lunes, 9 de noviembre de 2015

Capítulo 6, parte dos.

Dani

Llevamos casi 10 minutos en el coche. En la radio suena "Acabo de llegar" de Fito y los Fitipaldis y Sophie canta como si de una fan loca en el concierto de su cantante favorito se tratase.

—Qué te voy a decir, si yo acabo de llegar, si esto es como el mar, quien conoce alguna esquina...

La veo sonreír y me pregunto cómo he sido capaz de aguantar tanto tiempo con una misma persona cuando yo, nunca, he estado más de tres meses con alguien. 23 meses no se cuentan tan rápido, y aquí estoy, con esta chica de pelo rojo y de ojos verdes tan grandes; y la verdad, es que estoy jodidamente enamorado de ella.
Al cabo de cinco minutos, llegamos al Hotel Meliá Sky. Tenemos reservada una mesa a las 21:30 en la 24ª planta del hotel, en el restaurante Dos Cielos. Siempre me ha gustado este restaurante, desde que era pequeño. Mi familia y yo solíamos venir mínimo una vez al mes. Los chefs, los conocidos hermanos Javier y Sergio Torres, son muy buenos amigos de mi padre y eso hace que, en parte, también tengamos las mejores vistas del restaurante y frente a ellas, Barcelona expandiéndose bajo su terraza.
Al entrar, nos dirigimos como siempre a la esquina del restaurante, donde se encuentran dos camareros a la espera de atendernos.
Esta noche está bastante lleno, pero la multitud de la gente no impedirá que vayamos a recibir el mismo servicio que siempre, o incluso más. Para algo pago casi 100€ de propina.

—Necesito ir al baño —me susurra Sophie en el oído, y un escalofrío me recorre la columna vertebral. Cómo me pone cuando lo hace.

Asiento con la cabeza y me siento en una de las sillas. Voy pidiendo el mejor vino que tienen mientras espero que Sophie regrese para pedir.
Al cabo de diez minutos, Sophie regresa con su vestido blanco de encaje —que me encanta tanto— y el bolso de Yves Saint Laurent que le regalé cuando hicimos el año y medio.

—¿Qué te apetece cenar? —Musito cuando ella se sienta en la mesa.
—¿Qué recomiendan esta noche? —Pregunta Sophie con su acento francés mirando fijamente a uno de los camareros.

El camarero de la derecha se ha quedado boquiabierto al escucharla hablar. 
«Relájate, campeón, esta francesita es mía».

—¿Y bien? —Carraspeo. Estoy delante, joder, podría disimular al menos.
—Verá, señor...

«Ahora me llama "señor"», río en pensamientos. Se nota que no sabe quién soy.

—Los hermanos Torres proponen el menú Degustación —continúa diciendo—, consta de más de cinco platos como: El bizcocho de polvillo, La Tabella, Queso fresco, El cáliz... 
—¿Puede traernos la carta? —Interrumpo.
—Por supuesto —Añade el segundo camarero, aparentemente más joven, mientras va en busca de ésta.

Al cabo de 2 minutos el camarero nos entrega las cartas y espera a que decidamos qué vamos a cenar. 

—Nos pondrán como entrante Raviolis de foie-gras, tomates secos y aceitunas secas —pide Sophie sin preguntarme—, y a mí como primer plato, quiero Pez de San Pedro con Jamón Ibérico, gracias.
—Yo deseo el Cochinillo Ibérico crujiente con manzanas y flores —añado cogiéndole la carta a Sophie de la mano y, junto a la mía, se las devuelvo al camarero que sigue sin apartar la vista de ella.
Estoy empezando a mosquearme.

Media hora más tarde, tenemos los platos enfrente de nosotros y el entrante casi vacío.

—Vas conociendo mis gustos culinarios —digo refiriéndome al entrante que ha pedido sin consultarme—. Esto está increíble.
—Sabía que te gustaría —sonríe—. Además, después de casi dos años, algo tenía que conocerte.

Y esta vez, quien sonríe soy yo.
Pasados diez minutos, ambos camareros vienen a retirarnos los platos y a tomarnos nota del postre.

—¿Qué desearían tomar como postre? —Nos pregunta el camarero más joven.
—¿Qué nos aconseja? —Pregunto yo esta vez.
—Bien... Tenemos Papaya, en homenaje a México; Gin Tónic, con Tónica, ginebra, yuzu, cardamomo, naranja y lima; y Café XXL, que tiene toques caramelizados, chocolate y un punto de licor.

Ambos nos quedamos pensando un par de minutos y contestamos a la vez.

—Tráiganos un Gin Tónic y...
—Un Café XXL, por favor —termina diciendo Sophie.

Cuando terminamos, pedimos la cuenta y pago con la American Express. La cena sube a 151€ y dejo 50€ más de propina. Con ese dinero ya lo llevan bien, hoy no se merecen más, al menos no el camarero que ha estado babeando por mi novia.
Al salir del hotel nos metemos enseguida en el coche, han bajado las temperaturas bastante para ser apenas las once menos cuarto de la noche.
Esta vez conduce Sophie; el Mercedes Clase A es suyo, así que no pongo pega alguna. 
Después de casi diez minutos, nos empezamos a alejar de la zona habitada y comienza a resultarme extraño.

—¿Dónde vamos? —Le pregunto.
—Ahora verás...

Nos acercamos a una especie de bosque a casi 20 km del centro y de repente aparca. Echa su asiento hacia atrás y me susurra en el oído:

—Me apetece hacértelo aquí. Ahora.

No hay comentarios: