martes, 11 de agosto de 2015

Capítulo 55.

13:49 de esa misma mañana en aquel rincón de la playa de La Barceloneta...

—¿Te encuentras bien, David? —preguntó Marta.
—Sí, claro.

  Pero sus ojeras y sus nudillos amoratados no decían lo mismo.

—¿Has vuelto a saber algo de Cía? —preguntó esta vez el chico en voz baja.
—No... No hemos hablado de nuevo —susurró Marta—. No sé nada de ella...
»¿Vas a ir a buscarla?

Silencio.

—No. Ella ha decidido no querer saber más de mí...


A esa misma hora, en otra parte de España, dentro de un coche a 110 km/h...

"Está preciosa durmiendo, y ella debería saberlo", pensaba Diego mientras hacía la autopista suya.
  Amaba la velocidad más que a nada en el mundo, pero no quería poner la vida de la chica en peligro.

—Buenos días, preciosa.
—Lo siento... —se disculpó Cía al darse cuenta de que se había pasado la mitad del trayecto en los brazos de Morfeo.
—Nos acostamos tarde, es normal, no tienes nada de lo que disculparte.
—Anoche no pude dormir —Cía agachó la cabeza y se frotó ambos ojos con las yemas de los dedos.

  Diego, al escucharla, se desvió hacia un área de servicio cercana y le preguntó:

—¿Me lo cuentas mientras comemos?, me ha entrado bastante hambre.
—Claro —sonrió la chica.

  Veinte minutos después, Diego salió de la autovía E-90/AP-2 y se dirigió al área de servicio de Los Monegros.
  "Jóvenes eternamente", de Pol 3.14, sonaba en el último momento antes de estacionar el coche.

—Espera, espera, déjame escucharla —chilló Cía cual niña pequeña encendiendo de nuevo la radio.

"Y yo que no puedo estar sin ti, 
no he encontrado la manera de que no tengas que morir...

Si te quedas quieta ahí...
Yo te grabo en mi cabeza cuando no paras de reír..."

  Ambos cantaron al unisono la letra, como si la estuviesen leyendo.

—No sabía que te gustaba Pol... 
—Bueno, me trae buenos recuerdos —Diego sacó las llaves y salió del coche.

  Llegando al restaurante, Cía se fijó en el tatuaje que tenía Diego en el tobillo derecho. Una pequeña D y una especie de brújula sin norte caracterizaban esa parte de su cuerpo.
  Ya comiendo, a Cía le entró la curiosidad.

—¿Por qué el tatuaje del tobillo?, no me digas que la D es de tu nombre —preguntó entre risas mientras bebía su típico Nestea.

  Diego se calló.

—No Cía, no es de mi nombre.
—Vaya, qué serio te has puesto —dijo Cía frunciendo el ceño mientras se le escapaba su risilla tonta.
—¿Te lo cuento o vas a seguir riéndote?
—Sí, sí —se disculpó.
—No te dije toda la verdad... Sobre mi hermano —respiró. —El día que me dijeron que estaba viviendo en Barcelona, y que tenía un año menos que yo, también me dijeron que se llamaba David.

  Cía se quedó completamente blanca. Lo había presentido, pero no era esa la respuesta que se hubiese imaginado nunca que contestaría.

—La brújula sin norte, es como decir que no sé por dónde ir, no sé cómo encontrarlo... Aunque cada vez, sé que estoy más cerca de él... —continuó diciendo.

  La chica no sabía qué decir, no sabía si contarle toda la verdad, decirle que su hermano perdido había sido el gran amor de su vida, acabado en desastre y caos, y que en cuestión de horas iban a reencontrarse.

—¿Qué pasa, Cía?, ¿estás bien?
—Sí, sí. Creo que me ha sentado mal la comida —dijo la chica acabando de jugar con las verduras de su plato.
—¡Si apenas has comido nada!
—Estoy bien, no te preocupes.
—Mejor nos vamos ya —dijo Diego ya de pie cogiendo las llaves de su BMW del bolsillo izquierdo de su pantalón.

  Al levantarse de la silla, Cía cogió instintivamente la mano del chico y entrelazó sus dedos con los de él.

16:22 a media hora de Torres de Segre, Catalunya...

—Hay algo que quiero decirte, Diego...
—Dime, pequeña —dijo girando la cabeza hacia ella.
—Verás... Sé quién es tu herman...

  Pero antes de terminar la frase —como si el destino lo hubiese querido—, el Audi 4 gris que tenían enfrente frenó en secó, haciendo que Diego girase bruscamente el volante y acabase sobre los quitamiedos junto a Cía.

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"—Irene, Irene —oigo que dice alguien entre sollozos a mi alrededor—, acaba de despertarse.
—Llama al doctor, Adrián —dice otra voz.
—Mamá, mamá, ¿dónde estoy? —me cuesta respirar y no siento las piernas. —¿Y Diego? ¡Teníamos que ir al entierro de Laura, mamá!

Silencio...

—¿Mamá? —repito de nuevo.
—Cía, ¿quiénes son Diego y Laura? —me pregunta—. Cariño... Llevas 6 años en coma."



Fin.

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