Dani
Sophie nunca deja de sorprenderme y es una de las cosas que más me gustan de ella. Me dice las cosas tal y como las piensa, y tiene seguridad en sí misma. No se avergüenza de su cuerpo; no como la mayoría de chicas —con las que he estado—, que sí lo hacen. Sophie es diferente a todas ellas.
Todavía no me creo el tiempo que llevamos juntos. Yo no era fácil de enamorar, y joder, aquí estoy abriendo mi corazón a una tía de pelo rojo.
Se podría decir que me cambió, cambió mi manera de ser, mi manera de pensar, me cambió a mí. Y me hizo mejor, mejor de lo que era. Sin duda estoy en deuda con ella.
Cuando la miro, está sonriéndome con esa cara de provocadora nata que tiene y que tanto me pone, y observo cómo se humedece los labios con la lengua. Esa lengua que nunca deja de fascinarme.
—Tengo un regalo para ti —me susurra Sophie.
—¿Otro? —pregunto extrañado—. ¿No crees que ya he tenido suficiente con el polo de Ralph Lauren y el reloj de Calvin Klein? —pero sé que no porque a Sophie no es que le falte el dinero.
—Sí, pero este regalito no te va a beneficiar sólo a ti —me provoca. Y noto cómo saca una especie de tubo de color granate rosado de su bolso.
Cuando ya lo tiene en la mano, me enseña la etiqueta para que lea su contenido y por poco se me sale la erección del pantalón. En la etiqueta se pueden observar las palabras: "DUREX PLAY. Fresa morango. Lubricante íntimo, aroma y sabor".
—¿Y... Esto...? —consigo decir.
—Me apetecía probar cosas nuevas contigo. ¿Te parece bien?
«Como para no parecerme bien.»
Por lo visto mi mirada lo dice todo cuando de repente se desabrocha su cinturón de seguridad y salta sobre mí, colocándose a horcajadas sobre mis piernas.
—Por lo visto cierta cosa se alegra de verme y del regalo que tengo... —dice señalando mi miembro ya erecto y sonriendo todavía más provocativa.
—Cierta cosa siempre se alegra de vert...
Pero antes de que pueda terminar la oración, sus húmedos labios ya están rozando los míos. Su mano derecha comienza a deslizarse por mi entrepierna y agarra mi miembro con fuerza. Suelto un leve gemido, pero hace que me calle mordiéndome el labio inferior mientras a la vez me estira el pelo con la mano izquierda.
«La deseo aquí y ahora.»
Coloco mi mano derecha en su cintura y comienzo a moverla hacia su espalda hasta lograr alcanzar la cremallera del vestido. Al tenerla entre mis dedos, lentamente la deslizo hacia abajo y separo los hombros del vestido de su dulce piel. Sentirla bajo mis dedos es sin duda otro mundo; es como quien encuentra un litro de agua en medio del desierto.
El sujetador que lleva es de encaje negro, uno de mis preferidos. Incluso así, la prefiero sin él. Situando mis manos en su espalda, hago que la prenda que me impide verle el pecho caiga como por arte de magia. Y cómo me encanta hacerlo.
Deja de besarme y mira el juguete sexual sonriendo. Abre el tapón y cogiéndome la mano derecha echa el líquido lubricante sobre mis dedos.
—Dime que te parece —me susurra en el oído, consiguiendo que los pantalones cada vez me aprieten más.
Hago lo que me dice y froto mis dedos haciendo que el líquido se caliente para ponérselo en el pecho a continuación. Sin dejar de mirarla, empiezo a rozar mis dedos en sus pezones. Sus gemidos hacen que los cristales se empañen cada vez más. Cierro los ojos y con su pecho derecho en mi mano, coloco su pezón en mi boca, succionando fuerte, disfrutando del sabor ácido y dulce del lubricante y de ella. De mi Sophie.
Cuando noto que sus uñas empiezan a traspasar mi camisa paro haciendo que ella también deje de gemir.
—¿Por qué paras? —me espeta.
—Vamos detrás —le digo, señalando los asientos traseros con la cabeza—, estarás más cómoda que aquí y además, podré comerte mejor...
Sophie sonriendo, asiente y se levanta de encima de mí. Conforme puede, pasa por dentro del coche, del asiento delantero a los tres traseros y yo la sigo a continuación.
En sus ojos irradia el deseo, la pasión del momento. Únicamente sus ojos son los que me chillan a viva voz que la haga mía. Ahora.
Cía es una adolescente de Zaragoza que se va a Barcelona por motivos de trabajo de su padre durante el verano, y en parte, por olvidar a su ex novio, Álex. Allí conoce a un chico llamado David, y todo va genial hasta que un día, Álex se presenta en su apartamento diciéndole que la echa de menos. ¿Qué pasará entre ambos?, ¿Cía se quedará con David, con Álex o con ninguno?
miércoles, 18 de noviembre de 2015
lunes, 9 de noviembre de 2015
Capítulo 6, parte dos.
Dani
Llevamos casi 10 minutos en el coche. En la radio suena "Acabo de llegar" de Fito y los Fitipaldis y Sophie canta como si de una fan loca en el concierto de su cantante favorito se tratase.
—Qué te voy a decir, si yo acabo de llegar, si esto es como el mar, quien conoce alguna esquina...
La veo sonreír y me pregunto cómo he sido capaz de aguantar tanto tiempo con una misma persona cuando yo, nunca, he estado más de tres meses con alguien. 23 meses no se cuentan tan rápido, y aquí estoy, con esta chica de pelo rojo y de ojos verdes tan grandes; y la verdad, es que estoy jodidamente enamorado de ella.
Al cabo de cinco minutos, llegamos al Hotel Meliá Sky. Tenemos reservada una mesa a las 21:30 en la 24ª planta del hotel, en el restaurante Dos Cielos. Siempre me ha gustado este restaurante, desde que era pequeño. Mi familia y yo solíamos venir mínimo una vez al mes. Los chefs, los conocidos hermanos Javier y Sergio Torres, son muy buenos amigos de mi padre y eso hace que, en parte, también tengamos las mejores vistas del restaurante y frente a ellas, Barcelona expandiéndose bajo su terraza.
Al entrar, nos dirigimos como siempre a la esquina del restaurante, donde se encuentran dos camareros a la espera de atendernos.
Esta noche está bastante lleno, pero la multitud de la gente no impedirá que vayamos a recibir el mismo servicio que siempre, o incluso más. Para algo pago casi 100€ de propina.
—Necesito ir al baño —me susurra Sophie en el oído, y un escalofrío me recorre la columna vertebral. Cómo me pone cuando lo hace.
Asiento con la cabeza y me siento en una de las sillas. Voy pidiendo el mejor vino que tienen mientras espero que Sophie regrese para pedir.
Al cabo de diez minutos, Sophie regresa con su vestido blanco de encaje —que me encanta tanto— y el bolso de Yves Saint Laurent que le regalé cuando hicimos el año y medio.
—¿Qué te apetece cenar? —Musito cuando ella se sienta en la mesa.
—¿Qué recomiendan esta noche? —Pregunta Sophie con su acento francés mirando fijamente a uno de los camareros.
El camarero de la derecha se ha quedado boquiabierto al escucharla hablar.
«Relájate, campeón, esta francesita es mía».
—¿Y bien? —Carraspeo. Estoy delante, joder, podría disimular al menos.
—Verá, señor...
«Ahora me llama "señor"», río en pensamientos. Se nota que no sabe quién soy.
—Los hermanos Torres proponen el menú Degustación —continúa diciendo—, consta de más de cinco platos como: El bizcocho de polvillo, La Tabella, Queso fresco, El cáliz...
—¿Puede traernos la carta? —Interrumpo.
—Por supuesto —Añade el segundo camarero, aparentemente más joven, mientras va en busca de ésta.
Al cabo de 2 minutos el camarero nos entrega las cartas y espera a que decidamos qué vamos a cenar.
—Nos pondrán como entrante Raviolis de foie-gras, tomates secos y aceitunas secas —pide Sophie sin preguntarme—, y a mí como primer plato, quiero Pez de San Pedro con Jamón Ibérico, gracias.
—Yo deseo el Cochinillo Ibérico crujiente con manzanas y flores —añado cogiéndole la carta a Sophie de la mano y, junto a la mía, se las devuelvo al camarero que sigue sin apartar la vista de ella.
Estoy empezando a mosquearme.
Media hora más tarde, tenemos los platos enfrente de nosotros y el entrante casi vacío.
—Vas conociendo mis gustos culinarios —digo refiriéndome al entrante que ha pedido sin consultarme—. Esto está increíble.
—Sabía que te gustaría —sonríe—. Además, después de casi dos años, algo tenía que conocerte.
Y esta vez, quien sonríe soy yo.
Pasados diez minutos, ambos camareros vienen a retirarnos los platos y a tomarnos nota del postre.
—¿Qué desearían tomar como postre? —Nos pregunta el camarero más joven.
—¿Qué nos aconseja? —Pregunto yo esta vez.
—Bien... Tenemos Papaya, en homenaje a México; Gin Tónic, con Tónica, ginebra, yuzu, cardamomo, naranja y lima; y Café XXL, que tiene toques caramelizados, chocolate y un punto de licor.
Ambos nos quedamos pensando un par de minutos y contestamos a la vez.
—Tráiganos un Gin Tónic y...
—Un Café XXL, por favor —termina diciendo Sophie.
Cuando terminamos, pedimos la cuenta y pago con la American Express. La cena sube a 151€ y dejo 50€ más de propina. Con ese dinero ya lo llevan bien, hoy no se merecen más, al menos no el camarero que ha estado babeando por mi novia.
Al salir del hotel nos metemos enseguida en el coche, han bajado las temperaturas bastante para ser apenas las once menos cuarto de la noche.
Esta vez conduce Sophie; el Mercedes Clase A es suyo, así que no pongo pega alguna.
Después de casi diez minutos, nos empezamos a alejar de la zona habitada y comienza a resultarme extraño.
—¿Dónde vamos? —Le pregunto.
—Ahora verás...
Nos acercamos a una especie de bosque a casi 20 km del centro y de repente aparca. Echa su asiento hacia atrás y me susurra en el oído:
—Me apetece hacértelo aquí. Ahora.
Llevamos casi 10 minutos en el coche. En la radio suena "Acabo de llegar" de Fito y los Fitipaldis y Sophie canta como si de una fan loca en el concierto de su cantante favorito se tratase.
—Qué te voy a decir, si yo acabo de llegar, si esto es como el mar, quien conoce alguna esquina...
La veo sonreír y me pregunto cómo he sido capaz de aguantar tanto tiempo con una misma persona cuando yo, nunca, he estado más de tres meses con alguien. 23 meses no se cuentan tan rápido, y aquí estoy, con esta chica de pelo rojo y de ojos verdes tan grandes; y la verdad, es que estoy jodidamente enamorado de ella.
Al cabo de cinco minutos, llegamos al Hotel Meliá Sky. Tenemos reservada una mesa a las 21:30 en la 24ª planta del hotel, en el restaurante Dos Cielos. Siempre me ha gustado este restaurante, desde que era pequeño. Mi familia y yo solíamos venir mínimo una vez al mes. Los chefs, los conocidos hermanos Javier y Sergio Torres, son muy buenos amigos de mi padre y eso hace que, en parte, también tengamos las mejores vistas del restaurante y frente a ellas, Barcelona expandiéndose bajo su terraza.
Al entrar, nos dirigimos como siempre a la esquina del restaurante, donde se encuentran dos camareros a la espera de atendernos.
Esta noche está bastante lleno, pero la multitud de la gente no impedirá que vayamos a recibir el mismo servicio que siempre, o incluso más. Para algo pago casi 100€ de propina.
—Necesito ir al baño —me susurra Sophie en el oído, y un escalofrío me recorre la columna vertebral. Cómo me pone cuando lo hace.
Asiento con la cabeza y me siento en una de las sillas. Voy pidiendo el mejor vino que tienen mientras espero que Sophie regrese para pedir.
Al cabo de diez minutos, Sophie regresa con su vestido blanco de encaje —que me encanta tanto— y el bolso de Yves Saint Laurent que le regalé cuando hicimos el año y medio.
—¿Qué te apetece cenar? —Musito cuando ella se sienta en la mesa.
—¿Qué recomiendan esta noche? —Pregunta Sophie con su acento francés mirando fijamente a uno de los camareros.
El camarero de la derecha se ha quedado boquiabierto al escucharla hablar.
«Relájate, campeón, esta francesita es mía».
—¿Y bien? —Carraspeo. Estoy delante, joder, podría disimular al menos.
—Verá, señor...
«Ahora me llama "señor"», río en pensamientos. Se nota que no sabe quién soy.
—Los hermanos Torres proponen el menú Degustación —continúa diciendo—, consta de más de cinco platos como: El bizcocho de polvillo, La Tabella, Queso fresco, El cáliz...
—¿Puede traernos la carta? —Interrumpo.
—Por supuesto —Añade el segundo camarero, aparentemente más joven, mientras va en busca de ésta.
Al cabo de 2 minutos el camarero nos entrega las cartas y espera a que decidamos qué vamos a cenar.
—Nos pondrán como entrante Raviolis de foie-gras, tomates secos y aceitunas secas —pide Sophie sin preguntarme—, y a mí como primer plato, quiero Pez de San Pedro con Jamón Ibérico, gracias.
—Yo deseo el Cochinillo Ibérico crujiente con manzanas y flores —añado cogiéndole la carta a Sophie de la mano y, junto a la mía, se las devuelvo al camarero que sigue sin apartar la vista de ella.
Estoy empezando a mosquearme.
Media hora más tarde, tenemos los platos enfrente de nosotros y el entrante casi vacío.
—Vas conociendo mis gustos culinarios —digo refiriéndome al entrante que ha pedido sin consultarme—. Esto está increíble.
—Sabía que te gustaría —sonríe—. Además, después de casi dos años, algo tenía que conocerte.
Y esta vez, quien sonríe soy yo.
Pasados diez minutos, ambos camareros vienen a retirarnos los platos y a tomarnos nota del postre.
—¿Qué desearían tomar como postre? —Nos pregunta el camarero más joven.
—¿Qué nos aconseja? —Pregunto yo esta vez.
—Bien... Tenemos Papaya, en homenaje a México; Gin Tónic, con Tónica, ginebra, yuzu, cardamomo, naranja y lima; y Café XXL, que tiene toques caramelizados, chocolate y un punto de licor.
Ambos nos quedamos pensando un par de minutos y contestamos a la vez.
—Tráiganos un Gin Tónic y...
—Un Café XXL, por favor —termina diciendo Sophie.
Cuando terminamos, pedimos la cuenta y pago con la American Express. La cena sube a 151€ y dejo 50€ más de propina. Con ese dinero ya lo llevan bien, hoy no se merecen más, al menos no el camarero que ha estado babeando por mi novia.
Al salir del hotel nos metemos enseguida en el coche, han bajado las temperaturas bastante para ser apenas las once menos cuarto de la noche.
Esta vez conduce Sophie; el Mercedes Clase A es suyo, así que no pongo pega alguna.
Después de casi diez minutos, nos empezamos a alejar de la zona habitada y comienza a resultarme extraño.
—¿Dónde vamos? —Le pregunto.
—Ahora verás...
Nos acercamos a una especie de bosque a casi 20 km del centro y de repente aparca. Echa su asiento hacia atrás y me susurra en el oído:
—Me apetece hacértelo aquí. Ahora.
miércoles, 4 de noviembre de 2015
Capítulo 5, parte dos.
Cía
—¿Qué? —Pregunto con apenas un hilo de voz.
—Tranquila, era coña —oigo que se ríe a carcajadas a la otra parte del teléfono—. Simplemente te llamaba para decirte que ya lo tengo todo a punto para ir cuando sea.
Noto que el corazón va disminuyendo la rapidez de sus latidos y cuando ya puedo responder, digo:
—Esto... Yo estoy en el metro, a nada de llegar, nos vemos en el portal en unos 5 minutos. ¿Te parece bien?
—Sí, claro. Me parece perfecto.
Bajo tranquilamente en la parada «Passeig de Gràcia» y comienzo a caminar hacia mi piso. Cuando llego, me doy cuenta de que Sophie ya me está esperando. Está mirando el escaparate de la joyería de la esquina y juraría que —de ser posible—, de sus ojos salen corazones. Intento acercarme para averiguar qué la ha enamorado, pero en cuanto doy dos pasos hacia delante, Sophie se gira. Al verme, se dirige hacia mí con su maleta de Michael Kors y sus tacones de diez centímetros. Se ha cambiado de ropa y ahora lleva puesto un vestido blanco de encaje y una americana negra, y de repente me pregunto por qué va tan elegante si total solo va a mudarse.
—Necesito el número de tu cuenta para ingresarte el dinero del alquiler —dice nada más llega a mi lado. —Aunque si lo prefieres, puedo dártelo en metálico —y ríe.
—En metálico va bien —contesto irónica, esperando que no me lo haya dicho en serio. Pero de repente abre la cartera y veo cómo un billete de 500 y uno de 50 se asoman junto a otros de 20 y 10.
—¡Joder! —Exclamo sin darme cuenta.
—¿Entonces en metálico? —Pregunta.
Sin contestar, saco las llaves para abrir la puerta y juntas entramos. Pasa una eternidad mientras el ascensor baja de la novena planta y nos sube al ático.
—En el anuncio no pusiste que se trataba de un ático —refunfuña.
«¿También va a ponerle pegas?»
—Se me pasó. ¿Tienes algún problema? —Contesto algo irritada.
—Pues la verdad es que... ¡Ninguno! —Chilla—. Esto es increíble, Cía.
Y de repente la veo abalanzándose encima de mí.
—Nos vamos a llevar, genial, mon chéri —dice con su acento francés mientras me abraza de una manera un tanto incómoda.
—Ven, voy a enseñarte tu habitación —le digo, soltándome de ella.
Es verdad que necesitaba a alguien que me hiciera compañía, pero, ¿he hecho bien metiendo a la primera persona que me ha aparecido?
Subimos al ático y le enseño la habitación de invitados. Cuando vienen mis padres suelen quedarse aquí. Tiene una cama de matrimonio y una televisión de 46 pulgadas. No creo que pueda quejarse.
—En esta planta también hay un cuarto de baño, por si no te apetece bajar al piso de bajo.
—Gracias —dice sonriéndome.
—Sophie, ¿puedo preguntarte por qué vas tan elegante? —Le digo cambiando de tema.
—Claro —sonríe—, en media hora o así, vendrá Dani a por mí; vamos a celebrar los 23 meses que llevamos juntos.
El nudo de la garganta, sin saber por qué, se me sube de nuevo impidiéndome tragar, pero por suerte esta vez desaparece enseguida.
—Entonces pásalo bien —contesto, y cambiando de nuevo de tema, añado—: ¿Te enseño el resto de la casa?
—¡Por supuesto!
Media hora más tarde Sophie ya se conoce mi casa como la palma de su mano y está a punto de salir por la puerta.
—Llama al timbre cuando vuelvas, no te preocupes por despertarme. Mañana iré a hacerte una copia de las llaves.
—Claro, tranquila —dice.
La veo salir por la puerta con el mismo conjunto de antes pero con algo más. «Claro, cómo no». Pienso fijándome en su bolso de Yves Saint Laurent.
Después de pasarme cinco minutos mirando a la nada, decido hacerme unas palomitas y ver una de mis películas favoritas: «Cuando te encuentre». El papel que hace Zac Efron me tiene enamorada desde que vi la película por primera vez.
Diez minutos después, mi loft huele a cine por el olor de las palomitas recién hechas y el guapo de Zac ya me está esperando en el comedor. Cuando me acuesto en el sofá, me echo por encima una manta fina y cojo el mando para darle al «Play», pero, como por arte de magia, mi teléfono empieza a sonar.
—¿Diga?
—¿Cía?, soy Max. ¿Podemos hablar un momento?
—¿Qué? —Pregunto con apenas un hilo de voz.
—Tranquila, era coña —oigo que se ríe a carcajadas a la otra parte del teléfono—. Simplemente te llamaba para decirte que ya lo tengo todo a punto para ir cuando sea.
Noto que el corazón va disminuyendo la rapidez de sus latidos y cuando ya puedo responder, digo:
—Esto... Yo estoy en el metro, a nada de llegar, nos vemos en el portal en unos 5 minutos. ¿Te parece bien?
—Sí, claro. Me parece perfecto.
Bajo tranquilamente en la parada «Passeig de Gràcia» y comienzo a caminar hacia mi piso. Cuando llego, me doy cuenta de que Sophie ya me está esperando. Está mirando el escaparate de la joyería de la esquina y juraría que —de ser posible—, de sus ojos salen corazones. Intento acercarme para averiguar qué la ha enamorado, pero en cuanto doy dos pasos hacia delante, Sophie se gira. Al verme, se dirige hacia mí con su maleta de Michael Kors y sus tacones de diez centímetros. Se ha cambiado de ropa y ahora lleva puesto un vestido blanco de encaje y una americana negra, y de repente me pregunto por qué va tan elegante si total solo va a mudarse.
—Necesito el número de tu cuenta para ingresarte el dinero del alquiler —dice nada más llega a mi lado. —Aunque si lo prefieres, puedo dártelo en metálico —y ríe.
—En metálico va bien —contesto irónica, esperando que no me lo haya dicho en serio. Pero de repente abre la cartera y veo cómo un billete de 500 y uno de 50 se asoman junto a otros de 20 y 10.
—¡Joder! —Exclamo sin darme cuenta.
—¿Entonces en metálico? —Pregunta.
Sin contestar, saco las llaves para abrir la puerta y juntas entramos. Pasa una eternidad mientras el ascensor baja de la novena planta y nos sube al ático.
—En el anuncio no pusiste que se trataba de un ático —refunfuña.
«¿También va a ponerle pegas?»
—Se me pasó. ¿Tienes algún problema? —Contesto algo irritada.
—Pues la verdad es que... ¡Ninguno! —Chilla—. Esto es increíble, Cía.
Y de repente la veo abalanzándose encima de mí.
—Nos vamos a llevar, genial, mon chéri —dice con su acento francés mientras me abraza de una manera un tanto incómoda.
—Ven, voy a enseñarte tu habitación —le digo, soltándome de ella.
Es verdad que necesitaba a alguien que me hiciera compañía, pero, ¿he hecho bien metiendo a la primera persona que me ha aparecido?
Subimos al ático y le enseño la habitación de invitados. Cuando vienen mis padres suelen quedarse aquí. Tiene una cama de matrimonio y una televisión de 46 pulgadas. No creo que pueda quejarse.
—En esta planta también hay un cuarto de baño, por si no te apetece bajar al piso de bajo.
—Gracias —dice sonriéndome.
—Sophie, ¿puedo preguntarte por qué vas tan elegante? —Le digo cambiando de tema.
—Claro —sonríe—, en media hora o así, vendrá Dani a por mí; vamos a celebrar los 23 meses que llevamos juntos.
El nudo de la garganta, sin saber por qué, se me sube de nuevo impidiéndome tragar, pero por suerte esta vez desaparece enseguida.
—Entonces pásalo bien —contesto, y cambiando de nuevo de tema, añado—: ¿Te enseño el resto de la casa?
—¡Por supuesto!
Media hora más tarde Sophie ya se conoce mi casa como la palma de su mano y está a punto de salir por la puerta.
—Llama al timbre cuando vuelvas, no te preocupes por despertarme. Mañana iré a hacerte una copia de las llaves.
—Claro, tranquila —dice.
La veo salir por la puerta con el mismo conjunto de antes pero con algo más. «Claro, cómo no». Pienso fijándome en su bolso de Yves Saint Laurent.
Después de pasarme cinco minutos mirando a la nada, decido hacerme unas palomitas y ver una de mis películas favoritas: «Cuando te encuentre». El papel que hace Zac Efron me tiene enamorada desde que vi la película por primera vez.
Diez minutos después, mi loft huele a cine por el olor de las palomitas recién hechas y el guapo de Zac ya me está esperando en el comedor. Cuando me acuesto en el sofá, me echo por encima una manta fina y cojo el mando para darle al «Play», pero, como por arte de magia, mi teléfono empieza a sonar.
—¿Diga?
—¿Cía?, soy Max. ¿Podemos hablar un momento?
jueves, 29 de octubre de 2015
Capítulo 4, parte dos.
Cía
Juraría que parece contento, nada que ver con la mala hostia de antes, y con perdón de la palabra. ¿Qué ha podido cambiar? Sus ojos tienen algo que hace que se me erice la piel, pero su sonrisa —para ser la primera vez que la veo—, consigue amenizar el efecto de sus grandes ojos fijos en mí. Miro a cualquier parte intentando disimular que le he escuchado. No quiero que en ninguna circunstancia, mis palabras y las suyas se encuentren. No quiero ser sinónimo de un flan.
—Hola Max —responde agitada una voz detrás de mí.
«Por supuesto, no iba por mí.» Perpleja, me giro hacia la voz que acaba de saludar al chico que tengo a un par de metros y veo a Ana exhausta por la carrera que —con dos dedos de frente, supongo—, se acaba de dar. En la mano derecha, sujeta una funda translúcida que contiene varios folios. La misma que acabo de entregarle hace dos minutos contados. O ha pasado más tiempo o, esta chica, vuela.
—Perdona, Cía, se te han colado estos papeles entre los que me has dado y he pensado que lo necesitarías —dice, sin apenas quitarle el ojo al chico trajeado.
—Gracias —contesto revisando los folios escritos que me acaba de dar.
Sin darme cuenta, había metido el contrato provisional del piso entre los papeles para mi jefe. «Bien hecho, Cía.»
Max pasa por nuestro lado sin articular palabra dirigiéndose al hall del hotel, pero antes de que yo pueda abrir la boca, él se me adelanta y dice en voz alta dirigiéndose a Ana por segunda vez:
—La reunión impecable, preciosa.
Este tío, además de antipático y desagradable; baboso. Incluso así, casi tengo que recoger del suelo los pedacitos de Ana. Cualquiera diría que el tal Max este le rompe todos los esquemas.
De repente, los cabos se unen solos en mi cabeza, como si de dos piezas de un puzzle se tratara. «Reunión, Max»
—Ana —le digo antes de que vuelva a entrar al hotel detrás de la réplica de Christian Grey—, ¿Max es el supuesto jefe? —Y digo "supuesto" porque hasta ahora todavía no le había visto la cara. Ni siquiera yo, siendo la supervisora de recepción.
—Esto... Sí... —musita.
—¿Y por qué yo no era consciente? —pregunto con un tono bastante irritado.
—Nadie lo sabía hasta hace un par de horas —se disculpa.
—Bien.
Definitivamente no entiendo nada. Sin decir nada más y con la carpeta esta vez en mi mano, doy media vuelta dejando a la chica plantada en la puerta del hotel y me dirijo de nuevo hacia mi casa.
Estando ya en el metro, menos estresada que antes, empiezo a fijarme en las diferentes personas que hay en mi mismo vagón. La señora que tengo enfrente, me llama la atención, tiene el pelo granate y mil anillos por ambas manos. Sujeta una especie de bolsa donde lleva a su caniche y le sonríe cual madre haciendo muecas a su bebé. Sonrío cabizbaja por la extrañeza de esa mujer de, aparentemente, 50 años y saco el móvil de mi bolsillo. 2 llamadas perdidas del mismo número: Sophie.
«¿Y ahora qué sucederá?» Le devuelvo la llamada y al segundo tono contesta:
—¿Diga?
—Hola, Sophie, soy Cía, tenía dos llamadas perdidas tuyas, ¿ocurre algo?
—Simplemente quería hacerte una pregunta en cuanto al piso —me dice.
—Claro, dime.
—¿Te parecería bien que mi novio Dani viniese a vivir con nosotras?
Y el mundo se me cae encima.
Juraría que parece contento, nada que ver con la mala hostia de antes, y con perdón de la palabra. ¿Qué ha podido cambiar? Sus ojos tienen algo que hace que se me erice la piel, pero su sonrisa —para ser la primera vez que la veo—, consigue amenizar el efecto de sus grandes ojos fijos en mí. Miro a cualquier parte intentando disimular que le he escuchado. No quiero que en ninguna circunstancia, mis palabras y las suyas se encuentren. No quiero ser sinónimo de un flan.
—Hola Max —responde agitada una voz detrás de mí.
«Por supuesto, no iba por mí.» Perpleja, me giro hacia la voz que acaba de saludar al chico que tengo a un par de metros y veo a Ana exhausta por la carrera que —con dos dedos de frente, supongo—, se acaba de dar. En la mano derecha, sujeta una funda translúcida que contiene varios folios. La misma que acabo de entregarle hace dos minutos contados. O ha pasado más tiempo o, esta chica, vuela.
—Perdona, Cía, se te han colado estos papeles entre los que me has dado y he pensado que lo necesitarías —dice, sin apenas quitarle el ojo al chico trajeado.
—Gracias —contesto revisando los folios escritos que me acaba de dar.
Sin darme cuenta, había metido el contrato provisional del piso entre los papeles para mi jefe. «Bien hecho, Cía.»
Max pasa por nuestro lado sin articular palabra dirigiéndose al hall del hotel, pero antes de que yo pueda abrir la boca, él se me adelanta y dice en voz alta dirigiéndose a Ana por segunda vez:
—La reunión impecable, preciosa.
Este tío, además de antipático y desagradable; baboso. Incluso así, casi tengo que recoger del suelo los pedacitos de Ana. Cualquiera diría que el tal Max este le rompe todos los esquemas.
De repente, los cabos se unen solos en mi cabeza, como si de dos piezas de un puzzle se tratara. «Reunión, Max»
—Ana —le digo antes de que vuelva a entrar al hotel detrás de la réplica de Christian Grey—, ¿Max es el supuesto jefe? —Y digo "supuesto" porque hasta ahora todavía no le había visto la cara. Ni siquiera yo, siendo la supervisora de recepción.
—Esto... Sí... —musita.
—¿Y por qué yo no era consciente? —pregunto con un tono bastante irritado.
—Nadie lo sabía hasta hace un par de horas —se disculpa.
—Bien.
Definitivamente no entiendo nada. Sin decir nada más y con la carpeta esta vez en mi mano, doy media vuelta dejando a la chica plantada en la puerta del hotel y me dirijo de nuevo hacia mi casa.
Estando ya en el metro, menos estresada que antes, empiezo a fijarme en las diferentes personas que hay en mi mismo vagón. La señora que tengo enfrente, me llama la atención, tiene el pelo granate y mil anillos por ambas manos. Sujeta una especie de bolsa donde lleva a su caniche y le sonríe cual madre haciendo muecas a su bebé. Sonrío cabizbaja por la extrañeza de esa mujer de, aparentemente, 50 años y saco el móvil de mi bolsillo. 2 llamadas perdidas del mismo número: Sophie.
«¿Y ahora qué sucederá?» Le devuelvo la llamada y al segundo tono contesta:
—¿Diga?
—Hola, Sophie, soy Cía, tenía dos llamadas perdidas tuyas, ¿ocurre algo?
—Simplemente quería hacerte una pregunta en cuanto al piso —me dice.
—Claro, dime.
—¿Te parecería bien que mi novio Dani viniese a vivir con nosotras?
Y el mundo se me cae encima.
jueves, 22 de octubre de 2015
Capítulo 3, parte dos.
Cía
Veo cómo Sophie me mira extrañada y de repente levanta la mano llamando a Dani con gestos.
—Creo que tu novia te está llamando —le digo al chico señalando a Sophie con la cabeza.
—Contéstame y me iré —me exige haciendo caso omiso a lo que le acabo de decir.
—No lo sé, Dani, nunca antes te había visto —miento.
Sus ojos dicen que los míos mienten a kilómetros, que no me cree, pero él en cambio, se ríe y asiente con la cabeza.
—Disculpa, no debería haberte dicho nada. —Y sin darme tiempo a contestar, se despide con un simple—: Nos veremos pronto, Cía.
Sus últimas palabras han creado en mí un efecto extraño, pero agradable. Veo cómo se va acercando a ella y unos sentimientos de celos invaden mi estómago. Observo cómo la coge de la mano y cómo con la otra le acaricia la cara haciéndole creer que todo está bien, que no ha pasado nada.
«Si es que no ha pasado nada.»
Sigo delante de nuestra mesa del Starbucks cuando la camarera se vuelve a acercar a mí, con su cara de pocos amigos, y por obligación me pregunta si voy a querer algo más.
—No, gracias —digo—, me iba ya.
Me mira como diciendo "¿Por qué me haces perder el tiempo?" y se va. Con el paso firme comienzo a alejarme del local mientras me pongo a pensar en lo que acaba de suceder con Dani. No puede ser que ambos nos recordemos cuando no nos hemos visto nunca, al menos él a mí no, o eso creo.
Saco mi iPhone del bolsillo trasero de mi pantalón. Ninguna notificación, lo suponía.
Cojo los auriculares de mi otro bolsillo y los conecto. Busco alguna canción de Ed Sheeran esperando que me tranquilice. "Thinking out loud" suena en mis oídos mientras veo cómo el gentío en el Passeig de Gràcia va creciendo.
Es un jueves por la tarde y parece viernes. Siempre me ha gustado Barcelona por la multitud de gente, porque cada uno va como quiere vestido y a nadie parece importarle y sobre todo, porque Barcelona nunca duerme.
De repente veo el reloj.
«Mierda.» Son las seis y media de la tarde casi y tengo que presentar la carpeta con los papeles de recepción a mi jefe en una hora y media.
Acelero el paso esquivando, como puedo, a las personas que se interponen en mi camino mientras pongo a punto las llaves para abrir la puerta del piso. Cualquiera que me vea pensará que estoy loca, que se me va la vida y que en breves se me van a salir el corazón o los pulmones por la boca, pero no me importa, tengo prisa y es lo que me toca hacer: Correr como si quisiera reencontrarme con mi primer amor en la estación de tren.
Mientras pequeñas gotas se acristalan en mi frente vuelvo a pensar en él. En el chico de los ojos verdes azulados. No sale de mi mente ni un maldito segundo y joder, cómo escuece. Sin darme cuenta de a qué velocidad voy, tropiezo de frente con un chico trajeado. Su maletín lleno de papeles cae al suelo y me pregunto en voz baja por qué todo me pasa a mí.
—Perdón, lo siento mucho, iba sin mirar. Tenía prisa, y... —digo con la respiración agitada.
—¿No podrías mirar por dónde vas? —me dice elevando la voz más de lo normal. Me mira fijamente con sus ojos grises y un escalofrío recorre mi espalda. Por su apariencia diría que es mayor que yo, pero no mayor de 30 años.
—Lo siento, de verdad —titubeo y me agacho a recoger los papeles que yacen en el suelo.
—Déjalo, ya has hecho bastante —gruñe y acaba por recogerlos él.
«Será imbécil.» Sin decir nada, me levanto y me dispongo a caminar hacia mi loft.
Cuando llego al cruce, me giro hacia él por curiosidad y le encuentro mirándome con esos ojos tan intimidantes.
Al llegar al piso me cambio de nuevo a toda prisa, poniéndome otra vez la falda de tubo negra y la blusa blanca. Me echo por encima la americana y paso por última vez por el cuarto de baño para retocarme el maquillaje. Cojo el colorete de la bolsa de aseo para darme el último toque pero lo pienso mejor cuando veo que mis mejillas ya lucen un tono rosado bastante fuerte. Enseguida pienso en el chico trajeado y en sus ojos grises y sin darme cuenta sonrío.
Diez minutos más tarde estoy en la parada del metro esperando que llegue. Preferiría coger el coche, pero me queda apenas media hora para entregarle los papeles, no sé si habrá mucho tráfico y sobre todo si habrá sitio para aparcar.
«Urquinaona, Jaume I, Barceloneta...» A la cuarta parada bajo y camino durante casi ocho minutos hasta llegar al hotel.
Llevo trabajando aquí cinco meses aproximadamente y todavía no me acostumbro a lo intimidante que resulta ser.
Llego a la recepción y me encuentro a Ana atendiendo el teléfono. Me saluda con la cabeza y le enseño los papeles que tengo en la mano. Con un simple gesto me señala la mesa para que los deje encima, se aparta el teléfono de la oreja y me dice:
—Max está en una reunión ahora mismo, ya me encargo yo de dárselos.
En voz baja le doy las gracias y me despido de ella.
Salgo del hotel bastante más relajada que hace apenas media hora y de repente se me hiela la sangre.
Esos ojos grises se encuentran de repente con los míos y una ligera sonrisa aparece en su cara.
—Nos volvemos a encontrar, señorita.
Veo cómo Sophie me mira extrañada y de repente levanta la mano llamando a Dani con gestos.
—Creo que tu novia te está llamando —le digo al chico señalando a Sophie con la cabeza.
—Contéstame y me iré —me exige haciendo caso omiso a lo que le acabo de decir.
—No lo sé, Dani, nunca antes te había visto —miento.
Sus ojos dicen que los míos mienten a kilómetros, que no me cree, pero él en cambio, se ríe y asiente con la cabeza.
—Disculpa, no debería haberte dicho nada. —Y sin darme tiempo a contestar, se despide con un simple—: Nos veremos pronto, Cía.
Sus últimas palabras han creado en mí un efecto extraño, pero agradable. Veo cómo se va acercando a ella y unos sentimientos de celos invaden mi estómago. Observo cómo la coge de la mano y cómo con la otra le acaricia la cara haciéndole creer que todo está bien, que no ha pasado nada.
«Si es que no ha pasado nada.»
Sigo delante de nuestra mesa del Starbucks cuando la camarera se vuelve a acercar a mí, con su cara de pocos amigos, y por obligación me pregunta si voy a querer algo más.
—No, gracias —digo—, me iba ya.
Me mira como diciendo "¿Por qué me haces perder el tiempo?" y se va. Con el paso firme comienzo a alejarme del local mientras me pongo a pensar en lo que acaba de suceder con Dani. No puede ser que ambos nos recordemos cuando no nos hemos visto nunca, al menos él a mí no, o eso creo.
Saco mi iPhone del bolsillo trasero de mi pantalón. Ninguna notificación, lo suponía.
Cojo los auriculares de mi otro bolsillo y los conecto. Busco alguna canción de Ed Sheeran esperando que me tranquilice. "Thinking out loud" suena en mis oídos mientras veo cómo el gentío en el Passeig de Gràcia va creciendo.
Es un jueves por la tarde y parece viernes. Siempre me ha gustado Barcelona por la multitud de gente, porque cada uno va como quiere vestido y a nadie parece importarle y sobre todo, porque Barcelona nunca duerme.
De repente veo el reloj.
«Mierda.» Son las seis y media de la tarde casi y tengo que presentar la carpeta con los papeles de recepción a mi jefe en una hora y media.
Acelero el paso esquivando, como puedo, a las personas que se interponen en mi camino mientras pongo a punto las llaves para abrir la puerta del piso. Cualquiera que me vea pensará que estoy loca, que se me va la vida y que en breves se me van a salir el corazón o los pulmones por la boca, pero no me importa, tengo prisa y es lo que me toca hacer: Correr como si quisiera reencontrarme con mi primer amor en la estación de tren.
Mientras pequeñas gotas se acristalan en mi frente vuelvo a pensar en él. En el chico de los ojos verdes azulados. No sale de mi mente ni un maldito segundo y joder, cómo escuece. Sin darme cuenta de a qué velocidad voy, tropiezo de frente con un chico trajeado. Su maletín lleno de papeles cae al suelo y me pregunto en voz baja por qué todo me pasa a mí.
—Perdón, lo siento mucho, iba sin mirar. Tenía prisa, y... —digo con la respiración agitada.
—¿No podrías mirar por dónde vas? —me dice elevando la voz más de lo normal. Me mira fijamente con sus ojos grises y un escalofrío recorre mi espalda. Por su apariencia diría que es mayor que yo, pero no mayor de 30 años.
—Lo siento, de verdad —titubeo y me agacho a recoger los papeles que yacen en el suelo.
—Déjalo, ya has hecho bastante —gruñe y acaba por recogerlos él.
«Será imbécil.» Sin decir nada, me levanto y me dispongo a caminar hacia mi loft.
Cuando llego al cruce, me giro hacia él por curiosidad y le encuentro mirándome con esos ojos tan intimidantes.
Al llegar al piso me cambio de nuevo a toda prisa, poniéndome otra vez la falda de tubo negra y la blusa blanca. Me echo por encima la americana y paso por última vez por el cuarto de baño para retocarme el maquillaje. Cojo el colorete de la bolsa de aseo para darme el último toque pero lo pienso mejor cuando veo que mis mejillas ya lucen un tono rosado bastante fuerte. Enseguida pienso en el chico trajeado y en sus ojos grises y sin darme cuenta sonrío.
Diez minutos más tarde estoy en la parada del metro esperando que llegue. Preferiría coger el coche, pero me queda apenas media hora para entregarle los papeles, no sé si habrá mucho tráfico y sobre todo si habrá sitio para aparcar.
«Urquinaona, Jaume I, Barceloneta...» A la cuarta parada bajo y camino durante casi ocho minutos hasta llegar al hotel.
Llevo trabajando aquí cinco meses aproximadamente y todavía no me acostumbro a lo intimidante que resulta ser.
Llego a la recepción y me encuentro a Ana atendiendo el teléfono. Me saluda con la cabeza y le enseño los papeles que tengo en la mano. Con un simple gesto me señala la mesa para que los deje encima, se aparta el teléfono de la oreja y me dice:
—Max está en una reunión ahora mismo, ya me encargo yo de dárselos.
En voz baja le doy las gracias y me despido de ella.
Salgo del hotel bastante más relajada que hace apenas media hora y de repente se me hiela la sangre.
Esos ojos grises se encuentran de repente con los míos y una ligera sonrisa aparece en su cara.
—Nos volvemos a encontrar, señorita.
miércoles, 14 de octubre de 2015
Capítulo 2, parte dos.
Cía
Ahora mismo me encuentro en shock. No es posible que este chico de aquí delante se llame David. No es posible porque David no existe. Él únicamente estaba vivo en mi mente, él no puede estar de pie enfrente de mí.
—Encantada, Sophie —titubeo mientras le devuelvo el mismo gesto. —Un placer, David —digo a continuación antes de tenderle la mano también a él.
Ambos se quedan extrañados mirándome y de repente el chico me saca los colores como nadie.
—Me llamo Dani, Cía. No David.
«Uf. Menos mal. Demasiadas coincidencias.»
Más tranquila, me siento de nuevo en la silla y la pareja hace lo mismo. Después de apenas 5 minutos, la camarera de antes se acerca decidida a la mesa y pregunta si nos toma nota. Los tres asentimos prácticamente a la vez y cada uno pide el café a su gusto.
—Entonces será: un Caramel Macchiato, un Caffè Mocca y un Mocha Frappuccino, ¿verdad?
—El Mocha Frappuccino, light —rectifica Sophie.
La camarera, asimilando la información, acaba de apuntar los pedidos y se va.
—Como te decía antes, tu apartamento me parece precioso, Cía. Mi duda es, ¿por qué vives sola? —me pregunta un poco indiscreta la chica, pero al ver la cara de extrañeza que tengo antes de responderle, se adelanta a decirme—: Si no te molesta contestar, claro.
—No, tranquila —la calmo. No tengo nada que esconder—. Me mudé cuando, después de dos meses desperté del coma en el que estaba —se quedan ambos prácticamente con la boca abierta, pero me dejan continuar con mi relato—, estoy trabajando como supervisora de recepción en el hotel Arts y puesto que no tengo novio y básicamente estoy sola aquí en Barcelona, he decidido tener compañía.
Sophie se queda pensativa durante unos segundos pero continúa su entrevista como una periodista en prácticas.
—¿Y tus padres? —pregunta.
—En Zaragoza. Vivíamos allí los tres, y durante los 6 años que estuve en coma tuvieron que hacerse cargo de mí. No quería suponerles más problemas y les comenté que quería independizarme.
—¿Y sin más aceptaron?, ¿tan pronto encontraste trabajo? —sigue preguntando.
De repente otra voz femenina interrumpe la conversación:
—Aquí tenéis —dice la camarera con una sonrisa de pocos amigos. —Que os aproveche.
—Vaya cara traía —comenta en voz baja Dani cuando la chica se va. —Normal que no haya casi gente en la terraza —y ríe.
—¡Cállate!, aún terminará por escucharte, idiota —añade Sophie con una ligera mueca de enfado, pero segundos después ríe aún más fuerte que su pareja.
Me gusta cómo se miran. Se quieren. Al menos sí en mis ojos. Estos ojos que sólo hacen que pensar en el chico que tienen enfrente. Nunca he creído en las coincidencias o en la suerte, siempre he pensado que todo sucede por algo. ¿Por qué?, no lo sé, pero sí o sí, es por algo.
—Y bueno, ¿tú por qué quieres compartir piso? —le pregunto directamente a Sophie intentando hacer que se olvide del interrogante por contestar.
—Bueno... Estoy en el penúltimo año de carrera de Periodismo y Corporación Corporativa en la universidad Blanquerna pero no me apetece quedarme en ninguna residencia o estancia parecida. Esta mañana mismo me he puesto a buscar anuncios de pisos que no estuvieran muy lejos y he encontrado el tuyo. Es de los que más han gustado, la verdad. Y he dicho "¿y por qué no?".
Me gusta su respuesta, es una chica decidida y sin miedo al compromiso, por lo visto.
—Tendríamos que hablar de precios, claro está —continúa diciendo—, aunque hay pocas cosas que no pueda permitirme.
—Hmmm... Está bien —digo, sin saber muy bien qué responder. Su contestación ha sido un poco prepotente. —¿Qué te parecen 550€ al mes?
Se queda boquiabierta, pero no dice nada. Asiente, mira a su novio y se gira de nuevo hacia mí:
—Me parece perfecto.
Esta vez soy yo la que tiene la mandíbula en el suelo. Me limito a sonreír y miro al suelo.
Después de media hora, le doy la dirección exacta del piso y le digo que ya puede venir a instalarse cuando quiera, que no hay problema. Pedimos la cuenta y pagamos. Me despido de ellos mientras se van hacia su coche, nada menos que un Mercedes Clase A, conducido por ella, por supuesto.
De repente veo cómo Dani da media vuelta y se dirige con paso firme hacia mí. Juraría que se le ha olvidado algo.
—¿Se os ha olvidado algo? —pregunto extrañada.
—Haz como que sí —dice en voz baja mientras mira fijamente la mesa donde estábamos sentados. —Tenía que preguntarte algo que me ha estado rondando por la cabeza durante toda la tarde.
—Sí, claro, dime —respondo algo preocupada.
—¿De qué nos conocemos, Cía?
Ahora mismo me encuentro en shock. No es posible que este chico de aquí delante se llame David. No es posible porque David no existe. Él únicamente estaba vivo en mi mente, él no puede estar de pie enfrente de mí.
—Encantada, Sophie —titubeo mientras le devuelvo el mismo gesto. —Un placer, David —digo a continuación antes de tenderle la mano también a él.
Ambos se quedan extrañados mirándome y de repente el chico me saca los colores como nadie.
—Me llamo Dani, Cía. No David.
«Uf. Menos mal. Demasiadas coincidencias.»
Más tranquila, me siento de nuevo en la silla y la pareja hace lo mismo. Después de apenas 5 minutos, la camarera de antes se acerca decidida a la mesa y pregunta si nos toma nota. Los tres asentimos prácticamente a la vez y cada uno pide el café a su gusto.
—Entonces será: un Caramel Macchiato, un Caffè Mocca y un Mocha Frappuccino, ¿verdad?
—El Mocha Frappuccino, light —rectifica Sophie.
La camarera, asimilando la información, acaba de apuntar los pedidos y se va.
—Como te decía antes, tu apartamento me parece precioso, Cía. Mi duda es, ¿por qué vives sola? —me pregunta un poco indiscreta la chica, pero al ver la cara de extrañeza que tengo antes de responderle, se adelanta a decirme—: Si no te molesta contestar, claro.
—No, tranquila —la calmo. No tengo nada que esconder—. Me mudé cuando, después de dos meses desperté del coma en el que estaba —se quedan ambos prácticamente con la boca abierta, pero me dejan continuar con mi relato—, estoy trabajando como supervisora de recepción en el hotel Arts y puesto que no tengo novio y básicamente estoy sola aquí en Barcelona, he decidido tener compañía.
Sophie se queda pensativa durante unos segundos pero continúa su entrevista como una periodista en prácticas.
—¿Y tus padres? —pregunta.
—En Zaragoza. Vivíamos allí los tres, y durante los 6 años que estuve en coma tuvieron que hacerse cargo de mí. No quería suponerles más problemas y les comenté que quería independizarme.
—¿Y sin más aceptaron?, ¿tan pronto encontraste trabajo? —sigue preguntando.
De repente otra voz femenina interrumpe la conversación:
—Aquí tenéis —dice la camarera con una sonrisa de pocos amigos. —Que os aproveche.
—Vaya cara traía —comenta en voz baja Dani cuando la chica se va. —Normal que no haya casi gente en la terraza —y ríe.
—¡Cállate!, aún terminará por escucharte, idiota —añade Sophie con una ligera mueca de enfado, pero segundos después ríe aún más fuerte que su pareja.
Me gusta cómo se miran. Se quieren. Al menos sí en mis ojos. Estos ojos que sólo hacen que pensar en el chico que tienen enfrente. Nunca he creído en las coincidencias o en la suerte, siempre he pensado que todo sucede por algo. ¿Por qué?, no lo sé, pero sí o sí, es por algo.
—Y bueno, ¿tú por qué quieres compartir piso? —le pregunto directamente a Sophie intentando hacer que se olvide del interrogante por contestar.
—Bueno... Estoy en el penúltimo año de carrera de Periodismo y Corporación Corporativa en la universidad Blanquerna pero no me apetece quedarme en ninguna residencia o estancia parecida. Esta mañana mismo me he puesto a buscar anuncios de pisos que no estuvieran muy lejos y he encontrado el tuyo. Es de los que más han gustado, la verdad. Y he dicho "¿y por qué no?".
Me gusta su respuesta, es una chica decidida y sin miedo al compromiso, por lo visto.
—Tendríamos que hablar de precios, claro está —continúa diciendo—, aunque hay pocas cosas que no pueda permitirme.
—Hmmm... Está bien —digo, sin saber muy bien qué responder. Su contestación ha sido un poco prepotente. —¿Qué te parecen 550€ al mes?
Se queda boquiabierta, pero no dice nada. Asiente, mira a su novio y se gira de nuevo hacia mí:
—Me parece perfecto.
Esta vez soy yo la que tiene la mandíbula en el suelo. Me limito a sonreír y miro al suelo.
Después de media hora, le doy la dirección exacta del piso y le digo que ya puede venir a instalarse cuando quiera, que no hay problema. Pedimos la cuenta y pagamos. Me despido de ellos mientras se van hacia su coche, nada menos que un Mercedes Clase A, conducido por ella, por supuesto.
De repente veo cómo Dani da media vuelta y se dirige con paso firme hacia mí. Juraría que se le ha olvidado algo.
—¿Se os ha olvidado algo? —pregunto extrañada.
—Haz como que sí —dice en voz baja mientras mira fijamente la mesa donde estábamos sentados. —Tenía que preguntarte algo que me ha estado rondando por la cabeza durante toda la tarde.
—Sí, claro, dime —respondo algo preocupada.
—¿De qué nos conocemos, Cía?
miércoles, 30 de septiembre de 2015
Capítulo 1, parte dos.
Cía
Quizá sólo tengo que esperar a que deje de llover, o de doler, no lo sé.
Distante, observo cada gota que se estrella contra la ventana. Apuesto lo que sea a que a ella no le duele; parece que ha nacido para morir contra el suelo o contra cualquier cristal recién lavado. La lluvia en estos momentos refleja perfectamente mi estado de ánimo, y es triste.
Tumbada en mi cama, dejando que la melodía de piano acaricie mis oídos, en mis ojos también llueve; hace rato que ha comenzado el diluvio universal y no hay quien lo pare. A diario, esos ojos verdes azulados aparecen cada vez que cierro los míos. David todavía no está dispuesto a irse. Hace casi medio año desde que he despertado del coma, pero apenas parece que hayan pasado los días.
Tumbada en mi cama, dejando que la melodía de piano acaricie mis oídos, en mis ojos también llueve; hace rato que ha comenzado el diluvio universal y no hay quien lo pare. A diario, esos ojos verdes azulados aparecen cada vez que cierro los míos. David todavía no está dispuesto a irse. Hace casi medio año desde que he despertado del coma, pero apenas parece que hayan pasado los días.
Debido a que mi padre tiene un alto cargo en el sector de turismo, ha podido meterme como supervisora de recepción en el hotel Arts, en Barcelona. Mis funciones son básicas: Coordinar y supervisar las labores del personal de recepción, asegurarme de que logran la satisfacción del cliente, apoyar al personal en la solución de problemas, etcétera, etcétera. Me gusta mi trabajo, pero a veces se hace muy monótono.
Comencé siendo recepcionista dos meses después de despertar del coma y como mi anterior supervisor pasó a ser gerente, me ascendieron enseguida. Mi jefe continuamente me decía que lo hacía muy bien, que estaba contento con mis resultados; pero sé que mi ventaja fue que el francés y el inglés lo dominaba casi a la perfección, y para haber pasado 6 años en coma, lo recordaba sin problema alguno. Eso, y que sutilmente planeaba llevarme a la cama.
Me mudé aquí al mes y medio de despertarme y mis padres decidieron comprarme un loft en el Passeig de Gràcia. Tiene dos plantas, está perfectamente amueblado y es muy acogedor. Es precioso, pero todo hay que decirlo: No hacía falta que lo hubiesen hecho.Desde que me vieron abrir los ojos en el hospital, me han tratado como a una niña de papá, y se agradece, pero quiero tener mis propias cosas y no vivir de ellos.Como estoy a más de trescientos kilómetros de mis padres y no tengo casi amigos, por no decir ninguno y me siento jodidamente sola en este espacio de 120 m², decido poner un anuncio en alguna página de internet para conseguir alguna compañera de piso que haga esta estancia, ¿divertida?
Después de una hora y media, un número desconocido aparece en la pantalla de mi iPhone.
—¿Cía Beltrán? —suena al otro lado del móvil cuando descuelgo.
—¿Sí?, soy yo.
—Te llamo por el anuncio que has puesto en internet sobre el loft en el Passeig de Gràcia —dice la misma persona y esta vez noto su acento francés.
—Hmm... Sí —respondo con la voz entrecortada. No esperaba que nadie llamase tan pronto. De repente me doy cuenta de que la chica lleva esperando casi un minuto y sin pensarlo añado—: Disculpa. Entonces, ¿te interesaría?
—¡Por supuesto!, he visto unas cuantas fotografías y es precioso.
—Te llamo esta tarde si no te importa y hablamos del tema, ¿te parece? —digo casi en voz baja.
—Claro, sin problema —responde—. Hablamos esta tarde pues; encantada, soy Sophie.
—Un placer, Sophie, hasta luego —digo y cuelgo.
No sé si estoy dispuesta a compartir piso con alguien, aunque sé que me hace falta. Una persona con la que poder contar, con la que reír, con la que ver películas los días de invierno, con la que hablar horas y horas...
«Mierda, hablar.» Recuerdo que tengo que llamar a mis padres para ver cómo les ha ido el fin de semana en París. Ambos tenían un congreso bastante importante y han estado muy ausentes, prácticamente desaparecidos.
Después de dos tonos, mi madre responde:
—¡Cariño! —grita al otro lado del móvil—. ¡Tu padre y yo te hemos echado mucho de menos!
Mi madre siempre exagerándolo todo.
—¿Cómo ha ido por París?, ¿el congreso bien?, ¿y papá? —pregunto mientras meto una pizza en el horno. Son casi las dos y media de la tarde y con tanto jaleo por poco se me pasa la hora de comer.
—Sí, cielo, todo ha ido genial. El señor Ruiz como de costumbre ha intentado llamar la atención un poco más, pero tu padre ha sabido ponerle en el sitio, como siempre —la oigo reírse. Me gusta hacerlo, y ojalá estuviese allí para verla.
—Papá es muy bueno en los suyo... —Sonrío, y noto cómo ella también lo hace después.
Estamos así durante un cuarto de hora, o incluso más; contándonos cómo nos ha ido el fin de semana, cómo estamos y cuáles son los planes para el resto de semana. Omito sin darme cuenta el anuncio del loft y la idea de compartir piso, aunque, sinceramente, no me apetece que lo sepan todavía.
—Cariño, hablamos en otro momento, tu padre está a punto de llegar y tenemos una comida importante con algunos clientes —dice. Y con la voz nostálgica añade—: Te echaré de menos.
—Yo a ti también mamá. Dale un abrazo a papá y dile que también le echo de menos —me despido.
—Claro, pequeña. ¡Te queremos! —Grita con algo de prisa. Y dicho esto, cuelga sin darme tiempo a contestarles que yo también les quiero, muchísimo.
Después de comer y de colocar en carpetas algunos papeles de recepción, decido llamar a Sophie; finalmente he decidido hacerle un sitio en mi pequeño apartamento.
—¿Sophie? pregunto esperando que responda ella.
—¡Hola, Cía! —añade con entusiasmo.
—¿Te parece bien que nos veamos en el Starbucks del paseo en media hora? —Digo, pero imaginando que no se ubica, añado—: El que está al lado de la tienda de Dolce&Gabanna.
—Sí. Sé cuál es —dice—, nos vemos allí entonces. —Y cuelga.
Me asomo al balcón y al notar que el aire se ha girado algo frío, decido cambiarme de ropa. Me quito mi falda de tubo negra y la blusa blanca, y me pongo mis pantalones vaqueros favoritos. Me hacen buen culo, o eso me hace creer la gente que no se para a disimular cuando me ven con ellos puestos. Cojo otra de mis blusas favoritas, la amarilla de media manga y me pongo por encima una chaqueta fina. Finalmente me pongo las Nike Roshe blancas y cojo mi cartera y las llaves de casa de encima de la mesa de la entrada.
Llego al Starbucks un poco antes que Sophie y me siento en una de las mesas de la terraza mientras la espero. La camarera hace ademán de venir a tomarme nota, pero con un gesto le digo que se espere, que estoy esperando a alguien.
Al cabo de cinco minutos, veo a una pareja que se acerca hacia mí cogida de la mano. Ella tiene el pelo largo y teñido de rojo, y unos grandes ojos verdes preciosos. Lleva un vestido acorde con el tiempo que hace y unas botas marrones. Él, él me resulta muy familiar. Ojos verdes azulados y ese pelo negro alborotado... Únicamente le falta la capucha. «David.» Pienso de repente.
—¿Cía? —me pregunta la chica.
—Sí... Soy yo —digo intentando parecer lo más normal posible.
—Soy Sophie —dice tendiéndome la mano—, y él es mi novio David.
—¿Sí?, soy yo.
—Te llamo por el anuncio que has puesto en internet sobre el loft en el Passeig de Gràcia —dice la misma persona y esta vez noto su acento francés.
—Hmm... Sí —respondo con la voz entrecortada. No esperaba que nadie llamase tan pronto. De repente me doy cuenta de que la chica lleva esperando casi un minuto y sin pensarlo añado—: Disculpa. Entonces, ¿te interesaría?
—¡Por supuesto!, he visto unas cuantas fotografías y es precioso.
—Te llamo esta tarde si no te importa y hablamos del tema, ¿te parece? —digo casi en voz baja.
—Claro, sin problema —responde—. Hablamos esta tarde pues; encantada, soy Sophie.
—Un placer, Sophie, hasta luego —digo y cuelgo.
No sé si estoy dispuesta a compartir piso con alguien, aunque sé que me hace falta. Una persona con la que poder contar, con la que reír, con la que ver películas los días de invierno, con la que hablar horas y horas...
«Mierda, hablar.» Recuerdo que tengo que llamar a mis padres para ver cómo les ha ido el fin de semana en París. Ambos tenían un congreso bastante importante y han estado muy ausentes, prácticamente desaparecidos.
Después de dos tonos, mi madre responde:
—¡Cariño! —grita al otro lado del móvil—. ¡Tu padre y yo te hemos echado mucho de menos!
Mi madre siempre exagerándolo todo.
—¿Cómo ha ido por París?, ¿el congreso bien?, ¿y papá? —pregunto mientras meto una pizza en el horno. Son casi las dos y media de la tarde y con tanto jaleo por poco se me pasa la hora de comer.
—Sí, cielo, todo ha ido genial. El señor Ruiz como de costumbre ha intentado llamar la atención un poco más, pero tu padre ha sabido ponerle en el sitio, como siempre —la oigo reírse. Me gusta hacerlo, y ojalá estuviese allí para verla.
—Papá es muy bueno en los suyo... —Sonrío, y noto cómo ella también lo hace después.
Estamos así durante un cuarto de hora, o incluso más; contándonos cómo nos ha ido el fin de semana, cómo estamos y cuáles son los planes para el resto de semana. Omito sin darme cuenta el anuncio del loft y la idea de compartir piso, aunque, sinceramente, no me apetece que lo sepan todavía.
—Cariño, hablamos en otro momento, tu padre está a punto de llegar y tenemos una comida importante con algunos clientes —dice. Y con la voz nostálgica añade—: Te echaré de menos.
—Yo a ti también mamá. Dale un abrazo a papá y dile que también le echo de menos —me despido.
—Claro, pequeña. ¡Te queremos! —Grita con algo de prisa. Y dicho esto, cuelga sin darme tiempo a contestarles que yo también les quiero, muchísimo.
Después de comer y de colocar en carpetas algunos papeles de recepción, decido llamar a Sophie; finalmente he decidido hacerle un sitio en mi pequeño apartamento.
—¿Sophie? pregunto esperando que responda ella.
—¡Hola, Cía! —añade con entusiasmo.
—¿Te parece bien que nos veamos en el Starbucks del paseo en media hora? —Digo, pero imaginando que no se ubica, añado—: El que está al lado de la tienda de Dolce&Gabanna.
—Sí. Sé cuál es —dice—, nos vemos allí entonces. —Y cuelga.
Me asomo al balcón y al notar que el aire se ha girado algo frío, decido cambiarme de ropa. Me quito mi falda de tubo negra y la blusa blanca, y me pongo mis pantalones vaqueros favoritos. Me hacen buen culo, o eso me hace creer la gente que no se para a disimular cuando me ven con ellos puestos. Cojo otra de mis blusas favoritas, la amarilla de media manga y me pongo por encima una chaqueta fina. Finalmente me pongo las Nike Roshe blancas y cojo mi cartera y las llaves de casa de encima de la mesa de la entrada.
Llego al Starbucks un poco antes que Sophie y me siento en una de las mesas de la terraza mientras la espero. La camarera hace ademán de venir a tomarme nota, pero con un gesto le digo que se espere, que estoy esperando a alguien.
Al cabo de cinco minutos, veo a una pareja que se acerca hacia mí cogida de la mano. Ella tiene el pelo largo y teñido de rojo, y unos grandes ojos verdes preciosos. Lleva un vestido acorde con el tiempo que hace y unas botas marrones. Él, él me resulta muy familiar. Ojos verdes azulados y ese pelo negro alborotado... Únicamente le falta la capucha. «David.» Pienso de repente.
—¿Cía? —me pregunta la chica.
—Sí... Soy yo —digo intentando parecer lo más normal posible.
—Soy Sophie —dice tendiéndome la mano—, y él es mi novio David.
jueves, 27 de agosto de 2015
Epílogo.
Estoy acostada en la cama. Hace un rato que mi madre ha entrado para verme de nuevo.
Me ha preguntado cómo estaba, si me he encontraba mejor. Le he dicho que bien, como siempre —como de normal para que no se preocupe—. Que solo tengo que acostumbrarme y que únicamente me duele un poco la cabeza. Cómo no, me ha dicho que deje de pensar en tantas cosas, que intente despejarme y si hace falta que me vuelva a dormir.
Nunca creí que lo fuera a decir, pero deseo levantarme ya de esta cama y salir a la calle.
Hace apenas cuatro días que he salido del hospital en el cual llevaba ingresada seis años, creo que ya tengo suficiente cama de por vida.
Me levanto y me miro otra vez en el espejo. Apenas he envejecido, pero ya tengo 22 años. En cambio, lo que sí se siguen marcando, son mis ojeras, y me da la sensación de que de un momento a otro van a rozar el suelo y me voy a tropezar al pisarlas. Sí, nací algo torpe.
Quiero saber qué ha sido de Álex, mi exnovio. Mi madre me dijo que lo dejamos unos meses antes de que yo cayese en coma. Según ella no iba bien lo nuestro; yo, sinceramente, no lo recuerdo.
Enciendo el ordenador y me doy cuenta de que tengo las cuentas de las redes sociales eliminadas.
"Era de esperar", me digo.
Por probar, intento entrar en mi blog.
"Sigue intacto", digo medio sonriendo.
Hace demasiado tiempo que no escribo. Quizá me vuelva a coger, es algo que siempre he necesitado hacer para evadirme de este mundo. Quizá incluso podría narrar una novela, algo que haga que la gente se enganche.
Me pongo a pensar, y sin poder evitarlo pienso en sus ojos verdes azulados, en lo feliz que me hacía aunque fuese en sueños. En que necesito encontrarle, porque sé que existe. Que puede que esté ahí fuera, esperándome.
"¿Qué dices, Cía?", me pregunto yo sola, "deja de fantasear".
Me vuelvo de nuevo a la cama, y con la inspiración a flor de piel, comienzo a escribir. Las palabras salen como si llevasen toda la vida queriendo salir, y es comprensible.
En cuestión de hora y media tengo el primer capítulo escrito y me siento orgullosa al releerlo.
A los cinco minutos, cierro el ordenador y cogiéndolo con el antebrazo bajo al comedor. Mi madre está preparando unas crêpes como solo ella sabe hacer. Ya no las recordaba.
Últimamente me está mimando mucho, y no la culpo, pero como siga así, voy a salir rodando por la puerta de casa cada vez que tenga que irme.
—Huele de maravilla —sonrío mirando a mi madre.
—Echaba de menos cocinar para ti... —dice con los ojos acristalados.
Se hace un silencio algo incómodo y lo rompo con lo único que tengo en mente:
—Sabes mamá, he estado pensando en escribir una novela.
—¿Ah, sí?, ¿y eso?
—Bueno, ya sabes que siempre me ha gustado escribir, más bien, lo he necesitado, y como ahora tengo algo de tiempo, me he dicho "¿por qué no?".
Mi madre se me queda mirando algo extrañada, mira las crêpes de nuevo y me vuelve a mirar.
—Si es lo que te gusta, adelante, tienes mi apoyo, por supuesto.
Me acerco a ella y únicamente puedo abrazarla, desde siempre ha sido mi mayor apoyo y mi mayor ejemplo a seguir.
—Y bueno —me dice mientras estoy entre sus brazos—, ¿cómo piensas llamar a tu criatura? —ríe y yo río con ella.
Me paro a pensar.
—Va a llamarse "Noches entre folios", mamá, y si quieres leer el primer capítulo, ya lo tengo.
Le tiendo el ordenador abriendo el documento de Word y comienza a leer:
Me ha preguntado cómo estaba, si me he encontraba mejor. Le he dicho que bien, como siempre —como de normal para que no se preocupe—. Que solo tengo que acostumbrarme y que únicamente me duele un poco la cabeza. Cómo no, me ha dicho que deje de pensar en tantas cosas, que intente despejarme y si hace falta que me vuelva a dormir.
Nunca creí que lo fuera a decir, pero deseo levantarme ya de esta cama y salir a la calle.
Hace apenas cuatro días que he salido del hospital en el cual llevaba ingresada seis años, creo que ya tengo suficiente cama de por vida.
Me levanto y me miro otra vez en el espejo. Apenas he envejecido, pero ya tengo 22 años. En cambio, lo que sí se siguen marcando, son mis ojeras, y me da la sensación de que de un momento a otro van a rozar el suelo y me voy a tropezar al pisarlas. Sí, nací algo torpe.
Quiero saber qué ha sido de Álex, mi exnovio. Mi madre me dijo que lo dejamos unos meses antes de que yo cayese en coma. Según ella no iba bien lo nuestro; yo, sinceramente, no lo recuerdo.
Enciendo el ordenador y me doy cuenta de que tengo las cuentas de las redes sociales eliminadas.
"Era de esperar", me digo.
Por probar, intento entrar en mi blog.
"Sigue intacto", digo medio sonriendo.
Hace demasiado tiempo que no escribo. Quizá me vuelva a coger, es algo que siempre he necesitado hacer para evadirme de este mundo. Quizá incluso podría narrar una novela, algo que haga que la gente se enganche.
Me pongo a pensar, y sin poder evitarlo pienso en sus ojos verdes azulados, en lo feliz que me hacía aunque fuese en sueños. En que necesito encontrarle, porque sé que existe. Que puede que esté ahí fuera, esperándome.
"¿Qué dices, Cía?", me pregunto yo sola, "deja de fantasear".
Me vuelvo de nuevo a la cama, y con la inspiración a flor de piel, comienzo a escribir. Las palabras salen como si llevasen toda la vida queriendo salir, y es comprensible.
En cuestión de hora y media tengo el primer capítulo escrito y me siento orgullosa al releerlo.
A los cinco minutos, cierro el ordenador y cogiéndolo con el antebrazo bajo al comedor. Mi madre está preparando unas crêpes como solo ella sabe hacer. Ya no las recordaba.
Últimamente me está mimando mucho, y no la culpo, pero como siga así, voy a salir rodando por la puerta de casa cada vez que tenga que irme.
—Huele de maravilla —sonrío mirando a mi madre.
—Echaba de menos cocinar para ti... —dice con los ojos acristalados.
Se hace un silencio algo incómodo y lo rompo con lo único que tengo en mente:
—Sabes mamá, he estado pensando en escribir una novela.
—¿Ah, sí?, ¿y eso?
—Bueno, ya sabes que siempre me ha gustado escribir, más bien, lo he necesitado, y como ahora tengo algo de tiempo, me he dicho "¿por qué no?".
Mi madre se me queda mirando algo extrañada, mira las crêpes de nuevo y me vuelve a mirar.
—Si es lo que te gusta, adelante, tienes mi apoyo, por supuesto.
Me acerco a ella y únicamente puedo abrazarla, desde siempre ha sido mi mayor apoyo y mi mayor ejemplo a seguir.
—Y bueno —me dice mientras estoy entre sus brazos—, ¿cómo piensas llamar a tu criatura? —ríe y yo río con ella.
Me paro a pensar.
—Va a llamarse "Noches entre folios", mamá, y si quieres leer el primer capítulo, ya lo tengo.
Le tiendo el ordenador abriendo el documento de Word y comienza a leer:
Capítulo 1.
"Y allí estaba él, sentado en la silla de su escritorio con las manos en la cabeza mientras contaba las horas como si de minutos se tratasen, no había nada que no le recordase a ella, a su perfume, a sus horas de continuas sonrisas, a sus preciosos ojos de un color verde esmeralda mezclado con gotas de Coca-Cola.
Todas las noches se resumían a lo mismo, a mil preguntas yendo y viniendo a su mente, pero ninguna quedándose, ninguna siendo contestada. Habían sido noches de insomnios, noches de desvelos, noches de levantarse a las tantas de la madrugada empapado de sudor... Quería borrar todos los recuerdos, no sentir nada más, pasar por aquel banco dónde un día estuvieron sentados y no llorar al recordar su nombre, pero le resultaba imposible. Necesitaba pasar de página, olvidarla, pero cada vez que intentaba hacerlo volvía a caer, volvía a pensar en ella, en si estaría bien sin él, en si ahora sería feliz..."
martes, 11 de agosto de 2015
Capítulo 55.
13:49 de esa misma mañana en aquel rincón de la playa de La Barceloneta...
—¿Te encuentras bien, David? —preguntó Marta.
—Sí, claro.
Pero sus ojeras y sus nudillos amoratados no decían lo mismo.
—¿Has vuelto a saber algo de Cía? —preguntó esta vez el chico en voz baja.
—No... No hemos hablado de nuevo —susurró Marta—. No sé nada de ella...
»¿Vas a ir a buscarla?
Silencio.
—No. Ella ha decidido no querer saber más de mí...
A esa misma hora, en otra parte de España, dentro de un coche a 110 km/h...
"Está preciosa durmiendo, y ella debería saberlo", pensaba Diego mientras hacía la autopista suya.
Amaba la velocidad más que a nada en el mundo, pero no quería poner la vida de la chica en peligro.
—Buenos días, preciosa.
—Lo siento... —se disculpó Cía al darse cuenta de que se había pasado la mitad del trayecto en los brazos de Morfeo.
—Nos acostamos tarde, es normal, no tienes nada de lo que disculparte.
—Anoche no pude dormir —Cía agachó la cabeza y se frotó ambos ojos con las yemas de los dedos.
Diego, al escucharla, se desvió hacia un área de servicio cercana y le preguntó:
—¿Me lo cuentas mientras comemos?, me ha entrado bastante hambre.
—Claro —sonrió la chica.
Veinte minutos después, Diego salió de la autovía E-90/AP-2 y se dirigió al área de servicio de Los Monegros.
"Jóvenes eternamente", de Pol 3.14, sonaba en el último momento antes de estacionar el coche.
—Espera, espera, déjame escucharla —chilló Cía cual niña pequeña encendiendo de nuevo la radio.
"Y yo que no puedo estar sin ti,
no he encontrado la manera de que no tengas que morir...
Si te quedas quieta ahí...
Yo te grabo en mi cabeza cuando no paras de reír..."
Ambos cantaron al unisono la letra, como si la estuviesen leyendo.
—No sabía que te gustaba Pol...
—Bueno, me trae buenos recuerdos —Diego sacó las llaves y salió del coche.
Llegando al restaurante, Cía se fijó en el tatuaje que tenía Diego en el tobillo derecho. Una pequeña D y una especie de brújula sin norte caracterizaban esa parte de su cuerpo.
Ya comiendo, a Cía le entró la curiosidad.
—¿Por qué el tatuaje del tobillo?, no me digas que la D es de tu nombre —preguntó entre risas mientras bebía su típico Nestea.
Diego se calló.
—No Cía, no es de mi nombre.
—Vaya, qué serio te has puesto —dijo Cía frunciendo el ceño mientras se le escapaba su risilla tonta.
—¿Te lo cuento o vas a seguir riéndote?
—Sí, sí —se disculpó.
—No te dije toda la verdad... Sobre mi hermano —respiró. —El día que me dijeron que estaba viviendo en Barcelona, y que tenía un año menos que yo, también me dijeron que se llamaba David.
Cía se quedó completamente blanca. Lo había presentido, pero no era esa la respuesta que se hubiese imaginado nunca que contestaría.
—La brújula sin norte, es como decir que no sé por dónde ir, no sé cómo encontrarlo... Aunque cada vez, sé que estoy más cerca de él... —continuó diciendo.
La chica no sabía qué decir, no sabía si contarle toda la verdad, decirle que su hermano perdido había sido el gran amor de su vida, acabado en desastre y caos, y que en cuestión de horas iban a reencontrarse.
—¿Qué pasa, Cía?, ¿estás bien?
—Sí, sí. Creo que me ha sentado mal la comida —dijo la chica acabando de jugar con las verduras de su plato.
—¡Si apenas has comido nada!
—Estoy bien, no te preocupes.
—Mejor nos vamos ya —dijo Diego ya de pie cogiendo las llaves de su BMW del bolsillo izquierdo de su pantalón.
Al levantarse de la silla, Cía cogió instintivamente la mano del chico y entrelazó sus dedos con los de él.
16:22 a media hora de Torres de Segre, Catalunya...
—Hay algo que quiero decirte, Diego...
—Dime, pequeña —dijo girando la cabeza hacia ella.
—Verás... Sé quién es tu herman...
Pero antes de terminar la frase —como si el destino lo hubiese querido—, el Audi 4 gris que tenían enfrente frenó en secó, haciendo que Diego girase bruscamente el volante y acabase sobre los quitamiedos junto a Cía.
___________________________________________________
"—Irene, Irene —oigo que dice alguien entre sollozos a mi alrededor—, acaba de despertarse.
—Llama al doctor, Adrián —dice otra voz.
—Mamá, mamá, ¿dónde estoy? —me cuesta respirar y no siento las piernas. —¿Y Diego? ¡Teníamos que ir al entierro de Laura, mamá!
Silencio...
—¿Mamá? —repito de nuevo.
—Cía, ¿quiénes son Diego y Laura? —me pregunta—. Cariño... Llevas 6 años en coma."
Diego, al escucharla, se desvió hacia un área de servicio cercana y le preguntó:
—¿Me lo cuentas mientras comemos?, me ha entrado bastante hambre.
—Claro —sonrió la chica.
Veinte minutos después, Diego salió de la autovía E-90/AP-2 y se dirigió al área de servicio de Los Monegros.
"Jóvenes eternamente", de Pol 3.14, sonaba en el último momento antes de estacionar el coche.
—Espera, espera, déjame escucharla —chilló Cía cual niña pequeña encendiendo de nuevo la radio.
"Y yo que no puedo estar sin ti,
no he encontrado la manera de que no tengas que morir...
Si te quedas quieta ahí...
Yo te grabo en mi cabeza cuando no paras de reír..."
Ambos cantaron al unisono la letra, como si la estuviesen leyendo.
—No sabía que te gustaba Pol...
—Bueno, me trae buenos recuerdos —Diego sacó las llaves y salió del coche.
Llegando al restaurante, Cía se fijó en el tatuaje que tenía Diego en el tobillo derecho. Una pequeña D y una especie de brújula sin norte caracterizaban esa parte de su cuerpo.
Ya comiendo, a Cía le entró la curiosidad.
—¿Por qué el tatuaje del tobillo?, no me digas que la D es de tu nombre —preguntó entre risas mientras bebía su típico Nestea.
Diego se calló.
—No Cía, no es de mi nombre.
—Vaya, qué serio te has puesto —dijo Cía frunciendo el ceño mientras se le escapaba su risilla tonta.
—¿Te lo cuento o vas a seguir riéndote?
—Sí, sí —se disculpó.
—No te dije toda la verdad... Sobre mi hermano —respiró. —El día que me dijeron que estaba viviendo en Barcelona, y que tenía un año menos que yo, también me dijeron que se llamaba David.
Cía se quedó completamente blanca. Lo había presentido, pero no era esa la respuesta que se hubiese imaginado nunca que contestaría.
—La brújula sin norte, es como decir que no sé por dónde ir, no sé cómo encontrarlo... Aunque cada vez, sé que estoy más cerca de él... —continuó diciendo.
La chica no sabía qué decir, no sabía si contarle toda la verdad, decirle que su hermano perdido había sido el gran amor de su vida, acabado en desastre y caos, y que en cuestión de horas iban a reencontrarse.
—¿Qué pasa, Cía?, ¿estás bien?
—Sí, sí. Creo que me ha sentado mal la comida —dijo la chica acabando de jugar con las verduras de su plato.
—¡Si apenas has comido nada!
—Estoy bien, no te preocupes.
—Mejor nos vamos ya —dijo Diego ya de pie cogiendo las llaves de su BMW del bolsillo izquierdo de su pantalón.
Al levantarse de la silla, Cía cogió instintivamente la mano del chico y entrelazó sus dedos con los de él.
16:22 a media hora de Torres de Segre, Catalunya...
—Hay algo que quiero decirte, Diego...
—Dime, pequeña —dijo girando la cabeza hacia ella.
—Verás... Sé quién es tu herman...
Pero antes de terminar la frase —como si el destino lo hubiese querido—, el Audi 4 gris que tenían enfrente frenó en secó, haciendo que Diego girase bruscamente el volante y acabase sobre los quitamiedos junto a Cía.
___________________________________________________
"—Irene, Irene —oigo que dice alguien entre sollozos a mi alrededor—, acaba de despertarse.
—Llama al doctor, Adrián —dice otra voz.
—Mamá, mamá, ¿dónde estoy? —me cuesta respirar y no siento las piernas. —¿Y Diego? ¡Teníamos que ir al entierro de Laura, mamá!
Silencio...
—¿Mamá? —repito de nuevo.
—Cía, ¿quiénes son Diego y Laura? —me pregunta—. Cariño... Llevas 6 años en coma."
Fin.
Capítulo 54.
"06:04: Diego: ¿Estás ahí, Cía?
06:05: Cía: Lo siento, Diego, me había dormido. Hablamos mañana, ¿vale? ¿A qué hora nos iremos?
06:05: Diego: No te preocupes, pequeña, me parece bien. ¿Sobre las 12:30?, voy a ver si duermo un poco más...
06:07: Cía: Sí, claro. Cuando tú digas. Hasta mañana.
06:08: Diego: Hasta mañana, bonita."
"Podría hacer como si nada... No, no, ¿qué ideas más absurdas se te ocurren, Cía?", se preguntó ella misma, "es demasiado grande el parecido que tienen, y si encima tienes que presentarles..."
Prefirió dejar de pensar y, dejando el móvil sobre la mesita de noche, abrazó a su pequeño conejo de peluche y cerró los ojos.
Todavía recuerdo cómo sus ojos miraban al horizonte fijamente, cómo sus manos, postradas en el borde de la ventana, se movían deprisa y sus dedos hacían nacer el más dulce compás conocido. Recuerdo también, que cada pelo incipiente de su barba de vez en cuando le picaba; le hacía aun más humano. Sí, es verdad, y lo admito, normalmente, por no decir siempre, solía observarle: me gustaba hacerlo. Me gustaba fotografiarle con los ojos y guardar cada imagen en mi mente como si de una inmensa carpeta de fotos se tratase. No sé, me gustaba él.
06:05: Cía: Lo siento, Diego, me había dormido. Hablamos mañana, ¿vale? ¿A qué hora nos iremos?
06:05: Diego: No te preocupes, pequeña, me parece bien. ¿Sobre las 12:30?, voy a ver si duermo un poco más...
06:07: Cía: Sí, claro. Cuando tú digas. Hasta mañana.
06:08: Diego: Hasta mañana, bonita."
"Podría hacer como si nada... No, no, ¿qué ideas más absurdas se te ocurren, Cía?", se preguntó ella misma, "es demasiado grande el parecido que tienen, y si encima tienes que presentarles..."
Prefirió dejar de pensar y, dejando el móvil sobre la mesita de noche, abrazó a su pequeño conejo de peluche y cerró los ojos.
Todavía recuerdo cómo sus ojos miraban al horizonte fijamente, cómo sus manos, postradas en el borde de la ventana, se movían deprisa y sus dedos hacían nacer el más dulce compás conocido. Recuerdo también, que cada pelo incipiente de su barba de vez en cuando le picaba; le hacía aun más humano. Sí, es verdad, y lo admito, normalmente, por no decir siempre, solía observarle: me gustaba hacerlo. Me gustaba fotografiarle con los ojos y guardar cada imagen en mi mente como si de una inmensa carpeta de fotos se tratase. No sé, me gustaba él.
—¡Joder!
Cía, volvió a mirar su reloj-despertador: 10:03. Apenas había dormido 4 horas, pero le eran suficientes. Tercera pesadilla consecutiva, ya había tenido suficiente por esa noche.
Sentándose en el borde de su cama, intentando no perder el equilibrio por la tensión matutina, cogió el móvil de su mesita y revisó sus notificaciones.
Nada. No había ningún mensaje de nadie en ninguna conversación.
—Genial.
Finalmente, después de echarse de nuevo sobre el colchón por la vagancia de levantarse, puso los pies en el suelo e hizo impulso por levantar el cuerpo de su cama.
Se dirigió al cuarto de baño, como apenas cuatro horas antes había hecho y de nuevo volvió a mojarse la cara para despejarse de todo; o al menos intentarlo.
—Mírate, si parece que acabes de salir del rodaje de The Walking Dead —le dijo a su reflejo.
Haciéndose caso a sí misma, hizo lo posible por arreglar mínimamente su cara y cogiendo primero la crema hidratante y después la base del maquillaje, solucionó el pequeño problema.
"Cómo no, el maquillaje la solución para todo", pensó riéndose entre dientes.
Sus padres aún seguían durmiendo y lo supo por los ronquidos de Adrián. Bajó sigilosamente por las escaleras y fue directamente a la cocina donde se preparó un vaso de leche con Nesquik y cereales.
Al terminar, puso el recipiente ya vacío en el lavavajillas y subió de nuevo a su habitación. Se disponía a vestirse cuando su madre apareció en el marco de la puerta.
—¿Os vais ya?
—No, mamá, nos iremos sobre las 12 y media o así. Aún queda mas de hora y media.
—¿Ya has desayunado?
—Sí, no te preocupes.
—¿Estás bien? —preguntó de nuevo Irene.
—Sí, mamá, estoy bien, de verdad.
—Está bien, estaré bajo si necesitas algo.
Y sin esperar a obtener respuesta alguna de su hija, Irene desapareció de la puerta.
12:15 en ese mismo lugar...
"12:15: Diego: Cía, ¿ya estás? ¿Paso ya a por ti?
12:15: Cía: Dame 5 minutos, pero sí."
Cía acabó de recoger lo imprescindible para pasar dos noches fuera de casa y lo metió todo en la mochila que le había regalado su abuela dos años antes. Era de un color azul vaquero y tenía varios dibujos de anclas plateadas, desde entonces se había convertido en su favorita.
DING. DONG.
—¡Ya voy yo! —exclamó Cía desde el piso de arriba.
Bajando a toda prisa, casi tropezando, logró llegar a la puerta antes que su madre, pero ésta no se quedó muy atrás y al abrirse la puerta, Irene observó boquiabierta al chico.
—Cía, ¿no se parece a Da...?
—No, mamá —dijo enseguida la chica antes de que su madre terminase la frase—. Nos vamos ya, te iré avisando por WhatsApp, tranquila, despide a papá por mí.
Y antes de que su madre pudiese reaccionar, ambos chicos estaban dentro del coche.
—¿A quién se cree tu madre que me parezco, y por qué no la has dejado terminar, Cía?
—No, a nadie, olvídalo, anda, ¿podemos irnos ya?
—Sí, claro...
Al terminar, puso el recipiente ya vacío en el lavavajillas y subió de nuevo a su habitación. Se disponía a vestirse cuando su madre apareció en el marco de la puerta.
—¿Os vais ya?
—No, mamá, nos iremos sobre las 12 y media o así. Aún queda mas de hora y media.
—¿Ya has desayunado?
—Sí, no te preocupes.
—¿Estás bien? —preguntó de nuevo Irene.
—Sí, mamá, estoy bien, de verdad.
—Está bien, estaré bajo si necesitas algo.
Y sin esperar a obtener respuesta alguna de su hija, Irene desapareció de la puerta.
12:15 en ese mismo lugar...
"12:15: Diego: Cía, ¿ya estás? ¿Paso ya a por ti?
12:15: Cía: Dame 5 minutos, pero sí."
Cía acabó de recoger lo imprescindible para pasar dos noches fuera de casa y lo metió todo en la mochila que le había regalado su abuela dos años antes. Era de un color azul vaquero y tenía varios dibujos de anclas plateadas, desde entonces se había convertido en su favorita.
DING. DONG.
—¡Ya voy yo! —exclamó Cía desde el piso de arriba.
Bajando a toda prisa, casi tropezando, logró llegar a la puerta antes que su madre, pero ésta no se quedó muy atrás y al abrirse la puerta, Irene observó boquiabierta al chico.
—Cía, ¿no se parece a Da...?
—No, mamá —dijo enseguida la chica antes de que su madre terminase la frase—. Nos vamos ya, te iré avisando por WhatsApp, tranquila, despide a papá por mí.
Y antes de que su madre pudiese reaccionar, ambos chicos estaban dentro del coche.
—¿A quién se cree tu madre que me parezco, y por qué no la has dejado terminar, Cía?
—No, a nadie, olvídalo, anda, ¿podemos irnos ya?
—Sí, claro...
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