domingo, 21 de febrero de 2016

Capítulo 15, parte dos.

Dani


«Joder, joder, joder», grito mentalmente. A seis metros tengo a Sophie con sus ojos verdes inyectados en sangre. Veo cómo se puede diferenciar incluso la rabia y el dolor en sus pupilas, cómo se agrandan y disminuyen conforme su respiración va acelerando. No sabe qué hacer. Está quieta, como si una bomba fuera a estallar debajo de ella si mueve algún músculo.

—Nena, no es lo que parece —perfecto, acabo de sonar aún más capullo—. Joder, quiero decir —la miro a los brillantes ojos rojos—, te lo puedo explicar.
—No hay nada que explicar —contesta—, sé perfectamente qué he visto.
—Por eso pienso explicártelo: porque no lo sabes.
—¿Y ahora me llamas ciega?, lo que me faltaba.

Estoy a punto de perder los estribos. Me está sacando de mis casillas, sé que he sido un completo imbécil con las mujeres prácticamente toda mi vida, pero después de casi dos años, debería conocerme un poco más y saber que no perdería veintitrés meses a su lado por un segundo en la boca de otra.

—¿Me quieres escuchar? —le chillo. Todos los presentes se quedan con la boca abierta cuando me ven alzarle la voz.
—No tengo nada que escuchar, Daniel. Ya he visto suficiente.

Tiene los ojos acristalados y ligeramente noto cómo tiembla. Mete la mano en su bolso de Michael Kors y saca su iPhone. Teclea un número a la velocidad de la luz y se pone el dispositivo en la oreja esperando que suene el primer tono.

—¿A quién vas a llamar...?

No me contesta.

—Cía —dice entre llantos—, necesito ir a casa y no tengo llaves...

«No, joder».

—¿Podemos hablar después? —oigo que dice, y sin pensármelo dos veces, cojo su móvil y cuelgo.

—Sophie, escúchame, por Dios. Esa chica es la nueva modelo de la campaña, teníamos una sesión hoy y hemos tenido un leve roce. Cuando hemos terminado la primera vez se me ha puesto bastante chula y le he dicho que no era tan guapa como para ser tan borde —me paro a respirar y continúo mirándola a esos ojos tan increíbles—, después me ha dicho que ya no iba a continuar la sesión y al preguntarle por qué, me ha contestado que no era a ella a quien tenía que preguntárselo. He pasado de ella, y ha sido cuando me ha girado y me ha besado, adrede para que me vieras.

Silencio.

—¿Esperas que me crea eso, Daniel? —Empieza a reírse en voz alta.
—Te acabo de contar toda la verdad.
—¿Y cómo sabe que soy tu novia? —Pregunta. «Joder, ¿en serio?».
—No lo sé, Sophie, ¡Dios!

De repente, veo entrar por la puerta a mi representante Roberto. El sudor ha formado una fina capa sobre su frente y sus ojos me amenazan con cortarme las pelotas.

—¿Se puede saber dónde estabas? —Me chilla, sin inmutarse por la visita de Sophie.
—He estado aquí —contesto. Miro a Sophie y le susurro: —Espérate.
—Laura se ha ido, supongo que ya te lo habrá dicho —buen tema, Roberto—. Hace cinco minutos que deberías estar en el estudio. No tardes —dice mirando a Sophie y yéndose por donde ha venido.
—Cariño... Necesito que me creas, por favor —le suplico casi entre lágrimas, aunque por desgracia no puedo derramar ninguna.

»Cuando yo tenía 17 años, mi padre sufrió un ataque al corazón y murió, esa noche, el día del funeral y durante los tres meses siguientes no paré de llorar. Después de ese tiempo, metafóricamente, cerré el grifo y desde entonces, no he vuelto a derramar ni una lágrima. Por nadie.

—Ya hablaremos, Daniel. Tienes una sesión que continuar.
—Puedes quedarte si quieres, les digo que eres mi pareja y no pondrán problema alguno.
—Me voy a clase, lo siento —dice entre murmullos mientras tiende la mano para que le devuelva el iPhone.

Cuando lo tiene en la mano, me mira por última vez, y sin darme dos besos siquiera, se va.

—He hecho buen trabajo, ¿no? —pregunta Laura a mis espaldas al cabo de dos minutos.
—Sí. Lo has hecho —contesto mientras le guiño el ojo izquierdo.

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