lunes, 9 de mayo de 2016

Capítulo 24, parte dos.

Cía

Diez minutos antes...

Me voy a volver loca. Si no fuera porque tiene la edad que tiene y es mayorcito para cuidarse solo, hubiese ido a la Policía a denunciar su desaparición.

«¿Qué dices, Cía?», ya está mi subconsciente llamándome loca indirectamente. Pues sí, lo haría. Desde que le vi hay algo en él que me recuerda a David.
Vuelvo a mirar mi iPhone para ver si hay alguna perdida suya, algún mensaje, algún algo... Pero nada. Sigue sin haber jodidamente nada. Mis manos me piden a gritos que me arranque de cuajo los pelos de la cabeza antes de salir corriendo por la puerta para ir a buscarle. Mis pies les dicen que se tranquilicen.
Pienso en qué podría hacer para evadir mi mente de todo lo que ha pasado en las últimas 10 horas y de repente recuerdo que apenas he dado un motivo suficiente en el trabajo. Me levanto del sofá en el cual llevo, ni siquiera, 5 minutos sentada y me dirijo al cuarto de baño de mi habitación a retocarme el maquillaje. De camino, paso por delante de la habitación de Sophie y, joder, parece que no haya ocurrido nada. Que ella esté en clase y vaya a volver de un momento a otro. La putada es que no va a ser así. 
«Voy a tener que recoger sus cosas tarde o temprano», me dice el subconsciente. ¡Vaya!, en algo tiene razón; y qué razón.
Me dirijo de nuevo hacia mi habitación sintiendo el loft más frío desde que Sophie no está, y es jodido.
En cuanto cruzo la puerta, el timbre de bajo suena. Si algo existe en mi vida con mucha frecuencia, es eso, la casualidad.
Bajo a toda prisa deseando que sea Dani quien llama y contesto:

—¿Quién?
—El cartero —dice una voz de hombre al otro lado del telefonillo.

De 14 pisos que hay, ha tenido que llamar al ático. Esto es impresionante. Abro y cuelgo el telefonillo con fuerza. Deprisa, vuelvo a subir las escaleras hasta llegar al cuarto de baño.

«Vaya cara de muerta viviente tienes», se descojona mi subconsciente cuando me miro al espejo. No le quito la razón.
Cojo una toallita desmaquillante del tercer cajón y me quito el maquillaje que me queda en la cara. El rímmel corrido debajo de mis ojos desaparece y mi cara se hace un poco más natural. Me pongo crema hidratante antes de ponerme de nuevo el maquillaje y me limpio las manos. El agua está a una temperatura increíble y se me pasa por la cabeza no ir al hotel y darme un baño de espuma. Eso voy a hacer. Me descalzo y me quito las medias que llevaba puestas y me dispongo a quitarme la falda. De repente, el timbre de bajo vuelve a sonar. No hago caso y me quito definitivamente la falda. Vuelven a llamar.

—¿Y ahora quién coño es?

Me quito la blusa y me quedo en ropa interior para así ponerme ahora mejor el albornoz. Bajo las escaleras rápidamente descalza y el timbre vuelve a sonar.

—¿Quién? —Contesto por segunda vez en menos de diez minutos.
—¿Abres? —Reconozco la voz de Dani en el acto y me quedo sin habla.
—Esto... Sí... —Digo casi después de medio minuto—. ¿Subes?
—Sí —afirma.

Abro la puerta de bajo y espero detrás de la puerta del loft impaciente. Como cualquier chica enamorada, un viernes, esperando que su novio baje del tren para abrazarla. Como cualquier persona después de echar de menos durante mucho tiempo a alguien.
Oigo cómo sube el ascensor y cómo se para en mi planta. Antes de que Dani llame al timbre, abro la puerta y me quedo mirando sus ojos verdes azulados fijamente.

—¿Ibas a darte un baño sin mí? —Bromea.

Y yo, sin pensármelo un minuto, le abofeteo la cara con mi mano derecha.

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