8:10 de la mañana en una calle de la Barceloneta.
«Paseo por la calle "...dels Carrers". Hay un hombre sentado en el bordillo de lo que parece ser una pequeña plaza. Está solo. Bueno, solo no; le acompañan como diez palomas. Casi todas de un plumaje diferente entre ellas.
El hombre, de unos 70, 75 años me sonríe con los pocos dientes que le quedan, y hace amago de darme un trozo de pan con la mano derecha. Niego con la cabeza, a unos diez metros de él, aunque regalándole una sonrisa como agradecimiento.
Ese momento, me ha recordado al señor que siempre veía en el parque, al que solía ir de pequeño, cuando mi madre me acompañaba cada tarde.
"Has venido a descubrir eso mismo, ¿no?", me digo a mí mismo. "¿Pues a qué esperas?"
La pregunta retórica rebota en mi cabeza como unas tres veces seguidas, sin obtener respuesta alguna.
Camino cabizbajo, con mi habitual capucha y mirándome las nuevas zapatillas blancas Vans que me he comprado.
No sé qué fue de mis padres, pero sí sé, que antes de abandonarme, sin ningún porqué, me dejaron una cuenta en el banco con más dinero del que me pude imaginar en mi vida. Mi padre era un hombre respetable, de alto rango y muy bueno en su oficio. Desde siempre le había apasionado el mundo de las leyes —afición rara, pero para gustos colores—, y había acabando siendo lo que deseaba: Juez.
Mi madre, en cambio, apostaba más por el baile. Profesional del baile de salón, daba clases particulares en una de las academias más conocidas de toda Barcelona.
Tenía los mejores padres del mundo, tuviesen o no dinero, pero todo aquello, un día desapareció.
Después de un horrible accidente de coche, no volví a saber de ellos; nunca fueron encontrados.
Yo apenas tenía 14 años cuando ocurrió, y durante los cuatro años siguientes, hasta que fui mayor de edad; viví con una familia de acogida, que sólo me quería para mantener mi dinero en sus manos, y con mi hermano pequeño, Fran, que para entonces, se convirtió en eso, en mi único hermano.
Me paro en seco en medio de la calle y me vuelvo a repetir que deje de recordar y que haga lo que he ido a hacer: Encontrarles.
Entro a la comisaría, buscando obsesionado al jefe de la policía, el tal supuesto M. Valls.
Sale al cabo de unos 10 minutos y se presenta:
—Debes ser David García, ¿verdad? — dice tendiéndome la mano.
Asiento con la cabeza sin articular palabra alguna haciendo el mismo gesto.
—Manel Valls, encantado.
Es un hombre alto, con alguna que otra cana asomándose entre sus cabellos negros, viste de traje, a diferencia que el resto del cuerpo de policía y tiene pinta de ser legal.
—¿Que saben de ellos? —pregunto sin más.
—Pasa, muchacho, tenemos muchas cosas de las que hablar...»
No hay comentarios:
Publicar un comentario