—Haga el favor de salir de aquí, por favor —le dijo una enfermera a David.
—¿Se va a recuperar?, ¿se va a recuperar? —preguntaba el chico reiteradamente con las lágrimas a punto de desbordarse por sus ojos.
—Salga —repitió la enfermera.
Después de varios empujones, a David no le quedó más remedio que salir por la puerta ya con las mejillas medio mojadas. Encendido por la impotencia de no poder hacer nada, fue directamente hacia el ascensor y pulsó el botón que le dirigió a la última planta.
Metido en aquella caja metálica que estaba comenzando a agobiarle, se miró en el espejo y viéndose los ojos verdes azulados —bañados en sangre en ese momento—, golpeó el cristal con todas sus fuerzas.
—¡Joder!
Sin llegar a romper el reflejo que tenía delante de él, salió de allí, caminando hacia la terraza. Necesitaba respirar aire fresco.
El suelo estaba mojado, había llovido y él ni siquiera se había percatado.
Se asomó al borde de la barandilla y miró el mar en todo su esplendor. La luna llena estaba totalmente visible y se reflejaba en el agua. Pero esa noche, ni siquiera esa maravilla la veía bonita.
Se tocó los bolsillos; ahí estaba. En el derecho. Sacó su paquete de tabaco, lo abrió, cogió un cigarrillo y volvió a dejarlo en el mismo sitio. Sujetándolo con la boca buscó el mechero para encenderlo. Después de darle vida a un objeto que le estaba quitando la suya, se volvió a mirar los nudillos.
Apenas tenían tres cortes y eran profundos, pero no le dolían. El dolor en esos momentos venía de dentro y no sabía cómo calmarlo.
Terminó de fumarse su "salvavidas sarcástico" —como lo llamaba él—, y lo lanzó lo más lejos posible.
Había pasado media hora, pero ninguna enfermera que anduviese por allí, o cualquier médico en prácticas sabía qué le pasaba a Laura.
"¿Alguien me puede decir qué cojones pasa?", se dijo el chico a sí mismo.
—¿¡Alguien!? —chilló inevitablemente.
Nadie le escuchó.
Pasados quince minutos, la enfermera que le había sacado a empujones, le chistó.
—¿Eres el novio de Laura?
—Sí —dijo sin pensárselo dos veces David.
—Esto... Lo siento, chico.
»No hemos podido hacer nada...
Silencio.
—¿Puede decirme... Al menos... Qué le pasaba? —preguntó David con un hilo de voz.
—No nos dimos cuenta a tiempo. Tenía un ataque cerebral, por ello que no recordase la mitad de cosas... Posteriormente, se rompió el vaso sanguíneo que iba directamente al cerebro y causó la hemorragia cerebral.
»No había nada qué hacer...
—Gracias —dijo David sin poder articular ninguna palabra más.
—Chico, estás sangrando —le dijo la enfermera observando sus nudillos—, ven conmigo que te cure eso.
Sin hacer caso omiso, David se dio media vuelta y se dirigió de nuevo al ascensor.
Saliendo del hospital con su capucha sobre su cabeza, se encendió otro cigarrillo. Se volvió a mirar los nudillos. La sangre ya estaba comenzando a volverse de color negro, pero no le importó.
Sacando su iPhone del bolsillo izquierdo, marcó un número y se mantuvo a la espera.
Después de tres pitidos sólo pudo decir:
—Cía, Laura ha muerto.
Y, dicho esto, colgó.
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