lunes, 3 de noviembre de 2014

Capítulos 28 y 29.

—¿Te han dicho alguna vez que tienes una boquita muy tentadora? —le preguntó descaradamente David a Cía.
—David, ¿qué quieres?

  Este, se situó delante de la chica y cogiéndola de la cintura se lanzó con ella encima de la cama, alargó el brazo para tocar el interruptor de luz y que de esta manera se apagase, y volvió a poner su brazo debajo de la cabeza de Cía.
  David cogió el mechón de pelo que le caía en la cara a ella, e instintivamente se lo apartó del rostro.

—Mírate, eres preciosa... —suspiró David—. Cualquiera en su sano juicio estaría loco por ti.
—¿Por qué haces esto tan difícil, David...?
—Si quieres que me vaya, sólo dímelo, dímelo, y... —silencio. —Dímelo y me volveré a ir, pero esta vez, juro que no volverás a saber de mí.

  Cía se separó de su lado y volvió a mirar a ese techo negro.
  Notaba cómo los músculos del brazo del chico se tensaban cada vez más, y sabía que era porque él esperaba una respuesta.
  Silencio de nuevo.

—Cía, di algo, por Dios.
—No...
—¿No qué...?
—No quiero... —dijo la chica sin poder terminar la frase.

  "No quiero verte más­­­", pensó David que ella diría... Y sin decir nada, hizo amago de levantarse, quitando el brazo de debajo de su cabeza.

  De repente, notó cómo le agarraba el brazo y se le acercaba a la oreja.

—No quiero que te vayas... No quiero que te vayas, ni ahora, ni nunca —le susurró en el oído, y abrazándole le echó hacia atrás, tumbándole entre sus brazos.
  
  Mirándole desde arriba le besó de nuevo y cerró los ojos.

—¿En qué piensas, pequeña?
—En nada —contestó Cía. —Ven anda. Le dijo haciéndole sitio en la cama para que se tumbase a su lado.
  
  Él ni se lo pensó dos veces, y a los cuatro segundos ya estaba a su lado, abrazándola de nuevo.

—Sólo espero que mis padres no te hayan oído entrar... —dijo en voz baja Cía.
—Me he arriesgado con tal de estar contigo y ser un poco más feliz —contestó él.

  Cía miraba esos ojos verdes azulados pensando que nunca más volvería a verlos y quiso que es imagen se quedase en su mente toda su vida.
  Dentro de las sábanas empezaba a hacer calor, y no sabía si era ella, él, o los dos. Nunca había experimentado aquella sensación. Nunca había estado con nadie en esa misma situación, ni siquiera con Álex.

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—No te pongas nerviosa, enana, no haremos nada que no quieras hacer —dijo David tranquilizándola mientras la volvía a besar.

  Pero ella sí quería, quería que su primera vez fuese en la preciosa ciudad de Barcelona, que fuese en su cama, pero sobre todo que fuese con él. Así que no dijo nada más, y se relajó.
  Notaba cómo la mano de David le acariciaba y cómo debajo de ésta se le erizaba la piel. Sentía que en cualquier momento iba a estallar, y que sus padres se enterarían de todo. Se reía para sus adentros porque la realidad era que aquel momento, de una manera u otra, le excitaba.
  Cía se incorporó junto con David sin parar de besarle e intentó quitarle los pantalones torpemente. Lo había visto hacer muchas veces en muchísimas películas, pero no se podría haber imaginado que llegase a tener tanta complicación.

—Me siento idiota —dijo riéndose en voz baja la chica.
—Sh... No te preocupes...

  Y el chico acabó de quitárselos sin dejar de mirarla. Al instante, hizo lo mismo con su camiseta preferida, la de Los Simpsons, sabiendo que debajo no llevaría nada, pues cuando una chica va a dormir, siempre se quita el sujetador.

—No te tapes, cielo... —le dijo a Cía quitándole las manos de los pechos—. Eres perfecta...

  Continuó besándola, dándole la seguridad que necesitaba, intentando que cada segundo fuese perfecto, sabiendo lo nerviosa que estaba ella.
  La veía tan pequeña, tan frágil, tan vulnerable... Que sentía que cualquier roce iba a romperla.
  Finalmente, le quitó la única prenda que la tapaba, y él también acabó por desnudarse del todo, quedándose de esa manera ambos, conforme les habían traído al mundo.

—Si te hago daño, sólo dímelo...
—Sh... Estoy segura.

  Y dicho esto, se fundieron el uno con el otro...

Una hora y media después, en aquella misma habitación...

  La tenía durmiendo encima de su pecho; estaba sudada, con las mejillas sonrojadas y más preciosa que nunca. De repente, una piedra entró en la habitación. Por suerte el balcón estaba abierto y no rompió ninguna ventana.
  Sin despertar a Cía, se levantó, con el fin de descubrir al capullo que la había tirado, pero al agacharse para recogerla, se dio cuenta de que alrededor de ésta, había un papel envuelto.
  Abrió el papel y mentalmente leyó:

"¿Sabes?,
contigo quiero hacer el amor, quiero follar, quiero ver estrellas en el cielo cuando nos perdamos por cualquier montaña (cómo hacíamos antes, ¿recuerdas?), 
quiero hacer una pizza casera y que nos manchemos y ensuciemos con harina, quiero comerte con chocolate, con nata, con helado de vainilla, o incluso sin nada.
Quiero verte dormir, quiero hacerte fotos mientras duermes, e inmortalizar el momento,
quiero que estés a mi lado y no te vayas,
quiero pasear contigo de la mano por cualquier calle, sea de Barcelona, de Zaragoza o de París, me da igual.
Sólo me interesa que estés tú.
Quiero ver cualquier película de miedo y asustarme adrede para que me abraces más fuerte.
Quiero ducharme, y que te metas tú de sorpresa, para acabar una buena ducha.
Quiero ver cualquier película contigo y dormirme sobre tus piernas.
Quiero tantas cosas, Álex...
Pero, ¿sabes...?
Sobre todo te quiero a ti.

—Cía.

Querido David, todo lo que ha hecho contigo, lo hizo conmigo."

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