jueves, 7 de enero de 2016

Capítulo 8, parte dos.

Cía

Son casi las 12 de la noche y cualquiera que me vea pensará que estoy loca por estar a estas horas caminando sola por la calle, pero, después de lo que acaba de pasar, no creo que pueda volver a dormirme en cuestión de días. Me miro las manos —que en estos momentos están entumecidas por el frío— y me pongo a pensar en el tiempo que habrá pasado desde que he salido del loft.

«Perfecto, llevo casi una hora dando vueltas como un perro perdido», me digo a mí misma mirando la hora en mi reloj Mark Maddox.

Me siento agotada en las escaleras de mi portal y veo cómo pasan varios coches a la vez en un momento, pero después de eso, la calle vuelve a quedarse en silencio. Para ser una calle bastante transitada, a estas horas no se ve ni un alma. Está jodidamente inhóspita. Me miro las uñas. Necesitan una nueva pasada de esmalte. 

—¿No subes? —Me dice una voz detrás de mí.

Súbitamente me giro y veo a mi vecino apoyado en el cerco de la puerta. Recuerdo su nombre al instante: Jota. No podría olvidar esos ojos verde césped con toques de avellana.

—Sí, claro... —susurro—. Estaba buscando mi paquete de tabaco, pero no lo encuentro. Supongo que ni mis cigarrillos me quieren.
—Yo iba a lo mismo —me dice enseñándome el paquete rojo y blanco de su mano, idéntico al que fumo de normal yo—. ¿Quieres?

Y antes de que haya contestado, se sienta a mi lado y me tiende un cigarrillo.

—¿Y qué hacías aquí?, si se puede saber... —Me pregunta.
—Ya te lo he dicho... Quería... fumar.
—Y ahora la verdad —me sonríe.
—¿Perdón? —respondo.
—Ni siquiera tienes abierto el bolso, Cía —dice él, mirándome fijamente a los ojos y a continuación al bolso que, efectivamente, está cerrado.

Me muerdo el labio avergonzada y siento cómo todas las tonalidades de rojo comienzan a subírseme por las mejillas. Ahora mismo quiero que la tierra se me trague.

—No te preocupes, guardaré tu secreto —me dice guiñándome el ojo.

Enciende su cigarro y le da la primera calada. Me pasa el mechero para que me encienda yo el mío y mientras lo hago, vuelve a preguntarme:

—¿Y bien?, ¿qué hacía a estas horas una chica como tú por la calle? —sonríe de nuevo y da otra calada. Ha dicho "chica como tú" como si yo fuera Miss Universo o algo por el estilo y me deja sorprendida.
—Había quedado con mi jefe hace un par de horas y estaba volviendo a casa —comienzo a explicarle sin saber el porqué—. Después de revisar el proyecto que le he entregado esta mañana, urgentemente quería verme...
—¿Y...? —pregunta empezando a sorprenderse él también.
—...quiere que vaya a Madrid con él el próximo fin de semana para una conferencia. Estará el director del hotel Arts y quiere que me conozca.
—Pero Cía, ¡eso es una muy buena noticia! —chilla.
—Shhh... No chilles —le chisto—. No digo que no sea mala noticia, sino que no sé si estoy preparada o si voy a meter la pata como siempre o no sé, ¡Dios!

Y de repente, como si en mi frente hubiese un cartel luminoso con las letras: "NECESITO UN ABRAZO URGENTEMENTE", me abraza. Y lo agradezco, joder, realmente lo necesitaba, pero enseguida me suelta.

—Perdón... Yo... No quería... —Consigue finalmente decir.
—No, no pasa nada.

Continuamos dejando que el tabaco de una manera u otra nos calme a ambos por dentro y como si no fuese consciente de lo que digo, le pregunto:

—¿Y tú?, ¿dónde ibas?, si solo querías fumar, podrías haber salido perfectamente al balcón —miro hacia arriba y señalo su piso—, ¿no?
—Me has pillado —me sonríe—. Lo había hecho, pero al mirar la calle, te he visto volver, y bueno, necesitaba estirar las piernas.

No me lo puedo creer. Jota y yo apenas hemos hablado en todo el tiempo que llevo viviendo en esta finca, por no decir que únicamente nos saludamos si coincidimos y que nunca hemos intercambiado más de diez palabras seguidas.

—Yo iba a subir ya. Estoy algo cansada y necesito dormir... —digo—. Pero a la vez...
—Iba a proponerte ir a dar un breve paseo —me interrumpe.
—A la vez sé que no voy a poder dormir por los nervios que tengo ahora mismo encima, así que sí, gracias por dejarme terminar —río.
—Perdón... —Se disculpa de nuevo—. ¿Vamos entonces?

Después de llevar casi media hora caminando sin rumbo fijo, saca otro cigarrillo de su paquete de Marlboro y se lo enciende. 

—¿Fumas mucho? —Pregunto ya sin saber qué decir.
—Jajaja, cuando estoy nervioso, bastante.
—¿Y qué te preocupa? —digo sorprendida.
—Que vayas a salir huyendo de un momento a otro.
—¿Y por qué tendría que hacer...

Pero antes de terminar la pregunta, ya tengo sus labios fríos encima de los míos.

No hay comentarios: