Varias horas después de lo sucedido...
No veía absolutamente nada. Algo le estaba cubriendo los ojos, o definitivamente se había quedado ciego. Tenía la boca seca, como si le hubiesen metido anteriormente un aspirador de esos que utilizan los dentistas para absorber la saliva. Notaba cómo sus labios le ardían, cómo aún quedaban pequeñas partículas de sangre en la comisura de su boca.
Empezó a asustarse.
Quiso levantarse, pero el movimiento fue en vano. Tenía las manos sujetas a la silla en la que estaba sentado; pero no hubiese sabido decir con qué, si con una cuerda demasiado fina, o con bridas. Pasó lo mismo con los pies, tenía las piernas abiertas, enganchadas cada una a una pata, y le fue imposible.
Desconocía el porqué estaba allí, sobre todo él, cuando en su vida había hecho nada malo; excepto decir una que otra mentira, y tampoco.
Olía a húmedo y a lugar cerrado, pero no fue ese su mayor problema.
De repente escuchó una voz que le resultó demasiado familiar.
—¿Ho...la?, ¿hay alguien... Ahí? —dijo esa voz.
—¿Álex?, ¿Álex, eres... Tú? —preguntó extrañado David conforme pudo.
—¿David?, ¿qué haces aquí?, ¿por qué no puedo verte?
—Eso debería preguntarte yo a ti... —dijo David tragando saliva—. ¿Qué significa que no puedes verme?, ¿también te han tapado los ojos?
—¿También? —se extrañó Álex—. ¿Se puede saber qué tipo de broma es esta, y por qué estamos los dos sentados y atados?, ¿¡qué coño está pasando aquí!?
Inesperadamente oyeron cómo una puerta se cerraba de golpe, y unos pasos caminaban hacia ellos.
Alguien estaba empezando a tocarle la cara a David. Esa persona tenía las manos frías pero finas y a la vez grandes. No sabía decir si se trataban de manos masculinas o femeninas.
Notó cómo se iba separando de él...
—¡Decidme qué tiene Cía que no tiene cualquier chica! —dijo la voz desconocida.
—¿¡Quién eres y por qué nos tienes aquí atados!? —chilló Álex.
—¿He dicho que hables? —preguntó la misma voz.
—¡AH! —chilló Álex.
David sabía que aquello no era ninguna broma. Que delante de ellos había alguien absolutamente ido de la cabeza y que lo mejor iba a ser no decir nada. Suponía que esa persona había golpeado a Álex tan fuertemente que había hecho que éste perdiera el conocimiento y por ello no dijese nada.
Súbitamente se acercó a él de nuevo y le acarició la cara una vez más.
—Eres tan precioso, David... —dijo la voz desconocida.— Lo tienes todo...
»Y yo... Yo... ¡Mírame! Yo no tengo absolutamente nada...
—No puedo... mirarte... —dijo el chico intentando calmar el tono alterado y asustadizo de su voz.
—¡Cállate!, ¡ni falta que hace!
Y dicho esto, desapareció.
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"¿Dónde estamos y por qué, por qué nosotros?, ¿qué tiene que ver Cía en todo esto...?", pensaba continuamente David.
Álex acababa de despertarse de nuevo y estaba volviendo a quejarse.
—Estamos en las mismas, Álex. Haz el favor de callarte porque aún la tendremos.
—¿Pero tenerla de qué, David?, ¿¡no te das cuenta de que esto es un secuestro en toda regla!?
—Sí... —respondió David apagando la voz...
Volvió a abrirse la puerta, pero esta vez habían más de dos personas. Comenzó a oír cómo desataban a Álex de su silla y los gritos de él.
—¿Qué hacéis?, ¿dónde me lleváis? —chillaba Álex mientras su voz se iba alejando.
—¿Dónde os lo lleváis...? —preguntó esta vez David, con un hilo de voz, pero su pregunta no obtuvo respuesta alguna.
Silencio.
Éste empezó a llorar de la rabia e impotencia. Empezó a pensar en Cía. En todos los momentos a su lado, en cómo la había dejado llorando en su habitación la última noche. No sabía cuánto tiempo había pasado desde aquello, pues los minutos allí, sin ver absolutamente nada, pasaban como horas.
El tiempo le engañaba. Sin duda no era lo mismo una hora con Cía, que 60 minutos sin ella.
Comenzó a sudar y a ponerse nervioso, cada segundo en aquél lugar le ponía más enfermo. No sabía en qué momento iba a entrar alguien por la puerta, cuándo le traerían comida, y lo más importante, cuándo le llevarían algo para beber. Estaba empezando a deshidratarse cuando se abrió nuevamente la puerta.
—¿Quién está ahí? —preguntó el chico ya sin apenas voz.
Un vaso de agua le rozó los labios, y David abrió la boca al máximo con el fin de tragar la mayor cantidad de agua posible.
—Gracias...
—De nada —dijo de nuevo la voz desconocida, tocándole esta vez la mano.
Al tacto de ésta, sintió cómo un escalofrío le recorría todo el cuerpo, y sin quererlo, preguntó:
—¿Laura...?
De nuevo se creó el silencio...
—Lo siento David...
Y dicho esto, el chico de los ojos verdes azulados, volvió a dormirse bajo los efectos del somnífero diluido en el agua...
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