lunes, 14 de marzo de 2016

Capítulo 17, parte dos.

Dani


Veo cómo las largas piernas de Laura pasan por delante de mí, dejándome unas magníficas vistas de su culo. Contonea las caderas a un ritmo que desconozco, pero que sin duda, a cualquiera volvería loco.


1 hora después...

Joder. Creo que la he cagado, definitivamente. No debería haber hecho lo que he hecho. Sí, estaba seguro de hacerlo hace una hora y trece minutos porque quería enfadarla, quería que me dejase, quería ser mínimamente "libre". Pero ahora, solo deseo que Sophie vuelva, pedirle de nuevo perdón, que todo vuelva a ser como antes, que nos comamos enteros en el baño que está al girar la esquina.

—¿Estás aquí, Daniel? —La voz de Roberto me pregunta por enésima vez si sigo vivo.
—¿No habían terminado ya? —respondo con otra pregunta. Estoy empezándome a cansar.
—De las 34 fotos que te han hecho, 4 han salido bien. ¿Me explicas qué te pasa? Dudo que uno de los mejores fotógrafos de Barcelona fotografíe mal —dice mirando a Michael, el cual pone cara de pocos amigos, supongo que también exhausto por no salir de allí.
—Descansad 10 minutos y volvemos, a ver si por fin acabamos —chilla de repente Michael. Definitivamente ha explotado.

Como si alguien les hubiese invocado, vienen dos chicas dispuestas a retocarme el maquillaje y la ropa, pero me falta tiempo para decirles que estoy bien.
Mirándose una a la otra, asienten entre sí y se van por donde han venido con la brocha y el colorete.
Busco mi móvil, la última vez que lo tenía, estaba en el bolsillo de mi americana, la cual estará seguramente en el probador con la demás ropa. Me dirijo hacia allí conforme voy vestido y me percato de los diferentes ojos que están mirándome el paquete. No suelo darle mucha importancia a eso, es más, me gusta. Pero en estos momentos, más incómodo no puedo sentirme.
Carraspeo para que se den cuenta de que les he pillado con las manos en la masa —más bien, con los ojos en la guinda del pastel— y por poco giran la cabeza 180º.
Meto las manos en la americana y voilà!, aquí está.
Saco mi iPhone para llamar por tercera vez a Sophie y vuelve a sonarme el mismo tono cuando se pone a comunicar. Si no fuera porque el móvil me ha costado 700 euros, lo estampaba contra el suelo.
De repente, una bombilla se me enciende en la cabeza y busco el nombre de Cía en mis contactos.
Después del segundo tono, su dulce voz suena:

—¿Quién?
—Cía, soy Dani.
—¿Qué Dani? —Imposible que no tenga mi móvil—. Esto... El novio de Sophie...
—Ah, vale, perdona, estoy algo ocupada. Te llamo después si no te importa.
—No, espera —digo ya pareciendo algo estresado—. ¿Está ahí contigo?
—No, aquí todavía no ha venido, ¿por qué?, ¿pasa algo?
—No, tranquila, no te preocupes. No te molesto más. Gracias.

Y sin dejarle tiempo para contestar, cuelgo.

«¿Dónde coño debe haberse metido?, joder.»

Vuelvo al estudio y decido terminar lo más deprisa posible. Después de quince minutos contados, Michael nos da la enhorabuena por hacer una sesión increíble y nos dice que podemos irnos a casa, que no queda nada más por hacer.

—¿Puedo preguntar qué pasa, Daniel? ¿Ha pasado algo con esa chica?
—Se llama Sophie, Roberto. Después de 23 meses parece mentira que sigas sin conocerla.
—Bueno, ¿ha pasado algo con "Sophie"? —rectifica haciendo signos de comillas con los dedos cuando dice su nombre.
—Déjalo, ¿vale?, ya me avisarás cuando esté la revista.

Me meto en el probador dejándole con la palabra en la boca y en dos minutos me cambio de ropa. Cuando salgo, ya no está allí. A veces, y una es esta, me pone de lo más nervioso. No parece ni que sea mi mánager.
Me despido de todo el equipo y por supuesto, le doy las gracias a Michael por su paciencia y profesionalidad, como siempre hago con todos los fotógrafos al finalizar la sesión para que queden encantados conmigo y me voy de aquel sitio que solo me ha traído disgustos.
Voy en busca de mi coche para ir a buscar a Sophie. Quizá —y digo quizá porque no hay muchos más sitios en los que pueda estar— esté de camino al hotel Arts, como le había dicho a Cía. O yendo de nuevo a su loft.
No hay tráfico, así que consigo llegar en 7 minutos y medio. Entro al lujoso hotel y la busco por recepción. Allí solo está un chico atendiendo y una chica embaraza con su pareja.

—Perdone, busco a Cía Beltrán. ¿Puede decirme dónde está?
—¿Y usted es? —responde "Samuel", al menos eso pone en su chapa identificativa.
—Soy un conocido suyo.
—Está bien. Supongo que no tardará en llegar—dice continuando su conversación con ambos clientes.
—Gracias.

No hay comentarios: