lunes, 29 de septiembre de 2014

Capítulo 24.

—Cía, despierta...
—¿Eh...? —Cía notó cómo alguien la movía para conseguir que se despertase del todo...— Mamá...
—Cariño, ¿tan poco te gusta ese vestido que te has dormido con él puesto?
—Esto... ¿Qué hora es?
—Las nueve menos cuarto; te has quedado dormida —contestó Irene.— Ya podríamos estar esperándonos tu padre y yo bajo...
Anda, acaba de arreglarte y baja, que nos vamos enseguida. Y acuérdate de apagar la música.

  «Soy tuyo» de Ambkor, sonaba de fondo...

  «...borrón y cuenta nueva; prometo ser mejor de lo que... era...»

  Exacto. Necesitaba eso, justo eso; hacer borrón y cuenta nueva, y costase lo que le costase, lo iba a conseguir.
  Cía acabó de arreglarse el pelo haciéndose una preciosa trenza de espiga que caía por el lado derecho de su ovalada cara, consiguiendo así un acabado perfecto. Se colocó unos zapatos color beige, de unos 10 centímetros de tacón, cogió una chaqueta fina por si más tarde el aire refrescaba, y añadió en su pequeño bolso de mano, los complementos imprescindibles para una chica: el móvil, el rímmel, colorete y un brillo de labios.
  Bajó las escaleras y vio a sus padres más elegantes que nunca. Su padre, Adrián, llevaba un traje azul marino con una camisa gris y una corbata blanca; sin duda, su padre era un hombre muy atractivo, y de no haber sido su padre, y haber sido unos 20 años más joven, hubiese sido el hombre de su vida.

"¿Qué piensas Cía?, ¡no digas bobadas! —se dijo a sí misma."

  Su madre, por otra parte, llevaba un increíble vestido de Chanel, blanco. No recordaba habérselo visto puesto antes, pero sí, que su padre se lo había regalado. Le quedaba genial, y los tacones de infarto le quedaban perfectos. Le alegraba verles así, felices, juntos, enamorados.
  De repente pensó sin querer de nuevo en David, y los ojos empezaron a acristalarse...

—Cía, ¿estás bien, cariño?
—Sí, mamá, simplemente me ha entrado un poco de rímmel en el ojo —contestó la joven conforme pudo—. ¿Vamos?
—Claro.

_________________________________________________________________


22:00 llegando al restaurante "1881 per Sagardi"...

—No veo a tu amigo Miguel por ninguna parte —dijo Adrián.
—Me dijo por WhatsApp que esta noche libraba..., que ya nos veríamos —respondió Cía con ligera tristeza.
—Bueno, ¿vamos a cenar? —preguntó Irene intentando cambiar de tema.

En cuestión de 10 minutos, la familia Beltrán se encontraba ya sentada en una de las mesas con mejores vistas del restaurante.

22:37 en la playa de la Barceloneta...

—¿Recuerdas la de noches que pasamos aquí, esperando a que amaneciese? —dijo ella.
—No podría olvidarlo, Laura —contestó David.
—Sigues pensando en ella, ¿verdad?
—¿Quieres que te mienta, o que te diga la verdad?
—Depende de lo que duela menos.
—Entonces sí, pienso en ella.
—Eso duele más —dijo en voz baja Laura.
—A mí no; pensarle no me hace daño.

  Laura cerró los ojos y para sí misma se dijo: "¿Qué más tengo que hacer para conseguir que la olvide...?", pero continuó sin encontrar la respuesta.

—Me voy, aquí no hago nada —dijo de repente David.
—Quédate, por favor... —le suplicó la chica mientras le acariciaba la mejilla de manera sensual.
—Ya hemos hablado todo lo que teníamos que hablar. No tengo nada más que decirte. 

  Dicho esto, David se levantó, se sacudió la arena de la ropa y se despidió de Laura.
  Conforme éste se fue, Laura desbloqueó su IPhone y llamó...

"—He estado con él...
—Sí, acaba de irse...
—Con ella, supongo...
—No...
—No hagas ninguna locura, Álex..."

  Y colgó.


(con la colaboración de Ambkor)



lunes, 15 de septiembre de 2014

Capítulo 23.

—¡NO!, ¡ESTÁS DE COÑA!, ¡No me mientas en algo así, por lo que más quieras, Miguel, que lo poco que te queda de hetero te lo arranco! —chilló Cía a su amigo.
—¡TE LO JURO!, están en la zona VIP de la terraza.

  Cual dos niños pequeños, Cía y Miguel, se alejaron de Irene y Adrián, dejándoles en medio del restaurante solos, y subieron a la terraza con el propósito de ver a DVICIO.

—¿Les ves? —preguntó Miguel a la chica.
— ¡SÍ!, ¡AY, ANDRÉS QUE GUAPO ESTÁ, Y MISSIS, Y MARTÍN, Y NACHO, Y LUÍS!, LOS CINCO ESTÁN AHÍ!
—Bueno, ya, tranquilízate —contestó Miguel—, pareces una niña de tres años.

  Cía le miró con cara de pocos amigos, pero al minuto volvió a sonreír:

—Es mi grupo favorito, ¿qué quieres que haga?
—Vale, vale. Pero oye, tengo una idea...

  Y acercándose a su oído se la susurró.

22:15 en una parte del restaurante "1881 per Sagardi"...

—¿Y ahora esta niña dónde se nos ha metido? —preguntó Irene a Adrián.— No me gusta que se vaya por ahí sin avisar.
—No te preocupes tanto, mujer... Además, está con Miguel, no va a pasar nada.

En ese mismo momento, a varios metros de sus padres en la terraza de aquel restaurante...

"Vamos Cía, que tú puedes —se decía la chica a sí misma—, solo vas a poder hacer esto una vez en tu vida."

 Lentamente se acercó a la barandilla de la terraza y se sentó. Abrió los brazos simulando la posición de Rose en Titanic y echó la cabeza hacia atrás dejando que el aire acariciase su preciosa cara. Habrían unos 10 metros o más desde aquella altura al agua, y sabía que era probable que cayese antes de que nadie la sujetase; pero necesitaba hacer aquella locura.
  Conforme pudo, se levantó, mantuvo el equilibrio con ambos pies, y con la misma postura chilló: ¡DVICIO ES EL MEJOR GRUPO DEL MUNDO!
  En ese momento le vino a la mente la frase de Jack Dawson: "¡Soy el rey del mundo!" y se rió para sus adentros, volviendo a recordar también, la frase que habían dicho en Los 40 Principales sobre Andrés:

"Si eres una loca, feliz, y sin prejuicios, puede que conquistes al cantante de DVICIO".

  De repente alguien le tocó la pierna por la parte de detrás. Cía, se giró cómo pudo y vio esos ojos verdes de su cantante favorito. ¡Andrés estaba a menos de un metro de ella!, ¡había conseguido su propósito!
  Sin saber cómo actuar en ese momento, lo primero que intentó fue bajar de aquella bardilla suicida, pero por desgracia dio un paso en falso...

—Ya te tengo, tranquila —susurró Andrés cogiéndola en brazos.

lunes, 8 de septiembre de 2014

Capítulo 22.

  Irene, tras ver salir a David por la puerta, subió lo más deprisa a la habitación de su hija, entró sin llamar, se sentó en el borde de la cama, y abrazó a Cía como solo una madre sabe hacerlo.

—¿Qué ha pasado, cariño?
—No quiero hablar del tema, por favor, mamá.

  Su madre se quedó pensativa, y seguidamente dijo:

—Tengo una idea. —Se levantó de repente de las sábanas blancas y continuó diciendo:— Esta noche, tu padre, tú y yo, nos vamos a cenar al restaurante "1881 per Sagardi". Te despejarás, y de paso verás a tu amigo Miguel, ¿te parece?
—¡Hace un año que no le veo, mamá!, ¡me parece genial!
—Nos vamos a las 9, tómate el tiempo que necesites.

  Y dicho aquello, besó a Cía en la frente y desapareció del dormitorio.

20:15 en la habitación de Cía...

"¡No tengo ni idea de qué ponerme! —se decía a sí misma—, necesito algo elegante, pero sin exagerar; algo provocativo, pero sin enseñar demasiado, no sea que piensen que soy una buscona..."

  Aquello era más difícil de lo que pensaba, había utilizado casi toda la ropa que se había llevado a Barcelona y no sabía qué hacer.
  Finalmente, del fondo del armario sacó un vestido que prácticamente era nuevo, no llevaba la etiqueta de compra puesta, pero no había sido utilizado.

"Veamos cómo me queda esto... —pensó introduciéndose aquel vestido desconocido por la cabeza, para así luego meter los brazos por las mangas."

  Era un vestido negro, ni muy largo ni muy corto, justo por encima de los muslos; las mangas le llegaban a los antebrazos, y tenía la espalda descubierta, era el vestido de encaje más precioso que había visto nunca, y sin duda, aquella iba a ser una buena noche para estrenarlo oficialmente.
  Se hizo una trenza de espiga a un lado y añadió un pequeño broche plateado en la parte superior de su cabeza. Se miró una última vez al espejo, se puso un poco de colorete y rímmel y bajó en busca de sus padres.

21:45 camino al restaurante "1881 per Sagardi"...

  "...Carrer Cermeño. Carrer de Ginebra. Plaça de Pau Vila, Número 3." 
  Se sabía las calles de memoria. Iban cada año; era su costumbre familiar. Aquel sitio no era barato, pero se lo podían permitir sin problema.

—¡No!, ¡No puedes ser tú! —chilló un chico a lo lejos con voz afeminada— ¡No puede seeer!
—Jajaja, sí, soy yo, Miguel, cómo cada año —le dijo Cía calmándole los nervios.
—Irene, Adrián... Pasad por aquí por favor —añadió dirigiéndose a sus padres.

  Cía y Miguel se conocían desde hacía más de seis años, él era mayor que ella cinco, y fue allí dónde se conocieron. Miguel era bastante atractivo, y volvía locas a todas las chicas, pero ya sabéis lo que dicen: "Si está bueno, o está casado, o es gay", y Miguel, era demasiado joven para caer en el matrimonio.
  Cuando se adentraron en el restaurante, Miguel le pegó un estirón al brazo de Cía, haciendo que ésta casi cayese.

—¿Pero qué te pasa, loco?, ¿tantas ganas tenías de verme, o es que quieres matarme?
—¡Hay algo que tienes que saber! —dijo Miguel aguantando la respiración.
—¡Dilo, que vas a ahogarte!
—¡EL GRUPO DVICIO HA VENIDO A CENAR!

lunes, 1 de septiembre de 2014

Capítulo 21.

"24 de Julio de 2014.

  Querido diario:
  Después de un mes sin escribir, he vuelto.
  He vuelto porque necesitaba plasmar mis sentimientos en cualquier maldito trozo de papel, y si es necesario, a continuación, quemarlo. Porque ahora mismo me siento cual hormiga en el mundo; pequeña, insignificante...
  ¿Sabes lo que es sentirse utilizada?, ¿lo que es sentirse humillada...?" 

—¡Qué vas a saber, si tan solo eres un trozo inútil de papel! —gritó Cía lanzando su diario encima de la cama.

Toc. Toc.

  Estaban llamando a la puerta. Podía oírse una voz tras ésta. La voz de su madre, tan dulce cómo siempre.

—Cía, David quiere hablar contigo —dijo Irene.
—Dile que se vaya, no tengo nada que decirle... —contestó Cía entre sollozos por la rabia contenida.

  De repente, la puerta se abrió, y apareció el chico de la capucha, el chico de los ojos verdes azulados, el chico que la había enamorado; el mismo que la había vuelto a romper.

—Hola Cía... —dijo cabizbajo. Al momento levantó la cara, y mirando esos ojos marrones color miel de ella siguió diciendo:— Perdóname, por favor...
—¿Qué más da, eh, David?, mañana me voy, no vas a volver a saber de mí.
—No puedo dejar que te vayas, Cía...
—¿Por qué?
—¡PORQUE ESTOY ENAMORADO DE TI! —chilló David a la vez que se le empezaban a acristalar los ojos—. Dime que no quieres saber nada más de mí, y me iré para siempre de tu vida...
—Ya no confío en nadie, y menos en ti... —respondió Cía mirándole fijamente—. Y ahora, si no vas a amenazarme como a Laura, vete, no quiero saber nada más de ti, David.

  El chico se quedó sin habla. Pudo oír cómo su corazón iba desquebrajándose, cómo latía sin motivo. Pero él tenía la culpa y solo él, y si Cía no quería saber nada más, estaba en todo su derecho, así que se giró, se dirigió a la puerta para irse de aquel lugar y en voz baja, antes de marcharse, murmuró: "Te quiero, y te querré siempre...".
  Bajó las escaleras entre lágrimas y se despidió de Irene y Adrián, sin darles tiempo a contestar.