Cía
—¿Qué? —Pregunto con apenas un hilo de voz.
—Tranquila, era coña —oigo que se ríe a carcajadas a la otra parte del teléfono—. Simplemente te llamaba para decirte que ya lo tengo todo a punto para ir cuando sea.
Noto que el corazón va disminuyendo la rapidez de sus latidos y cuando ya puedo responder, digo:
—Esto... Yo estoy en el metro, a nada de llegar, nos vemos en el portal en unos 5 minutos. ¿Te parece bien?
—Sí, claro. Me parece perfecto.
Bajo tranquilamente en la parada «Passeig de Gràcia» y comienzo a caminar hacia mi piso. Cuando llego, me doy cuenta de que Sophie ya me está esperando. Está mirando el escaparate de la joyería de la esquina y juraría que —de ser posible—, de sus ojos salen corazones. Intento acercarme para averiguar qué la ha enamorado, pero en cuanto doy dos pasos hacia delante, Sophie se gira. Al verme, se dirige hacia mí con su maleta de Michael Kors y sus tacones de diez centímetros. Se ha cambiado de ropa y ahora lleva puesto un vestido blanco de encaje y una americana negra, y de repente me pregunto por qué va tan elegante si total solo va a mudarse.
—Necesito el número de tu cuenta para ingresarte el dinero del alquiler —dice nada más llega a mi lado. —Aunque si lo prefieres, puedo dártelo en metálico —y ríe.
—En metálico va bien —contesto irónica, esperando que no me lo haya dicho en serio. Pero de repente abre la cartera y veo cómo un billete de 500 y uno de 50 se asoman junto a otros de 20 y 10.
—¡Joder! —Exclamo sin darme cuenta.
—¿Entonces en metálico? —Pregunta.
Sin contestar, saco las llaves para abrir la puerta y juntas entramos. Pasa una eternidad mientras el ascensor baja de la novena planta y nos sube al ático.
—En el anuncio no pusiste que se trataba de un ático —refunfuña.
«¿También va a ponerle pegas?»
—Se me pasó. ¿Tienes algún problema? —Contesto algo irritada.
—Pues la verdad es que... ¡Ninguno! —Chilla—. Esto es increíble, Cía.
Y de repente la veo abalanzándose encima de mí.
—Nos vamos a llevar, genial, mon chéri —dice con su acento francés mientras me abraza de una manera un tanto incómoda.
—Ven, voy a enseñarte tu habitación —le digo, soltándome de ella.
Es verdad que necesitaba a alguien que me hiciera compañía, pero, ¿he hecho bien metiendo a la primera persona que me ha aparecido?
Subimos al ático y le enseño la habitación de invitados. Cuando vienen mis padres suelen quedarse aquí. Tiene una cama de matrimonio y una televisión de 46 pulgadas. No creo que pueda quejarse.
—En esta planta también hay un cuarto de baño, por si no te apetece bajar al piso de bajo.
—Gracias —dice sonriéndome.
—Sophie, ¿puedo preguntarte por qué vas tan elegante? —Le digo cambiando de tema.
—Claro —sonríe—, en media hora o así, vendrá Dani a por mí; vamos a celebrar los 23 meses que llevamos juntos.
El nudo de la garganta, sin saber por qué, se me sube de nuevo impidiéndome tragar, pero por suerte esta vez desaparece enseguida.
—Entonces pásalo bien —contesto, y cambiando de nuevo de tema, añado—: ¿Te enseño el resto de la casa?
—¡Por supuesto!
Media hora más tarde Sophie ya se conoce mi casa como la palma de su mano y está a punto de salir por la puerta.
—Llama al timbre cuando vuelvas, no te preocupes por despertarme. Mañana iré a hacerte una copia de las llaves.
—Claro, tranquila —dice.
La veo salir por la puerta con el mismo conjunto de antes pero con algo más. «Claro, cómo no». Pienso fijándome en su bolso de Yves Saint Laurent.
Después de pasarme cinco minutos mirando a la nada, decido hacerme unas palomitas y ver una de mis películas favoritas: «Cuando te encuentre». El papel que hace Zac Efron me tiene enamorada desde que vi la película por primera vez.
Diez minutos después, mi loft huele a cine por el olor de las palomitas recién hechas y el guapo de Zac ya me está esperando en el comedor. Cuando me acuesto en el sofá, me echo por encima una manta fina y cojo el mando para darle al «Play», pero, como por arte de magia, mi teléfono empieza a sonar.
—¿Diga?
—¿Cía?, soy Max. ¿Podemos hablar un momento?
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