domingo, 31 de enero de 2016

Capítulo 12, parte dos.

Dani

08:19. La alarma no ha sonado. Eso, o yo no dormía, había caído directamente en coma. En menos de cuarenta minutos tengo que estar en la tienda. Sí que es verdad que ser “El modelo” tiene algunas ventajas, pero no creo que al fotógrafo y a su equipo les haga gracia tener que esperar a un niñato de 23 años.
Llevo en el mundo de la moda casi dos años y de momento no me ha ido nada mal. Por la sesión de hoy, por ejemplo, voy a cobrar 1.500€ y eso, multiplicado por 5 o 6 sesiones más que haré este mes... Lo dicho, no vivo nada mal. Aunque no en todas cobre la misma cantidad, claramente.
Cobro incluso más.
Suelo posar para marcas como Massimo Dutti, Emporio Armani y Calvin Klein, aunque también he promocionado relojes para la marca Michael Kors y Daniel Wellington y he trabajado para empresas más grandes como El Corte Inglés. 

Antes de levantarme de la cama, doy al interruptor de las persianas para que se suban solas y mientras lo hacen, doy un salto al suelo. Conecto mi iPhone a los altavoces portátiles y pongo "She looks so perfect" de 5 SOS. Me acuerdo de ella. Del olor de su pelo y de sus manos tocándom...

«Vale ya, Dani», me digo mientras me veo mi miembro más grande de lo normal debajo de los calzoncillos negros. Pongo los ojos en blanco pensando el porqué nosotros tenemos que despertarnos así siempre. Al menos cuando no vamos a follar.
Me meto en la ducha y dejo que el agua me quite los pensamientos impuros que tengo de esa chica pelirroja, pero es imposible. Esta cosa no se baja ni a la de tres.
Me enjabono el cuerpo y como último recurso, giro el grifo hacia el color azul, haciendo que el agua salga congelada.
Salgo de la ducha como si me hubieran metido en el congelador durante un par de horas y me visto en un abrir y cerrar de ojos.
Me anudo la corbata delante del espejo y posteriormente me coloco bien los gemelos de las mangas.

«Este traje le gustaría a Sophie», pienso. Es de Emporio Armani y además gris. Ella ama el gris. Me calzo los zapatos italianos de más de 3.000€ y me echo un último vistazo. Perfecto.
Me miro el reloj. 08:40.

«Aún tengo tiempo a desayunar».

Cojo las llaves del Aston Martin Vanquish, la cartera y las llaves de casa, y bajo directo al párking en el ascensor. Desayunaré de camino. Saco el iPhone del bolsillo de la americana y reviso los mensajes de WhatsApp.

"08:32: Sophie: Buenos días, cariño. ¿Cómo has dormido? Voy a ver si me levanto y voy a clases. Tienes hoy la sesión de Emporio Armani, ¿no?
¡Espero que vaya muy bien!, hablamos después, te quiero."

"08:39: Roberto Martínez: ¿Dónde estás, Daniel? El fotógrafo y su equipo no van a 
demorarse mucho más... Llámame."
"08:39: Roberto Martínez: Lo digo en serio, llámame."

«Ya le contestaré después», me digo.

"08:41: Dani: Buenos días, nena. He dormido genial, aunque como (casi) siempre, me has faltado tú esta mañana ;) Sí, voy hacia allí ya. Tranquila, saldrá genial. Siempre me sale genial. Claro, hablamos después. ¡Un beso!"

Al llegar al párking, localizo el Aston enseguida y me subo en él. Después de 10 minutos conduciendo, aparco dos calles antes de llegar a la tienda para entrar al Café Zurich y desayunar por fin tranquilamente. Es extraño que esté abierto ya porque de normal abren a las 09:00, pero me alegra saber que sea así. El café de aquí me apasiona, y realmente, la camarera bastante más.
El local está bastante lleno para ser apenas las ocho de la mañana pero por suerte "mi sitio" está intacto. Elizabeth, que es como se llama la camarera, o para mí "Liz", se acerca con su sonrisa de anuncio como cada vez que vengo.

—Buenos días, señorito Daniel. ¿Qué desea desayunar esta mañana? —Me pregunta.
—¿Desde cuándo esos formalismos, Liz? —Y mientras le sonrío, sus colores le suben a las mejillas enseguida. —Ponme lo de siempre, anda —contesto, no quiero hacerla sonrojar más, aunque esté preciosa.
—Por supuesto —dice entre murmullos—, no tardo. —Y se marcha a toda prisa para hacerme, con sus propias manos, el café que tanto me gusta.

En cinco minutos contados, Liz vuelve a mi mesa, dejando sobre ésta un capuccino con dos sobres de azúcar y un cruasán cubierto de miel.
Vuelvo a sonreírle para agradecerle la rapidez y vuelve a sonrojarse. Esta chica, definitivamente, me encanta. Observo cómo se aleja de mi mesa y saco mi iPhone para controlar la hora.

08:55. «Creo que podrán esperar cinco minutos», pienso mientras abro de nuevo WhatsApp y le doy el primer bocado al cruasán.

"01:48: Dani: Espero verte pronto, y que no sea acompañada", vuelvo a leer. Esperando que así sea.

domingo, 24 de enero de 2016

Capítulo 11, parte dos.

Cía

06:45. Suena el despertador. Otro viernes más sumado al calendario. Último día de la semana laboral, al menos para mí. Me levanto de la cama y voy directa a la ducha. Hace meses que me da la sensación de que ducharme por las mañanas me sienta mejor que si no lo hago. Curiosidades de mi vida.
Me desnudo y entro en el plato de la ducha para, posteriormente, dejar que el agua se lleve el sueño que me queda encima. Mi cabeza parece un mar de pensamientos cuando empiezo a pensar de nuevo en el incidente de ayer por la tarde.
«¿Por qué me preguntó Dani si nos conocíamos?». Hago que el champú empiece a sacar espuma de mi pelo y me doy ligeros masajes mientras sigo pensando el porqué.
Después de enjabonarme por segunda vez la cabeza y de haberme lavado también un par de veces el cuerpo, me envuelvo con mi toalla de tacto aterciopelado y me pongo una toalla más pequeña en la cabeza para no ir mojándolo todo. Salgo de la ducha y después de secarme el cuerpo, paso esa misma toalla por el espejo para quitar el vapor que se ha creado. Hoy me veo guapa. Hoy sé que va a ser un buen día y no sé por qué, simplemente tengo esa sensación, y me gusta.
Me visto a toda prisa poniéndome con cuidado las medias, seguidas de una falda de tubo, esta vez, azul marino y otra blusa blanca. Tardo casi diez minutos en secarme el pelo pero finalmente se queda como a mí me gusta. Me maquillo sutilmente poniéndome únicamente base y rímmel y una fina línea de eyeliner en la parte superior del ojo.
Al salir a la habitación, elijo qué zapatos llevar y me decanto por los beige de tacón. Escojo la americana del armario, del mismo color que los zapatos, y me la pongo. A continuación, recojo todo lo necesario metiéndolo en mi bolso y voy a la cocina.
No tengo mucho hambre de momento, así que sólo me preparo un vaso de leche con Nesquik y unto un par de tostadas con mantequilla y mermelada de melocotón, mi favorita.

07:40. Hoy prefiero coger el coche, si me paro a coger el metro no llegaré a tiempo, aunque todavía me quedan 20 minutos para entrar. 
Antes de salir por la puerta, me paso por la habitación de Sophie y la veo dormir. Le dejo una nota en el mueble de la entrada —sí, como si el WhatsApp no existiera—, avisándola de que volveré a las dos de la tarde, que si necesita alguna cosa, que me escriba y que cuando salga, cierre únicamente de un portazo, que sus llaves hasta esta tarde no las tendré.

«Llaves, móvil, cartera, llaves del coche... Sí, lo tengo todo», me digo. Cierro cuidadosamente la puerta y bajo directamente al parking.
El coche de Sophie está al lado del mío; Dani debió dejarlo anoche.
Por simple capricho compré dos plazas de parking, "por si acaso".
Saco mi Audi S3 Sportback negro y me dirijo sin pausas al Hotel Arts. Siempre me han gustado los coches de gama alta, pero tampoco demasiado grandes. Además, en cuanto vi el Audi en el concesionario hace apenas 4 meses, me enamoré de él. Tenía que ser mío y, claro, mi padre no iba a negármelo.
Recuerdo haber conducido con él antes de caer en coma y como por suerte no había olvidado del todo qué era, en dos meses me saqué el carné del coche.
Y nada, aquí estoy, siendo una novata con un coche de más de 40.000 euros en medio de la gran Barcelona.
Me río yo sola mientras en la radio, de fondo, suena "What do you mean?" de Justin Bieber.
Al llegar al aparcamiento del hotel, voy directa a la zona de empleados, más bien, a mi zona, donde mi cargo ya se empieza a notar. Aparco al lado de un BMW M4 Cabrio también negro y mi boca se cae al suelo al pensar que ese coche vale más de 100.000 euros. El mío a su lado es como una falda de Stradivarius al lado de un vestido de Chanel.
Salgo con cuidado para no darle a la puerta de su BMW pero justo en ese momento mi iPhone suena, asustándome y haciendo que abra de golpe y le haga una raya —aunque sea mínima— a la pintura.

—¡Joder!, ¡mierda!, ¡joder! —chillo llevándome las manos a la cabeza. 

Miro mi reloj: 8:02. Encima llego tarde.

Miro mi coche, miro el BMW M4 Cabrio, esta vez con una raya de dos centímetros en la puerta derecha, y miro mi coche de nuevo.
Suspirando como si la vida me fuera en ello, que seguramente me vaya cuando el dueño quiera saber quién ha sido el autor de tal destrozo, cojo mi bolso del asiento del copiloto, salgo del coche y cierro mi Audi. Aparcaría en otro sitio, pero hay pocos sitios "privilegiados" en mi zona, y por desgracia están todos ocupados.

—Menos mal que hoy iba a ser un buen día —musito.

Subo al ascensor que me lleva directamente a la recepción y en cuanto salgo, observo cómo dos ojos grises me miran fijamente.

—Buenos días, Cía.
—Buenos días, Max.

jueves, 14 de enero de 2016

Capítulo 10, parte dos.

Cía

Miro con cara perpleja a los dos chicos que están delante de mí sin saber muy bien qué decir. Ahora mismo me siento cual hormiga a punto de ser pisada por los zapatos de un humano, y es gracioso, porque ni yo misma conozco el porqué.

—No te preocupes, continuaba despierta como has podido observar —consigo decir finalmente mientras hago una mueca intentando parecer graciosa.
—Voy a despertarla entonces —dice Dani, alejándose de nuestro lado en dirección al coche.

Me giro hacia Jota y le pillo observándome con sus ojos verde césped con trocitos de avellana.

—¿Qué?
—Te gusta ese chico, ¿eh? —me pincha.
—¿¡Cómo!? —respondo al acto—, ¿eso de dónde lo has sacado?
—Solo había que verte hace dos minutos intentando hacerte la graciosa —se ríe. Definitivamente, la suela del zapato me acaba de pisar.

Bonne nuit, compagne! —dice una tercera voz medio adormilada, que resulta ser la de Sophie—. Hola, comoquieraquetellames —saluda cogiéndose de la cintura de su novio.
—Jota, igualmente —asiente el chico de los ojos verdes. —Entonces sí que es verdad que por fin Cía se ha decidido a compartir su pequeño lujo, ¿no? —pregunta irónico.
—Eso parece —ríe Sophie—, y yo encantada.

Los cuatro nos miramos como si no supiéramos qué decir en lo que parece ser un minuto de nuestras largas vidas pero por suerte Dani es quien habla primero:

—Me parece que ya es hora de ir a dormir —dice. Y a mi parecer, resalta la palabra "dormir" un poco más de la cuenta.
—Sí, es algo tarde ya y mañana hay personas que curran... —digo, apoyando su incitación. Ahora, lo único que necesito es meterme en la cama y dormirme plácidamente.
—Os acompaño hasta la puerta —dice Jota—; total, vivo en la misma finca.

O ha pretendido que Dani escuche esa aclaración, o yo, definitivamente me estoy volviendo loca.
El novio de Sophie, con cara de pocos amigos, asiente y besa a su novia apasionadamente a modo de despedida. Me fijo en cómo su mano derecha va a su nalga del culo derecha y veo cómo aprieta. Parece que de un momento a otro vaya a extirpárselo; cualquiera diría que son adultos.


«Está bien, Cía, ya lo llevas bien», me digo apartando la mirada de las dos personas que están a punto de comerse vivas en medio de la calle.
Jota, que estaba siguiendo mi mirada, se ríe a carcajada limpia dándose la razón a sí mismo en cuanto a la reflexión de antes: "Me gusta Dani".

—¡NO!, deja de pensar eso —chillo en voz baja mientras le doy un codazo.

Jota levanta las manos en modo disculpa y a continuación me pasa su brazo derecho por el cuello. No sé cuándo ha cogido tanta confianza conmigo pero, a decir verdad, no me molesta. Ambos caminamos en dirección a casa, dejando a los dos tortolitos detrás de nosotros.

—Quería decirte que me ha encantado este breve paseo —dice al fin Jota cuando estamos en el portal de la finca. —Ha sido diferente a lo que me esperaba. No sabía que pudieses decir más de dos frases seguidas, jajaja.
—Idiota.
—Te lo digo en serio —y por su mirada y su sonrisa que ha dejado de verse, le creo.
—Yo también me lo he pasado bien —digo finalmente—, y también lo digo en serio.

Dos segundos después, Sophie llega acompañada de Dani y de nuevo vuelven a darse otro beso, aunque esta vez más breve. Los tres, subimos al ascensor y Jota se para en el 5º piso.

—Hasta otra, vecina —dice guiñándome el ojo sin darme tiempo a responder.
—O eso ha sido una indirecta total, o yo soy morena —dice con su acento francés Sophie cuando Jota ha desaparecido de nuestras vistas—. Así que habéis quedado, ¿eh? No soy la única que se lo ha pasado bien esta noche..., jajajaja.

Poniendo los ojos en blanco, le dejo con la palabra en la boca y asiento a todo lo que me dice intentando hacerla callar. Al llegar al ático, las dos bajamos del ascensor y entramos a hurtadillas al salón como si no quisiéramos despertar a nadie. Yo, me echo encima del sofá como si no hubiese visto una cama en toda mi vida y Sophie va directa a su habitación. Después de 5 minutos sin moverme, me levanto y recojo las palomitas que se han quedado como piedras. Las echo directamente a la basura: quien se coma esto, se puede romper la boca. Apago la televisión que tiene la cara de Zac Efron en primer plano y me voy directa a mi habitación pasando por delante de la habitación de Sophie primero. Se ha quedado dormida enseguida, por no decir que se ha quedado en coma.
Al llegar a mi habitación, me desnudo, poniéndome de nuevo mi camiseta preferida de los Simpsons de manga corta y los calcetines altos. Me meto en la cama, ansiosa de coger pronto el sueño y de repente oigo una notificación en mi móvil.
Me levanto a cogerlo, por si es un tema importante —aunque lo dudo a la una y media de la madrugada— y al encontrarlo dentro del bolso, lo desbloqueo. Entro en WhatsApp y un número desconocido aparece.

"Espero verte pronto, y que no sea acompañada", leo. No hay foto, ni estado, pero creo perfectamente quién puede ser.

lunes, 11 de enero de 2016

Capítulo 9, parte dos.

Dani

Sophie se ha dormido encima de mí, los cristales del coche están empañados y en el derecho de la parte trasera, los tres dedos de su mano izquierda han quedado marcados. Me recuerda a la película "Titanic", cuando Rose y Jack lo hacen por primera vez en el coche de la bodega. Cualquiera que haya visto esa película conoce esa escena, incluso quien no la haya visto. Es la película favorita de Sophie y está a punto de ser la mía también porque es de las pocas que he visto tantas veces seguidas. No soy un obseso del cine ni soy el típico que prefiere quedarse en casa viendo una película antes que salir de fiesta, pero desde que esta chica pelirroja entró en mi vida, ese es mi plan casi todos los sábados. Y debo añadir, que aunque suene a queja, no lo es para nada.

Antes de ella todo era diferente, yo estaba cada fin de semana con una, por no decir con varias. Mis hobbies eran ir al gimnasio, salir a presumir mi Porsche Cayman S blanco: que pasaba de 0 a 100 km en apenas cinco segundos, que podía llegar a los 283 km/h sin problemas, aunque yo nunca había sobrepasado los 230, y que tenía 325 CV; que era sin duda lo que más me gustaba. Nada mal para ser un Porsche. Lo de emborracharme y fumar ya ni os cuento porque me tomaréis como alguien que necesita rehabilitación.

Miro el techo de su Mercedes Clase A y sonrío al recordar todo lo que ha pasado entre estas "paredes" —si se le pueden llamar así— hace apenas unas horas.
Su piel desnuda está tremendamente suave y si no fuera porque ha conseguido que me corra dos veces, volvería a ponerme duro únicamente mirándola. No sé qué tiene esta chica que hace que me vuelva loco. 
No me canso de observarla mientras duerme, cómo inconscientemente se mueve por los breves espasmos que tiene y cómo dice mi nombre entre susurros.

Es casi la una de la madrugada y ya va siendo hora de volver. Sophie mencionó que no tenía llaves del loft todavía y que tenía que avisar a su compañera para que ésta le abriese.
Recuerdo a la chica de pelo negro y los ojos miel: Cía. El problema es que no la recuerdo de antes, sino de hace bastante tiempo. Como si nos conociésemos, como si la hubiese visto en otro momento.

Qu'est-ce que tu penses? —me dice Sophie con la voz un tanto ronca pero con el mismo acento adorable de siempre.
—Nada, tranquila. No pensaba en nada. 
—¿Seguro?
—Únicamente había visto la hora y estaba pensando en que ya es hora de irnos, más que nada por tu compañera. Me sabe mal que se tenga que quedar despierta por nosotros —trago saliva—, ¿no crees? —Digo, intentando que no suene a que estoy más preocupado por su compañera de lo que debería estarlo.
—¡Dios!, ¿qué hora es? —chilla sobresaltada mientras se levanta de encima de mí de golpe.
—Casi la una...

Sophie comienza a vestirse a la velocidad de la luz maldiciendo en voz baja el haberse quedado dormida. Coge su iPhone y observa los mensajes de WhatsApp:

—Por suerte no hay ninguno de Cía —dice casi en voz baja.

Hago lo mismo que ella, en cuanto a vestirme, y paso al asiento del conductor.

—Si no te importa... —le digo. Sabe que no me gusta que conduzca por la noche si lo puede evitar, y ahora sí, lo puede evitar.
—Claro —asiente poniendo los ojos en blanco y acabando de ponerse sus medias transparentes.

Pasa al asiento del copiloto y cuando ya tiene el cinturón puesto, me pregunta:

—¿Te ha gustado la sorpresa?

Irónicamente, contesto:

—Para nada —mientras pillo al vuelo su mano en dirección a mi cara. La beso y le susurro al oído: —Qué no me va a gustar de ti.

Sonríe y se acomoda de nuevo el vestido, preparada para irnos.
Es tan fácil picarla y hacerla sonreír, que no me canso de hacerlo una y otra vez.

Quito el freno de mano y cambio las marchas para salir de allí. La mano de Sophie se posa sobre mi pierna mientras mi brazo derecho la coge mientras ella se apoya en mi hombro.
Una calle antes de llegar al loft, después de casi 20 minutos, noto que ha vuelto a quedarse dormida, esta vez apoyada en su puerta. Cojo su móvil para llamar a Cía, ya que donde viven no se puede aparcar, y de repente veo cómo dos figuras pasan por delante del coche.
Me fijo en él. Es un chico no muy alto, con el flequillo bastante largo cayéndole por encima de los ojos. A su lado, la chica sonríe, tiene el pelo tan oscuro que apenas se diferencia en la oscuridad, me fijo mejor y consigo caer en la cuenta de que es ella. Cía saca las llaves de su bolso y ambos se dirigen hacia su finca. Quisiera pensar que no lo lleva a su loft y que va a tirárselo, aunque, joder, es su vida y puede hacer lo que quiera, digo yo.
De repente, bajo del coche como si mi instinto me hubiese obligado a hacerlo y chillo su nombre. Ambos se giran y ella me reconoce. La sonrisa del chico desaparece enseguida y la cara de ella parece un cuadro sacado del Louvre.
Me acerco hasta ellos y después de saludarlos, añado:

—Sophie está dormida en el coche, no pretendíamos molestarte.

El chico, que al parecer se llama Jota —¿y qué clase de nombre es ese?—, sonríe con cara de pocos amigos. Por lo visto le he aguado la fiesta.

«Te jodes», río en pensamientos, inconsciente de por qué lo he hecho. Pero me alegra saber que esta noche, al menos uno de los dos no folla.

jueves, 7 de enero de 2016

Capítulo 8, parte dos.

Cía

Son casi las 12 de la noche y cualquiera que me vea pensará que estoy loca por estar a estas horas caminando sola por la calle, pero, después de lo que acaba de pasar, no creo que pueda volver a dormirme en cuestión de días. Me miro las manos —que en estos momentos están entumecidas por el frío— y me pongo a pensar en el tiempo que habrá pasado desde que he salido del loft.

«Perfecto, llevo casi una hora dando vueltas como un perro perdido», me digo a mí misma mirando la hora en mi reloj Mark Maddox.

Me siento agotada en las escaleras de mi portal y veo cómo pasan varios coches a la vez en un momento, pero después de eso, la calle vuelve a quedarse en silencio. Para ser una calle bastante transitada, a estas horas no se ve ni un alma. Está jodidamente inhóspita. Me miro las uñas. Necesitan una nueva pasada de esmalte. 

—¿No subes? —Me dice una voz detrás de mí.

Súbitamente me giro y veo a mi vecino apoyado en el cerco de la puerta. Recuerdo su nombre al instante: Jota. No podría olvidar esos ojos verde césped con toques de avellana.

—Sí, claro... —susurro—. Estaba buscando mi paquete de tabaco, pero no lo encuentro. Supongo que ni mis cigarrillos me quieren.
—Yo iba a lo mismo —me dice enseñándome el paquete rojo y blanco de su mano, idéntico al que fumo de normal yo—. ¿Quieres?

Y antes de que haya contestado, se sienta a mi lado y me tiende un cigarrillo.

—¿Y qué hacías aquí?, si se puede saber... —Me pregunta.
—Ya te lo he dicho... Quería... fumar.
—Y ahora la verdad —me sonríe.
—¿Perdón? —respondo.
—Ni siquiera tienes abierto el bolso, Cía —dice él, mirándome fijamente a los ojos y a continuación al bolso que, efectivamente, está cerrado.

Me muerdo el labio avergonzada y siento cómo todas las tonalidades de rojo comienzan a subírseme por las mejillas. Ahora mismo quiero que la tierra se me trague.

—No te preocupes, guardaré tu secreto —me dice guiñándome el ojo.

Enciende su cigarro y le da la primera calada. Me pasa el mechero para que me encienda yo el mío y mientras lo hago, vuelve a preguntarme:

—¿Y bien?, ¿qué hacía a estas horas una chica como tú por la calle? —sonríe de nuevo y da otra calada. Ha dicho "chica como tú" como si yo fuera Miss Universo o algo por el estilo y me deja sorprendida.
—Había quedado con mi jefe hace un par de horas y estaba volviendo a casa —comienzo a explicarle sin saber el porqué—. Después de revisar el proyecto que le he entregado esta mañana, urgentemente quería verme...
—¿Y...? —pregunta empezando a sorprenderse él también.
—...quiere que vaya a Madrid con él el próximo fin de semana para una conferencia. Estará el director del hotel Arts y quiere que me conozca.
—Pero Cía, ¡eso es una muy buena noticia! —chilla.
—Shhh... No chilles —le chisto—. No digo que no sea mala noticia, sino que no sé si estoy preparada o si voy a meter la pata como siempre o no sé, ¡Dios!

Y de repente, como si en mi frente hubiese un cartel luminoso con las letras: "NECESITO UN ABRAZO URGENTEMENTE", me abraza. Y lo agradezco, joder, realmente lo necesitaba, pero enseguida me suelta.

—Perdón... Yo... No quería... —Consigue finalmente decir.
—No, no pasa nada.

Continuamos dejando que el tabaco de una manera u otra nos calme a ambos por dentro y como si no fuese consciente de lo que digo, le pregunto:

—¿Y tú?, ¿dónde ibas?, si solo querías fumar, podrías haber salido perfectamente al balcón —miro hacia arriba y señalo su piso—, ¿no?
—Me has pillado —me sonríe—. Lo había hecho, pero al mirar la calle, te he visto volver, y bueno, necesitaba estirar las piernas.

No me lo puedo creer. Jota y yo apenas hemos hablado en todo el tiempo que llevo viviendo en esta finca, por no decir que únicamente nos saludamos si coincidimos y que nunca hemos intercambiado más de diez palabras seguidas.

—Yo iba a subir ya. Estoy algo cansada y necesito dormir... —digo—. Pero a la vez...
—Iba a proponerte ir a dar un breve paseo —me interrumpe.
—A la vez sé que no voy a poder dormir por los nervios que tengo ahora mismo encima, así que sí, gracias por dejarme terminar —río.
—Perdón... —Se disculpa de nuevo—. ¿Vamos entonces?

Después de llevar casi media hora caminando sin rumbo fijo, saca otro cigarrillo de su paquete de Marlboro y se lo enciende. 

—¿Fumas mucho? —Pregunto ya sin saber qué decir.
—Jajaja, cuando estoy nervioso, bastante.
—¿Y qué te preocupa? —digo sorprendida.
—Que vayas a salir huyendo de un momento a otro.
—¿Y por qué tendría que hacer...

Pero antes de terminar la pregunta, ya tengo sus labios fríos encima de los míos.