—Lo siento muchísimo, Cía... De verdad —dijo Diego haciendo amago de abrazarla, pero Cía solo podía mirar el suelo.
Después de varios minutos en silencio, Diego se atrevió a decir con un hilo de voz:
—Lo mínimo que podría hacer sería llevarte otra vez a Barcelona, a verla por última vez...
La chica le miró sorprendida.
—¿Me lo estás diciendo en serio?
—Por supuesto; no me costaría nada coger el coche ahora mismo.
—Por favor... Haya pasado lo que haya pasado entre nosotras, no puedo quedarme aquí de brazos cruzados...
—Entonces —dijo Diego medio sonriendo—, coge cualquier cosa y mañana por la mañana paso a por ti.
—¿De verdad vas a hacer eso por mí...?
—Faltaría menos —asintió el chico—. Y ahora, duerme un poco, que lo necesitas.
Después de darle un beso en la frente, Diego se despidió de ella y se fue.
Cía, intentando meter las llaves dentro de la cerradura, seguía aguantando la presión en el pecho, el nudo en la garganta, y las infinitas ganas de llorar.
Entró por la puerta secándose la primera lágrima que le estaba cayendo y le dio las buenas noches a sus padres sin siquiera mirarles.
Ambos, tumbados en el sofá, como cualquier pareja adolescente, se levantaron del sofá al momento.
—Cía, ¿puedes venir? —preguntó Irene.
—No quiero hablar, mamá. Lo siento —contestó Cía comenzando a subir las escaleras.
—Me acaba de llamar Marta, cariño...
Al oír esto, Cía se giró hacia su madre, y corriendo fue a sus brazos.
—Ya está, cariño. Llora lo que necesites...
—Pero, ¿por qué, mamá? ¿Por qué?
Sus padres, intentando tranquilizarla, acabaron por acompañarla a su habitación.
—Si necesitas cualquier cosa, solo ven y dínoslo, ¿vale? —dijo Adrián.
—Sí, papá, gracias.
Y antes de que se fueran, Cía mencionó:
—Mamá. Mañana iré a Barcelona. Pasado mañana es el entierro y quiero estar allí.
—Pero, ¿con quién? —preguntó Irene extrañada.
—...con un amigo.
—Está bien, pero ve avisándome de vez en cuando, por favor —le pidió su madre entendiendo que su hija necesitaba ir—. Quisiéramos ir, cariño... Pero tu padre y yo trabajamos...
—Lo sé, mamá. No te preocupes. Estaré bien.
—Siempre voy a preocuparme de ti —le dijo su madre besándola en la mejilla—. Y ahora, duérmete, cielo.
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