martes, 3 de febrero de 2015

Capítulo 40.

  David se levantó de repente y fue directo al cuarto de baño. 
  Cía seguía tendida en la cama, únicamente con una fina sábana blanca que le cubría parte de la pierna derecha y, abrazada a la almohada que poco antes estaba bajo la cabeza del chico.
  Se miró en el espejo y sintió cómo sus mejillas empezaban a arder, cómo la sangre de las venas de las manos corría con fuerza por su interior.
  
"¿Y qué hago ahora?", pensó David mientras caminaba de un lado a otro dentro del pequeño lugar.

  El correo de la policía, quería decir que sus padres habían sido encontrados: vivos, perdidos, muertos... Cualquier cosa era posible, y él no tenía ni idea de qué.
  Que tenía un hermano desparecido... Y que sólo sabían dónde estaba.
  Fran era su hermano adoptivo, al que apenas veía, y sus padres que raramente mencionaba cuando estaban juntos, no se llevaban bien con él.
  David había crecido prácticamente sin familia, así que por fin había llegado la hora de conocer a la verdadera; a esa que desapareció cuando sólo era un crío.

  Diez minutos después de estar tan alterado, volvió a la habitación. Miró hacia la cama —Cía, separada ya de la almohada, continuaba durmiendo plácidamente— y la volvió a observar. Se fijó, en cómo la luz de la Luna, que estaba por desaparecer en breves, seguía alumbrándole la cara; de qué manera respiraba, y contó las veces que movía la boca cual pececito a punto de comer.
  Meneó la cabeza haciendo amago de quitarse esos pensamientos de la cabeza y buscó, primero, sus bóxers negros de Calvin Klein.
  Los encontró debajo de la cama de ella, hechos una bola. Los giró, se los puso sin problema alguno y un instante después, hizo el mismo procedimiento con sus pantalones.

"Odio que se me quede la ropa del revés", pensó el chico, y rió de su pensamiento sin motivo.

  Al acabar de vestirse, con cuidado, se acercó a Cía y la besó suavemente en la frente, pretendiendo no despertarla con sus labios.
  La chica se dio media vuelta en la cama, como si nada hubiese pasado, y continuó en su constante sueño.
  Tenía en mente que en cuestión de horas, ella y su familia volvían a casa, a Zaragoza, y pretendía zanjar su tema antes de ese suceso.

—Volveré antes de que te hayas ido, pequeña... Te lo prometo.

  Y dicho esto, salió de aquella habitación donde horas antes había hecho a Cía, suya.

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