jueves, 31 de julio de 2014

Capítulos 19 y 20.

—Álex, ¿qué pasa?, dímelo ya.

  David entró en la habitación de golpe, y fijamente se quedó mirando a Álex.

—¿Se puede saber qué haces aquí? —preguntó David alzando el tono de voz.
—Tenía que hablar con ella —contestó Álex.
—Tú y ella no tenéis nada de lo que hablar, ¿recuerdas?, por tu culpa está ahí.
—Creo que tienes que contarle algo, ¿no crees? —dijo Álex.

  El chico se quedó sin habla, y seguidamente agachó la cabeza.

—David... ¿Qué es lo que ocurre? —preguntó de nuevo Cía.

  Tres semanas antes en la playa de la Barceloneta...

—¿Me quieres? —dijo él mirándola a esos ojos de color verde esmeralda mezclados con gotas de Coca-Cola.
—David... Creo que deberíamos tomarnos un tiempo...
—No voy a poder verte todos los días y fingir que no ha pasado nada, joder.
—Va a ser lo mejor, empieza el verano, quiero estar con mis amigas, y disfrutar. Solo espero que lo entiendas... —contestó ella.
—Vas a acordarte de ésta, te lo prometo.

  Aquella misma noche en la habitación 212 del Hospital del Mar... 

—Lo siento Cía... —dijo David.
—Laura...
—Es cosa del pasado, Cía, ahora estoy enamorado de ti...
—No me digas nada más, por favor, y no vuelvas a hablarme... Olvídame, David —contestó Cía entre lágrimas. Sin poder articular apenas las palabras. Sintiendo que el mundo se le venía encima, y que no iba a salir de aquella. 
—Pero...
—Adiós David.

  Y salió por la puerta, sin decir nada, dejando atrás a su Cía, a su pequeña. 

—No quise decirte nada porque no estaba seguro... —añadió Álex.
—Vete, necesito estar sola, por favor.

  Todos los momentos que habían pasado, todos y cada uno de ellos... ¿Fingidos?, ¿cómo se puede fingir querer a una persona?
  Todo por vengarse de ella, de alguien a quién consideraba una de sus mejores amigas; de Laura. 
  La utilizó y no le importó lo que ella sentiese, era simple. Y en ese momento, lo único que deseaba era volver a la noche anterior para que aquel coche le hubiese quitado la vida.

—Estaré fuera para lo que me necesites, pequeña... Estoy aquí —dijo Álex antes de salir de la habitación.
—Diles a todos que no quiero saber nada de nadie, solo te pido ese favor.
—Cómo quieras, Cía...

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Dos noches antes en un cruce cerca del parque de La Barceloneta...

"—Juro que de esta noche no pasa..., ni ella, ni él... —pensaba mientras calentaba el motor del coche— David no va a ser feliz con ella, porque sigue siendo mío."

  Empezó a sonar "Quererte a mi modo" de Dante. Su canción. Y aceleró. Llevándose por delante a Cía, viendo cómo David chillaba su nombre mientras se arrodillaba en el suelo llorando cómo nunca antes le había visto llorar.

La noche del día siguiente en un apartamento cualquiera de la playa de la Barceloneta...

Ding. Dong.

  Laura se aproximó a la puerta y la abrió. David.

—¿Qué haces aquí?
—Fuiste tú, ¿verdad? —le chilló el chico.— ¡Atropellaste a Cía!
—¿Y qué?
—¿¡Cómo que y qué!?, estás enferma, Laura.
—Te dejé, pero sigues siendo mío, y aunque ella fuese una de mis mejores amigas, no iba a ser feliz contigo.
—Me dejaste, deja que haga mi vida. Ahora la quiero a ella —contestó David.— Aunque quizá empezase jugando con Cía ahora me he enamorado. Entiéndelo y métetelo en la puta cabeza.
—No puedes enamorarte de alguien en menos de dos semanas, ¡David!
—Si el protagonista de "Querido John" pudo, no veo por qué yo no.

  David dio un portazo dejando a Laura con la palabra en la boca, dejando casi toda la rabia que llevaba dentro en el golpe que le acababa de dar a la puerta.
  Mientras caminaba en dirección al hospital, iba pensando en ella. En la chica morena de ojos color miel que conoció en la playa, y lo sabía, estaba enamorado. Podía poner la mano en el fuego admitiendo que nunca antes había sentido algo parecido, pero quizá ya era demasiado tarde, y la había perdido para siempre. O quizá no, y por eso iba a intentarlo.
  Llego al hospital y fue directamente a la habitación 212, pero ella ya no estaba allí. ¿Dónde la habían llevado?

—Perdona, busco a Cía Beltrán, estaba en esta misma habitación —preguntó a la enfermera que en ese mismo momento cambiaba las sábanas de aquella cama.
—Cía Beltrán... —dijo mirando el techo de la habitación como pensativa— Ah, sí, le han dado el alta esta mañana.
—Mierda —susurró David.— Está bien, gracias.

  Salió a toda prisa del hospital y fue corriendo a su casa, necesitaba hablar con ella.
  Al llegar, llamó al timbre y fue su madre quién le abrió la puerta.

—Hola David, Cía está durmiendo ahora, ¿querías algo?
—Venía a verla y a hablar con ella.
—Pasa si quieres y tómate algo con Adrián y conmigo, pero no te prometo que se despierte.
—Está bien, esperaré.

  Al entrar a la casa, la vio diferente, habían menos objetos que la última vez que había estado allí y le pareció extraño.

—Irene, ¿qué ha pasado aquí?, ¿y las cosas?
—Ah, esperaba que te lo dijese Cía, pero visto lo visto... —dijo bajando la voz— A Adrián le han pedido que vuelva antes a Zaragoza por el trabajo, y nos tenemos que ir.
—¿Significa eso que no volveréis?
—Lo dudo, David...

sábado, 26 de julio de 2014

Capítulos 17 y 18.

  David miró a Cía sin articular palabra. 
  No se podía creer lo que le estaba diciendo. 
  Se levantó de golpe para ir a avisar a Irene, que acababa de salir para dejarles solos, a algún médico que le explicase qué estaba ocurriendo, si aquello era normal... Pero de repente Cía comenzó a reírse a carcajadas.

—Tendrías que haberte visto la cara, David... —siguió diciendo Cía entre lágrimas de risa— Estabas para grabarte.
—No vuelvas a hacerme eso, Cía, nunca.

  Cía puso pucheritos y le pidió perdón, le abrazó y volvió a sonreír.

—¿Sabes...?, te echaba de menos... —dijo David— Pensaba que iba a perderte...
—David... Escuché lo que me dijiste en la ambulancia... O lo escuché o lo soñé... Pero yo también quiero estar contigo, porque... porque sí, porque me haces feliz.
—¿Me lo estás diciendo en serio...?, ¿y Álex?
—Me he dado cuenta de que Álex únicamente es alguien del pasado, alguien que me hizo feliz, pero que a la vez también me hizo daño, alguien que formó parte de mi vida, y alguien que tiene que entender que yo tengo que hacer ahora la mía, sin él...

  David no dijo nada, le cogió la mano, en la que aún llevaba el gotero, se la acarició y le beso la frente.

—Alguien un día me dijo que un beso en la frente significaba protección; quiero protegerte, pequeña. No quiero que te pase nada malo, quiero ser tu pequeño ángel.
—Y yo quiero que lo seas.
—Voy a avisar a tu madre y a los demás de que ya has despertado, ahora vuelvo —añadió David.

  Y antes de irse volvió a besarla, pero esta vez en los labios.

—Y come algo...

Diez minutos después en la habitación 121 del Hospital del Mar...

  Allí entraban ellas, sus dos mejores amigas, corriendo cómo si huyesen de algo, o al contrario, cómo si allí mismo fuesen a encontrar lo que llevaban ansiando toda su vida. Marta, la chica pelirroja, la de la sonrisa perfecta, la que siempre le sacaba una sonrisa estuviese en la situación que estuviese, a la que necesitaba en su vida para seguir... Y a su lado, Laura. Tan guapa como siempre, con su precioso pelo castaño y sus ojos verdes que volvían loco a cualquiera.
  Tenía las mejores amigas que nadie pudiese tener, y por nada del mundo estaba dispuesta a perderlas...

  Ambas corrieron a abrazarla, y las tres se fundieron en el mismo abrazo, entre lágrimas, entre sentimientos.

—No vuelvas a darnos otro susto así, por dios, Cía —dijo Marta.
—Lo siento... —contestó Cía.
—No tienes nada que sentir, pequeña... Simplemente lo hemos pasado mal por ti... —respondió Laura— Te queremos mucho.

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—¿Y mi madre, chicas? —preguntó Cía.
—Ha bajado con tu padre a tomarse un café, llevaba toda la noche despierta... Ahora subirá.

  Al cabo de dos minutos entraron por la puerta Sergio y Miriam acompañados de David. Miriam llevaba en la mano un peluche gigante y una caja de Ferrero Rocher.

—De parte de todos, canija —dijo Miriam.— Esperemos que te recuperes pronto, echamos de menos tus tonterías en el grupo... Sobre todo mi primo, eh, jajajaja.

  Así era Miriam, tan extrovertida como siempre. Habían hablado un par de veces pero ya le caía genial.
  A los quince minutos entraron sus padres y todos ellos se fueron despidiendo, no se permitía tanta gente en la habitación.

—Nos vemos luego, enana —dijo David mientras le mandaba un beso.

  Seguía sin saber cómo lo hacía, pero le resultaba irresistible.

—Es un chico encantador... —dijo el padre de Cía— No como el imbécil de tu ex, Alejandro se llamaba, ¿no?
—Adrián por favor, no digas esas cosas —riñó Irene a su marido.
—Si papá, era Álex...
—Bueno no importa. Lo importante ahora es que estás bien, y que estamos aquí contigo. 
—¿Sabes, Cía?, fue David quién nos llamó para avisarnos... Le debemos tanto ya a ese chico... —comentó Irene— se quedó también anoche, despierto...

“Ay mi David...", pensó Cía, "es tan increíble...”

—Mamá, papá, estoy cansada y me duele la cabeza..., necesito descansar...
—Claro cielo, nosotros estaremos fuera, ¿vale? —dijo su madre.
—Te queremos —añadió su padre.

  Y dicho esto salieron ambos por la puerta...

  Dos horas y media después en aquella misma habitación...

—Cía, Cía, ¿me oyes...? —dijo una voz.
—¿Doctor...?

Cía apenas había abierto los ojos, por lo cual, solo había podido observar a un chico de metro ochenta y poco con una bata blanca.

—Cía... Soy Álex.

  La chica se sobresaltó, y se puso a chillar.

  Álex instintivamente le tapó la boca y le dijo:

—Voy a ser breve... Únicamente he venido porque... Hay algo que tienes que saber de David...

miércoles, 16 de julio de 2014

Capítulo 16.

  De repente todo se volvió completamente negro. 
  Empezó a transcurrir todo muy lentamente —como cuando das tu primer beso de amor y te sientes nervioso, como cuando esperas sentado frente al reloj de la cocina a que llegue la hora para salir y verle de nuevo, pero la manecilla de los minutos tarda cada vez más—, y David únicamente quería retroceder hacia atrás en el tiempo.
  La gente empezaba a acumularse alrededor. Alguna persona que otra sacaba su teléfono móvil torpemente de sus bolsillos intentando llamar a cualquier ambulancia. David simplemente podía observar el ambiente sosteniendo la cabeza de ella.
  En cuestión de minutos vio cómo dos chicos vestidos de enfermeros la subían a la ambulancia, a su pequeña, a su Cía, a quién varias horas atrás había visto besando a otro, y a quién más horas atrás había visto dormir.
  Corrió como pudo hasta llegar a su lado, cada vez con menos oxígeno. Y al llegar; pidió, suplicó, que le dejasen subir junto a ella. 
  El interior de la ambulancia era estrecho, pero pensaba que así sería mejor, que así ella sentiría su calor y oiría sus latidos aumentando cada vez más. Aún con la mascarilla del oxígeno, el cabestrillo en su precioso cuello, y pequeños cortes en su cara, podía decir que Cía era la chica más guapa del mundo, y que ninguna otra se le parecería ni de lejos.
  No quería que ninguna otra se le pareciera, solo la quería a ella, y se había dado cuenta.

—Hola pequeña. Mírame, aquí sigo, ¿ves?, te dije que nunca me iría y aquí estoy —decía David intentando que no se le quebrase aún más la voz de lo que ya la tenía—. No ha pasado nada, tú ahora simplemente duermes, y yo te veo dormir, cómo hace unos días...

  Y rompió a llorar. No estaba dispuesto a perderla, no podía perderla, la necesitaba.

  La ambulancia paró en seco y de repente abrieron la puerta, David bajó enseguida dejando a los camilleros cogerla, mirándola por última vez antes de que la entrasen en el Hospital.

Media hora después en el Hospital del Mar...

  Allí estaba él. Sentado en la sala de espera. Mirándose los pies y echándoles la culpa por no haber corrido más, mirándose las manos llenas de gotitas de sangre de ella, y pensando que por qué no pudo haber sido él...

"David..."

  Se giró. Irene ya había llegado. Se acercó a él y aunque apenas le conociese le abrazó, sin importarle nada. Necesitaba apoyo en esos momentos, y David lo sabía mejor que nadie.

—¿Qué ha pasado, David?, dímelo por Dios —sollozó Irene.

  Y así hizo. Le contó todo lo que había pasado conforme pudo, porque a la mínima se le rompía la voz. 
  Al cabo de media hora, Marta y Laura llegaron seguidas de Sergio y Miriam, quiénes también sabían lo que había ocurrido. Lo que le extrañó a David fue que no estuviese por allí Álex, ¿tan poco le importaba?

—¿Sabéis algo de ella? —preguntó Marta medio llorando.
—No, aún nada, estamos esperando a que salgan los médicos, pero de momento nada —contestó David mientras volvía a abrazar de nuevo a Irene.

  Pasaron quince minutos aproximadamente y salió un médico. Era un chico, aparentemente de unos treinta y poco, moreno y con los ojos azules, "Dr. H. Hernández" se podía leer en su chapa de identificación.

—¿Familiares de Cía Beltrán?
—Sí, soy su madre —respondió Irene.
—Pueden pasar, pero solo ambos de ustedes —dijo el Dr. H. Hernández, y se fue.
—Pasa conmigo, David, necesitas verla —le susurró Irene al chico.
Gracias...

  Habitación 121. Paredes impecables, bastante modernizada y con dos camas: la del paciente y una plegable para el familiar que se queda a pasar la noche en vela.
  Preciosa, cómo no, ahí estaba Cía, con los ojos cerrados y dos tubos que llegaban hasta su nariz conduciendo oxígeno, un brazo escayolado y una parte mayoritaria de su cabeza vendada.
  David, sentado en la cama, viéndola dormir, le cogió la mano y la volvió a mirar; no se cansaba nunca de hacerlo y lo peor es que no había tenido tiempo de decírselo. Notó que sus dedos empezaron a moverse y al cabo de cinco minutos abrió los ojos.

—Mi pequeña Cía... —susurró David.
—¿David?, ¿David, por qué no puedo verte?

lunes, 7 de julio de 2014

Capítulo 15.

  Ahí estaba él, como si sus ojos fuesen de cristal, con la mirada fija en los labios de Álex, como si de un momento a otro esos ojos verdes azulados fueran a romperse.
  David tenía el nudo en la garganta, el corazón a punto de salir de su pecho y sus latidos cada vez cogían más velocidad. Pero calló y no dijo nada, simplemente pasó por delante de ambos, agachó la cabeza y siguió caminando.

—Cía, ¿conoces a ese chaval que acaba de pasar? —preguntó Álex— Me ha dado la sensación de que nos estaba mirando.

  Cía no podía articular palabra, no sabía qué decir o hacer en esos momentos, únicamente quería irse de allí lo más pronto posible.

—Cía, ¿estás bien?
—Sí, pero necesito irme —contestó ella con la voz quebrada—. Ya hablamos, ¿sí?
—Voy a acompañarte aunque no me dejes, estás demasiado lejos de tu casa y es tarde, no quiero que te pase nada, pequeña.
—No, Álex, prefiero irme sola, y no insistas.

  Dicho esto le dio dos besos al chico y emprendió camino.

00:15 en un banco del parque de La Barceloneta...

"No puedo ser más imbécil...", se repetía cada dos minutos David en la mente. "¿Quién me mandaría a mí pillarme por ella?, si es que..."

  Tenía los nudillos llenos de sangre por haber descargado su rabia contra un muro aún inacabado, pero no era ese el dolor que más daño le hacía, sino uno más profundo que le venía desde dentro del pecho y al cual no estaba acostumbrado a sentir.
  De repente le vio, pasó por delante de él: Álex. Con su metro ochenta y dos aproximadamente de estatura, su pelo rubio y esos ojos grises que a cualquier chica enamorarían, iba con unos vaqueros pitillo, las últimas Vans que habían sacado a la moda y una camiseta de tirantes que le remarcaba su bonito bronceado y esos bíceps de cuatro meses de gimnasio y algún que otro batido de proteínas.
  Mirándolo así, Álex era el prototipo perfecto de chico, físicamente no tenía ningún defecto, y él a su lado, no era nada.
  Álex se acercó al banco dónde estaba él, y David, intentando disimular sus lágrimas y las heridas de sus nudillos, alzó la cabeza.

—Mira qué tenemos aquí... —dijo Álex con tono vacilante— Una niñita que llora a la primera que le rompen el corazón, ¿verdad?
—¿Qué coño quieres? —contestó David— ¿Y Cía?, ¿dónde está?
—Yo de ti nada, solo venía a advertirte. Cía está de camino a su casa, ¿dónde sino?
—¿Advertirme de qué?
—De que ella es mía, y de que no te acerques a ella, niño bonito, o quizá eches de menos esa carita que tienes, fue, es y será mía, chaval, así que mejor no te metas dónde no te llaman.

  David no daba crédito a lo que estaba oyendo, pero solo podía pensar en ella, en la de peligros que corría al ir sola por la calle.

—¿Cómo has sido capaz de dejarla irse sola?, ¿así es cómo cuidas lo que es tuyo?
—¿Perdón? —preguntó Álex incrédulo.
—Que eres un imbécil.

  Y antes de que Álex pudiese responder nada, David bajó del banco, se puso sus auriculares, la música a todo volumen y aceleró el paso para encontrar a Cía a tiempo.

00:55; dos manzanas antes de llegar al apartamento de Cía...

  Allí estaba, la veía. David se puso a correr para alcanzarla porque los gritos con su nombre estaban siendo en vano. Ella acostumbraba también a ponerse los auriculares con la música a todo volumen para olvidarse del resto del mundo, como él.
  Cía se paró en un cruce, mientras David seguía corriendo tras suya.

—¡Cía, para! —le chilló de nuevo David.

  Ella instintivamente se quitó el auricular en medio de la calle y se giró viendo a David correr hacia ella; lo que no vio fue ese coche que minutos después la tendría sobre el capó...

martes, 1 de julio de 2014

Capítulo 14.

—Esto... Cía, creo que debería irme, me estarán esperando en casa.
—Claro, David, te acompaño a la puerta.

  Por suerte de todos, David, al levantarse antes ya se había puesto su ropa, y la de su padre la había echado a lavar.

—Un placer Irene —dijo David, y seguidamente agachó la cabeza y junto a Cía, se fue.

Varias horas después en el mismo apartamento a la hora de la comida...

—Y bien, Cía, ¿algo que nos tengas que contar a tu padre y a mí? —preguntó molesta Irene.
—No, la verdad es que no.
—¿Pero qué quiere decir... —murmuró el padre.
—¿Quién es David? —volvió a preguntar Irene a su hija.
—Es un chico que conocí, y que..., me gusta, mamá.
—Al menos habréis usado protección, ¿no? —preguntó ya histérico el padre.
—¿¡Pero qué!?, ¿¡Qué dices papá!?, ¡si no hemos hecho nada!, solo vino para hacerme compañía, ya está.
—Por favor Cía, no nos mientas —dijo su madre.
—Pero que no os estoy mintiendo, lo prometo —dijo Cía alzando la voz por cada palabra que decía—. Me encontraba mal, necesitaba sentir que alguien me quería y por eso le dije que viniese, ¿ya estáis contentos?

  Y dicho esto se levantó de la mesa, cogió su plato, su vaso y sus cubiertos, los depositó en la pila de la cocina y subió a su cuarto con el nudo en la garganta y las lágrimas medio asomando por sus ojos.
  Entró a su habitación, cerró la puerta y puso la primera canción de la lista de reproducción de su Ipod.

"(...) Es tan solo una manera, de recordarte... Contigo quiero soñar, y hablarte...
Para mí no estás distante..., y aunque no pueda tocarte, juro no me olvidaré de ti..."

  Ricky Furiati - Mi manera de recordarte. 
  Esa canción, le traía tantos recuerdos que no podía evitar acabar llorando.
  Se metió en su cama, y abrazó a la almohada mientras sentía de nuevo el olor de David.

  Bip. Bip.
  Acababa de llegarle un WhatsApp.

 "Cía, ¿podemos quedar?"

Álex.

"¿Pero qué quería de nuevo?, ¿no le bastaba con la que había liado?", pensó Cía.

"Cía: ¿Para qué?, tú y yo no tenemos nada que hablar.
Álex: Por favor, te prometo que si no quieres verme más lo entenderé, pero queda conmigo una vez más..., he cambiado, Cía.
Cía: No sé qué decirte, Álex, ya no te creo...
Álex: Como quieras, esta noche estaré en el parque de La Barceloneta, si a las 22:00 no estás allí, lo entenderé. Un beso Cía, y hasta esta noche.
(Espero)"

  Cía cerró el WhatsApp sin contestarle. No sabía qué hacer. David no le había dicho nada y además ella quería saber qué le había llevado a Álex a hacer aquello... Así que decidido, iba a ir a verle, por mucho que se arrepintiese después.

21:55 en el parque de La Barceloneta...

  Cía llevaba más de quince minutos buscando a Álex, pero ni rastro de él. Aquel parque era gigante, y con la poca luz que había aquel día, encontrarle era algo imposible antes de que fuesen las diez.

—Cómo no, siempre llegando puntual —dijo una voz tras suya.

  La chica se giró asustada y lanzó un pequeño chillido.

—¡Joder, Álex, me has asustado!
—Perdón, no era mi intención —se disculpó él.
—Bueno, ¿me puedes decir qué quieres?
—Cía..., ¿has llorado?
—¿Qué?, ¿pero qué dices?
—Sé cuándo has llorado, sueles mirar varias veces al suelo, y aunque no se te ponen los ojos rojos, te brillan diferente...

  No se podía creer lo que estaba oyendo... ¿Tanto la conocía Álex...?

—Bueno, ¿y qué?
—Ven anda.

  Y sin esperar respuesta, Álex la abrazó.

—¿Qué haces? —preguntó sobresaltada Cía.
—Algo que llevaba deseando hacer desde hace mucho.

  Pero aún así, ella no se soltó de los brazos de él. Sus bocas estaban a menos de cinco centímetros y ambos sentían el cosquilleo en su vientre.

—Bésame, Cía, o dime que te bese.
—No, Álex... no voy a hac...

  Y antes de que pudiese acabar la frase, los labios de Álex se unieron con los suyos.

22:05 cerca del parque de la Barceloneta...

  David solía ir a aquel parque de pequeño, le gustaba oír cómo se movían las hojas de los árboles por la suave brisa de aquella hora... 
  Paseando, como cada noche, se le ocurrió acercarse al centro del parque. Había una pareja, y la mente le llevó a pensar en ella, en su pequeña Cía, en la perfecta noche que había pasado viéndola únicamente dormir...
  Pasó por delante de ellos dos, y al fijarse la vio, vio cómo su boca, que horas antes había estado besándole, ahora estaba rozando otros labios... Y solo pudo decir:

—Cía...