedarme.
De pronto, oyeron ramas quebrarse en el suelo y ambos se giraron de repente.
—¿En serio creíais que ibais a ir muy lejos?, sobre todo con el inútil de David en ese estado... Jajajaja, ¡qué ignorantes!
Laura.
—¿Qué quieres, Laura...? —preguntó Cía sin entender cómo les había encontrado.— ¿No te cansas...?
—¿Crees que algo que me gusta, me cansa, cariño?
—Pensé que éramos amigas..., las amigas no se hacen esto, ¡Dios!
—¿Amigas? —preguntó Laura retóricamente—. No me hagas reír, yo nunca te he considerado "Amiga".
»Me acerqué a ti por David, simplemente. No podía hacerme a la idea de que mi chico estuviese en brazos de una zorra como tú.
»No lo conseguí del todo..., pero no me he dado por vencida, como habrás podido comprobar. El problema de todo, es que me estás cansando demasiado. Quieres hacerte la héroe y sólo me estás jodiendo.
—Te estoy, ¿qué...?
—¡Cállate! —chilló Laura—Tráele ya, Chistian.
"¿Traer...?, ¿a quién...?", pensó David.
De repente, vieron al "supuesto Christian" acercarse con un chico que parecía estar sacado de una antigua mazmorra, sin haber comido durante días, y sin haberse duchado durante un mes como mínimo.
Christian era alto, 1'85 aparentemente; tenía el pelo de color cobre y lo llevaba revuelto, sus bíceps se marcaban bastante debajo de la camiseta ajustada de manga corta que llevaba en aquel momento, y sus pectorales también... Pero lo que realmente llamó la atención de aquél chico, no fueron sus increíbles ojos grises... Fue, que el chico que llevaba agarrado de las muñecas, era Álex.
Si no hubiese sido porque Cía conocía de sobra a su ex novio, nunca habría adivinado que era él, "ese chico".
Tenía unas ojeras que le llegaban al suelo, moradas y con bolsas; la piel, la tenía sucia y estaba llena de tierra, no llevaba ninguna camiseta para el frío que hacia y se le notaban las costillas, sobresalientes.
Apenas habían pasado varios días..., pero por lo visto, nadie le había dado de comer. Seguía teniendo una venda cubriéndole los ojos, mugrosa y medio rota.
Christian empujó a Álex y éste cayó al suelo de rodillas. No podía articular palabra, y Cía únicamente quería chillar y pedir socorro; pero de repente vio lo que nunca pudo imaginar de una de "sus mejores amigas".
Laura sacó de la parte trasera de sus pantalones un revólver, lo puso en la cabeza del chico arrodillado, y mirando a Cía a los ojos, pronunció:
—¿Y ahora qué, Cía...? Elige. Álex, o David.
Silencio.
—¿Puedes contestarme ya..., Cía...?
—¿Sabes?, en aquél momento no hubiese sabido decírtelo... Él ha sido mi pasado. Tú... Tú eres mi presente, pero no sé si podrás ser mi futuro.
»Supuestamente debería haberme ido ya a Zaragoza; pero no pude. Necesitaba encontrarte, saber que estarías bien cuando yo me fuese.
—¿Y cuándo te vayas?, ¿qué pasará conmigo? ¿Crees que estaré bien?
Silencio de nuevo.
—Dime si lo crees, Cía.
—No, sé que no lo estarás..., pero no puedo hacer nada...
»Tengo que irme y no puedo quedarme.
De pronto, oyeron ramas quebrarse en el suelo y ambos se giraron de repente.
—¿En serio creíais que ibais a ir muy lejos?, sobre todo con el inútil de David en ese estado... Jajajaja, ¡qué ignorantes!
Laura.
—¿Qué quieres, Laura...? —preguntó Cía sin entender cómo les había encontrado.— ¿No te cansas...?
—¿Crees que algo que me gusta, me cansa, cariño?
—Pensé que éramos amigas..., las amigas no se hacen esto, ¡Dios!
—¿Amigas? —preguntó Laura retóricamente—. No me hagas reír, yo nunca te he considerado "Amiga".
»Me acerqué a ti por David, simplemente. No podía hacerme a la idea de que mi chico estuviese en brazos de una zorra como tú.
»No lo conseguí del todo..., pero no me he dado por vencida, como habrás podido comprobar. El problema de todo, es que me estás cansando demasiado. Quieres hacerte la héroe y sólo me estás jodiendo.
—Te estoy, ¿qué...?
—¡Cállate! —chilló Laura—Tráele ya, Chistian.
"¿Traer...?, ¿a quién...?", pensó David.
De repente, vieron al "supuesto Christian" acercarse con un chico que parecía estar sacado de una antigua mazmorra, sin haber comido durante días, y sin haberse duchado durante un mes como mínimo.
Christian era alto, 1'85 aparentemente; tenía el pelo de color cobre y lo llevaba revuelto, sus bíceps se marcaban bastante debajo de la camiseta ajustada de manga corta que llevaba en aquel momento, y sus pectorales también... Pero lo que realmente llamó la atención de aquél chico, no fueron sus increíbles ojos grises... Fue, que el chico que llevaba agarrado de las muñecas, era Álex.
Si no hubiese sido porque Cía conocía de sobra a su ex novio, nunca habría adivinado que era él, "ese chico".
Tenía unas ojeras que le llegaban al suelo, moradas y con bolsas; la piel, la tenía sucia y estaba llena de tierra, no llevaba ninguna camiseta para el frío que hacia y se le notaban las costillas, sobresalientes.
Apenas habían pasado varios días..., pero por lo visto, nadie le había dado de comer. Seguía teniendo una venda cubriéndole los ojos, mugrosa y medio rota.
Christian empujó a Álex y éste cayó al suelo de rodillas. No podía articular palabra, y Cía únicamente quería chillar y pedir socorro; pero de repente vio lo que nunca pudo imaginar de una de "sus mejores amigas".
Laura sacó de la parte trasera de sus pantalones un revólver, lo puso en la cabeza del chico arrodillado, y mirando a Cía a los ojos, pronunció:
—¿Y ahora qué, Cía...? Elige. Álex, o David.
lunes, 8 de diciembre de 2014
Capítulo 34.
—No preguntes... —dijo en voz baja Cía.
David no podía preguntar aunque quisiese, seguía en shock.
"¿Ella?, ¿qué hace aquí...?", se repetía una y otra vez el chico de los ojos verdes azulados.
—Vamos, levanta, tenemos que irnos.
Cía cogió a David por debajo de los hombros y conforme pudo, lo levantó. Notaba más de lo normal su peso sobre ella, pero aún así, consiguió mantenerlo en pie. David estaba demacrado; el contorno de sus ojos había cogido un tono amoratado y sus labios no eran los de siempre, finos cortes rodeaban su boca a causa del frío, igual que sus manos. Apenas podía abrir los ojos, de haber estado días y días con esa mugrosa venda cubriéndoselos. Balbuceaba preguntas como "¿Dónde me llevas?" o "¿Qué haces aquí?" un tanto inentendibles, pero que después de repetidas veces, pudo llegar a descifrar.
Estaban en el bosque, era casi media noche y el frió empezaba a actuar. David, que sólo llevaba una camiseta de manga corta y su famosa chaqueta con capucha, comenzó a tiritar. Iba cayéndose por cada tres pasos que daba, y de hecho, de haberse tratado de una carrera de caballos, siendo él uno de ellos, ni el más tonto hubiese apostado a su favor. Aún así, Cía continuó el camino sin importarle que se fuera cayendo sucesivamente, quería sacarle de allí cuanto antes, le dolía verle en aquel mal estado, tanto físico, como psicológico.
Sacó su Iphone 5C de su bolsillo y vio las líneas que marcaban la cobertura.
"0, sin cobertura." Absolutamente nada.
"Mierda", pensó Cía, "¿Y ahora qué...?"
—Siéntate ahí, David. Necesito descansar.
David hizo caso omiso a lo que ella le había dicho, y dio dos pasos más.
—¿¡Pero qué te acabo de decir!?, ¡no puedes caminar sin mí, dios! —le chilló Cía—. Pf... Lo siento, perdóname, no quería chillarte.
—No te... preocupes... Estoy... bien.
David se fue deslizando por el tronco de un árbol hacia el suelo hasta conseguir sentarse, y acto seguido, Cía se colocó a su lado.
—Ven, acuéstate, anda —le dijo la chica indicándole que apoyase su cabeza en sus piernas.
David, sin pensárselo dos veces, terminó de acostarse en el suelo y apoyando la cabeza en las piernas de ella, cerró los ojos.
Pasados cinco minutos, su respiración le delataba; se había dormido.
Cuántas veces le había visto dormir, y aún así nunca se cansaba...
—Ahora que apuesto que no me escuchas... Creo que debo decirte lo que ha ocurrido... —Comenzó a narrar Cía.
»Sé que te fuiste de mi casa cabreado y a la vez "triste" por la carta de Álex, que resultó ser de Laura, porque desconfiaste de mí y no tuviste razón... Pero también lo vi todo...
»Cuando saliste de mi casa, estaba mirándote por la ventana, queriendo chillar que volvieses... Te seguí casi hasta tu casa... Y entonces lo presencié todo... Observé cómo un hombre, o al menos eso aparentaba ser, vestido de negro, con un pasamontañas y ambos guantes del mismo color, te tapaba la boca con un pañuelo empapado de cloroformo, supongo, pues caíste rendido a la primera de cambio.
»Corrí a toda prisa, queriendo alcanzar el coche, pero llegué tarde... —suspiró y continuó...— Ay, pequeño... No lo sabías, porque no te lo había dicho, pero conduzco desde mayo. Así que sin pedirle permiso a mis padres, hice lo que cualquier adolescente de dieciocho años hubiese hecho de darse el caso de "secuestro a su novio", o no... Quién sabe. En fin, que salí en tu "búsqueda". No me fue difícil localizar el coche que te había secuestrado, pues por suerte o por desgracia, su tubo de escape soltaba una especie de líquido que me resultó más fácil el seguimiento.
»Al llegar al lugar donde te retuvieron dos días seguidos, bajé del coche, consiguiendo que no me viesen, y les seguí.
»La vi, David... Vi que había sido ella, y no pude reprimir mi ira. Allí estaba Laura con dos hombres, supongo que contratados, y Álex. Tú estabas enfrente de él, con los ojos cerrados. Ambos estabais igual, y ahí... Ahí no supe a quién de los dos necesitaba, no supe a quién quería, David.
Al oír su nombre, el chico comenzó a abrir los ojos, pero antes de hacerlo murmuró:
—¿Y a quién quieres, Cía...?
David no podía preguntar aunque quisiese, seguía en shock.
"¿Ella?, ¿qué hace aquí...?", se repetía una y otra vez el chico de los ojos verdes azulados.
—Vamos, levanta, tenemos que irnos.
Cía cogió a David por debajo de los hombros y conforme pudo, lo levantó. Notaba más de lo normal su peso sobre ella, pero aún así, consiguió mantenerlo en pie. David estaba demacrado; el contorno de sus ojos había cogido un tono amoratado y sus labios no eran los de siempre, finos cortes rodeaban su boca a causa del frío, igual que sus manos. Apenas podía abrir los ojos, de haber estado días y días con esa mugrosa venda cubriéndoselos. Balbuceaba preguntas como "¿Dónde me llevas?" o "¿Qué haces aquí?" un tanto inentendibles, pero que después de repetidas veces, pudo llegar a descifrar.
Estaban en el bosque, era casi media noche y el frió empezaba a actuar. David, que sólo llevaba una camiseta de manga corta y su famosa chaqueta con capucha, comenzó a tiritar. Iba cayéndose por cada tres pasos que daba, y de hecho, de haberse tratado de una carrera de caballos, siendo él uno de ellos, ni el más tonto hubiese apostado a su favor. Aún así, Cía continuó el camino sin importarle que se fuera cayendo sucesivamente, quería sacarle de allí cuanto antes, le dolía verle en aquel mal estado, tanto físico, como psicológico.
Sacó su Iphone 5C de su bolsillo y vio las líneas que marcaban la cobertura.
"0, sin cobertura." Absolutamente nada.
"Mierda", pensó Cía, "¿Y ahora qué...?"
—Siéntate ahí, David. Necesito descansar.
David hizo caso omiso a lo que ella le había dicho, y dio dos pasos más.
—¿¡Pero qué te acabo de decir!?, ¡no puedes caminar sin mí, dios! —le chilló Cía—. Pf... Lo siento, perdóname, no quería chillarte.
—No te... preocupes... Estoy... bien.
David se fue deslizando por el tronco de un árbol hacia el suelo hasta conseguir sentarse, y acto seguido, Cía se colocó a su lado.
—Ven, acuéstate, anda —le dijo la chica indicándole que apoyase su cabeza en sus piernas.
David, sin pensárselo dos veces, terminó de acostarse en el suelo y apoyando la cabeza en las piernas de ella, cerró los ojos.
Pasados cinco minutos, su respiración le delataba; se había dormido.
Cuántas veces le había visto dormir, y aún así nunca se cansaba...
—Ahora que apuesto que no me escuchas... Creo que debo decirte lo que ha ocurrido... —Comenzó a narrar Cía.
»Sé que te fuiste de mi casa cabreado y a la vez "triste" por la carta de Álex, que resultó ser de Laura, porque desconfiaste de mí y no tuviste razón... Pero también lo vi todo...
»Cuando saliste de mi casa, estaba mirándote por la ventana, queriendo chillar que volvieses... Te seguí casi hasta tu casa... Y entonces lo presencié todo... Observé cómo un hombre, o al menos eso aparentaba ser, vestido de negro, con un pasamontañas y ambos guantes del mismo color, te tapaba la boca con un pañuelo empapado de cloroformo, supongo, pues caíste rendido a la primera de cambio.
»Corrí a toda prisa, queriendo alcanzar el coche, pero llegué tarde... —suspiró y continuó...— Ay, pequeño... No lo sabías, porque no te lo había dicho, pero conduzco desde mayo. Así que sin pedirle permiso a mis padres, hice lo que cualquier adolescente de dieciocho años hubiese hecho de darse el caso de "secuestro a su novio", o no... Quién sabe. En fin, que salí en tu "búsqueda". No me fue difícil localizar el coche que te había secuestrado, pues por suerte o por desgracia, su tubo de escape soltaba una especie de líquido que me resultó más fácil el seguimiento.
»Al llegar al lugar donde te retuvieron dos días seguidos, bajé del coche, consiguiendo que no me viesen, y les seguí.
»La vi, David... Vi que había sido ella, y no pude reprimir mi ira. Allí estaba Laura con dos hombres, supongo que contratados, y Álex. Tú estabas enfrente de él, con los ojos cerrados. Ambos estabais igual, y ahí... Ahí no supe a quién de los dos necesitaba, no supe a quién quería, David.
Al oír su nombre, el chico comenzó a abrir los ojos, pero antes de hacerlo murmuró:
—¿Y a quién quieres, Cía...?
lunes, 1 de diciembre de 2014
Capítulo 33.
"No sé dónde estoy, tengo una venda o una especie de antifaz viejo y mugriento en los ojos. Sólo noto el tacto de la fría tierra bajo mis manos. Está húmeda, pero no parece que haya signo alguno de que nazca césped por aquí, o cualquier hierbajo.
—¡Para ya, David, deja de martirizarte! —me digo a mí mismo.
Pero sigo sin hacerme caso, no creo que pueda dejar de pensar en ella, pero debería; aunque total, nunca hago lo que debo.
Oigo pasos, cómo unos pies se van acercando. Intento relajarme, pero hasta yo mismo escucho mis propios latidos. Me vuelven a tocar esas manos frías las muñecas, y siento cómo me van desatando esa especie de cuerda, que sigo sin saber si se trata de una cuerda o de una brida, de lo fina que es.
Me vuelve a acariciar la cara, pero esta vez más suavemente que la vez anterior; siento cómo me va a quitar la venda de los ojos y noto cómo lo hace.
Vuelvo a estar ciego completamente, el sol me ha anulado la visión. Poco a poco voy recuperando la vista, pero sigo viendo nublado.
Al cabo de los minutos, cuando por fin puedo ver más allá de un par de centímetros de distancia, la veo; allí está... Ella. Quién nunca me hubiese esperado..."
—Hola David.
"Cía...", dice mi pensamiento.
No sé tampoco decir si es de día o de noche. Tengo las manos anudadas detrás de la espalda y no puedo quitarme el objeto que me tapa los ojos.
Los pies, en cambio, los tengo libres, pero de poco me sirve, de momento no soy ningún experto en gimnasia rítmica y mi elasticidad es más bien poca.
Los pies, en cambio, los tengo libres, pero de poco me sirve, de momento no soy ningún experto en gimnasia rítmica y mi elasticidad es más bien poca.
He perdido la cuenta, no sé si pasan minutos, horas o incluso días; sólo sé que llevo sin beber desde hace mucho y que mi boca pide a gritos un poco de agua, o bastante. Noto cómo mis manos arden, pero a la vez están congeladas, y claro, instintivamente me acuerdo de aquello que leí una vez...
«Soy como el hielo,
transparente,
a veces brillante,
puedo adoptar varias formas,
pero seguiré siendo lo mismo,
eso,
hielo.
Si me tocas a veces quemo,
y otras veces en cambio me derrito.
Si me sueltas me parto en mil pedazos.
Y a veces sin razón alguna, me quiebro.»
Me ha venido automáticamente a la cabeza y mi mente sólo puede pensar en sus manos calientes, en cómo acariciaban las mías.
—¡Para ya, David, deja de martirizarte! —me digo a mí mismo.
Pero sigo sin hacerme caso, no creo que pueda dejar de pensar en ella, pero debería; aunque total, nunca hago lo que debo.
Oigo pasos, cómo unos pies se van acercando. Intento relajarme, pero hasta yo mismo escucho mis propios latidos. Me vuelven a tocar esas manos frías las muñecas, y siento cómo me van desatando esa especie de cuerda, que sigo sin saber si se trata de una cuerda o de una brida, de lo fina que es.
Me vuelve a acariciar la cara, pero esta vez más suavemente que la vez anterior; siento cómo me va a quitar la venda de los ojos y noto cómo lo hace.
Vuelvo a estar ciego completamente, el sol me ha anulado la visión. Poco a poco voy recuperando la vista, pero sigo viendo nublado.
Al cabo de los minutos, cuando por fin puedo ver más allá de un par de centímetros de distancia, la veo; allí está... Ella. Quién nunca me hubiese esperado..."
—Hola David.
"Cía...", dice mi pensamiento.
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