Cía
06:45. Suena el despertador. Otro viernes más sumado al calendario. Último día de la semana laboral, al menos para mí. Me levanto de la cama y voy directa a la ducha. Hace meses que me da la sensación de que ducharme por las mañanas me sienta mejor que si no lo hago. Curiosidades de mi vida.
Me desnudo y entro en el plato de la ducha para, posteriormente, dejar que el agua se lleve el sueño que me queda encima. Mi cabeza parece un mar de pensamientos cuando empiezo a pensar de nuevo en el incidente de ayer por la tarde.
«¿Por qué me preguntó Dani si nos conocíamos?». Hago que el champú empiece a sacar espuma de mi pelo y me doy ligeros masajes mientras sigo pensando el porqué.
Después de enjabonarme por segunda vez la cabeza y de haberme lavado también un par de veces el cuerpo, me envuelvo con mi toalla de tacto aterciopelado y me pongo una toalla más pequeña en la cabeza para no ir mojándolo todo. Salgo de la ducha y después de secarme el cuerpo, paso esa misma toalla por el espejo para quitar el vapor que se ha creado. Hoy me veo guapa. Hoy sé que va a ser un buen día y no sé por qué, simplemente tengo esa sensación, y me gusta.
Me visto a toda prisa poniéndome con cuidado las medias, seguidas de una falda de tubo, esta vez, azul marino y otra blusa blanca. Tardo casi diez minutos en secarme el pelo pero finalmente se queda como a mí me gusta. Me maquillo sutilmente poniéndome únicamente base y rímmel y una fina línea de eyeliner en la parte superior del ojo.
Al salir a la habitación, elijo qué zapatos llevar y me decanto por los beige de tacón. Escojo la americana del armario, del mismo color que los zapatos, y me la pongo. A continuación, recojo todo lo necesario metiéndolo en mi bolso y voy a la cocina.
No tengo mucho hambre de momento, así que sólo me preparo un vaso de leche con Nesquik y unto un par de tostadas con mantequilla y mermelada de melocotón, mi favorita.
07:40. Hoy prefiero coger el coche, si me paro a coger el metro no llegaré a tiempo, aunque todavía me quedan 20 minutos para entrar.
Antes de salir por la puerta, me paso por la habitación de Sophie y la veo dormir. Le dejo una nota en el mueble de la entrada —sí, como si el WhatsApp no existiera—, avisándola de que volveré a las dos de la tarde, que si necesita alguna cosa, que me escriba y que cuando salga, cierre únicamente de un portazo, que sus llaves hasta esta tarde no las tendré.
«Llaves, móvil, cartera, llaves del coche... Sí, lo tengo todo», me digo. Cierro cuidadosamente la puerta y bajo directamente al parking.
El coche de Sophie está al lado del mío; Dani debió dejarlo anoche.
Por simple capricho compré dos plazas de parking, "por si acaso".
Saco mi Audi S3 Sportback negro y me dirijo sin pausas al Hotel Arts. Siempre me han gustado los coches de gama alta, pero tampoco demasiado grandes. Además, en cuanto vi el Audi en el concesionario hace apenas 4 meses, me enamoré de él. Tenía que ser mío y, claro, mi padre no iba a negármelo.
Recuerdo haber conducido con él antes de caer en coma y como por suerte no había olvidado del todo qué era, en dos meses me saqué el carné del coche.
Y nada, aquí estoy, siendo una novata con un coche de más de 40.000 euros en medio de la gran Barcelona.
Me río yo sola mientras en la radio, de fondo, suena "What do you mean?" de Justin Bieber.
Al llegar al aparcamiento del hotel, voy directa a la zona de empleados, más bien, a mi zona, donde mi cargo ya se empieza a notar. Aparco al lado de un BMW M4 Cabrio también negro y mi boca se cae al suelo al pensar que ese coche vale más de 100.000 euros. El mío a su lado es como una falda de Stradivarius al lado de un vestido de Chanel.
Salgo con cuidado para no darle a la puerta de su BMW pero justo en ese momento mi iPhone suena, asustándome y haciendo que abra de golpe y le haga una raya —aunque sea mínima— a la pintura.
—¡Joder!, ¡mierda!, ¡joder! —chillo llevándome las manos a la cabeza.
Miro mi reloj: 8:02. Encima llego tarde.
Miro mi coche, miro el BMW M4 Cabrio, esta vez con una raya de dos centímetros en la puerta derecha, y miro mi coche de nuevo.
Suspirando como si la vida me fuera en ello, que seguramente me vaya cuando el dueño quiera saber quién ha sido el autor de tal destrozo, cojo mi bolso del asiento del copiloto, salgo del coche y cierro mi Audi. Aparcaría en otro sitio, pero hay pocos sitios "privilegiados" en mi zona, y por desgracia están todos ocupados.
—Menos mal que hoy iba a ser un buen día —musito.
Subo al ascensor que me lleva directamente a la recepción y en cuanto salgo, observo cómo dos ojos grises me miran fijamente.
—Buenos días, Cía.
—Buenos días, Max.
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