lunes, 1 de diciembre de 2014

Capítulo 33.

  "No sé dónde estoy, tengo una venda o una especie de antifaz viejo y mugriento en los ojos. Sólo noto el tacto de la fría tierra bajo mis manos. Está húmeda, pero no parece que haya signo alguno de que nazca césped por aquí, o cualquier hierbajo.
  No sé tampoco decir si es de día o de noche. Tengo las manos anudadas detrás de la espalda y no puedo quitarme el objeto que me tapa los ojos. 
  Los pies, en cambio, los tengo libres, pero de poco me sirve, de momento no soy ningún experto en gimnasia rítmica y mi elasticidad es más bien poca.
  He perdido la cuenta, no sé si pasan minutos, horas o incluso días; sólo sé que llevo sin beber desde hace mucho y que mi boca pide a gritos un poco de agua, o bastante. Noto cómo mis manos arden, pero a la vez están congeladas, y claro, instintivamente me acuerdo de aquello que leí una vez...

«Soy como el hielo,
transparente,
a veces brillante,
puedo adoptar varias formas,
pero seguiré siendo lo mismo,
eso,
hielo.
Si me tocas a veces quemo,
y otras veces en cambio me derrito.
Si me sueltas me parto en mil pedazos.
Y a veces sin razón alguna, me quiebro.»

  Me ha venido automáticamente a la cabeza y mi mente sólo puede pensar en sus manos calientes, en cómo acariciaban las mías.

—¡Para ya, David, deja de martirizarte! —me digo a mí mismo.
  
  Pero sigo sin hacerme caso, no creo que pueda dejar de pensar en ella, pero debería; aunque total, nunca hago lo que debo.
  Oigo pasos, cómo unos pies se van acercando. Intento relajarme, pero hasta yo mismo escucho mis propios latidos. Me vuelven a tocar esas manos frías las muñecas, y siento cómo me van desatando esa especie de cuerda, que sigo sin saber si se trata de una cuerda o de una brida, de lo fina que es.
  Me vuelve a acariciar la cara, pero esta vez más suavemente que la vez anterior; siento cómo me va a quitar la venda de los ojos y noto cómo lo hace.
  Vuelvo a estar ciego completamente, el sol me ha anulado la visión. Poco a poco voy recuperando la vista, pero sigo viendo nublado.
  Al cabo de los minutos, cuando por fin puedo ver más allá de un par de centímetros de distancia, la veo; allí está... Ella. Quién nunca me hubiese esperado..."

—Hola David.

"Cía...", dice mi pensamiento.

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