domingo, 28 de febrero de 2016

Capítulo 16, parte dos.

Cía

—¡Max! —grito a sus espaldas yendo tras él—. ¡Max!

Mi temperamental jefe sigue andando con mi informe bajo su brazo como si no hubiese escuchado nada. Tiene buen porte, camina recto y seguro de sí mismo. Los pantalones hacen juego con sus enormes ojos grises y además, le marcan bastante el culo. Es más, no tiene mal culo. Inesperadamente, como si me hubiese leído la mente, se gira.

—¿Decías?
—Esto... —carraspeo. Cía, piensa antes de hablar—. Sí, que me niego a que pagues tú el taller por algo que me corresponde a mí. Fui una irresponsable al no darme cuenta de que tu coche estaba ahí, así que ahora me toca pagar las consecuencias.
—Cía, soy tu jefe, vas a obedecerme ahora también.


Esa última frase me ha callado la boca de una manera asombrosa. Aunque me haya quitado un peso de encima por no tener que pagar finalmente la reparación, me va a pesar en la consciencia que lo quiera pagar todo él, aunque el dinero prácticamente le sobre.

—Solo aceptaré tu "oferta" —digo doblando los dedos índice y corazón de ambas manos hacia arriba y hacia abajo simulando unas comillas en el aire— si me permites pagar la mitad. —Vale, definitivamente no sé cómo ha salido esa frase de mi boca.
—Rotundamente no —vuelve a negar.

«Joder, si a cabezota creo que nadie le gana».

—Como quieras —definitivamente me rindo. 

Hago ademán de irme y me giro, saco de nuevo mi móvil para revisar si Sophie me ha dicho algo pero mi WhatsApp está más vacío que el desierto. Estoy empezando a preocuparme por ella, parecía aterrorizada.
Cuando me giro otra vez para ver si mi jefe sigue detrás de mí, me sorprende descubrir que ya no está.

«Además de temperamental y cabezota, escurridizo», pienso.

Me dirijo a recepción para supervisar el trabajo y no veo a Ana por ninguna parte. 

—Samuel, ¿has visto a Ana? —pregunto al chico que está en esos momentos atendiendo a un matrimonio de personas mayores.
—No, jefa —me dice sonriendo.
—Está bien, continúa —digo señalando disimuladamente al hombre y a la mujer que me miran extraños por haber interrumpido sin querer.
—Como les decía, el buffet comienza a las siete de la mañana...

«¿Y ahora dónde se habrá metido?».

Me siento en una de las sillas libres que hay en recepción haciendo tiempo hasta que llegue Sophie. No es normal que Ana no esté en su lugar de trabajo.

—Ahora vuelvo, Samuel —vuelvo a interrumpirle.

Asiente con la cabeza para no dejar de hablar a sus clientes y salgo de allí. Me dirijo a los baños de la planta baja para retocarme el maquillaje y conforme voy acercándome, empiezo a escuchar varios gemidos que van aumentando de tono.
No me lo puedo creer. Estamos en un hotel, por Dios, hay habitaciones por todas partes. Pico con los nudillos a la puerta para llamarles la atención y la voz de Ana suena a la otra parte.

—Ocupado...

«¿Ana?».

—Soy Cía. En 5 minutos espero que estés fuera, Ana. No quiero verme obligada a abrir la puerta —digo con voz amenazante—. No lo repetiré. Me parece vergonzoso.

Salgo de los servicios roja de la rabia por lo que he tenido que oír y espero en la puerta de fuera a que salgan ella y su acompañante.
Antes de cinco minutos, sale Ana acabándose de acomodar su falda de tubo y con la cara rozándole el suelo por la vergüenza que tiene ahora mismo. 

—Lo siento mucho, Cía... No esperaba...
—Cállate, por favor —le pido.

Espero un minuto más a que salga el hombre con el que estaba y mi boca cae al piso cuando Max aparece detrás de ella.

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