domingo, 19 de junio de 2016

Despedida temporal.

Lucía

Después de estar pensándolo bien durante un tiempo, he decidido dejar temporalmente la novela, al menos, la parte dos (que es la que estoy escribiendo ahora) para reescribir la primera parte.
Quiero un final bueno y necesito inspiración para los 32 capítulos que le quedan a la novela (a la segunda parte), ya que va a constar de 55 partes también (como la primera).
Seguramente y como ya os comenté, quiero llevar a mi pequeño "Noches entre folios" a las editoriales, pero finamente, cada parte, será un libro diferente, por lo que por eso quiero reescribir la primera parte y luego centrarme en la segunda.

Iré informándoos con todas las novedades que vayan habiendo y espero que esta noticia os agrade.

Muchísimas gracias a todos, lectores.
Por todo.

martes, 7 de junio de 2016

Capítulo 28, parte dos.

Dani

María sube a mi coche después de habérselo pensado un par de veces. Está empapada de arriba a abajo y la camiseta de tirantes blanca que lleva puesta, le transparenta todo el sujetador negro de encaje que lleva debajo. Entra por la puerta sin decir absolutamente nada, ni siquiera un simple "Gracias".

 —De nada —le digo irónicamente, esperando una respuesta.
—Gracias, Dani... —Contesta refunfuñando.
—¿Dónde te llevo? —Le pregunto, pensándolo bien, se me han ido las ganas de seguir siendo simpático con ella.
—A mi casa —dice, pero antes de preguntarle dónde, me da la dirección. Creo que me habrá leído la mente.

Doy media vuelta en la primera rotonda que pillo y vuelvo hacia atrás. María vive justamente en la otra punta de la zona. No entiendo cómo ha llegado hasta esta zona corriendo, por lo que decido preguntárselo.

—¿Puedo preguntar qué hacías por esta zona, si vives prácticamente en la otra punta? —le digo, algo extrañado y rompiendo el silencio que se estaba creando dentro del coche.
—¿Por? —Me pregunta desconcertada y sorprendida.
—Simple curiosidad.
—¿No te han dicho que la curiosidad mató al gato? —Me responde intentando que olvide la pregunta.
—Sí, ¿y a ti que el gato murió feliz?

Le callo la boca hasta la próxima calle y de repente contesta:

—Supongo que necesitaba evadirme tanto que he llegado hasta allí.
—¿Supones? —No sé por qué pero no la creo.
—Sí, Dani.

No digo nada más. Conduzco el trayecto restante en silencio y ella hace lo mismo. Sería capaz de parar el coche aquí mismo y hacer que bajase, pero después de lo que ha hecho esta mañana por mí, esto es lo mínimo que le debo.
Llego hasta la puerta de su casa y paro el coche.

—Gracias de nuevo —dice antes de abrir la puerta.
—Nada —respondo.

Abre la puerta y sale de mi coche sin decir nada más. Ahora sí que estoy completamente extrañado. Pero esta tía de qué va.
Acelero y salgo de allí. Paso de preocuparme un minuto más por ella. Pongo la radio. Suena "Alive" de Sia. Yo no sé qué tiene esa canción que me pone tanto. Seguramente será su voz.
Sigo conduciendo sin saber realmente qué cojones hacer. No me apetece irme a mi casa. No sin Sophie. Pero debería ir, al menos a cambiarme de ropa.
Continúo conduciendo hasta llegar a mi casa y aparco el coche en el párking privado que tiene la finca. Cuando lo hago, subo en el ascensor hasta llegar al sexto piso, aunque el séptimo también es mío. Cuando reuní un poco de dinero, tuve el capricho de hacerme un dúplex.

Voy desnudándome hasta llegar al cuarto de baño y cuando llego, me meto en la ducha sin pensarlo dos veces. 

—Joder, ¡qué gusto! —Chillo prácticamente sin poder evitarlo.

Estoy como diez minutos seguidos debajo del chorro de agua caliente, dándole vueltas al tema de María, al tema del chico que ha ido al loft de Cía y pensando en Sophie. Mi cabeza, literalmente va a estallar.
Acabo la ducha dándole la vuelta al grifo haciendo que salga el agua congelada y salgo jodidamente empalmado. Me enrollo una toalla a la cintura y me dirijo a mi habitación. 

«Después ya me encargaré de eso», pienso mirando la ropa que he dejado tirada en el suelo.

Me echo en la cama, literalmente y miro el techo. Mis jodidos vecinos ya están follando de nuevo. Si al menos la mujer estuviese buena, me pondría, pero es que tiene más silicona en la cara que un paquete de chupetes. Me levanto a buscar mi móvil y así al menos distraerme y vuelvo a tumbarme en la cama. Después de estar cinco minutos viendo la pantalla de mi iPhone, estallo.

—Decidido, no aguanto más.


lunes, 30 de mayo de 2016

Capítulo 27, parte dos.

Dani

No me hace ni puta gracia que ese chaval haya entrado a su casa. Sé de sobra que sus nudillos son una excusa perfecta para estar cerca de ella. A ver qué gilipollas se cree que no hay más sitios donde ir; un hospital, por Dios. Estoy de mala hostia porque no entiendo el porqué no soporto que Cía esté con alguien que no sea yo.

Estoy andando hacia el bar donde dejé por última vez mi coche. Sólo espero que no me lo hayan robado, ni rayado, ni nada jodidamente raro que tenga que ver con mi Aston Martin. Veo parejas por la calle y no consigo olvidar por un momento a Sophie, dejar de pensar en qué coño debió pasarle por la cabeza para que llegase a hacer lo que hizo, no lo entiendo ni lo entenderé. Obviamente no he estado en su situación, y espero no estarla, pero el suicidio nunca es la solución... Asumo que parte de culpa fue mía por provocarla con el beso de Laura, algo que sé que no debería haber hecho ni ese día, ni nunca, pero nunca quise que acabara cómo acabó... Me echo las manos a la cara intentando llorar, pero sigo sin poder derramar lágrima alguna, así que me trago el nudo de la garganta y sigo caminando.

—Ahí está —digo después de caminar diez minutos sin poder evitarlo. Mi coche está impecable. Donde lo dejé. Ni un rasguño, ninguna raya, nada. En cambio yo, parece que me haya muerto y haya resucitado.

Me acerco a la puerta para abrirla y de repente una voz me llama.

—¿Dani?

Esto no me puede estar pasando a mí. Me giro y, efectivamente, ahí está. Completamente cambiada. Va en chándal, sudada y con colecta, pero a decir verdad, sigue estando igual de atractiva.

—Hola María... —Digo sin apenas poder creérmelo.
—Vaya... Parece que te alegras... de verme... —dice jadeando y quitándose los auriculares de los oídos. Cualquiera juraría que viene de correr una maratón.
—No esperaba verte ahora, por aquí.
—Suelo venir a correr... por esta zona... —continúa diciendo—. ¿Y tú?, vives a unas... cuantas manzanas de aquí... Además, ¿por qué... no te has cambiado? Pensaba que te había... dejado en casa —acaba diciendo.
—¿Alguna vez te han dicho que eres demasiado cotilla? —Le pregunto un poco cansado de tanta pregunta.

No contesta.

—Lo siento, no pretendía ser borde.
—No importa, ya me iba.
—Venía a por mi coche —le digo mientras señalo al Aston Martin—, me lo dejé anoche y todavía no había venido a por él. Y no, no me habías dejado en casa, estaba en casa de una amiga —le doy explicaciones sin saber por qué, pero ahí las tiene—, ¿dudas aclaradas?

Asiente con la cabeza sin decir ni una palabra y vuelve a ponerse los auriculares.

—Que te vaya bien, Dani —gruñe y empieza a correr en otra dirección.

Pero antes de que me dé tiempo a subir al coche, empieza a diluviar, como si alguien estuviese echando cubos de agua desde arriba. Abro la puerta y subo a mi Aston Martin. Pongo las llaves, arranco el motor y busco por la misma calle a María. Me cuesta encontarla entre tanta gente buscando refugio para no mojarse, pero cuando lo hago, bajo la ventanilla y le chillo:

—¿Quieres que te lleve o prefieres mojarte?

lunes, 23 de mayo de 2016

Capítulo 26, parte dos.

Cía

—Cía, ¿estás ahí? —Dani me despierta de mis pensamientos en los que me hallaba dormida y pego un sobresalto—. Te he dicho que ya nos veremos, ¿me has escuchado?
—Sí, perdona.

Menos mal que no ha pasado nada, era lo último que necesitaba que pasara.

—Puedo quedarme más si te apetece, eh —me sonríe con complicidad.
—No hace falta, gracias, podré vivir sin ti —le digo irónicamente—. Como ya te decía, iba a bañarme y de momento, sé hacerlo sola —me río por dentro sabiendo que acabo de darle un pequeño apretón a sus partes nobles indirectamente.
—Todo claro, señorita.

Sale definitivamente de dentro de mi loft y se dirige al ascensor. Veo cómo aprieta el botón y todo me sucede a cámara lenta. Sigue con el traje con el que se ha ido esta mañana a toda prisa de aquí, y, aun sucio, le queda que ni pintado. Me echa la última mirada como si quisiera despedirse así y al abrir la puerta sale Jota con un una venda rodeándole los nudillos de la mano derecha, bañada de rojo.

—¿Te importa que pase? —Me dice Jota mirándome directamente a mí, haciendo caso omiso a Dani.
—Cla...ro... —Le contesto, básicamente porque no sé qué decirle.

Dani, con cara de pocos amigos, entra en el ascensor después de que Jota haya salido y cierra la puerta. Ni un "Llámame", ni un "Hasta luego". Nada.

—¿Qué coño te ha pasado, Jota? —Le pregunto ya dentro de mi loft.
—Después de 35 años casados, mis padres deciden divorciarse, ¿me puedes explicar por qué? ¡Dios!
—Lo primero, relájate. Ven, sentémonos —le digo señalándole el sofa—. Enséñame eso —le cojo la mano y le quito la venda mal puesta que la envuelve.

Tiene los cuatro nudillos llenos de heridas pequeñas pero que sangran en abundancia. Menos mal que de momento no tengo fobia a la sangre, si no, a estas alturas, estaría ya bajo tierra.

—No tardo —digo levantándome del sofá. Esas heridas necesitan cura inmediata. No están para puntos, pero sí para primeros auxilios.
—Claro... —Responde.

Deprisa, subo por las escaleras hasta llegar al cuarto de baño y recuerdo que iba a darme un baño.

«Vas a tener que posponerlo», se ríe mi subconsciente, y no le quito razón, voy de mal en peor. Busco el maletín de primeros auxilios que tengo en el armario detrás de la puerta y cuando ya lo tengo entre mis manos, lo abro para ver que está todo lo necesario. Bajo corriendo para curar a Jota que sigue sentado en el borde del sofá y no deja de mirarse las heridas de su mano derecha.
—¿Te apetece hablar? —Le pregunto mientras cojo su mano para proceder al intento de salvamiento. 
—Por algo he venido —me responde—. No sabía a quién acudir —confiesa.

Sin dejar de mirarle a los ojos, saco un par de gasas esterilizadas, agua oxigenada, Betadine y un par de apósitos de algodón. Le echo primero el agua oxigenada para desinfectar las heridas y más tarde Betadine para que cicatricen mejor. Le pongo las gasas encima y le digo que se las sujete.

—¿Y esto era preciso? —Le vuelvo a preguntar, señalándole las heridas de la mano.
—Lo he hecho por no pegar a mi padre, Cía. Estaba teniendo una aventura con otra mujer.

No sé qué responder, ni qué decirle. Acabo de quedarme prácticamente sin habla.

—¿Puedo pedirte un favor? —Me pregunta finalmente.
—Claro.
—¿Puedo quedarme esta noche a dormir aquí?, prefiero no volver a casa.

lunes, 16 de mayo de 2016

Capítulo 25, parte dos.

Cía

—¿A qué viene eso? —Dice Dani tocándose la mejilla ahora un poco enrojecida.
—¿De qué coño vas?
—¿Qué dices, Cía?
—Desapareces casi durante un día entero y te plantas como si nada en mi casa, teniendo además los cojones de preguntarme si me iba a dar un baño sin ti, ¿te parece normal?, pregunto —le digo mirándole a esos ojos verdes azulados que brillan tanto.

No dice nada, para mi sorpresa.

—¿Puedo pasar o me vas a dejar aquí en la puerta? —Pregunta al cabo de un minuto—. A parte, a ti tampoco creo que te haga mucha gracia estar medio desnuda, ¿no?
—No, si no me contestas.
—Ahora te lo cuento...

Sin más remedio, me hago a un lado para que pase adentro y cierro la puerta detrás de mí. Me doy cuenta de que va con la misma ropa de esta mañana, por lo que deduzco que no ha pasado por su casa. Esto no me pinta bien. Se sienta en el sofá y apoya los codos en sus rodillas. Me mira y no sabría decir si su cara es de arrepentimiento o de qué. Nunca se lo he preguntado, pero creo que su primer apellido es: Hielo. Por lo jodidamente frío que es.

—¿Estás bien? —Digo sin poder evitarlo.
—Sí —me contesta—. Ven, siéntate —dice dándole un par de palmaditas al sofá.

Le hago caso y me acerco a él. Me cojo el albornoz como puedo y me tapo todavía más, no sé por qué me avergüenza estar así delante de él. 

—¿Tienes vergüenza? —Me sonríe.

No le contesto, pero sí le frunzo el ceño.

—Vale, vale —dice a modo de disculpa levantando ambos brazos como si yo tuviera un arma entre las manos y le estuviese apuntando.
»Verás... Después de que pasara todo lo que pasó con Sophie, no quería saber nada de nadie. Quise romperme los nudillos golpeando cualquier pared de hormigón, pero recordé que es parte de mi imagen y tenía que estar impecable, por lo que decidí ir al bar más cerca y beber hasta perder el sentido... Después de unos cuantos chupitos de Jack Daniel's, salí fuera a fumar y conocí a una chica...
—No... —Chillo, pensándome lo peor. 
—No pasó nada... —Me tranquiliza—. Me cuidó bastante bien, por lo visto, y me ha traído hasta aquí... No sé, le debo una, supongo. Aunque sé que no la volveré a ver.
—Ah...

Dani sigue contándome la impresionante historia con su nueva amiga y yo cada vez estoy más seria.

—¿Por qué frunces el ceño? 
—No, por nada —respondo.

No entiendo cómo es así. Cómo muere su novia y en cuestión de horas ya está durmiendo con otra.

—No iba a pasar nada con nadie, Cía. No soy así —se defiende.
—No he dicho nada.
—Pero tus pensamientos sí —me dice tocándome la frente con su dedo índice.

Me quedo callada. Ya no sé qué más decir sin quedar como una auténtica imbécil.

—Creo que mejor me voy a ir —añade al silencio que se acaba de formar—. Alguien iba a bañarse...

Y ese alguien soy yo, sí.

—Sí, a ello iba —contesto levantándome del sofá, cogiéndome como puedo el albornoz.

Se levanta detrás de mí y va directo hacia la puerta otra vez.

—Ya nos veremos —dice abriendo la puerta.
—Claro... —Contesto.

Pero antes de irse, se gira y en lugar de darme dos besos, me da uno muy despacio en la comisura del labio mientras con la mano derecha me acaricia la mejilla. 

lunes, 9 de mayo de 2016

Capítulo 24, parte dos.

Cía

Diez minutos antes...

Me voy a volver loca. Si no fuera porque tiene la edad que tiene y es mayorcito para cuidarse solo, hubiese ido a la Policía a denunciar su desaparición.

«¿Qué dices, Cía?», ya está mi subconsciente llamándome loca indirectamente. Pues sí, lo haría. Desde que le vi hay algo en él que me recuerda a David.
Vuelvo a mirar mi iPhone para ver si hay alguna perdida suya, algún mensaje, algún algo... Pero nada. Sigue sin haber jodidamente nada. Mis manos me piden a gritos que me arranque de cuajo los pelos de la cabeza antes de salir corriendo por la puerta para ir a buscarle. Mis pies les dicen que se tranquilicen.
Pienso en qué podría hacer para evadir mi mente de todo lo que ha pasado en las últimas 10 horas y de repente recuerdo que apenas he dado un motivo suficiente en el trabajo. Me levanto del sofá en el cual llevo, ni siquiera, 5 minutos sentada y me dirijo al cuarto de baño de mi habitación a retocarme el maquillaje. De camino, paso por delante de la habitación de Sophie y, joder, parece que no haya ocurrido nada. Que ella esté en clase y vaya a volver de un momento a otro. La putada es que no va a ser así. 
«Voy a tener que recoger sus cosas tarde o temprano», me dice el subconsciente. ¡Vaya!, en algo tiene razón; y qué razón.
Me dirijo de nuevo hacia mi habitación sintiendo el loft más frío desde que Sophie no está, y es jodido.
En cuanto cruzo la puerta, el timbre de bajo suena. Si algo existe en mi vida con mucha frecuencia, es eso, la casualidad.
Bajo a toda prisa deseando que sea Dani quien llama y contesto:

—¿Quién?
—El cartero —dice una voz de hombre al otro lado del telefonillo.

De 14 pisos que hay, ha tenido que llamar al ático. Esto es impresionante. Abro y cuelgo el telefonillo con fuerza. Deprisa, vuelvo a subir las escaleras hasta llegar al cuarto de baño.

«Vaya cara de muerta viviente tienes», se descojona mi subconsciente cuando me miro al espejo. No le quito la razón.
Cojo una toallita desmaquillante del tercer cajón y me quito el maquillaje que me queda en la cara. El rímmel corrido debajo de mis ojos desaparece y mi cara se hace un poco más natural. Me pongo crema hidratante antes de ponerme de nuevo el maquillaje y me limpio las manos. El agua está a una temperatura increíble y se me pasa por la cabeza no ir al hotel y darme un baño de espuma. Eso voy a hacer. Me descalzo y me quito las medias que llevaba puestas y me dispongo a quitarme la falda. De repente, el timbre de bajo vuelve a sonar. No hago caso y me quito definitivamente la falda. Vuelven a llamar.

—¿Y ahora quién coño es?

Me quito la blusa y me quedo en ropa interior para así ponerme ahora mejor el albornoz. Bajo las escaleras rápidamente descalza y el timbre vuelve a sonar.

—¿Quién? —Contesto por segunda vez en menos de diez minutos.
—¿Abres? —Reconozco la voz de Dani en el acto y me quedo sin habla.
—Esto... Sí... —Digo casi después de medio minuto—. ¿Subes?
—Sí —afirma.

Abro la puerta de bajo y espero detrás de la puerta del loft impaciente. Como cualquier chica enamorada, un viernes, esperando que su novio baje del tren para abrazarla. Como cualquier persona después de echar de menos durante mucho tiempo a alguien.
Oigo cómo sube el ascensor y cómo se para en mi planta. Antes de que Dani llame al timbre, abro la puerta y me quedo mirando sus ojos verdes azulados fijamente.

—¿Ibas a darte un baño sin mí? —Bromea.

Y yo, sin pensármelo un minuto, le abofeteo la cara con mi mano derecha.

domingo, 1 de mayo de 2016

Capítulo 23, parte dos.

Dani

"¿Qué coño?, ¿qué mierdas ha pasado aquí?", pienso tapándome el miembro que por suerte está relajado. María me mira mientras sujeta un vaso lleno de agua con la mano derecha y un Ibuprofeno con la mano izquierda.

—No tienes nada que no haya visto antes —dice riéndose—. Toma, anda, tómatelo, te vendrá bien para la resaca —me tiende la mano y me da el Ibuprofeno seguido del vaso lleno de agua.

"La rescaca", mierda, ni me había parado a sentirla. Ahora que lo dice sí empiezo a sentir cómo su voz se eleva más de lo normal y me martillea la cabeza sin parar. Me tomo el Ibuprofeno con una mano para seguir tapándome con la otra y le doy las gracias.

—¿Qué ha pasado? —Pregunto algo incómodo por no recordarlo.
—¿No te acuerdas? —Me responde pícara.
—Pues no, no me acuerdo —está empezando a cabrearme.
—Tranquilo... —Dice intentando relajarme. Creo que ha percibido mi mala hostia en mi expresión facial—, no ha pasado nada —continúa—. Entre tú y yo —especifica—. Además de lo que bebí contigo, intuyo que tú bebiste bastante más antes que yo.
—¿Por qué lo dices? —Pregunto, mientras busco con los ojos mis calzoncillos por la habitación.
—Yo solo llevaba dos chupitos de tequila cuando tú no sabías ni dónde estabas —se gira y coge unos bóxers de Emporio Armani del respaldo de la silla de su escritorio—, ¿buscabas esto?
—Sí, gracias —le digo mientras los cojo de su mano—. ¿Y qué pasó?, ¿me explicas por qué no llevo mi ropa puesta y mis pantalones estaban por el suelo?
—Siéntate, anda. No vayas a vomitar de nuevo —dice riéndose.

Hago caso a lo que dice y me siento al borde de la cama mientras me pongo los bóxers que me acaba de dar.

—¿Vomitar?
—Sí, querido Daniel... Antes del incidente estuvimos hablando y me contaste lo que ocurrió con Sophie. Empezaste a beber como si no hubiese mañana, además de lo que ya tenías en el cuerpo y lo tuviste que tirar. Te manchaste la camisa que llevabas y los calzoncillos, no me preguntes cómo —dice echándose a reír, y continúa—: Como no me dijiste dónde vivías, te traje aquí, te quité la ropa, dejando los pantalones en el suelo, eché a lavar tu camisa y tus calzoncillos, los cuales ya están secos —dice mirándolos— y te acosté en mi cama. 
»Has dormido como unas 5 horas del tirón, no me quisiera imaginar qué hubiese sido de ti si no te hubiese traído aquí.
—Sé cuidarme solito —añado.
—Sí, lo he notado... —Bufa—. En fin...
—Lo siento, no acostumbro a que cuiden de mí. Gracias, supongo —contesto sinceramente.
—No te preocupes, si quieres, en cuanto se seque la ropa, te vuelvo a llevar adonde tengas el coche.

La miro a los ojos y noto que me lo dice seria. Sinceramente, sí, si no hubiese sido por ella, no sé qué me hubiese ocurrido.

—Sí, si no te importa.
—Con lo que he hecho ya, un viaje es lo de menos —dice mostrando una leve sonrisa.

Después de media hora, ya tengo mi ropa puesta de nuevo y estoy esperando a María en la puerta de su apartamento. He comido un trozo de pizza que tenía ella en la nevera para que no me sentase mal el medicamento y he revisado mis notificaciones. Tenía 5 llamadas perdidas de Cía y no sé cuántos WhatsApp's preguntándome dónde estaba y si estaba bien. Creo que se merece una disculpa.

—¿Nos vamos? —Me pregunta María en cuanto llega adonde estoy.
—Sí, claro.

Bajamos a la calle y subo al coche con ella, un Ford Mustang completamente nuevo.

—¿Dónde te llevo?
—Al Paseo de Gracia —le digo citando la dirección de Cía—, número 20.

Pone la dirección en su Samsung y emprende la ruta. Después de diez minutos, llegamos sin habernos dirigido la palabra durante el trayecto. No soy capaz.

—Encantada de haberte conocido —añade después de todo—. Espero verte pronto.
—Lo mismo digo —contesto saliendo del coche. Y cierro la puerta esperando no volver a verla.

Me dirijo al portal de Cía y llamo al timbre. Espero durante medio minuto y vuelvo a llamar. Es extraño que no conteste. Insisto por última vez y cuando tengo decidido no esperar más, su dulce voz suena por el telefonillo.

—¿Quién? —Pregunta.
—¿Abres?

domingo, 24 de abril de 2016

Capítulo 22, parte dos.

Dani

—Ponme uno doble, con hielo —le pido al camarero de nuevo—. De lo mismo.

La botella que lleva mi nombre precedido de otro está a punto de llegar a la mitad y sólo la he tocado yo. El camarero coge mi vaso, le añade dos cubitos de hielo, levanta la botella de Jack Daniel's y llena el vaso hasta la mitad.

—Incluso el vaso lo veo medio vacío... —Murmuro mientras sujeto el objeto de cristal con la mano y hago tintinear el hielo.
—¿Decía algo, señor? —Me pregunta el camarero pensando que le hablo a él.

No contesto.
El camarero sigue con su faena y yo miro de qué manera el hielo se deshace en mi vaso. Este es el cuarto que me hago y la promesa que me ha hecho hacer Sophie sigue dando tumbos por mi mente. Doy un trago y noto cómo los 40º bajan por mi garganta directos al hígado. No me importaría desaparecer ahora.
Doy otro trago. El camarero ha desaparecido y yo en breves voy a necesitar otro vaso. Doy el tercero, bebiendo hasta la última gota de lo que queda. Los cubitos de hielo no han tenido tiempo de consumirse y los dejo "vivir", como no ha sido posible con Sophie. Doy un puñetazo a la barra.

"La imagen, Daniel, la imagen", me repito sucesivamente.

—¿Algún problema, señor? —Por fin, ya está aquí—. Sí, no está lleno —le digo señalando el vaso que tengo entre mis dedos—. Llénalo.

El camarero me mira perplejo —supongo que por la capacidad que tengo de aguantar sobrio— y me coge el vaso. No antes sin pedirme permiso: Permiso concedido.

—Doble pero sin hielo —digo esta vez.

El camarero deja sobre el recipiente plateado las pinzas que había cogido para el hielo y echa únicamente el whisky que le he pedido. Me da el vaso de nuevo, lleno y sin hielo, y va a atender a otros clientes.
Este vaso me lo bebo todavía más deprisa que los anteriores y maldigo a mi cuerpo por no dejarme emborracharme tranquilo.
Dejo el vaso completamente vacío sobre la barra, hago una seña al camarero para que se acerque y cuando lo hace, le doy cincuenta euros.

—Cóbrese los cinco y las molestias. 

Me levanto del taburete seguro de mí mismo y voy directo a la máquina de tabaco. Introduzco cinco euros y le doy a la tecla que pone "Marlboro". Hacía casi dos años que no fumaba, desde que empecé con Sophie, pero al final, las malas rutinas vuelven y lo bueno se va.
Salgo a la puerta y abro el paquete. Ya estoy empezando a notar cómo me sube el alcohol, pero no me importa. Saco un cigarrilo y lo enciendo, dejando que el humo llegue hasta lo más profundo de mí. La primera calada hace que tosa pero la segunda ya la controlo. Noto cómo empiezo a marearme y no sé si es que los cinco vasos de Jack Daniel's están empezando a hacerme efecto o estar casi dos años sin fumar tiene consecuencias.
Empiezo a ver borroso y sé que no son las lentillas. Me siento en el bordillo de la acera por intentar recobrar un poco el sentido y sigo fumando.

—Perdona, ¿tienes fuego? —Me pregunta una chica morena con unos increíbles ojos azules.
—Sí, claro —contesto tendiéndole el mechero que saco de mi bolsillo derecho. No sabía ni que tuviese uno.

Está jodidamente buena. Es bastante alta, lleva un vestido negro por encima de las rodillas, una americana blanca y unos tacones de un palmo, mínimo. Las curvas se le marcan como si el vestido fuera de papel y las piernas me gritan que las abra.

—¿Qué haces a estas horas por aquí? —Le pregunto, curioso.
—Podría preguntar lo mismo —me dice, y no respondo.

Estoy empezando a notar cómo se me cierran los ojos y hago todo lo posible por mantenerlos abiertos.

—¿Estás bien? —Me pregunta.
—Sí, claro —me levanto del bordillo y le tiendo la mano—. Daniel, encantado.
—María, lo mismo digo —responde apretándome la mano.
—¿Quieres tomar algo? —Le pregunto—. Tranquila, yo invito —y cogiéndola de la cintura la llevo de nuevo adentro.

Seis horas después...

Abro los ojos como puedo y a través de la ventana veo cómo en el exterior ya es de noche.

"¿Dónde coño estoy y qué hora es?", pienso. Estoy totalmente desnudo y no veo nada. 
Me incorporo de la cama en la que me encuentro y comienzo a palpar el colchón, no hay nadie.

—Joder, menos mal —digo en voz alta.

Me levanto y doy una patada sin querer a unos pantalones. A oscuras, descubro que son los míos y busco mi iPhone en el bolsillo.

"Sigue aquí".

Miro la hora en la pantalla: "20:30". Maldigo para mis adentros el haber bebido tanto y pongo el flash a modo de linterna para ver dónde me encuentro.
No es mi habitación y no es ninguna que conozca, ¿dónde coño me he metido?

—Por fin, buenos días —dice una voz que entra por la puerta. Es María.

Capítulo 21, parte dos.

Dani.

Cinco minutos antes...

Cía acaba de bajar a toda hostia porque ha olvidado decirles a los enfermeros que vive en el ático; solo espero que estén al caer. Sophie sigue sin pulso y es lo que más me acojona. Abre los ojos de repente y mi corazón se para al instante.

—Dani... —Dice entre murmullos—. Escúchame...
—Cállate, Sophie, por favor. Has perdido mucha sangre y no será bueno que hagas esfuerzos, por Dios...
—Escú... chame... —Sigue diciendo sin apenas poder hablar—, sé... sé fe...liz... Con ella... o con qui...en sea... Promé...teme...lo, por favor...

No sé por qué coño me hace prometerle nada, y menos esto. ¿A qué viene eso ahora?

—Prométeme...lo, Da...ni... 
—Te lo prometo, Sophie —le digo sin más remedio—, lo haré...

Y como si mi "haré" fuese un interruptor, desconecta a Sophie de la vida.

—¡Sophie, joder!, ¡Sophie, despierta!

Siento cómo el corazón se me está desgarrando como si fuese papel y a medida que van pasando los segundos me voy desesperando más.

—Está en el cuarto de baño. A mano derecha —oigo que dice Cía nada más entra en el piso.

Dos enfermeros, de apariencia bastante joven, irrumpen en el cuarto de baño nada más seguir la indicación de Cía. Sin apenas pestañear, sacan las herramientas —que supongo— que van a necesitar para reanimar a Sophie.

Cía viene detrás de ellos y también se sorprende de su rapidez. La cara de ella muestra miedo y sobre todo tristeza. Sigo con Sophie entre mis brazos y cada vez la noto más fría. Tengo demasiada rabia por dentro al no poder derramar ni una maldita lágrima.
Veo cómo el enfermero más joven intenta la reanimación cardiopulmonar básica y mi rabia aumenta cuando los labios de éste se posan sobre los de mi novia. Si él no fuese la línea que la separa de la vida y la muerte, seguramente le mataba. Aquí mismo. A sangre fría.
El otro, al ver mi cara de rabia, saca un desfibrilador portátil.

—Apártate, chico —me dice éste último.

Dani, cálmate.
Hago caso inmediato y me levanto, dejando a Sophie acostada completamente en el suelo. Voy al lado de Cía. Está temblando y sus ojos están inyectados en dolor.
Cuentan hasta tres y el desfibrilador da su primera descarga. Sophie se eleva unos centímetros del suelo pero sigue sin moverse. El Holter está bajando sus pulsaciones y me cago en la puta.

—Sube a 130 —dice el enfermero que tiene ambas placas metálicas en las manos.

Segunda descarga. Una fina capa de sudor está empezando a nacer por la frente del enfermero. Sophie vuelve a levantarse unos centímetros del suelo y continúa en su estado inicial. El Holter deja sonar la peor melodía conocida y Cía se lleva las manos a la boca. Ya sabemos el resultado.

—Hora de la muerte, 13:08 —anuncia el enfermero mirándose el reloj de muñeca.

Quitando las placas metálicas del cuerpo sin vida de Sophie, la cubre con una manta isotérmica y dice:

—No hemos podido hacer nada, chicos...  Lo sentimos.

Y antes de que diga nada más, salgo del cuarto de baño directo a la puerta principal y doy un portazo con todas mis fuerzas.
Salgo del edificio con las manos convertidas en puños apretando como si estuviera estrangulando a alguien. Estoy preparado para destrozarme los nudillos y lo haría, si no fuera porque son parte de mi imagen y no puedo joderla.

Lo que sí puedo hacer, y nadie me va a prohibir, ni siquiera un puto contrato, es ir a cualquier bar. Y ahí es donde voy.

lunes, 18 de abril de 2016

Capítulo 20, parte dos.

Cía

Ahora mismo estoy bastante perpleja. Hace menos de dos días que conozco a Sophie, vale, pero ¿por qué algo así no podía habérmelo comentado?

—No… No lo sabía… —Consigo decir al final—. La ambulancia está de camino —añado, cambiando de tema, estoy lo suficientemente asustada como para encima hablar de más muerte.

Dani sigue arrodillado a su lado, tapándole los cortes de ambas muñecas como puede, pero para mi sorpresa, no derrama ni una lágrima.

—No te preocupes, Dani… —Digo mientras me siento a su lado—, se pondrá bien.

Nunca he sido de hacer promesas sobre el futuro. Nadie sabe a ciencia cierta si va a salir bien o mal, pero en estos casos, prometer que “saldrá bien”, es como darle una cuerda a una persona que está colgando de un precipicio: le estás dando algo a lo que aferrarse.

—No me lo tengas en cuenta, no soy tan optimista como tú.

¿Optimista yo?, creo que si no estuviera en el momento en el que estoy, y si no hubiese pasado lo que ha pasado, me echaría al suelo a reír a carcajadas.

—¡No tiene pulso, Cía! —Chilla Dani de repente—, ¡no tiene pulso, joder!

No me lo puedo creer… Esto ahora no, por favor…

—Sigue evitando que se desangre más —le digo a Dani—. Hace ya más de diez minutos que he llamado.

El cuarto de baño empieza a ser rojo, como los ojos de Dani, los cuales siguen sin siquiera humedecerse.
A lo lejos escucho la sirena de la ambulancia y bajo corriendo en ascensor al portal para abrir antes de que llamen, he olvidado decirles que vivo en el ático. Después de dos minutos contados, dos chicos de apariencia bastante joven, entran con una camilla. No sé cómo van a poder bajar a Sophie si todos no caben en el ascensor.
Subo con ellos con la camilla desmontada y llegamos al loft. 

—Está en el cuarto de baño. A mano derecha —les indico a ambos chicos.

Entro detrás de ellos mientras me percato de que ambos ya han sacado las herramientas necesarias para reanimar a Sophie.
El más joven, aparentemente, intenta primero la reanimación cardiopulmonar básica pero el otro chico, saca a continuación el desfibrilador portátil.

—Apártate, chico —le dice el enfermero a Dani.

Éste último, haciendo caso inmediato, vuelve a ponerse a mi lado.

Un... Dos... Tres...
El desfribilador da su primera descarga y Sophie da un salto acostada. Sigue sin moverse. El Holter está bajando las pulsaciones de Sophie, joder.

—Sube a 130.

Segunda descarga. Veo cómo una fina capa de sudor empieza a formarse en la frente del enfermero que está atendiendo a Sophie. Ella, levanta cinco centímetros la espalda del suelo y vuelve a su estado. El Holter empieza a pitar continuamente.
No digo ni una palabra. Ya sé el resultado.

—Hora de la muerte: 13:08.

El enfermero levanta las placas metálicas del cuerpo sin vida de Sophie y con una manta isotérmica la cubre entera.

—No hemos podido hacer nada, chicos... Lo sentimos.

Dani sale del cuarto de baño y, dando un portazo, desaparece de mi loft.

domingo, 10 de abril de 2016

Capítulo 19, parte dos.

Cía

No me hace mucha gracia ir en el coche de Dani teniendo el mío en el párking. Siempre me ha gustado hacer las cosas por mi cuenta y no depender de los demás, no me gusta estar a la merced de cualquiera y ahora mismo en el coche de Dani, lo estoy: puede hacer lo que le plazca conmigo y no estoy cómoda.

—¿Puedes ir más despacio? —le pregunto. Desde que hemos subido al coche se ha saltado dos semáforos en rojo y va a casi 80 km/h dentro de la ciudad.
—Lo siento, Cía. Realmente estoy preocupado.

Dudo si creerle o no, realmente parece nervioso pero no acabo de confiar plenamente en él. No ha dejado de dar golpecitos con los dedos en el volante desde que lo ha cogido por primera vez y ni siquiera suena la radio, la ha apagado en cuanto han puesto publicidad. Leves gotas de sudor empiezan a aparecer por su frente. No sé por quién preocuparme más, si por Sophie, o por él.
Miro por la ventana, algunas gotas, aunque escasas, de lluvia, comienzan a empapar el cristal.

—Lo que faltaba —dice dando un golpe seco al volante.
—Tranquilízate, Dani, ¡por Dios!

Al cabo de cinco minutos, frena en doble fila delante del apartamento y baja corriendo hacia mi puerta. Se quita el abrigo negro y me lo pone encima para que no me moje; la lluvia se ha convertido en el diluvio universal. Observo cómo deja al descubierto un impecable traje gris y le doy las gracias: no tiene pinta de ser barato y por mi culpa se lo está mojando.
Llegamos al portal y abro la puerta derecha. Entramos, él detrás de mí, y subimos al ascensor. Le devuelvo su abrigo dándole de nuevo las gracias y le doy al botón número 9 haciendo que el aparato elevador comience a subir.

—Solo deseo que esté esperándonos en la puerta. O al menos, esperándote —dice.

Sexto piso. Séptimo piso. Octavo piso...

Pero como dicta la ley de Murphy: "Si algo puede salir mal, saldrá mal", y antes de llegar al noveno piso, el ascensor se detiene.

—¡Joder! —grita Dani—, dime si algo puede salir peor.

Y conforme suenan esas seis últimas palabras de su boca, la luz se apaga.

—¿Algo más que añadir? —critico.
—Creo que mejor me voy a callar —dice.

Miro mi iPhone, ¡maldita sea!, sin cobertura. Si yo no tengo cobertura, dudo que él tenga...

—¿Tú tienes cobertura? —le pregunto.
—Nada... 

Genial. A ver qué hacemos ahora. 
Enciendo el flash de mi móvil a modo linterna y él hace lo mismo.

—Por lo menos, algo nos podemos ver —comenta. Gracias, no me había dado cuenta—. Ten, anda, póntelo —me dice tendiéndome de nuevo su abrigo.
—Gracias...

Me mira a los ojos y me duele ver cómo se le acristalan.

—¿Crees que estará bien? 
—Espero que sí —le contesto mientras acabo de ponerme su abrigo.

Se acerca a mí y antes de poder reaccionar, encuentro sus brazos rodeando mi cuello convirtiéndolo en un extraño abrazo. Paso los míos por su cintura y, dejando de lado mi desconfianza, le devuelvo el abrazo.

—Estará bien, ya lo verás...

Como por arte de magia, el ascensor empieza a moverse, haciendo su recorrido programado y en menos de cinco segundos hemos llegado al noveno piso.
Abro la única puerta que hay en el piso, porque mi ático es el único de la finca y me sorprende que esté abierta. Nadie, aparte de mí, tiene copia de llaves.

—¿Qué ocurre? —pregunta Dani detrás de mí.
—Sh —siseo. 

Entro en silencio con Dani a mis espaldas y oigo como un grifo está abierto. 

—Ve al cuarto de baño y asegúrate de que el grifo esté cerrado.

Yo voy a la cocina por si acaso fuese la fuente del ruido y me cercioro de que el de allí también lo esté.

—¡Cía, por Dios, corre! —oigo que chilla Dani desde el cuarto de baño.

En cuanto entro, lo primero que veo son unas muñecas llenas de sangre y una cuchilla en el suelo. Sophie está sentada en el plato de ducha y Dani, empapado por el agua que sigue cayendo del grifo, sujeta su cabeza.
Apago el telefonillo para que deje de caer el agua y marco enseguida el 112.

—Una ambulancia, por favor. Sí. Paseo de Gracia número 20. Intento de suicidio. Dense prisa, por favor. Gracias —y cuelgo—. ¿¡Me dices cómo ha podido entrar si no tenía llaves!?
—Su padre... —susurra Dani entre sollozos.
—Su padre, ¿qué?
 —...su padre —continúa—, era policía. Aprendió a abrir puertas hace tiempo...
—¿Era?
—Sí, Cía... Ambos murieron en un accidente de coche hace un par de semanas.

martes, 15 de marzo de 2016

Capítulo 18, parte dos.

Dani

No tengo ni idea de qué estoy haciendo. Si buscar a Cía, a Sophie o a mí mismo. Desde hace una hora, me siento completamente vacío por la pelirroja de ojos verdes, pero a la vez siento un gran alivio por ser mínimamente "libre". Es extraño. Poca gente en este mundo sería capaz de entender mi mente incluso estando dentro.

—¿Dani? —dice una voz detrás de mí.

Me giro en busca de esa voz tan dulce y lo primero en lo que me fijo es en esa falda de tubo azul marino que le resalta las curvas de las caderas tan perfectas que tiene.

—Hola, Cía. 
—¿Qué haces aquí? —Me pregunta sorprendida.
—Buscaba a Sophie. He supuesto que después de pedirte las llaves vendría aquí a por ellas.
—No. Y eso que hace más de una hora que ha llamado; pero no, no ha venido todavía —se observa el esmalte de las uñas y me mira—. Espera, ¿he de suponer que estaba contigo hace esa hora y varios minutos?
—Digamos que hemos tenido una breve discusión.
—No quiero entrometerme en algo que no me incumbe, pero, ¿puedo preguntar por qué?
—Me ha pillado besando a otra tía.
—¿¡Perdón!? —Literalmente ha abierto la boca de par en par.
—No es lo que parece, Cía. La otra chica me besó justo cuando entraba Sophie y ahora ella cree que la estaba engañando.

Cía se ha quedado sin habla. Si es que lo mío es sonar como un cabrón.

—A ver... Si tú fueras mi novio, y te viera besando a otra, también pensaría que es culpa tuya —añade.
—¿¡Y por qué no puede ser culpa de la chica!? Siempre culpando al género masculino —resoplo—. Luego queréis igualdad.
—Relájate, ¿vale? Sólo te he dado mi opinión. —Se para a respirar y continúa—: ¿La has llamado al móvil? 
—Sí, unas cuatro veces y nada. Es normal que no quiera saber nada de mí.
—Yo también la he llamado cuando me ha colgado y después dos veces más, pero seguía sin contestar.

Intento hacerme el fuerte, pero estoy empezando a preocuparme de verdad. No es normal que no dé señales de vida.

—Vuélvela a llamar —le digo.

Me hace caso y va directa a recepción. Encima de la mesa, tiene su iPhone. Por suerte, el estúpido de su compañero Samuel ya no está. Me ponía de los nervios. Se pone el teléfono en la oreja y después de unos segundos, cuelga.

—Me salta el contestador —dice con la voz medio apagada.
—¿Qué hacemos?
—Vamos a mi apartamento, por si acaso estuviera allí —me contesta.
—Como quieras...

Veo cómo deja una nota escrita sobre la mesa de recepción, supongo que para su compañero el simpático Samuel, y me mira:

—Aunque sea la supervisora, tengo que avisar —dice sonriendo—. Vamos.

Me doy cuenta de que va directa al ascensor y la paro:

—¿Dónde vas?
—Tengo que ir al párking, tengo allí el coche —me dice como si fuese lo más normal del mundo.
—Vamos con el mío, lo tengo fuera en doble fila.

Sin decir ninguna palabra, aunque a regañadientes, asiente y me sigue.

lunes, 14 de marzo de 2016

Capítulo 17, parte dos.

Dani


Veo cómo las largas piernas de Laura pasan por delante de mí, dejándome unas magníficas vistas de su culo. Contonea las caderas a un ritmo que desconozco, pero que sin duda, a cualquiera volvería loco.


1 hora después...

Joder. Creo que la he cagado, definitivamente. No debería haber hecho lo que he hecho. Sí, estaba seguro de hacerlo hace una hora y trece minutos porque quería enfadarla, quería que me dejase, quería ser mínimamente "libre". Pero ahora, solo deseo que Sophie vuelva, pedirle de nuevo perdón, que todo vuelva a ser como antes, que nos comamos enteros en el baño que está al girar la esquina.

—¿Estás aquí, Daniel? —La voz de Roberto me pregunta por enésima vez si sigo vivo.
—¿No habían terminado ya? —respondo con otra pregunta. Estoy empezándome a cansar.
—De las 34 fotos que te han hecho, 4 han salido bien. ¿Me explicas qué te pasa? Dudo que uno de los mejores fotógrafos de Barcelona fotografíe mal —dice mirando a Michael, el cual pone cara de pocos amigos, supongo que también exhausto por no salir de allí.
—Descansad 10 minutos y volvemos, a ver si por fin acabamos —chilla de repente Michael. Definitivamente ha explotado.

Como si alguien les hubiese invocado, vienen dos chicas dispuestas a retocarme el maquillaje y la ropa, pero me falta tiempo para decirles que estoy bien.
Mirándose una a la otra, asienten entre sí y se van por donde han venido con la brocha y el colorete.
Busco mi móvil, la última vez que lo tenía, estaba en el bolsillo de mi americana, la cual estará seguramente en el probador con la demás ropa. Me dirijo hacia allí conforme voy vestido y me percato de los diferentes ojos que están mirándome el paquete. No suelo darle mucha importancia a eso, es más, me gusta. Pero en estos momentos, más incómodo no puedo sentirme.
Carraspeo para que se den cuenta de que les he pillado con las manos en la masa —más bien, con los ojos en la guinda del pastel— y por poco giran la cabeza 180º.
Meto las manos en la americana y voilà!, aquí está.
Saco mi iPhone para llamar por tercera vez a Sophie y vuelve a sonarme el mismo tono cuando se pone a comunicar. Si no fuera porque el móvil me ha costado 700 euros, lo estampaba contra el suelo.
De repente, una bombilla se me enciende en la cabeza y busco el nombre de Cía en mis contactos.
Después del segundo tono, su dulce voz suena:

—¿Quién?
—Cía, soy Dani.
—¿Qué Dani? —Imposible que no tenga mi móvil—. Esto... El novio de Sophie...
—Ah, vale, perdona, estoy algo ocupada. Te llamo después si no te importa.
—No, espera —digo ya pareciendo algo estresado—. ¿Está ahí contigo?
—No, aquí todavía no ha venido, ¿por qué?, ¿pasa algo?
—No, tranquila, no te preocupes. No te molesto más. Gracias.

Y sin dejarle tiempo para contestar, cuelgo.

«¿Dónde coño debe haberse metido?, joder.»

Vuelvo al estudio y decido terminar lo más deprisa posible. Después de quince minutos contados, Michael nos da la enhorabuena por hacer una sesión increíble y nos dice que podemos irnos a casa, que no queda nada más por hacer.

—¿Puedo preguntar qué pasa, Daniel? ¿Ha pasado algo con esa chica?
—Se llama Sophie, Roberto. Después de 23 meses parece mentira que sigas sin conocerla.
—Bueno, ¿ha pasado algo con "Sophie"? —rectifica haciendo signos de comillas con los dedos cuando dice su nombre.
—Déjalo, ¿vale?, ya me avisarás cuando esté la revista.

Me meto en el probador dejándole con la palabra en la boca y en dos minutos me cambio de ropa. Cuando salgo, ya no está allí. A veces, y una es esta, me pone de lo más nervioso. No parece ni que sea mi mánager.
Me despido de todo el equipo y por supuesto, le doy las gracias a Michael por su paciencia y profesionalidad, como siempre hago con todos los fotógrafos al finalizar la sesión para que queden encantados conmigo y me voy de aquel sitio que solo me ha traído disgustos.
Voy en busca de mi coche para ir a buscar a Sophie. Quizá —y digo quizá porque no hay muchos más sitios en los que pueda estar— esté de camino al hotel Arts, como le había dicho a Cía. O yendo de nuevo a su loft.
No hay tráfico, así que consigo llegar en 7 minutos y medio. Entro al lujoso hotel y la busco por recepción. Allí solo está un chico atendiendo y una chica embaraza con su pareja.

—Perdone, busco a Cía Beltrán. ¿Puede decirme dónde está?
—¿Y usted es? —responde "Samuel", al menos eso pone en su chapa identificativa.
—Soy un conocido suyo.
—Está bien. Supongo que no tardará en llegar—dice continuando su conversación con ambos clientes.
—Gracias.