lunes, 23 de febrero de 2015

Capítulo 42.

Toc, toc.

—¿Cía?, Cía, cariño, despierta —dijo su madre a través de la puerta—. Son las 10 de la mañana ya, y en cuestión de un par de horas nos tenemos que ir, ¿recuerdas?

"Mierda, mierda", pensó Cía, "¿y David?, ¿ya son las 10?, ¡me he quedado dormida, joder!"

  La chica se levantó a toda prisa. Menos mal que su madre no había entrado, sino, si que se hubiese llevado un buen disgusto, supone ella. Desnuda y únicamente con las sábanas como pijama, hubiese sido un tanto raro. Cía siempre dormía con sus calcetines altos, su camiseta favorita de Los Simpsons, y unas bragas cómodas. Aunque bueno, los calcetines los conservaba.
  Se acercó al armario, todavía con los ojos medio cerrados, y eligió los primeros shorts que encontró; sus favoritos. Desde que los vio en aquella tienda, se enamoró profundamente de ellos, y como no engordaba, esa prenda de ropa era compañera suya desde hacía bastante tiempo. Eligió la blusa amarilla, esa que llevó el primer día que conoció a David. Le traía buenos recuerdos, más que buenos, diría ella.
  Se situó delante del espejo. ¡Los calcetines! Esperó que no se le hubiesen quedado la marca de la goma, lo odiaba, y más en verano.
  Se colocó otros calcetines, pero tobilleros, y sus Andy-Z blancas.
  Su maleta estaba medio hecha, faltaba meter un par de cosas y lista. Fue corriendo al cuarto de baño, volvió a mirarse en el espejo, y al ver el pelo que llevaba decidió hacerse una cola alta. Se apretó un poco las mejillas para darles algo de color y se puso algo de rímmel para destacar un poco más sus pestañas.
  Bajó rápidamente las escaleras y saludó a sus padres con un alegre "Buenos días" y dos besos a cada uno, se acercó a la nevera, y sacó el envase de leche.

—¿Y esa felicidad, hija? —preguntó Adrián.
—Volvemos a casa, ¿no?, ¿qué más quiero?

  Ambos padres se quedaron impresionados. Lo último que esperaban oír de su hija, es que se alegrase de irse, aunque sabiendo lo que había pasado entre David y ella, lo entendían en parte. Obviamente, ninguno de los dos sabían cómo de cerca habían estado la noche anterior, y que la felicidad absoluta de su niña, se debía a aquello.
  
—Voy a acabar de arreglar la maleta —dijo Cía acabando de beberse su vaso de leche con todas las prisas del mundo.— ¿A qué hora nos vamos?
—Sobre las 12 y media o así. Pararemos a comer de camino —contestó su padre.
—Perfecto —y dicho esto, se subió de nuevo a su habitación.

  Miró el móvil un par de veces antes de dejarlo en la mesita y ponerse con la maleta de nuevo. No tenía noticias de David, ni siquiera un simple mensaje de WhatsApp.
  No quería emparanoiarse, pero es lo que estaba empezando a hacer.

12:05 de aquel mismo día, en la habitación de la chica...

«¿Ha pasado algo?», le acabó escribiendo Cía a David. 

  Un tick. Mierda. 

"¿Y ahora qué?", se preguntó, "¿no piensa despedirse de mí?"

Llegaron las doce y media y el chico seguía sin dar respuesta. Las maletas ya estaban todas en el coche, estaba toda la casa impecable y sólo quedaba la maleta de ella.

—Cía, ¿te pasa algo? —chilló su madre desde el piso de bajo.
—No, mamá, ¡ya bajo!

  Logró demorarse un cuarto de hora, pero viendo que su iPhone continuaba sin recibir ninguna llamada, ni ningún mensaje, decidió acabarlo todo allí. En aquella misma habitación.
  Bajó con ambas maletas, la de equipaje y la de mano, subió al coche, donde le esperaban ansiosos sus padres y con un nudo en la garganta dijo:

—Ya nos podemos ir...

lunes, 9 de febrero de 2015

Capítulo 41.

8:10 de la mañana en una calle de la Barceloneta.

  «Paseo por la calle "...dels Carrers". Hay un hombre sentado en el bordillo de lo que parece ser una pequeña plaza. Está solo. Bueno, solo no; le acompañan como diez palomas. Casi todas de un plumaje diferente entre ellas.
  El hombre, de unos 70, 75 años me sonríe con los pocos dientes que le quedan, y hace amago de darme un trozo de pan con la mano derecha. Niego con la cabeza, a unos diez metros de él, aunque regalándole una sonrisa como agradecimiento.
  Ese momento, me ha recordado al señor que siempre veía en el parque, al que solía ir de pequeño, cuando mi madre me acompañaba cada tarde.

"Has venido a descubrir eso mismo, ¿no?", me digo a mí mismo. "¿Pues a qué esperas?"

  La pregunta retórica rebota en mi cabeza como unas tres veces seguidas, sin obtener respuesta alguna.
  Camino cabizbajo, con mi habitual capucha y mirándome las nuevas zapatillas blancas Vans que me he comprado.

  No sé qué fue de mis padres, pero sí sé, que antes de abandonarme, sin ningún porqué, me dejaron una cuenta en el banco con más dinero del que me pude imaginar en mi vida. Mi padre era un hombre respetable, de alto rango y muy bueno en su oficio. Desde siempre le había apasionado el mundo de las leyes —afición rara, pero para gustos colores—, y había acabando siendo lo que deseaba: Juez. 
  Mi madre, en cambio, apostaba más por el baile. Profesional del baile de salón, daba clases particulares en una de las academias más conocidas de toda Barcelona.
  Tenía los mejores padres del mundo, tuviesen o no dinero, pero todo aquello, un día desapareció.
  Después de un horrible accidente de coche, no volví a saber de ellos; nunca fueron encontrados.
  Yo apenas tenía 14 años cuando ocurrió, y durante los cuatro años siguientes, hasta que fui mayor de edad; viví con una familia de acogida, que sólo me quería para mantener mi dinero en sus manos, y con mi hermano pequeño, Fran, que para entonces, se convirtió en eso, en mi único hermano.

  Me paro en seco en medio de la calle y me vuelvo a repetir que deje de recordar y que haga lo que he ido a hacer: Encontrarles.

  Entro a la comisaría, buscando obsesionado al jefe de la policía, el tal supuesto M. Valls.
  Sale al cabo de unos 10 minutos y se presenta:

—Debes ser David García, ¿verdad? — dice tendiéndome la mano.

  Asiento con la cabeza sin articular palabra alguna haciendo el mismo gesto.

—Manel Valls, encantado.

  Es un hombre alto, con alguna que otra cana asomándose entre sus cabellos negros, viste de traje, a diferencia que el resto del cuerpo de policía y tiene pinta de ser legal.

—¿Que saben de ellos? —pregunto sin más.
—Pasa, muchacho, tenemos muchas cosas de las que hablar...»

martes, 3 de febrero de 2015

Capítulo 40.

  David se levantó de repente y fue directo al cuarto de baño. 
  Cía seguía tendida en la cama, únicamente con una fina sábana blanca que le cubría parte de la pierna derecha y, abrazada a la almohada que poco antes estaba bajo la cabeza del chico.
  Se miró en el espejo y sintió cómo sus mejillas empezaban a arder, cómo la sangre de las venas de las manos corría con fuerza por su interior.
  
"¿Y qué hago ahora?", pensó David mientras caminaba de un lado a otro dentro del pequeño lugar.

  El correo de la policía, quería decir que sus padres habían sido encontrados: vivos, perdidos, muertos... Cualquier cosa era posible, y él no tenía ni idea de qué.
  Que tenía un hermano desparecido... Y que sólo sabían dónde estaba.
  Fran era su hermano adoptivo, al que apenas veía, y sus padres que raramente mencionaba cuando estaban juntos, no se llevaban bien con él.
  David había crecido prácticamente sin familia, así que por fin había llegado la hora de conocer a la verdadera; a esa que desapareció cuando sólo era un crío.

  Diez minutos después de estar tan alterado, volvió a la habitación. Miró hacia la cama —Cía, separada ya de la almohada, continuaba durmiendo plácidamente— y la volvió a observar. Se fijó, en cómo la luz de la Luna, que estaba por desaparecer en breves, seguía alumbrándole la cara; de qué manera respiraba, y contó las veces que movía la boca cual pececito a punto de comer.
  Meneó la cabeza haciendo amago de quitarse esos pensamientos de la cabeza y buscó, primero, sus bóxers negros de Calvin Klein.
  Los encontró debajo de la cama de ella, hechos una bola. Los giró, se los puso sin problema alguno y un instante después, hizo el mismo procedimiento con sus pantalones.

"Odio que se me quede la ropa del revés", pensó el chico, y rió de su pensamiento sin motivo.

  Al acabar de vestirse, con cuidado, se acercó a Cía y la besó suavemente en la frente, pretendiendo no despertarla con sus labios.
  La chica se dio media vuelta en la cama, como si nada hubiese pasado, y continuó en su constante sueño.
  Tenía en mente que en cuestión de horas, ella y su familia volvían a casa, a Zaragoza, y pretendía zanjar su tema antes de ese suceso.

—Volveré antes de que te hayas ido, pequeña... Te lo prometo.

  Y dicho esto, salió de aquella habitación donde horas antes había hecho a Cía, suya.

domingo, 1 de febrero de 2015

Capítulo 39.

  Sobresaltada, Cía se incorporó en la cama. 
  David, debido al movimiento de la chica, se despertó. Tenía los ojos hinchados, pero continuaba siendo igual de guapo que siempre.

—¿Qué pasa, enana?
—Estás aquí... —susurró Cía—. ¡Estás aquí, joder!
—Pero dime, ¿qué pasa...? —Dijo David medio dormido y aún con un ojo cerrado.

  Cía no podía hablar. Todo, absolutamente todo había sido un pesadilla. La piedra supuestamente de Álex —que había entrado por la ventana—, que resultó ser de Laura, que David se marchara de su casa, el secuestro de ambos chicos y que a ella le diese igual su muerte. Todo había sido un mal sueño, al cual no querría volver por mucho oro que le llegasen a pagar.

—Tú... Te ibas... Te secuestraban... Te perdía... —iba contando Cía entre lágrimas...— Y yo...

  La chica no cesaba de llorar y David únicamente la abrazó.
  Con sus brazos desnudos sujetó el cuerpo empapado de ella y le besó la frente sudada.

—No ha sido real, pequeña... Nada de lo que has soñado ha pasado. Yo sigo aquí, ¿no me ves? —dijo David intentando meter un poco de humor en la conversación.
—Sí...

  Éste, sin dejar de abrazarla, la acostó de nuevo, pero esta vez sobre su pecho... Acariciándole el pelo y el hombro mientras repetía sucesivamente que se tranquilizase, que no iba a irse sin que ella se lo pidiese, que no pensaba dejarla.

—¿Te quedarás...?
—No pienso irme, Cía. Esta vez no —respondió David.— Creo que va a tocarte aguantarme durante mucho tiempo más; y me dan igual los kilómetros que nos separen, pequeña.
»No pienso dejarte ir... Y aunque me tenga que ir yo detrás... Tú no te escapas.

  Cía, mirando aquellos ojos verdes azulados, y bajo las caricias de sus dedos en su cabello, volvió a dormirse.


5:36 de la madrugada en aquella misma habitación.

Bip. Bip.

  Acababa de llegar un correo electrónico al móvil de David y, súbitamente, despertó por la vibración.
  El móvil estaba encima de la mesita y sin despertar a Cía, quién continuaba completamente dormida sobre su pecho, alargó el brazo para cogerlo.

"¿Y estas horas quién puede ser?", pensó David.

  Desbloqueó el dispositivo, le quitó todo el brillo a la pantalla y apretó el icono del sobre de Gmail.

"Señor David García;

Conforme nos pidió hace casi un año, hemos dado con la búsqueda de su petición.
Contacte con nosotros lo antes posible, por favor.

Atentamente:

M. Valls.
Jefe de Departamento de la Policía.

Barcelona."