No recordaba haber visto a ninguna chica igual de preciosa que ella; tan elegante y a la vez tan sencilla. Contaba en silencio las veces que se enrollaba en el dedo índice su mechón de pelo negro y cuántas lo enganchaba tras su oreja —¡hasta ese movimiento lo hacía como nadie!—.
Mierda. Acababa de levantarse. Seguro que iría a decirle algo por cómo la estaba mirando; si es que hasta él se había dado cuenta, si las miradas matasen, esa chica de la mesa 30 hubiese estado bajo tierra hace rato.
Pues no. Se dirigía hacia el baño. Y qué bien caminaba, recta, pisando fuerte, con seguridad.
"Si sigo aquí no voy a lograr nada", se dijo el chico para sus adentros.
Y dicho esto, se levantó de la barandilla donde estaba sentado, volvió a colocarse los auriculares en sus oídos y fue tras ella.
Los servicios se encontraban en la planta inferior, a los cuales se llegaban bajando una enorme escalera de caracol. La chica del pelo negro acababa de entrar por la puerta, y él, lo único que pudo hacer, fue sentarse en el último escalón y esperar.
Al cabo de diez minutos, mientras oía "Entre sábanas" de Balastegui, notó cómo una mano le tocaba el hombro. Era ella.
—Perdona, ¿te conozco?
—No, dudo que lo hagas, recordaría una cara como la tuya.
—Vaya, pues me he equivocado de persona... —dijo Cía sonrojada.
—Pero bueno, ya que estamos, encantado; soy Fran.
—Lo mismo digo; soy Cía.
A la chica, aquella cara le sonaba tan sumamente familiar..., y lo peor es que no sabía el porqué.
—¿Vives por aquí? —le preguntó Fran.
—¡Qué va!, soy de Zaragoza, y esta noche es nuestra última noche...
—¿Nuestra...? —dijo él algo desconcertado.
—Mis padres y yo; ya sabes.
—Ah , sí, claro. Bueno, bonita, quizá nos veamos más adelante, en cuestión de semanas voy a Zaragoza, mira por donde.
Cía no podía creerse lo que estaba oyendo. Acababa de conocerle y justamente iba a ir a Zaragoza, a su Zaragoza. Cosas de la vida.
—¡Qué pequeño es el mundo, vaya...! Pues nada, ya nos veremos si eso.
Y sin despedirse siquiera, Cía, siguió subiendo las escaleras, y desapareció de su vista.
23:40 en la puerta del restaurante "1881 per Sagardi"...
—¡Ya era hora de que llegaras, hermano!, ¡te he estado esperando como unos 30 minutos! —chilló Fran al chico que se le iba acercando.
—He estado algo liado, ya sabes...
—¿Has vuelto a estar con ella...?, mira que no aprendes...
—Déjalo, no importa. ¿Tú qué?, ¿te ha interesado alguien de por aquí mientras me esperabas?
—Pues no vas a creértelo pero sí. Es preciosa, su pelo, sus ojos, incluso su nombre...
—¿Y no me vas a decir cómo se llama, pillín?
—Cía, David, mi amor platónico se llama Cia...
No hay comentarios:
Publicar un comentario