jueves, 27 de agosto de 2015

Epílogo.

  Estoy acostada en la cama. Hace un rato que mi madre ha entrado para verme de nuevo.
  Me ha preguntado cómo estaba, si me he encontraba mejor. Le he dicho que bien, como siempre —como de normal para que no se preocupe—. Que solo tengo que acostumbrarme y que únicamente me duele un poco la cabeza. Cómo no, me ha dicho que deje de pensar en tantas cosas, que intente despejarme y si hace falta que me vuelva a dormir.
  Nunca creí que lo fuera a decir, pero deseo levantarme ya de esta cama y salir a la calle.
  Hace apenas cuatro días que he salido del hospital en el cual llevaba ingresada seis años, creo que ya tengo suficiente cama de por vida.
  Me levanto y me miro otra vez en el espejo. Apenas he envejecido, pero ya tengo 22 años. En cambio, lo que sí se siguen marcando, son mis ojeras, y me da la sensación de que de un momento a otro van a rozar el suelo y me voy a tropezar al pisarlas. Sí, nací algo torpe.
  Quiero saber qué ha sido de Álex, mi exnovio. Mi madre me dijo que lo dejamos unos meses antes de que yo cayese en coma. Según ella no iba bien lo nuestro; yo, sinceramente, no lo recuerdo.
  Enciendo el ordenador y me doy cuenta de que tengo las cuentas de las redes sociales eliminadas.

"Era de esperar", me digo.

  Por probar, intento entrar en mi blog. 

"Sigue intacto", digo medio sonriendo.

  Hace demasiado tiempo que no escribo. Quizá me vuelva a coger, es algo que siempre he necesitado hacer para evadirme de este mundo. Quizá incluso podría narrar una novela, algo que haga que la gente se enganche.
  Me pongo a pensar, y sin poder evitarlo pienso en sus ojos verdes azulados, en lo feliz que me hacía aunque fuese en sueños. En que necesito encontrarle, porque sé que existe. Que puede que esté ahí fuera, esperándome.

"¿Qué dices, Cía?", me pregunto yo sola, "deja de fantasear".

  Me vuelvo de nuevo a la cama, y con la inspiración a flor de piel, comienzo a escribir. Las palabras salen como si llevasen toda la vida queriendo salir, y es comprensible. 
  En cuestión de hora y media tengo el primer capítulo escrito y me siento orgullosa al releerlo.

  A los cinco minutos, cierro el ordenador y cogiéndolo con el antebrazo bajo al comedor. Mi madre está preparando unas crêpes como solo ella sabe hacer.  Ya no las recordaba.
  Últimamente me está mimando mucho, y no la culpo, pero como siga así, voy a salir rodando por la puerta de casa cada vez que tenga que irme.

—Huele de maravilla —sonrío mirando a mi madre.
—Echaba de menos cocinar para ti... —dice con los ojos acristalados.

  Se hace un silencio algo incómodo y lo rompo con lo único que tengo en mente:

—Sabes mamá, he estado pensando en escribir una novela.
—¿Ah, sí?, ¿y eso?
—Bueno, ya sabes que siempre me ha gustado escribir, más bien, lo he necesitado, y como ahora tengo algo de tiempo, me he dicho "¿por qué no?".

  Mi madre se me queda mirando algo extrañada, mira las crêpes de nuevo y me vuelve a mirar.

—Si es lo que te gusta, adelante, tienes mi apoyo, por supuesto.

  Me acerco a ella y únicamente puedo abrazarla, desde siempre ha sido mi mayor apoyo y mi mayor ejemplo a seguir.

—Y bueno —me dice mientras estoy entre sus brazos—, ¿cómo piensas llamar a tu criatura? —ríe y yo río con ella.

  Me paro a pensar.

—Va a llamarse "Noches entre folios", mamá, y si quieres leer el primer capítulo, ya lo tengo.

  Le tiendo el ordenador abriendo el documento de Word y comienza a leer:
Capítulo 1.
 "Y allí estaba él, sentado en la silla de su escritorio con las manos en la cabeza mientras contaba las horas como si de minutos se tratasen, no había nada que no le recordase a ella, a su perfume, a sus horas de continuas sonrisas, a sus preciosos ojos de un color verde esmeralda mezclado con gotas de Coca-Cola.
    Todas las noches se resumían a lo mismo, a mil preguntas yendo y viniendo a su mente, pero ninguna quedándose, ninguna siendo contestada. Habían sido noches de insomnios, noches de desvelos, noches de levantarse a las tantas de la madrugada empapado de sudor... Quería borrar todos los recuerdos, no sentir nada más, pasar por aquel banco dónde un día estuvieron sentados y no llorar al recordar su nombre, pero le resultaba imposible. Necesitaba pasar de página, olvidarla, pero cada vez que intentaba hacerlo volvía a caer, volvía a pensar en ella, en si estaría bien sin él, en si ahora sería feliz..."

martes, 11 de agosto de 2015

Capítulo 55.

13:49 de esa misma mañana en aquel rincón de la playa de La Barceloneta...

—¿Te encuentras bien, David? —preguntó Marta.
—Sí, claro.

  Pero sus ojeras y sus nudillos amoratados no decían lo mismo.

—¿Has vuelto a saber algo de Cía? —preguntó esta vez el chico en voz baja.
—No... No hemos hablado de nuevo —susurró Marta—. No sé nada de ella...
»¿Vas a ir a buscarla?

Silencio.

—No. Ella ha decidido no querer saber más de mí...


A esa misma hora, en otra parte de España, dentro de un coche a 110 km/h...

"Está preciosa durmiendo, y ella debería saberlo", pensaba Diego mientras hacía la autopista suya.
  Amaba la velocidad más que a nada en el mundo, pero no quería poner la vida de la chica en peligro.

—Buenos días, preciosa.
—Lo siento... —se disculpó Cía al darse cuenta de que se había pasado la mitad del trayecto en los brazos de Morfeo.
—Nos acostamos tarde, es normal, no tienes nada de lo que disculparte.
—Anoche no pude dormir —Cía agachó la cabeza y se frotó ambos ojos con las yemas de los dedos.

  Diego, al escucharla, se desvió hacia un área de servicio cercana y le preguntó:

—¿Me lo cuentas mientras comemos?, me ha entrado bastante hambre.
—Claro —sonrió la chica.

  Veinte minutos después, Diego salió de la autovía E-90/AP-2 y se dirigió al área de servicio de Los Monegros.
  "Jóvenes eternamente", de Pol 3.14, sonaba en el último momento antes de estacionar el coche.

—Espera, espera, déjame escucharla —chilló Cía cual niña pequeña encendiendo de nuevo la radio.

"Y yo que no puedo estar sin ti, 
no he encontrado la manera de que no tengas que morir...

Si te quedas quieta ahí...
Yo te grabo en mi cabeza cuando no paras de reír..."

  Ambos cantaron al unisono la letra, como si la estuviesen leyendo.

—No sabía que te gustaba Pol... 
—Bueno, me trae buenos recuerdos —Diego sacó las llaves y salió del coche.

  Llegando al restaurante, Cía se fijó en el tatuaje que tenía Diego en el tobillo derecho. Una pequeña D y una especie de brújula sin norte caracterizaban esa parte de su cuerpo.
  Ya comiendo, a Cía le entró la curiosidad.

—¿Por qué el tatuaje del tobillo?, no me digas que la D es de tu nombre —preguntó entre risas mientras bebía su típico Nestea.

  Diego se calló.

—No Cía, no es de mi nombre.
—Vaya, qué serio te has puesto —dijo Cía frunciendo el ceño mientras se le escapaba su risilla tonta.
—¿Te lo cuento o vas a seguir riéndote?
—Sí, sí —se disculpó.
—No te dije toda la verdad... Sobre mi hermano —respiró. —El día que me dijeron que estaba viviendo en Barcelona, y que tenía un año menos que yo, también me dijeron que se llamaba David.

  Cía se quedó completamente blanca. Lo había presentido, pero no era esa la respuesta que se hubiese imaginado nunca que contestaría.

—La brújula sin norte, es como decir que no sé por dónde ir, no sé cómo encontrarlo... Aunque cada vez, sé que estoy más cerca de él... —continuó diciendo.

  La chica no sabía qué decir, no sabía si contarle toda la verdad, decirle que su hermano perdido había sido el gran amor de su vida, acabado en desastre y caos, y que en cuestión de horas iban a reencontrarse.

—¿Qué pasa, Cía?, ¿estás bien?
—Sí, sí. Creo que me ha sentado mal la comida —dijo la chica acabando de jugar con las verduras de su plato.
—¡Si apenas has comido nada!
—Estoy bien, no te preocupes.
—Mejor nos vamos ya —dijo Diego ya de pie cogiendo las llaves de su BMW del bolsillo izquierdo de su pantalón.

  Al levantarse de la silla, Cía cogió instintivamente la mano del chico y entrelazó sus dedos con los de él.

16:22 a media hora de Torres de Segre, Catalunya...

—Hay algo que quiero decirte, Diego...
—Dime, pequeña —dijo girando la cabeza hacia ella.
—Verás... Sé quién es tu herman...

  Pero antes de terminar la frase —como si el destino lo hubiese querido—, el Audi 4 gris que tenían enfrente frenó en secó, haciendo que Diego girase bruscamente el volante y acabase sobre los quitamiedos junto a Cía.

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"—Irene, Irene —oigo que dice alguien entre sollozos a mi alrededor—, acaba de despertarse.
—Llama al doctor, Adrián —dice otra voz.
—Mamá, mamá, ¿dónde estoy? —me cuesta respirar y no siento las piernas. —¿Y Diego? ¡Teníamos que ir al entierro de Laura, mamá!

Silencio...

—¿Mamá? —repito de nuevo.
—Cía, ¿quiénes son Diego y Laura? —me pregunta—. Cariño... Llevas 6 años en coma."



Fin.

Capítulo 54.

"06:04: Diego: ¿Estás ahí, Cía?
06:05: Cía: Lo siento, Diego, me había dormido. Hablamos mañana, ¿vale? ¿A qué hora nos iremos?
06:05: Diego: No te preocupes, pequeña, me parece bien. ¿Sobre las 12:30?, voy a ver si duermo un poco más...
06:07: Cía: Sí, claro. Cuando tú digas. Hasta mañana. 
06:08: Diego: Hasta mañana, bonita."

"Podría hacer como si nada... No, no, ¿qué ideas más absurdas se te ocurren, Cía?", se preguntó ella misma, "es demasiado grande el parecido que tienen, y si encima tienes que presentarles..."

  Prefirió dejar de pensar y, dejando el móvil sobre la mesita de noche, abrazó a su pequeño conejo de peluche y cerró los ojos.


  Todavía recuerdo cómo sus ojos miraban al horizonte fijamente, cómo sus manos, postradas en el borde de la ventana, se movían deprisa y sus dedos hacían nacer el más dulce compás conocido. Recuerdo también, que cada pelo incipiente de su barba de vez en cuando le picaba; le hacía aun más humano. Sí, es verdad, y lo admito, normalmente, por no decir siempre, solía observarle: me gustaba hacerlo. Me gustaba fotografiarle con los ojos y guardar cada imagen en mi mente como si de una inmensa carpeta de fotos se tratase. No sé, me gustaba él.

—¡Joder!

  Cía, volvió a mirar su reloj-despertador: 10:03. Apenas había dormido 4 horas, pero le eran suficientes. Tercera pesadilla consecutiva, ya había tenido suficiente por esa noche.
  Sentándose en el borde de su cama, intentando no perder el equilibrio por la tensión matutina, cogió el móvil de su mesita y revisó sus notificaciones.
  Nada. No había ningún mensaje de nadie en ninguna conversación.

—Genial.

  Finalmente, después de echarse de nuevo sobre el colchón por la vagancia de levantarse, puso los pies en el suelo e hizo impulso por levantar el cuerpo de su cama.
  Se dirigió al cuarto de baño, como apenas cuatro horas antes había hecho y de nuevo volvió a mojarse la cara para despejarse de todo; o al menos intentarlo.

—Mírate, si parece que acabes de salir del rodaje de The Walking Dead —le dijo a su reflejo.

  Haciéndose caso a sí misma, hizo lo posible por arreglar mínimamente su cara y cogiendo primero la crema hidratante y después la base del maquillaje, solucionó el pequeño problema.

"Cómo no, el maquillaje la solución para todo", pensó riéndose entre dientes.

  Sus padres aún seguían durmiendo y lo supo por los ronquidos de Adrián. Bajó sigilosamente por las escaleras y fue directamente a la cocina donde se preparó un vaso de leche con Nesquik y cereales.
  Al terminar, puso el recipiente ya vacío en el lavavajillas y subió de nuevo a su habitación. Se disponía a vestirse cuando su madre apareció en el marco de la puerta.

—¿Os vais ya?
—No, mamá, nos iremos sobre las 12 y media o así. Aún queda mas de hora y media.
—¿Ya has desayunado? 
—Sí, no te preocupes.
—¿Estás bien? —preguntó de nuevo Irene.
—Sí, mamá, estoy bien, de verdad.
—Está bien, estaré bajo si necesitas algo.

  Y sin esperar a obtener respuesta alguna de su hija, Irene desapareció de la puerta.


12:15 en ese mismo lugar...

"12:15: Diego: Cía, ¿ya estás? ¿Paso ya a por ti?
12:15: Cía: Dame 5 minutos, pero sí."

  Cía acabó de recoger lo imprescindible para pasar dos noches fuera de casa y lo metió todo en la mochila que le había regalado su abuela dos años antes. Era de un color azul vaquero y tenía varios dibujos de anclas plateadas, desde entonces se había convertido en su favorita.

DING. DONG.

—¡Ya voy yo! —exclamó Cía desde el piso de arriba.

 Bajando a toda prisa, casi tropezando, logró llegar a la puerta antes que su madre, pero ésta no se quedó muy atrás y al abrirse la puerta, Irene observó boquiabierta al chico.

—Cía, ¿no se parece a Da...?
—No, mamá —dijo enseguida la chica antes de que su madre terminase la frase—. Nos vamos ya, te iré avisando por WhatsApp, tranquila, despide a papá por mí.

  Y antes de que su madre pudiese reaccionar, ambos chicos estaban dentro del coche.

—¿A quién se cree tu madre que me parezco, y por qué no la has dejado terminar, Cía?
—No, a nadie, olvídalo, anda, ¿podemos irnos ya?
—Sí, claro...