Dani
Sophie nunca deja de sorprenderme y es una de las cosas que más me gustan de ella. Me dice las cosas tal y como las piensa, y tiene seguridad en sí misma. No se avergüenza de su cuerpo; no como la mayoría de chicas —con las que he estado—, que sí lo hacen. Sophie es diferente a todas ellas.
Todavía no me creo el tiempo que llevamos juntos. Yo no era fácil de enamorar, y joder, aquí estoy abriendo mi corazón a una tía de pelo rojo.
Se podría decir que me cambió, cambió mi manera de ser, mi manera de pensar, me cambió a mí. Y me hizo mejor, mejor de lo que era. Sin duda estoy en deuda con ella.
Cuando la miro, está sonriéndome con esa cara de provocadora nata que tiene y que tanto me pone, y observo cómo se humedece los labios con la lengua. Esa lengua que nunca deja de fascinarme.
—Tengo un regalo para ti —me susurra Sophie.
—¿Otro? —pregunto extrañado—. ¿No crees que ya he tenido suficiente con el polo de Ralph Lauren y el reloj de Calvin Klein? —pero sé que no porque a Sophie no es que le falte el dinero.
—Sí, pero este regalito no te va a beneficiar sólo a ti —me provoca. Y noto cómo saca una especie de tubo de color granate rosado de su bolso.
Cuando ya lo tiene en la mano, me enseña la etiqueta para que lea su contenido y por poco se me sale la erección del pantalón. En la etiqueta se pueden observar las palabras: "DUREX PLAY. Fresa morango. Lubricante íntimo, aroma y sabor".
—¿Y... Esto...? —consigo decir.
—Me apetecía probar cosas nuevas contigo. ¿Te parece bien?
«Como para no parecerme bien.»
Por lo visto mi mirada lo dice todo cuando de repente se desabrocha su cinturón de seguridad y salta sobre mí, colocándose a horcajadas sobre mis piernas.
—Por lo visto cierta cosa se alegra de verme y del regalo que tengo... —dice señalando mi miembro ya erecto y sonriendo todavía más provocativa.
—Cierta cosa siempre se alegra de vert...
Pero antes de que pueda terminar la oración, sus húmedos labios ya están rozando los míos. Su mano derecha comienza a deslizarse por mi entrepierna y agarra mi miembro con fuerza. Suelto un leve gemido, pero hace que me calle mordiéndome el labio inferior mientras a la vez me estira el pelo con la mano izquierda.
«La deseo aquí y ahora.»
Coloco mi mano derecha en su cintura y comienzo a moverla hacia su espalda hasta lograr alcanzar la cremallera del vestido. Al tenerla entre mis dedos, lentamente la deslizo hacia abajo y separo los hombros del vestido de su dulce piel. Sentirla bajo mis dedos es sin duda otro mundo; es como quien encuentra un litro de agua en medio del desierto.
El sujetador que lleva es de encaje negro, uno de mis preferidos. Incluso así, la prefiero sin él. Situando mis manos en su espalda, hago que la prenda que me impide verle el pecho caiga como por arte de magia. Y cómo me encanta hacerlo.
Deja de besarme y mira el juguete sexual sonriendo. Abre el tapón y cogiéndome la mano derecha echa el líquido lubricante sobre mis dedos.
—Dime que te parece —me susurra en el oído, consiguiendo que los pantalones cada vez me aprieten más.
Hago lo que me dice y froto mis dedos haciendo que el líquido se caliente para ponérselo en el pecho a continuación. Sin dejar de mirarla, empiezo a rozar mis dedos en sus pezones. Sus gemidos hacen que los cristales se empañen cada vez más. Cierro los ojos y con su pecho derecho en mi mano, coloco su pezón en mi boca, succionando fuerte, disfrutando del sabor ácido y dulce del lubricante y de ella. De mi Sophie.
Cuando noto que sus uñas empiezan a traspasar mi camisa paro haciendo que ella también deje de gemir.
—¿Por qué paras? —me espeta.
—Vamos detrás —le digo, señalando los asientos traseros con la cabeza—, estarás más cómoda que aquí y además, podré comerte mejor...
Sophie sonriendo, asiente y se levanta de encima de mí. Conforme puede, pasa por dentro del coche, del asiento delantero a los tres traseros y yo la sigo a continuación.
En sus ojos irradia el deseo, la pasión del momento. Únicamente sus ojos son los que me chillan a viva voz que la haga mía. Ahora.
Cía es una adolescente de Zaragoza que se va a Barcelona por motivos de trabajo de su padre durante el verano, y en parte, por olvidar a su ex novio, Álex. Allí conoce a un chico llamado David, y todo va genial hasta que un día, Álex se presenta en su apartamento diciéndole que la echa de menos. ¿Qué pasará entre ambos?, ¿Cía se quedará con David, con Álex o con ninguno?
miércoles, 18 de noviembre de 2015
lunes, 9 de noviembre de 2015
Capítulo 6, parte dos.
Dani
Llevamos casi 10 minutos en el coche. En la radio suena "Acabo de llegar" de Fito y los Fitipaldis y Sophie canta como si de una fan loca en el concierto de su cantante favorito se tratase.
—Qué te voy a decir, si yo acabo de llegar, si esto es como el mar, quien conoce alguna esquina...
La veo sonreír y me pregunto cómo he sido capaz de aguantar tanto tiempo con una misma persona cuando yo, nunca, he estado más de tres meses con alguien. 23 meses no se cuentan tan rápido, y aquí estoy, con esta chica de pelo rojo y de ojos verdes tan grandes; y la verdad, es que estoy jodidamente enamorado de ella.
Al cabo de cinco minutos, llegamos al Hotel Meliá Sky. Tenemos reservada una mesa a las 21:30 en la 24ª planta del hotel, en el restaurante Dos Cielos. Siempre me ha gustado este restaurante, desde que era pequeño. Mi familia y yo solíamos venir mínimo una vez al mes. Los chefs, los conocidos hermanos Javier y Sergio Torres, son muy buenos amigos de mi padre y eso hace que, en parte, también tengamos las mejores vistas del restaurante y frente a ellas, Barcelona expandiéndose bajo su terraza.
Al entrar, nos dirigimos como siempre a la esquina del restaurante, donde se encuentran dos camareros a la espera de atendernos.
Esta noche está bastante lleno, pero la multitud de la gente no impedirá que vayamos a recibir el mismo servicio que siempre, o incluso más. Para algo pago casi 100€ de propina.
—Necesito ir al baño —me susurra Sophie en el oído, y un escalofrío me recorre la columna vertebral. Cómo me pone cuando lo hace.
Asiento con la cabeza y me siento en una de las sillas. Voy pidiendo el mejor vino que tienen mientras espero que Sophie regrese para pedir.
Al cabo de diez minutos, Sophie regresa con su vestido blanco de encaje —que me encanta tanto— y el bolso de Yves Saint Laurent que le regalé cuando hicimos el año y medio.
—¿Qué te apetece cenar? —Musito cuando ella se sienta en la mesa.
—¿Qué recomiendan esta noche? —Pregunta Sophie con su acento francés mirando fijamente a uno de los camareros.
El camarero de la derecha se ha quedado boquiabierto al escucharla hablar.
«Relájate, campeón, esta francesita es mía».
—¿Y bien? —Carraspeo. Estoy delante, joder, podría disimular al menos.
—Verá, señor...
«Ahora me llama "señor"», río en pensamientos. Se nota que no sabe quién soy.
—Los hermanos Torres proponen el menú Degustación —continúa diciendo—, consta de más de cinco platos como: El bizcocho de polvillo, La Tabella, Queso fresco, El cáliz...
—¿Puede traernos la carta? —Interrumpo.
—Por supuesto —Añade el segundo camarero, aparentemente más joven, mientras va en busca de ésta.
Al cabo de 2 minutos el camarero nos entrega las cartas y espera a que decidamos qué vamos a cenar.
—Nos pondrán como entrante Raviolis de foie-gras, tomates secos y aceitunas secas —pide Sophie sin preguntarme—, y a mí como primer plato, quiero Pez de San Pedro con Jamón Ibérico, gracias.
—Yo deseo el Cochinillo Ibérico crujiente con manzanas y flores —añado cogiéndole la carta a Sophie de la mano y, junto a la mía, se las devuelvo al camarero que sigue sin apartar la vista de ella.
Estoy empezando a mosquearme.
Media hora más tarde, tenemos los platos enfrente de nosotros y el entrante casi vacío.
—Vas conociendo mis gustos culinarios —digo refiriéndome al entrante que ha pedido sin consultarme—. Esto está increíble.
—Sabía que te gustaría —sonríe—. Además, después de casi dos años, algo tenía que conocerte.
Y esta vez, quien sonríe soy yo.
Pasados diez minutos, ambos camareros vienen a retirarnos los platos y a tomarnos nota del postre.
—¿Qué desearían tomar como postre? —Nos pregunta el camarero más joven.
—¿Qué nos aconseja? —Pregunto yo esta vez.
—Bien... Tenemos Papaya, en homenaje a México; Gin Tónic, con Tónica, ginebra, yuzu, cardamomo, naranja y lima; y Café XXL, que tiene toques caramelizados, chocolate y un punto de licor.
Ambos nos quedamos pensando un par de minutos y contestamos a la vez.
—Tráiganos un Gin Tónic y...
—Un Café XXL, por favor —termina diciendo Sophie.
Cuando terminamos, pedimos la cuenta y pago con la American Express. La cena sube a 151€ y dejo 50€ más de propina. Con ese dinero ya lo llevan bien, hoy no se merecen más, al menos no el camarero que ha estado babeando por mi novia.
Al salir del hotel nos metemos enseguida en el coche, han bajado las temperaturas bastante para ser apenas las once menos cuarto de la noche.
Esta vez conduce Sophie; el Mercedes Clase A es suyo, así que no pongo pega alguna.
Después de casi diez minutos, nos empezamos a alejar de la zona habitada y comienza a resultarme extraño.
—¿Dónde vamos? —Le pregunto.
—Ahora verás...
Nos acercamos a una especie de bosque a casi 20 km del centro y de repente aparca. Echa su asiento hacia atrás y me susurra en el oído:
—Me apetece hacértelo aquí. Ahora.
Llevamos casi 10 minutos en el coche. En la radio suena "Acabo de llegar" de Fito y los Fitipaldis y Sophie canta como si de una fan loca en el concierto de su cantante favorito se tratase.
—Qué te voy a decir, si yo acabo de llegar, si esto es como el mar, quien conoce alguna esquina...
La veo sonreír y me pregunto cómo he sido capaz de aguantar tanto tiempo con una misma persona cuando yo, nunca, he estado más de tres meses con alguien. 23 meses no se cuentan tan rápido, y aquí estoy, con esta chica de pelo rojo y de ojos verdes tan grandes; y la verdad, es que estoy jodidamente enamorado de ella.
Al cabo de cinco minutos, llegamos al Hotel Meliá Sky. Tenemos reservada una mesa a las 21:30 en la 24ª planta del hotel, en el restaurante Dos Cielos. Siempre me ha gustado este restaurante, desde que era pequeño. Mi familia y yo solíamos venir mínimo una vez al mes. Los chefs, los conocidos hermanos Javier y Sergio Torres, son muy buenos amigos de mi padre y eso hace que, en parte, también tengamos las mejores vistas del restaurante y frente a ellas, Barcelona expandiéndose bajo su terraza.
Al entrar, nos dirigimos como siempre a la esquina del restaurante, donde se encuentran dos camareros a la espera de atendernos.
Esta noche está bastante lleno, pero la multitud de la gente no impedirá que vayamos a recibir el mismo servicio que siempre, o incluso más. Para algo pago casi 100€ de propina.
—Necesito ir al baño —me susurra Sophie en el oído, y un escalofrío me recorre la columna vertebral. Cómo me pone cuando lo hace.
Asiento con la cabeza y me siento en una de las sillas. Voy pidiendo el mejor vino que tienen mientras espero que Sophie regrese para pedir.
Al cabo de diez minutos, Sophie regresa con su vestido blanco de encaje —que me encanta tanto— y el bolso de Yves Saint Laurent que le regalé cuando hicimos el año y medio.
—¿Qué te apetece cenar? —Musito cuando ella se sienta en la mesa.
—¿Qué recomiendan esta noche? —Pregunta Sophie con su acento francés mirando fijamente a uno de los camareros.
El camarero de la derecha se ha quedado boquiabierto al escucharla hablar.
«Relájate, campeón, esta francesita es mía».
—¿Y bien? —Carraspeo. Estoy delante, joder, podría disimular al menos.
—Verá, señor...
«Ahora me llama "señor"», río en pensamientos. Se nota que no sabe quién soy.
—Los hermanos Torres proponen el menú Degustación —continúa diciendo—, consta de más de cinco platos como: El bizcocho de polvillo, La Tabella, Queso fresco, El cáliz...
—¿Puede traernos la carta? —Interrumpo.
—Por supuesto —Añade el segundo camarero, aparentemente más joven, mientras va en busca de ésta.
Al cabo de 2 minutos el camarero nos entrega las cartas y espera a que decidamos qué vamos a cenar.
—Nos pondrán como entrante Raviolis de foie-gras, tomates secos y aceitunas secas —pide Sophie sin preguntarme—, y a mí como primer plato, quiero Pez de San Pedro con Jamón Ibérico, gracias.
—Yo deseo el Cochinillo Ibérico crujiente con manzanas y flores —añado cogiéndole la carta a Sophie de la mano y, junto a la mía, se las devuelvo al camarero que sigue sin apartar la vista de ella.
Estoy empezando a mosquearme.
Media hora más tarde, tenemos los platos enfrente de nosotros y el entrante casi vacío.
—Vas conociendo mis gustos culinarios —digo refiriéndome al entrante que ha pedido sin consultarme—. Esto está increíble.
—Sabía que te gustaría —sonríe—. Además, después de casi dos años, algo tenía que conocerte.
Y esta vez, quien sonríe soy yo.
Pasados diez minutos, ambos camareros vienen a retirarnos los platos y a tomarnos nota del postre.
—¿Qué desearían tomar como postre? —Nos pregunta el camarero más joven.
—¿Qué nos aconseja? —Pregunto yo esta vez.
—Bien... Tenemos Papaya, en homenaje a México; Gin Tónic, con Tónica, ginebra, yuzu, cardamomo, naranja y lima; y Café XXL, que tiene toques caramelizados, chocolate y un punto de licor.
Ambos nos quedamos pensando un par de minutos y contestamos a la vez.
—Tráiganos un Gin Tónic y...
—Un Café XXL, por favor —termina diciendo Sophie.
Cuando terminamos, pedimos la cuenta y pago con la American Express. La cena sube a 151€ y dejo 50€ más de propina. Con ese dinero ya lo llevan bien, hoy no se merecen más, al menos no el camarero que ha estado babeando por mi novia.
Al salir del hotel nos metemos enseguida en el coche, han bajado las temperaturas bastante para ser apenas las once menos cuarto de la noche.
Esta vez conduce Sophie; el Mercedes Clase A es suyo, así que no pongo pega alguna.
Después de casi diez minutos, nos empezamos a alejar de la zona habitada y comienza a resultarme extraño.
—¿Dónde vamos? —Le pregunto.
—Ahora verás...
Nos acercamos a una especie de bosque a casi 20 km del centro y de repente aparca. Echa su asiento hacia atrás y me susurra en el oído:
—Me apetece hacértelo aquí. Ahora.
miércoles, 4 de noviembre de 2015
Capítulo 5, parte dos.
Cía
—¿Qué? —Pregunto con apenas un hilo de voz.
—Tranquila, era coña —oigo que se ríe a carcajadas a la otra parte del teléfono—. Simplemente te llamaba para decirte que ya lo tengo todo a punto para ir cuando sea.
Noto que el corazón va disminuyendo la rapidez de sus latidos y cuando ya puedo responder, digo:
—Esto... Yo estoy en el metro, a nada de llegar, nos vemos en el portal en unos 5 minutos. ¿Te parece bien?
—Sí, claro. Me parece perfecto.
Bajo tranquilamente en la parada «Passeig de Gràcia» y comienzo a caminar hacia mi piso. Cuando llego, me doy cuenta de que Sophie ya me está esperando. Está mirando el escaparate de la joyería de la esquina y juraría que —de ser posible—, de sus ojos salen corazones. Intento acercarme para averiguar qué la ha enamorado, pero en cuanto doy dos pasos hacia delante, Sophie se gira. Al verme, se dirige hacia mí con su maleta de Michael Kors y sus tacones de diez centímetros. Se ha cambiado de ropa y ahora lleva puesto un vestido blanco de encaje y una americana negra, y de repente me pregunto por qué va tan elegante si total solo va a mudarse.
—Necesito el número de tu cuenta para ingresarte el dinero del alquiler —dice nada más llega a mi lado. —Aunque si lo prefieres, puedo dártelo en metálico —y ríe.
—En metálico va bien —contesto irónica, esperando que no me lo haya dicho en serio. Pero de repente abre la cartera y veo cómo un billete de 500 y uno de 50 se asoman junto a otros de 20 y 10.
—¡Joder! —Exclamo sin darme cuenta.
—¿Entonces en metálico? —Pregunta.
Sin contestar, saco las llaves para abrir la puerta y juntas entramos. Pasa una eternidad mientras el ascensor baja de la novena planta y nos sube al ático.
—En el anuncio no pusiste que se trataba de un ático —refunfuña.
«¿También va a ponerle pegas?»
—Se me pasó. ¿Tienes algún problema? —Contesto algo irritada.
—Pues la verdad es que... ¡Ninguno! —Chilla—. Esto es increíble, Cía.
Y de repente la veo abalanzándose encima de mí.
—Nos vamos a llevar, genial, mon chéri —dice con su acento francés mientras me abraza de una manera un tanto incómoda.
—Ven, voy a enseñarte tu habitación —le digo, soltándome de ella.
Es verdad que necesitaba a alguien que me hiciera compañía, pero, ¿he hecho bien metiendo a la primera persona que me ha aparecido?
Subimos al ático y le enseño la habitación de invitados. Cuando vienen mis padres suelen quedarse aquí. Tiene una cama de matrimonio y una televisión de 46 pulgadas. No creo que pueda quejarse.
—En esta planta también hay un cuarto de baño, por si no te apetece bajar al piso de bajo.
—Gracias —dice sonriéndome.
—Sophie, ¿puedo preguntarte por qué vas tan elegante? —Le digo cambiando de tema.
—Claro —sonríe—, en media hora o así, vendrá Dani a por mí; vamos a celebrar los 23 meses que llevamos juntos.
El nudo de la garganta, sin saber por qué, se me sube de nuevo impidiéndome tragar, pero por suerte esta vez desaparece enseguida.
—Entonces pásalo bien —contesto, y cambiando de nuevo de tema, añado—: ¿Te enseño el resto de la casa?
—¡Por supuesto!
Media hora más tarde Sophie ya se conoce mi casa como la palma de su mano y está a punto de salir por la puerta.
—Llama al timbre cuando vuelvas, no te preocupes por despertarme. Mañana iré a hacerte una copia de las llaves.
—Claro, tranquila —dice.
La veo salir por la puerta con el mismo conjunto de antes pero con algo más. «Claro, cómo no». Pienso fijándome en su bolso de Yves Saint Laurent.
Después de pasarme cinco minutos mirando a la nada, decido hacerme unas palomitas y ver una de mis películas favoritas: «Cuando te encuentre». El papel que hace Zac Efron me tiene enamorada desde que vi la película por primera vez.
Diez minutos después, mi loft huele a cine por el olor de las palomitas recién hechas y el guapo de Zac ya me está esperando en el comedor. Cuando me acuesto en el sofá, me echo por encima una manta fina y cojo el mando para darle al «Play», pero, como por arte de magia, mi teléfono empieza a sonar.
—¿Diga?
—¿Cía?, soy Max. ¿Podemos hablar un momento?
—¿Qué? —Pregunto con apenas un hilo de voz.
—Tranquila, era coña —oigo que se ríe a carcajadas a la otra parte del teléfono—. Simplemente te llamaba para decirte que ya lo tengo todo a punto para ir cuando sea.
Noto que el corazón va disminuyendo la rapidez de sus latidos y cuando ya puedo responder, digo:
—Esto... Yo estoy en el metro, a nada de llegar, nos vemos en el portal en unos 5 minutos. ¿Te parece bien?
—Sí, claro. Me parece perfecto.
Bajo tranquilamente en la parada «Passeig de Gràcia» y comienzo a caminar hacia mi piso. Cuando llego, me doy cuenta de que Sophie ya me está esperando. Está mirando el escaparate de la joyería de la esquina y juraría que —de ser posible—, de sus ojos salen corazones. Intento acercarme para averiguar qué la ha enamorado, pero en cuanto doy dos pasos hacia delante, Sophie se gira. Al verme, se dirige hacia mí con su maleta de Michael Kors y sus tacones de diez centímetros. Se ha cambiado de ropa y ahora lleva puesto un vestido blanco de encaje y una americana negra, y de repente me pregunto por qué va tan elegante si total solo va a mudarse.
—Necesito el número de tu cuenta para ingresarte el dinero del alquiler —dice nada más llega a mi lado. —Aunque si lo prefieres, puedo dártelo en metálico —y ríe.
—En metálico va bien —contesto irónica, esperando que no me lo haya dicho en serio. Pero de repente abre la cartera y veo cómo un billete de 500 y uno de 50 se asoman junto a otros de 20 y 10.
—¡Joder! —Exclamo sin darme cuenta.
—¿Entonces en metálico? —Pregunta.
Sin contestar, saco las llaves para abrir la puerta y juntas entramos. Pasa una eternidad mientras el ascensor baja de la novena planta y nos sube al ático.
—En el anuncio no pusiste que se trataba de un ático —refunfuña.
«¿También va a ponerle pegas?»
—Se me pasó. ¿Tienes algún problema? —Contesto algo irritada.
—Pues la verdad es que... ¡Ninguno! —Chilla—. Esto es increíble, Cía.
Y de repente la veo abalanzándose encima de mí.
—Nos vamos a llevar, genial, mon chéri —dice con su acento francés mientras me abraza de una manera un tanto incómoda.
—Ven, voy a enseñarte tu habitación —le digo, soltándome de ella.
Es verdad que necesitaba a alguien que me hiciera compañía, pero, ¿he hecho bien metiendo a la primera persona que me ha aparecido?
Subimos al ático y le enseño la habitación de invitados. Cuando vienen mis padres suelen quedarse aquí. Tiene una cama de matrimonio y una televisión de 46 pulgadas. No creo que pueda quejarse.
—En esta planta también hay un cuarto de baño, por si no te apetece bajar al piso de bajo.
—Gracias —dice sonriéndome.
—Sophie, ¿puedo preguntarte por qué vas tan elegante? —Le digo cambiando de tema.
—Claro —sonríe—, en media hora o así, vendrá Dani a por mí; vamos a celebrar los 23 meses que llevamos juntos.
El nudo de la garganta, sin saber por qué, se me sube de nuevo impidiéndome tragar, pero por suerte esta vez desaparece enseguida.
—Entonces pásalo bien —contesto, y cambiando de nuevo de tema, añado—: ¿Te enseño el resto de la casa?
—¡Por supuesto!
Media hora más tarde Sophie ya se conoce mi casa como la palma de su mano y está a punto de salir por la puerta.
—Llama al timbre cuando vuelvas, no te preocupes por despertarme. Mañana iré a hacerte una copia de las llaves.
—Claro, tranquila —dice.
La veo salir por la puerta con el mismo conjunto de antes pero con algo más. «Claro, cómo no». Pienso fijándome en su bolso de Yves Saint Laurent.
Después de pasarme cinco minutos mirando a la nada, decido hacerme unas palomitas y ver una de mis películas favoritas: «Cuando te encuentre». El papel que hace Zac Efron me tiene enamorada desde que vi la película por primera vez.
Diez minutos después, mi loft huele a cine por el olor de las palomitas recién hechas y el guapo de Zac ya me está esperando en el comedor. Cuando me acuesto en el sofá, me echo por encima una manta fina y cojo el mando para darle al «Play», pero, como por arte de magia, mi teléfono empieza a sonar.
—¿Diga?
—¿Cía?, soy Max. ¿Podemos hablar un momento?
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)