04:58 de la madrugada en aquella misma habitación...
Ojos.
Ojos verdes azulados.
Ese color invade toda la habitación.
Y le ve. Ahí está ese chico de los ojos verdes azulados. Delante de los pies de su cama. Al lado de la chica de los ojos verde esmeralda mezclados con gotas de Coca-Cola. Hacen buena pareja, a su parecer. Pero no. Ella no debería estar ahí. Él no es de ella. Él le sonríe, pero ella en cambio no. Ella está inconsciente. Ella no habla.
—¡Despierta, despierta! —chilla el chico. Pero ella no lo hace, aunque sigue de pie.
Un escalofrío recorrió la espalda de Cía. Sobresaltada se incorporó en la cama y se llevó la mano derecha a la frente. Empapada de sudor, decidió levantarse e ir al cuarto de baño a mojarse la cara. Era la segunda pesadilla consecutiva.
El reflejo en el cristal no se parecía en nada a ella. Los ojos enrojecidos, las bolsas hinchadas y con un leve tono morado.
Dejó de mirarse, y abrió el grifo para que el agua cayese sobre sus manos. Fría, como el hielo, sin pensárselo la echó en su cara acabando de despertarse del todo.
Se dirigió de nuevo a su habitación, abrió su armario y cogió la primera chaqueta que vio. Eran casi las 5 y cuarto de la mañana, y fuera, seguramente, haría frío.
Buscó entre los bolsillos de la maleta su paquete de Marlboro —por si a sus padres se les ocurría buscar algo, que no lo encontrasen— y salió al balcón que había en su habitación.
Sacó el mechero de dentro del paquete y a la vez un cigarrillo y se lo encendió. No acostumbraba a fumar, pero era algo que, en aquel momento, sin duda, le urgía.
La agonía de recordar que una de sus mejores amigas, estaba muerta, la estaba consumiendo.
Después del tercer cigarro contiguo, decidió entrar de nuevo a su habitación; necesitaba dormir aunque fuese una hora más.
Después de dar vueltas en la cama inútilmente, se dispuso a coger la cajita que yacía encima de su mesita. Observó de nuevo el anillo de plata y se percató de que en el interior estaba escrito su nombre en cursiva y con una letra preciosa.
Cogió la nota que se encontraba dentro de la caja y releyéndola una y otra vez, optó por hacer caso a la insinuación de Diego cuando le escribió el número en el reverso de ésta.
Apuntando los 9 dígitos en su teléfono, lo guardó con el nombre del chico y entró en WhatsApp. Revisó sus contactos y ahí estaba él. Con una foto suya de perfil en la que salía en una pasarela, desfilando con un chico más. Qué guapo era. Qué ojazos tenía. Su estado simplemente decía que era un chico "Ocupado".
"A estas horas estará aún durmiendo", pensó Cía al mirar su reloj-despertador en el que marcaban las 05:34.
Entró en su chat y vio que no había última conexión.
"Por si acaso", se dijo.
WhatsApp:
"05:35: Cía: Hola... ¿Estás despierto?"
"No va a contestar, es demasiado tarde, y si mañana tenemos que hacer el viaje, dudo que esté despierto", pensó Cía nada más acabar de enviar el mensaje, por lo que decidió dejar de nuevo su iPhone en la mesita de noche y dormirse.
Al cabo de diez minutos, el sonido característico del WhatsApp, sonó.
"05:46: Diego: Ahora sí, me ha despertado tu whats, pero no te preocupes; ¿qué haces despierta?"
Algo arrepentida, Cía tecleó lo más pronto posible.
"05:47: Cía: No podía dormir, y como no tenías última conexión no sabía si estarías durmiendo o no... Lo siento.
05:47: Diego: Ya te he dicho que no importa. ¿Estás bien, o necesitas compañía?, jajaja"
"Cómo no, Diego con sus coñas", pensó Cía evitando sonreír. No estaba para sonrisas, pero cuanto más lo pensaba, más quería sonreír.
"05:49: Cía: No estoy para gracias, Diego.
05:49: Diego: Tienes razón, Cía. Lo siento..."
"Tampoco pretendía molestarle", se dijo, "encima de que se está preocupando por mí..."
"05:51: Cía: Y bueno, cambiando de tema... No creo que el llevarme a Barcelona únicamente sea por acompañarme... ¿Quién se te ha perdido por allí?"
Silencio.
Escribiendo... En línea. Escribiendo...
Cía estaba poniéndose de los nervios.
"05:54: Diego: Bueno... A decir verdad, no es únicamente un viaje de compañía. Digamos que tengo un hermano perdido en Barcelona. Mi madre me dio en adopción nada más dar a luz. Sé que de ellos no se sabe nada, pero sé que mi hermano vive en Barcelona y tiene un año menos que yo..."
"Ese era el motivo por el cual me resultaba tan parecido a David... Es su hermano", concluyó Cía.
Cía es una adolescente de Zaragoza que se va a Barcelona por motivos de trabajo de su padre durante el verano, y en parte, por olvidar a su ex novio, Álex. Allí conoce a un chico llamado David, y todo va genial hasta que un día, Álex se presenta en su apartamento diciéndole que la echa de menos. ¿Qué pasará entre ambos?, ¿Cía se quedará con David, con Álex o con ninguno?
miércoles, 22 de julio de 2015
miércoles, 15 de julio de 2015
Capítulo 52.
—Lo siento muchísimo, Cía... De verdad —dijo Diego haciendo amago de abrazarla, pero Cía solo podía mirar el suelo.
Después de varios minutos en silencio, Diego se atrevió a decir con un hilo de voz:
—Lo mínimo que podría hacer sería llevarte otra vez a Barcelona, a verla por última vez...
La chica le miró sorprendida.
—¿Me lo estás diciendo en serio?
—Por supuesto; no me costaría nada coger el coche ahora mismo.
—Por favor... Haya pasado lo que haya pasado entre nosotras, no puedo quedarme aquí de brazos cruzados...
—Entonces —dijo Diego medio sonriendo—, coge cualquier cosa y mañana por la mañana paso a por ti.
—¿De verdad vas a hacer eso por mí...?
—Faltaría menos —asintió el chico—. Y ahora, duerme un poco, que lo necesitas.
Después de darle un beso en la frente, Diego se despidió de ella y se fue.
Cía, intentando meter las llaves dentro de la cerradura, seguía aguantando la presión en el pecho, el nudo en la garganta, y las infinitas ganas de llorar.
Entró por la puerta secándose la primera lágrima que le estaba cayendo y le dio las buenas noches a sus padres sin siquiera mirarles.
Ambos, tumbados en el sofá, como cualquier pareja adolescente, se levantaron del sofá al momento.
—Cía, ¿puedes venir? —preguntó Irene.
—No quiero hablar, mamá. Lo siento —contestó Cía comenzando a subir las escaleras.
—Me acaba de llamar Marta, cariño...
Al oír esto, Cía se giró hacia su madre, y corriendo fue a sus brazos.
—Ya está, cariño. Llora lo que necesites...
—Pero, ¿por qué, mamá? ¿Por qué?
Sus padres, intentando tranquilizarla, acabaron por acompañarla a su habitación.
—Si necesitas cualquier cosa, solo ven y dínoslo, ¿vale? —dijo Adrián.
—Sí, papá, gracias.
Y antes de que se fueran, Cía mencionó:
—Mamá. Mañana iré a Barcelona. Pasado mañana es el entierro y quiero estar allí.
—Pero, ¿con quién? —preguntó Irene extrañada.
—...con un amigo.
—Está bien, pero ve avisándome de vez en cuando, por favor —le pidió su madre entendiendo que su hija necesitaba ir—. Quisiéramos ir, cariño... Pero tu padre y yo trabajamos...
—Lo sé, mamá. No te preocupes. Estaré bien.
—Siempre voy a preocuparme de ti —le dijo su madre besándola en la mejilla—. Y ahora, duérmete, cielo.
Después de varios minutos en silencio, Diego se atrevió a decir con un hilo de voz:
—Lo mínimo que podría hacer sería llevarte otra vez a Barcelona, a verla por última vez...
La chica le miró sorprendida.
—¿Me lo estás diciendo en serio?
—Por supuesto; no me costaría nada coger el coche ahora mismo.
—Por favor... Haya pasado lo que haya pasado entre nosotras, no puedo quedarme aquí de brazos cruzados...
—Entonces —dijo Diego medio sonriendo—, coge cualquier cosa y mañana por la mañana paso a por ti.
—¿De verdad vas a hacer eso por mí...?
—Faltaría menos —asintió el chico—. Y ahora, duerme un poco, que lo necesitas.
Después de darle un beso en la frente, Diego se despidió de ella y se fue.
Cía, intentando meter las llaves dentro de la cerradura, seguía aguantando la presión en el pecho, el nudo en la garganta, y las infinitas ganas de llorar.
Entró por la puerta secándose la primera lágrima que le estaba cayendo y le dio las buenas noches a sus padres sin siquiera mirarles.
Ambos, tumbados en el sofá, como cualquier pareja adolescente, se levantaron del sofá al momento.
—Cía, ¿puedes venir? —preguntó Irene.
—No quiero hablar, mamá. Lo siento —contestó Cía comenzando a subir las escaleras.
—Me acaba de llamar Marta, cariño...
Al oír esto, Cía se giró hacia su madre, y corriendo fue a sus brazos.
—Ya está, cariño. Llora lo que necesites...
—Pero, ¿por qué, mamá? ¿Por qué?
Sus padres, intentando tranquilizarla, acabaron por acompañarla a su habitación.
—Si necesitas cualquier cosa, solo ven y dínoslo, ¿vale? —dijo Adrián.
—Sí, papá, gracias.
Y antes de que se fueran, Cía mencionó:
—Mamá. Mañana iré a Barcelona. Pasado mañana es el entierro y quiero estar allí.
—Pero, ¿con quién? —preguntó Irene extrañada.
—...con un amigo.
—Está bien, pero ve avisándome de vez en cuando, por favor —le pidió su madre entendiendo que su hija necesitaba ir—. Quisiéramos ir, cariño... Pero tu padre y yo trabajamos...
—Lo sé, mamá. No te preocupes. Estaré bien.
—Siempre voy a preocuparme de ti —le dijo su madre besándola en la mejilla—. Y ahora, duérmete, cielo.
martes, 7 de julio de 2015
Capítulo 51.
Dos horas y media antes en la zona ajardinada de la Avenida de la Ilustración...
—¿A qué esperas?, habla —dijo Cía ya fuera de sus casillas.
—Bueno, bueno, no sabía que tenías tanto interés en mí, pequeña —continuaba hablando Diego vacilante. Soltándole la mejilla que previamente le había pellizcado, le dijo:— Llegué al barrio unas horas antes de que tú te fueras, vi cómo tus padres metían el equipaje en el coche y te vi a ti, hablando con ese conejito azul, en la ventana.
»He de admitir, que nunca antes había sentido algo tan intenso viendo a una persona solamente una vez. Pero lo hice...
Cía se paró a respirar.
—¿De dónde vienes, Diego, qué edad tienes?, no sé —preguntó Cía algo confusa—. ¿Entiendes que no sé nada de ti y tú te plantas en mi casa sabiendo mi nombre, cuándo volvía, y mi dirección?
Cada vez que Cía miraba a Diego, recordaba a David. Los ojos eran totalmente diferentes, pero tenían algo, algo mínimo, en común.
—Tengo 21, vengo de Barcelona y de momento voy a vivir aquí. No sé quiénes son mis padres; me dieron en adopción nada más nacer y bueno, desde entonces he vivido de familia en familia hasta que cumplí los 18, que fue cuando comencé a trabajar como modelo.
»La agencia "Elite Model Look" me contrató y cambió mi vida. Moda, fotografías, todo lo que siempre había querido tener.
—¿Eres modelo? —preguntó de nuevo Cía más sorprendida todavía.
Aunque no entendía su sorpresa, Diego era uno de los chicos más guapos que había conocido.
—Sí, Cía, lo soy. ¿Te sorprende? —sonrió el chico con su perfecta sonrisa.
—Hmm... En fin. ¿Por qué me buscabas? —continuó preguntando Cía haciendo caso omiso a la pregunta retórica de Diego.
Silencio.
—Lo dicho, desde que te vi aquella vez, quise conocerte. Supuse que te irías por el equipaje y, por no haberme acercado en el momento, tuve que esperar, hasta hoy.
»Nuestra vecina, Carmen, estaba paseando a su perro cuando me vio mirándote, detrás de unos arbustos, cual niño pequeño mira las cometas.
"Es preciosa, ¿verdad?", me dijo. Yo sólo pude reírme y asentir, "sí, lo es".
»"¿Cómo se llama?", quise saber, y fue entonces cuando me dijo tu nombre y se fue.
—Entonces, ¿no sabías cuándo volvía?
—No, pequeña —rió Diego con la suficiente fuerza para contagiarle la risa a ella—. Paseaba adrede por aquí a diario para ver si habías vuelto, pero siempre se me hacía la misma rutina, no daba contigo.
—Hasta hoy... —dijo Cía en voz baja.
—Exacto, hasta hoy.
La manera en la que él la miraba, le transmitía cariño, confianza, desconociendo el porqué. Sus ojos sin duda eran otro mundo.
—¿Puedo replantearte la invitación para salir conmigo? —sonrió Diego mientras salían esas siete palabras de su boca.
—Quizá otro día, he vuelto cansada del viaje y aún no me he parado a descansar. Además, es tarde y debería volver ya a casa.
—Claro... —contestó él con un tono de decepción en la voz—, te acompaño.
15 minutos después...
Caminando bajo las estrellas del precioso cielo de Zaragoza, Cía y Diego caminaban ambos cabizbajos sin saber qué decir.
—Gracias, supongo —dijo Cía al llegar al portal de su casa.
—No ha sido nada. Lo hago encantado.
Cogiendo las llaves para abrir la puerta, Cía se percató de que la luz de la pantalla de su móvil parpadeaba y sin ver de quién se trataba, descolgó.
—¿Diga?
Al instante, después de colgar su teléfono, Cía se tiró al suelo.
—¡Cía! —chilló Diego, quién seguía estando allí con ella— ¿Qué ha pasado?, Dios.
Conforme la chica pudo, paralizada en el suelo y con la cara completamente pálida, contestó:
—Una de mis mejores amigas, ha muerto.
—¿A qué esperas?, habla —dijo Cía ya fuera de sus casillas.
—Bueno, bueno, no sabía que tenías tanto interés en mí, pequeña —continuaba hablando Diego vacilante. Soltándole la mejilla que previamente le había pellizcado, le dijo:— Llegué al barrio unas horas antes de que tú te fueras, vi cómo tus padres metían el equipaje en el coche y te vi a ti, hablando con ese conejito azul, en la ventana.
»He de admitir, que nunca antes había sentido algo tan intenso viendo a una persona solamente una vez. Pero lo hice...
Cía se paró a respirar.
—¿De dónde vienes, Diego, qué edad tienes?, no sé —preguntó Cía algo confusa—. ¿Entiendes que no sé nada de ti y tú te plantas en mi casa sabiendo mi nombre, cuándo volvía, y mi dirección?
Cada vez que Cía miraba a Diego, recordaba a David. Los ojos eran totalmente diferentes, pero tenían algo, algo mínimo, en común.
—Tengo 21, vengo de Barcelona y de momento voy a vivir aquí. No sé quiénes son mis padres; me dieron en adopción nada más nacer y bueno, desde entonces he vivido de familia en familia hasta que cumplí los 18, que fue cuando comencé a trabajar como modelo.
»La agencia "Elite Model Look" me contrató y cambió mi vida. Moda, fotografías, todo lo que siempre había querido tener.
—¿Eres modelo? —preguntó de nuevo Cía más sorprendida todavía.
Aunque no entendía su sorpresa, Diego era uno de los chicos más guapos que había conocido.
—Sí, Cía, lo soy. ¿Te sorprende? —sonrió el chico con su perfecta sonrisa.
—Hmm... En fin. ¿Por qué me buscabas? —continuó preguntando Cía haciendo caso omiso a la pregunta retórica de Diego.
Silencio.
—Lo dicho, desde que te vi aquella vez, quise conocerte. Supuse que te irías por el equipaje y, por no haberme acercado en el momento, tuve que esperar, hasta hoy.
»Nuestra vecina, Carmen, estaba paseando a su perro cuando me vio mirándote, detrás de unos arbustos, cual niño pequeño mira las cometas.
"Es preciosa, ¿verdad?", me dijo. Yo sólo pude reírme y asentir, "sí, lo es".
»"¿Cómo se llama?", quise saber, y fue entonces cuando me dijo tu nombre y se fue.
—Entonces, ¿no sabías cuándo volvía?
—No, pequeña —rió Diego con la suficiente fuerza para contagiarle la risa a ella—. Paseaba adrede por aquí a diario para ver si habías vuelto, pero siempre se me hacía la misma rutina, no daba contigo.
—Hasta hoy... —dijo Cía en voz baja.
—Exacto, hasta hoy.
La manera en la que él la miraba, le transmitía cariño, confianza, desconociendo el porqué. Sus ojos sin duda eran otro mundo.
—¿Puedo replantearte la invitación para salir conmigo? —sonrió Diego mientras salían esas siete palabras de su boca.
—Quizá otro día, he vuelto cansada del viaje y aún no me he parado a descansar. Además, es tarde y debería volver ya a casa.
—Claro... —contestó él con un tono de decepción en la voz—, te acompaño.
15 minutos después...
Caminando bajo las estrellas del precioso cielo de Zaragoza, Cía y Diego caminaban ambos cabizbajos sin saber qué decir.
—Gracias, supongo —dijo Cía al llegar al portal de su casa.
—No ha sido nada. Lo hago encantado.
Cogiendo las llaves para abrir la puerta, Cía se percató de que la luz de la pantalla de su móvil parpadeaba y sin ver de quién se trataba, descolgó.
—¿Diga?
Al instante, después de colgar su teléfono, Cía se tiró al suelo.
—¡Cía! —chilló Diego, quién seguía estando allí con ella— ¿Qué ha pasado?, Dios.
Conforme la chica pudo, paralizada en el suelo y con la cara completamente pálida, contestó:
—Una de mis mejores amigas, ha muerto.
jueves, 2 de julio de 2015
Capítulo 50.
—Haga el favor de salir de aquí, por favor —le dijo una enfermera a David.
—¿Se va a recuperar?, ¿se va a recuperar? —preguntaba el chico reiteradamente con las lágrimas a punto de desbordarse por sus ojos.
—Salga —repitió la enfermera.
Después de varios empujones, a David no le quedó más remedio que salir por la puerta ya con las mejillas medio mojadas. Encendido por la impotencia de no poder hacer nada, fue directamente hacia el ascensor y pulsó el botón que le dirigió a la última planta.
Metido en aquella caja metálica que estaba comenzando a agobiarle, se miró en el espejo y viéndose los ojos verdes azulados —bañados en sangre en ese momento—, golpeó el cristal con todas sus fuerzas.
—¡Joder!
Sin llegar a romper el reflejo que tenía delante de él, salió de allí, caminando hacia la terraza. Necesitaba respirar aire fresco.
El suelo estaba mojado, había llovido y él ni siquiera se había percatado.
Se asomó al borde de la barandilla y miró el mar en todo su esplendor. La luna llena estaba totalmente visible y se reflejaba en el agua. Pero esa noche, ni siquiera esa maravilla la veía bonita.
Se tocó los bolsillos; ahí estaba. En el derecho. Sacó su paquete de tabaco, lo abrió, cogió un cigarrillo y volvió a dejarlo en el mismo sitio. Sujetándolo con la boca buscó el mechero para encenderlo. Después de darle vida a un objeto que le estaba quitando la suya, se volvió a mirar los nudillos.
Apenas tenían tres cortes y eran profundos, pero no le dolían. El dolor en esos momentos venía de dentro y no sabía cómo calmarlo.
Terminó de fumarse su "salvavidas sarcástico" —como lo llamaba él—, y lo lanzó lo más lejos posible.
Había pasado media hora, pero ninguna enfermera que anduviese por allí, o cualquier médico en prácticas sabía qué le pasaba a Laura.
"¿Alguien me puede decir qué cojones pasa?", se dijo el chico a sí mismo.
—¿¡Alguien!? —chilló inevitablemente.
Nadie le escuchó.
Pasados quince minutos, la enfermera que le había sacado a empujones, le chistó.
—¿Eres el novio de Laura?
—Sí —dijo sin pensárselo dos veces David.
—Esto... Lo siento, chico.
»No hemos podido hacer nada...
Silencio.
—¿Puede decirme... Al menos... Qué le pasaba? —preguntó David con un hilo de voz.
—No nos dimos cuenta a tiempo. Tenía un ataque cerebral, por ello que no recordase la mitad de cosas... Posteriormente, se rompió el vaso sanguíneo que iba directamente al cerebro y causó la hemorragia cerebral.
»No había nada qué hacer...
—Gracias —dijo David sin poder articular ninguna palabra más.
—Chico, estás sangrando —le dijo la enfermera observando sus nudillos—, ven conmigo que te cure eso.
Sin hacer caso omiso, David se dio media vuelta y se dirigió de nuevo al ascensor.
Saliendo del hospital con su capucha sobre su cabeza, se encendió otro cigarrillo. Se volvió a mirar los nudillos. La sangre ya estaba comenzando a volverse de color negro, pero no le importó.
Sacando su iPhone del bolsillo izquierdo, marcó un número y se mantuvo a la espera.
Después de tres pitidos sólo pudo decir:
—Cía, Laura ha muerto.
Y, dicho esto, colgó.
—¿Se va a recuperar?, ¿se va a recuperar? —preguntaba el chico reiteradamente con las lágrimas a punto de desbordarse por sus ojos.
—Salga —repitió la enfermera.
Después de varios empujones, a David no le quedó más remedio que salir por la puerta ya con las mejillas medio mojadas. Encendido por la impotencia de no poder hacer nada, fue directamente hacia el ascensor y pulsó el botón que le dirigió a la última planta.
Metido en aquella caja metálica que estaba comenzando a agobiarle, se miró en el espejo y viéndose los ojos verdes azulados —bañados en sangre en ese momento—, golpeó el cristal con todas sus fuerzas.
—¡Joder!
Sin llegar a romper el reflejo que tenía delante de él, salió de allí, caminando hacia la terraza. Necesitaba respirar aire fresco.
El suelo estaba mojado, había llovido y él ni siquiera se había percatado.
Se asomó al borde de la barandilla y miró el mar en todo su esplendor. La luna llena estaba totalmente visible y se reflejaba en el agua. Pero esa noche, ni siquiera esa maravilla la veía bonita.
Se tocó los bolsillos; ahí estaba. En el derecho. Sacó su paquete de tabaco, lo abrió, cogió un cigarrillo y volvió a dejarlo en el mismo sitio. Sujetándolo con la boca buscó el mechero para encenderlo. Después de darle vida a un objeto que le estaba quitando la suya, se volvió a mirar los nudillos.
Apenas tenían tres cortes y eran profundos, pero no le dolían. El dolor en esos momentos venía de dentro y no sabía cómo calmarlo.
Terminó de fumarse su "salvavidas sarcástico" —como lo llamaba él—, y lo lanzó lo más lejos posible.
Había pasado media hora, pero ninguna enfermera que anduviese por allí, o cualquier médico en prácticas sabía qué le pasaba a Laura.
"¿Alguien me puede decir qué cojones pasa?", se dijo el chico a sí mismo.
—¿¡Alguien!? —chilló inevitablemente.
Nadie le escuchó.
Pasados quince minutos, la enfermera que le había sacado a empujones, le chistó.
—¿Eres el novio de Laura?
—Sí —dijo sin pensárselo dos veces David.
—Esto... Lo siento, chico.
»No hemos podido hacer nada...
Silencio.
—¿Puede decirme... Al menos... Qué le pasaba? —preguntó David con un hilo de voz.
—No nos dimos cuenta a tiempo. Tenía un ataque cerebral, por ello que no recordase la mitad de cosas... Posteriormente, se rompió el vaso sanguíneo que iba directamente al cerebro y causó la hemorragia cerebral.
»No había nada qué hacer...
—Gracias —dijo David sin poder articular ninguna palabra más.
—Chico, estás sangrando —le dijo la enfermera observando sus nudillos—, ven conmigo que te cure eso.
Sin hacer caso omiso, David se dio media vuelta y se dirigió de nuevo al ascensor.
Saliendo del hospital con su capucha sobre su cabeza, se encendió otro cigarrillo. Se volvió a mirar los nudillos. La sangre ya estaba comenzando a volverse de color negro, pero no le importó.
Sacando su iPhone del bolsillo izquierdo, marcó un número y se mantuvo a la espera.
Después de tres pitidos sólo pudo decir:
—Cía, Laura ha muerto.
Y, dicho esto, colgó.
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