Cía
—¡Max! —grito a sus espaldas yendo tras él—. ¡Max!
Mi temperamental jefe sigue andando con mi informe bajo su brazo como si no hubiese escuchado nada. Tiene buen porte, camina recto y seguro de sí mismo. Los pantalones hacen juego con sus enormes ojos grises y además, le marcan bastante el culo. Es más, no tiene mal culo. Inesperadamente, como si me hubiese leído la mente, se gira.
—¿Decías?
—Esto... —carraspeo. Cía, piensa antes de hablar—. Sí, que me niego a que pagues tú el taller por algo que me corresponde a mí. Fui una irresponsable al no darme cuenta de que tu coche estaba ahí, así que ahora me toca pagar las consecuencias.
—Cía, soy tu jefe, vas a obedecerme ahora también.
Esa última frase me ha callado la boca de una manera asombrosa. Aunque me haya quitado un peso de encima por no tener que pagar finalmente la reparación, me va a pesar en la consciencia que lo quiera pagar todo él, aunque el dinero prácticamente le sobre.
—Solo aceptaré tu "oferta" —digo doblando los dedos índice y corazón de ambas manos hacia arriba y hacia abajo simulando unas comillas en el aire— si me permites pagar la mitad. —Vale, definitivamente no sé cómo ha salido esa frase de mi boca.
—Rotundamente no —vuelve a negar.
«Joder, si a cabezota creo que nadie le gana».
—Como quieras —definitivamente me rindo.
Hago ademán de irme y me giro, saco de nuevo mi móvil para revisar si Sophie me ha dicho algo pero mi WhatsApp está más vacío que el desierto. Estoy empezando a preocuparme por ella, parecía aterrorizada.
Cuando me giro otra vez para ver si mi jefe sigue detrás de mí, me sorprende descubrir que ya no está.
«Además de temperamental y cabezota, escurridizo», pienso.
Me dirijo a recepción para supervisar el trabajo y no veo a Ana por ninguna parte.
—Samuel, ¿has visto a Ana? —pregunto al chico que está en esos momentos atendiendo a un matrimonio de personas mayores.
—No, jefa —me dice sonriendo.
—Está bien, continúa —digo señalando disimuladamente al hombre y a la mujer que me miran extraños por haber interrumpido sin querer.
—Como les decía, el buffet comienza a las siete de la mañana...
«¿Y ahora dónde se habrá metido?».
Me siento en una de las sillas libres que hay en recepción haciendo tiempo hasta que llegue Sophie. No es normal que Ana no esté en su lugar de trabajo.
—Ahora vuelvo, Samuel —vuelvo a interrumpirle.
Asiente con la cabeza para no dejar de hablar a sus clientes y salgo de allí. Me dirijo a los baños de la planta baja para retocarme el maquillaje y conforme voy acercándome, empiezo a escuchar varios gemidos que van aumentando de tono.
No me lo puedo creer. Estamos en un hotel, por Dios, hay habitaciones por todas partes. Pico con los nudillos a la puerta para llamarles la atención y la voz de Ana suena a la otra parte.
—Ocupado...
«¿Ana?».
—Soy Cía. En 5 minutos espero que estés fuera, Ana. No quiero verme obligada a abrir la puerta —digo con voz amenazante—. No lo repetiré. Me parece vergonzoso.
Salgo de los servicios roja de la rabia por lo que he tenido que oír y espero en la puerta de fuera a que salgan ella y su acompañante.
Antes de cinco minutos, sale Ana acabándose de acomodar su falda de tubo y con la cara rozándole el suelo por la vergüenza que tiene ahora mismo.
—Lo siento mucho, Cía... No esperaba...
—Cállate, por favor —le pido.
Espero un minuto más a que salga el hombre con el que estaba y mi boca cae al piso cuando Max aparece detrás de ella.
Cía es una adolescente de Zaragoza que se va a Barcelona por motivos de trabajo de su padre durante el verano, y en parte, por olvidar a su ex novio, Álex. Allí conoce a un chico llamado David, y todo va genial hasta que un día, Álex se presenta en su apartamento diciéndole que la echa de menos. ¿Qué pasará entre ambos?, ¿Cía se quedará con David, con Álex o con ninguno?
domingo, 28 de febrero de 2016
domingo, 21 de febrero de 2016
Capítulo 15, parte dos.
Dani
«Joder, joder, joder», grito mentalmente. A seis metros tengo a Sophie con sus ojos verdes inyectados en sangre. Veo cómo se puede diferenciar incluso la rabia y el dolor en sus pupilas, cómo se agrandan y disminuyen conforme su respiración va acelerando. No sabe qué hacer. Está quieta, como si una bomba fuera a estallar debajo de ella si mueve algún músculo.
—Nena, no es lo que parece —perfecto, acabo de sonar aún más capullo—. Joder, quiero decir —la miro a los brillantes ojos rojos—, te lo puedo explicar.
—No hay nada que explicar —contesta—, sé perfectamente qué he visto.
—Por eso pienso explicártelo: porque no lo sabes.
—¿Y ahora me llamas ciega?, lo que me faltaba.
Estoy a punto de perder los estribos. Me está sacando de mis casillas, sé que he sido un completo imbécil con las mujeres prácticamente toda mi vida, pero después de casi dos años, debería conocerme un poco más y saber que no perdería veintitrés meses a su lado por un segundo en la boca de otra.
—¿Me quieres escuchar? —le chillo. Todos los presentes se quedan con la boca abierta cuando me ven alzarle la voz.
—No tengo nada que escuchar, Daniel. Ya he visto suficiente.
Tiene los ojos acristalados y ligeramente noto cómo tiembla. Mete la mano en su bolso de Michael Kors y saca su iPhone. Teclea un número a la velocidad de la luz y se pone el dispositivo en la oreja esperando que suene el primer tono.
—¿A quién vas a llamar...?
No me contesta.
—Cía —dice entre llantos—, necesito ir a casa y no tengo llaves...
«No, joder».
—¿Podemos hablar después? —oigo que dice, y sin pensármelo dos veces, cojo su móvil y cuelgo.
—Sophie, escúchame, por Dios. Esa chica es la nueva modelo de la campaña, teníamos una sesión hoy y hemos tenido un leve roce. Cuando hemos terminado la primera vez se me ha puesto bastante chula y le he dicho que no era tan guapa como para ser tan borde —me paro a respirar y continúo mirándola a esos ojos tan increíbles—, después me ha dicho que ya no iba a continuar la sesión y al preguntarle por qué, me ha contestado que no era a ella a quien tenía que preguntárselo. He pasado de ella, y ha sido cuando me ha girado y me ha besado, adrede para que me vieras.
Silencio.
—¿Esperas que me crea eso, Daniel? —Empieza a reírse en voz alta.
—Te acabo de contar toda la verdad.
—¿Y cómo sabe que soy tu novia? —Pregunta. «Joder, ¿en serio?».
—No lo sé, Sophie, ¡Dios!
De repente, veo entrar por la puerta a mi representante Roberto. El sudor ha formado una fina capa sobre su frente y sus ojos me amenazan con cortarme las pelotas.
—¿Se puede saber dónde estabas? —Me chilla, sin inmutarse por la visita de Sophie.
—He estado aquí —contesto. Miro a Sophie y le susurro: —Espérate.
—Laura se ha ido, supongo que ya te lo habrá dicho —buen tema, Roberto—. Hace cinco minutos que deberías estar en el estudio. No tardes —dice mirando a Sophie y yéndose por donde ha venido.
—Cariño... Necesito que me creas, por favor —le suplico casi entre lágrimas, aunque por desgracia no puedo derramar ninguna.
»Cuando yo tenía 17 años, mi padre sufrió un ataque al corazón y murió, esa noche, el día del funeral y durante los tres meses siguientes no paré de llorar. Después de ese tiempo, metafóricamente, cerré el grifo y desde entonces, no he vuelto a derramar ni una lágrima. Por nadie.
—Ya hablaremos, Daniel. Tienes una sesión que continuar.
—Puedes quedarte si quieres, les digo que eres mi pareja y no pondrán problema alguno.
—Me voy a clase, lo siento —dice entre murmullos mientras tiende la mano para que le devuelva el iPhone.
Cuando lo tiene en la mano, me mira por última vez, y sin darme dos besos siquiera, se va.
—He hecho buen trabajo, ¿no? —pregunta Laura a mis espaldas al cabo de dos minutos.
—Sí. Lo has hecho —contesto mientras le guiño el ojo izquierdo.
lunes, 15 de febrero de 2016
Capítulo 14, parte dos.
Cía
—¿Me has traído los papeles que te he pedido? —Me pregunta Max con sus amenazantes ojos grises.
«Mierda», pienso.
—Sí. —Digo, mientras me acerco a su lado—. Voy un momento al coche y te lo traigo —continúo diciendo mientras intento disimular mi mente tan olvidadiza y torpe.
—No tardes —añade.
«No tardes», repito haciéndole burla en mi mente.
—Es más, te acompaño, si no te importa —dice. Vale, sí me importa.
—Claro.
Esta vez, junto a Max, vuelvo a entrar en el ascensor y le doy al botón "P-1", que va directo al Párking.
Durante los casi dos minutos que estamos metidos en el mismo espacio cerrado, no hablamos: Como si le hubiese comido la lengua el gato que tiene en casa, igual.
Miro con el rabillo del ojo cómo mete ambas manos en los bolsillos de su pantalón. Da la impresión de que esos pantalones han sido confeccionados especialmente para él; no tienen ni una sola arruga, están perfectamente planchados. De repente se me pasa por la cabeza preguntarle si sabe planchar, si hay alguien en su casa que le plancha de normal o si todavía su madre sigue haciendo ese trabajo por él, pero me muerdo la lengua para evitar que llegue incluso a despedirme.
"DING", el pitido del ascensor que nos dice que hemos llegado a la planta solicitada me despierta de mi ensoñación y vergonzosa salgo del ascensor, dejando a mi jefe caminando detrás de mí.
Voy pensando en los papeles, en si estarán correctamente escritos, como los pide Max, más bien: inefables.
Llego a la plaza de mi coche y de repente un grito a mis espaldas hace que me gire de repente:
—¡JODER! —brama Max—. ¡¿Quién coño ha rayado mi coche?!
Y como si de una pesadilla se tratase, empiezo a sentir cómo mis manos van humedeciéndose con una fina capa de sudor.
—Esto solo puede pasarme a mí—, pienso en voz alta sin darme cuenta.
—¿Perdón? —se sorprende, Max.
—Esto... Max, lo siento, la raya de tu coche la he hecho yo... —Noto como la cara se le va encendiendo de la rabia y antes de que pueda decir nada, añado: —Descuéntame del salario lo que cueste el taller, si quieres...
Sin decir nada, se acerca a su coche para revisar los daños causados y cierra los ojos como si le acabasen de pegar una patada en la entrepierna en ese mismo momento.
—Te haré llegar la factura del taller —me dice amenazador.
Trago saliva como puedo y me acerco a la puerta del copiloto de mi coche para poder recuperar los papeles que me he dejado anteriormente.
—Son estos —le digo a Max, que sigue viendo el destrozo de la puerta de su coche, mientras le tiendo los papeles a un metro de distancia.
No se oye ni un alma en el párking salvo a mi jefe maldiciendo en voz baja. Realmente no sé si puedo sentirme más idiota. Quiero que la tierra me trague en estos momentos porque sinceramente no sé dónde meterme.
Inesperadamente siento cómo los papeles de mi mano desaparecen y Max los mira por encima.
—Aunque hayas rayado mi coche, he de decir que no está nada mal —dice al cabo de dos minutos cuando ha leído la mitad del informe, recalcando la palabra "rayado".
—Gracias —digo en voz baja.
—¿Subimos? —Me pregunta.
—Claro.
Volvemos a hacer el camino hacia el ascensor de nuevo, esta vez, él delante de mí. Voy cabizbaja, pensando que mínimo me van a desaparecer 500€ para la reparación de su puerta y será como si este mes Sophie no hubiese pagado alquiler. Maldigo en pensamientos mi mala suerte mientras entro en el ascensor junto a mi jefe.
—¿Estás bien, Cía? —Pregunta Max.
—No te preocupes, no es nada.
Inesperadamente, mi móvil empieza a sonar y veo la llamada entrante de Sophie.
—Sophie, dime, ¿qué pasa?
—Cía —dice entre llantos—, necesito ir a casa y no tengo llaves...
—¿Qué ha pasado?
—¿Podemos hablar después? —dice casi sin poder articular palabra.
—Sí, claro. Vente al Hotel Arts. Estoy aquí.
Antes de despedirme, veo que me ha colgado y empiezo a preocuparme.
—¿Algún problema? —Pregunta Max.
—No, tranquilo.
Llegamos a la recepción del hotel y saliendo del ascensor noto cómo la mano de mi jefe se posa sobre mi hombro.
—Olvídate de la raya del coche. Podré pagarlo solo.
Y sin decir nada más, veo cómo, junto con mis papeles, se va.
—¿Me has traído los papeles que te he pedido? —Me pregunta Max con sus amenazantes ojos grises.
«Mierda», pienso.
—Sí. —Digo, mientras me acerco a su lado—. Voy un momento al coche y te lo traigo —continúo diciendo mientras intento disimular mi mente tan olvidadiza y torpe.
—No tardes —añade.
«No tardes», repito haciéndole burla en mi mente.
—Es más, te acompaño, si no te importa —dice. Vale, sí me importa.
—Claro.
Esta vez, junto a Max, vuelvo a entrar en el ascensor y le doy al botón "P-1", que va directo al Párking.
Durante los casi dos minutos que estamos metidos en el mismo espacio cerrado, no hablamos: Como si le hubiese comido la lengua el gato que tiene en casa, igual.
Miro con el rabillo del ojo cómo mete ambas manos en los bolsillos de su pantalón. Da la impresión de que esos pantalones han sido confeccionados especialmente para él; no tienen ni una sola arruga, están perfectamente planchados. De repente se me pasa por la cabeza preguntarle si sabe planchar, si hay alguien en su casa que le plancha de normal o si todavía su madre sigue haciendo ese trabajo por él, pero me muerdo la lengua para evitar que llegue incluso a despedirme.
"DING", el pitido del ascensor que nos dice que hemos llegado a la planta solicitada me despierta de mi ensoñación y vergonzosa salgo del ascensor, dejando a mi jefe caminando detrás de mí.
Voy pensando en los papeles, en si estarán correctamente escritos, como los pide Max, más bien: inefables.
Llego a la plaza de mi coche y de repente un grito a mis espaldas hace que me gire de repente:
—¡JODER! —brama Max—. ¡¿Quién coño ha rayado mi coche?!
Y como si de una pesadilla se tratase, empiezo a sentir cómo mis manos van humedeciéndose con una fina capa de sudor.
—Esto solo puede pasarme a mí—, pienso en voz alta sin darme cuenta.
—¿Perdón? —se sorprende, Max.
—Esto... Max, lo siento, la raya de tu coche la he hecho yo... —Noto como la cara se le va encendiendo de la rabia y antes de que pueda decir nada, añado: —Descuéntame del salario lo que cueste el taller, si quieres...
Sin decir nada, se acerca a su coche para revisar los daños causados y cierra los ojos como si le acabasen de pegar una patada en la entrepierna en ese mismo momento.
—Te haré llegar la factura del taller —me dice amenazador.
Trago saliva como puedo y me acerco a la puerta del copiloto de mi coche para poder recuperar los papeles que me he dejado anteriormente.
—Son estos —le digo a Max, que sigue viendo el destrozo de la puerta de su coche, mientras le tiendo los papeles a un metro de distancia.
No se oye ni un alma en el párking salvo a mi jefe maldiciendo en voz baja. Realmente no sé si puedo sentirme más idiota. Quiero que la tierra me trague en estos momentos porque sinceramente no sé dónde meterme.
Inesperadamente siento cómo los papeles de mi mano desaparecen y Max los mira por encima.
—Aunque hayas rayado mi coche, he de decir que no está nada mal —dice al cabo de dos minutos cuando ha leído la mitad del informe, recalcando la palabra "rayado".
—Gracias —digo en voz baja.
—¿Subimos? —Me pregunta.
—Claro.
Volvemos a hacer el camino hacia el ascensor de nuevo, esta vez, él delante de mí. Voy cabizbaja, pensando que mínimo me van a desaparecer 500€ para la reparación de su puerta y será como si este mes Sophie no hubiese pagado alquiler. Maldigo en pensamientos mi mala suerte mientras entro en el ascensor junto a mi jefe.
—¿Estás bien, Cía? —Pregunta Max.
—No te preocupes, no es nada.
Inesperadamente, mi móvil empieza a sonar y veo la llamada entrante de Sophie.
—Sophie, dime, ¿qué pasa?
—Cía —dice entre llantos—, necesito ir a casa y no tengo llaves...
—¿Qué ha pasado?
—¿Podemos hablar después? —dice casi sin poder articular palabra.
—Sí, claro. Vente al Hotel Arts. Estoy aquí.
Antes de despedirme, veo que me ha colgado y empiezo a preocuparme.
—¿Algún problema? —Pregunta Max.
—No, tranquilo.
Llegamos a la recepción del hotel y saliendo del ascensor noto cómo la mano de mi jefe se posa sobre mi hombro.
—Olvídate de la raya del coche. Podré pagarlo solo.
Y sin decir nada más, veo cómo, junto con mis papeles, se va.
domingo, 7 de febrero de 2016
Capítulo 13, parte dos.
Dani
Me levanto de la mesa donde estaba sentado después de haber pagado la cuenta y de haberle dejado cinco euros de propina a Liz, como siempre, y salgo de la cafetería en dirección a la tienda de Emporio Armani, que está situada en la calle donde vive Cía —y mi novia, por supuesto—. El tiempo de hoy es perfecto, no hace frío pero tampoco hace calor. El sol brilla como si nunca antes lo hubiese hecho y no existe ninguna nube que haga de conductor pésimo creando un atasco. Veo sobrevolar sobre la Plaza Cataluña cientos de golondrinas que comienzan a migrar y se van alejando cada vez más. Cruzo la plaza y en menos de cinco minutos estoy en la tienda. Varias chicas se me han quedado mirando.
«Supongo que habrán reconocido mi cara, está por todos los postes publicitarios», río en pensamientos.
Adoro esta vida: Tengo dinero, tengo fama, tengo un buen coche y una novia increíble y sobre todo soy guapo. ¿Qué más podría pedir? Bueno, realmente, en el fondo, yo sí lo sé.
—Mira quién se digna a aparecer —dice mi representante en cuanto me ve.
—Este cuerpo no se cuida solo, y sin un buen desayuno, menos, Roberto —le respondo con media sonrisa en la cara—. ¿Ya están aquí?
—Hace casi quince minutos —bufa—. Entra, anda.
Haciendo caso a Roberto, entro sin decir ninguna palabra a la tienda. Todo el supuesto estudio está preparado, la modelo de esta campaña está sentada en el sillón que está en el centro y el fotógrafo —al cual no conozco— me mira con el ceño fruncido.
—Tú debes ser Daniel Balaguer, ¿no?
—Sí, soy yo. Encantado —digo, tendiéndole mi mano y estrechándole la suya cuando me la da—. Siento el retraso, suelo ser bastante puntual —sonrío con la cara de niño bueno que pongo cuando pido perdón. Siempre funciona.
—No importa, lo que cuenta es que estás aquí. Y ahora, ¡todos a trabajar! —Chilla dando un par de palmadas al aire dirigiéndose a su equipo.
Miro a Roberto, que en estos momentos me mira medio enfadado y le guiño el ojo:
—Y así es como se hace.
Está a punto de sacar humo por las orejas, lo preveo, pero me sigue haciendo gracia. La modelo, que al parecer se llama Laura, me sonríe. Está bastante buena, pero especialmente no es mi tipo.
Empezamos con la colección de esta temporada. Me visto antes que ella y el fotógrafo, Michael, me hace un par de fotos antes de que Laura salga de su vestuario.
Diez minutos después, cuando por fin sale, nos acostamos ambos en el sofá. Ella encima de mí. Su corazón va a mil por hora pero se le nota tranquila. Supongo que como yo, ella ya habrá hecho esto mil veces.
Si no fuera porque el fotógrafo nos está dando órdenes, únicamente oiría sus latidos. Su pelo cubre una buena parte de mi pecho y mi mano izquierda se encuentra en su espalda, más concretamente en sus costillas. Se le notan bastante y me llega a asustar.
Después de dos minutos, nos encontramos en una posición similar, pero esta vez ella tiene su mano derecha rozando mi boca en lugar de mi pierna. Me produce escalofríos y suelto una pequeña risa.
—¿Pasa algo? —Pregunta ya harto Michael. Le miro y negando con la cabeza vuelvo a ponerme serio.
Estamos así unos diez minutos. Mirándonos mutuamente a los ojos sin poder decir nada y tocándonos sin siquiera sentirnos. Así es el mundo de la moda y de los modelos.
Cuando terminamos la sesión, paramos a descansar media hora antes de la siguiente. Laura hace cinco minutos que se ha vuelto a meter en el camerino para cambiarse, y yo, sigo llevando la misma ropa.
—Podrías ponerle más entusiasmo a tu trabajo, ¿no? —Oigo que dice una voz femenina a mis espaldas.
—¿Perdón?
—Lo que has oído —dice la misma voz y me doy cuenta de que es mi compañera de sesión. Laura pasa una mano por delante de mí para alcanzar la botella de agua que tengo en la mesa de enfrente y me mira con cara de asco.
—Perdona, pero era a ti a quien casi se le sale el corazón, me estaba preocupando y todo.
—Ahora va a resultar que te preocupas por mí, vaya —dice con tono arrogante.
—No eres tan guapa como para ser tan borde —exclamo. Vaya, la he dejado sin habla.
Vuelve a dejar la botella de agua sobre la mesa y añade:
—Tranquilo, no tienes mucho más que aguantarme, la siguiente sesión te toca solo.
Ahora mismo soy yo quien se ha quedado sin habla. La veo alejarse de mi lado y una parte de mi cerebro me dice que vaya detrás a pedirle disculpas, la otra, la supuestamente racional, me dice que ni me moleste. Cómo no, hago caso a la parte idiota.
—Eh —chillo—, ¡espera! —pero Laura sigue sin darse la vuelta. Acelero un poco más mis pasos hasta que consigo alcanzarla y le agarro del brazo—. ¿Me explicas qué es eso de que ahora hago yo únicamente la sesión?
—¿Tienes que preguntármelo a mí?, por ahí estará Michael o tu representante —espeta.
—¿Siempre eres así? —pregunto.
—No.
Esta chica me está sacando de mis casillas.
—Paso. Que te vaya bien —digo dándome media vuelta con la intención de volver al "supuesto" estudio. No tengo por qué aguantarla.
Acto seguido, noto como unas uñas se clavan en mis brazos y me obligan a darme la vuelta. En cuestión de segundos tengo unos labios sobre los míos y una lengua bastante ágil intentando entrar en mi boca. Empujo a Laura hacia atrás para apartarla de mí, y justo en ese momento, me doy cuenta de que unos grandes ojos verdes me están mirando fijamente a unos seis metros de distancia.
—¡Joder! —chillo.
—Ahora sí me va a ir genial —murmura Laura, mientras se va con una ruin sonrisa en la cara dejándome solo con Sophie destrozada, a seis metros de mí.
Me levanto de la mesa donde estaba sentado después de haber pagado la cuenta y de haberle dejado cinco euros de propina a Liz, como siempre, y salgo de la cafetería en dirección a la tienda de Emporio Armani, que está situada en la calle donde vive Cía —y mi novia, por supuesto—. El tiempo de hoy es perfecto, no hace frío pero tampoco hace calor. El sol brilla como si nunca antes lo hubiese hecho y no existe ninguna nube que haga de conductor pésimo creando un atasco. Veo sobrevolar sobre la Plaza Cataluña cientos de golondrinas que comienzan a migrar y se van alejando cada vez más. Cruzo la plaza y en menos de cinco minutos estoy en la tienda. Varias chicas se me han quedado mirando.
Adoro esta vida: Tengo dinero, tengo fama, tengo un buen coche y una novia increíble y sobre todo soy guapo. ¿Qué más podría pedir? Bueno, realmente, en el fondo, yo sí lo sé.
—Mira quién se digna a aparecer —dice mi representante en cuanto me ve.
—Este cuerpo no se cuida solo, y sin un buen desayuno, menos, Roberto —le respondo con media sonrisa en la cara—. ¿Ya están aquí?
—Hace casi quince minutos —bufa—. Entra, anda.
Haciendo caso a Roberto, entro sin decir ninguna palabra a la tienda. Todo el supuesto estudio está preparado, la modelo de esta campaña está sentada en el sillón que está en el centro y el fotógrafo —al cual no conozco— me mira con el ceño fruncido.
—Tú debes ser Daniel Balaguer, ¿no?
—Sí, soy yo. Encantado —digo, tendiéndole mi mano y estrechándole la suya cuando me la da—. Siento el retraso, suelo ser bastante puntual —sonrío con la cara de niño bueno que pongo cuando pido perdón. Siempre funciona.
—No importa, lo que cuenta es que estás aquí. Y ahora, ¡todos a trabajar! —Chilla dando un par de palmadas al aire dirigiéndose a su equipo.
Miro a Roberto, que en estos momentos me mira medio enfadado y le guiño el ojo:
—Y así es como se hace.
Está a punto de sacar humo por las orejas, lo preveo, pero me sigue haciendo gracia. La modelo, que al parecer se llama Laura, me sonríe. Está bastante buena, pero especialmente no es mi tipo.
Empezamos con la colección de esta temporada. Me visto antes que ella y el fotógrafo, Michael, me hace un par de fotos antes de que Laura salga de su vestuario.
Diez minutos después, cuando por fin sale, nos acostamos ambos en el sofá. Ella encima de mí. Su corazón va a mil por hora pero se le nota tranquila. Supongo que como yo, ella ya habrá hecho esto mil veces.
Si no fuera porque el fotógrafo nos está dando órdenes, únicamente oiría sus latidos. Su pelo cubre una buena parte de mi pecho y mi mano izquierda se encuentra en su espalda, más concretamente en sus costillas. Se le notan bastante y me llega a asustar.
Después de dos minutos, nos encontramos en una posición similar, pero esta vez ella tiene su mano derecha rozando mi boca en lugar de mi pierna. Me produce escalofríos y suelto una pequeña risa.
—¿Pasa algo? —Pregunta ya harto Michael. Le miro y negando con la cabeza vuelvo a ponerme serio.
Estamos así unos diez minutos. Mirándonos mutuamente a los ojos sin poder decir nada y tocándonos sin siquiera sentirnos. Así es el mundo de la moda y de los modelos.
Cuando terminamos la sesión, paramos a descansar media hora antes de la siguiente. Laura hace cinco minutos que se ha vuelto a meter en el camerino para cambiarse, y yo, sigo llevando la misma ropa.
—Podrías ponerle más entusiasmo a tu trabajo, ¿no? —Oigo que dice una voz femenina a mis espaldas.
—¿Perdón?
—Lo que has oído —dice la misma voz y me doy cuenta de que es mi compañera de sesión. Laura pasa una mano por delante de mí para alcanzar la botella de agua que tengo en la mesa de enfrente y me mira con cara de asco.
—Perdona, pero era a ti a quien casi se le sale el corazón, me estaba preocupando y todo.
—Ahora va a resultar que te preocupas por mí, vaya —dice con tono arrogante.
—No eres tan guapa como para ser tan borde —exclamo. Vaya, la he dejado sin habla.
Vuelve a dejar la botella de agua sobre la mesa y añade:
—Tranquilo, no tienes mucho más que aguantarme, la siguiente sesión te toca solo.
Ahora mismo soy yo quien se ha quedado sin habla. La veo alejarse de mi lado y una parte de mi cerebro me dice que vaya detrás a pedirle disculpas, la otra, la supuestamente racional, me dice que ni me moleste. Cómo no, hago caso a la parte idiota.
—Eh —chillo—, ¡espera! —pero Laura sigue sin darse la vuelta. Acelero un poco más mis pasos hasta que consigo alcanzarla y le agarro del brazo—. ¿Me explicas qué es eso de que ahora hago yo únicamente la sesión?
—¿Tienes que preguntármelo a mí?, por ahí estará Michael o tu representante —espeta.
—¿Siempre eres así? —pregunto.
—No.
Esta chica me está sacando de mis casillas.
—Paso. Que te vaya bien —digo dándome media vuelta con la intención de volver al "supuesto" estudio. No tengo por qué aguantarla.
Acto seguido, noto como unas uñas se clavan en mis brazos y me obligan a darme la vuelta. En cuestión de segundos tengo unos labios sobre los míos y una lengua bastante ágil intentando entrar en mi boca. Empujo a Laura hacia atrás para apartarla de mí, y justo en ese momento, me doy cuenta de que unos grandes ojos verdes me están mirando fijamente a unos seis metros de distancia.
—¡Joder! —chillo.
—Ahora sí me va a ir genial —murmura Laura, mientras se va con una ruin sonrisa en la cara dejándome solo con Sophie destrozada, a seis metros de mí.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)