—Por supuesto —contesto
a la pregunta de Jota—, te puedes quedar las noches que necesites, no tengo
problema alguno, tranquilo.
—Te lo agradezco, Cía
—me responde—, me conformo con dormir en el sofá si hace falta.
—Puedes dormir en la
habitación de invitados, Sophie apenas durmió un día allí. Te cambio las
sábanas y como si no hubiese pasado nada —digo mientras intento sonreír aun sabiendo
que no es motivo para hacerlo—. ¿Tienes hambre?
Ya son las 21:35 y a mí
se me había pasado completamente la hora de cenar.
—La verdad es que sí,
bastante —dice sin dejar de mirarse los nudillos.
—¿Te apetece que pidamos
pizza?, después de todo lo que ha pasado hoy, lo último que me apetece es
ponerme a cocinar.
—¿Qué ha pasado hoy, Cía?
—me pregunta. No sé por qué suponía que fuese a saber la verdad del día de hoy.
Con delicadeza le cuento
toda la historia, desde que Sophie me llamó mientras yo estaba en el hotel
hasta que Dani se fue a toda hostia después de verla morir. Evito el tema de la
nueva amiga de él porque dudo que le importe y le comento que las cosas de ella
todavía siguen en su habitación.
Jota se ha quedado más
blanco que la pared y juraría que no puede ni hablar.
—¿Y tú…?, ¿estás bien?
—pregunta finalmente.
—Sí, tampoco la conocía
mucho, no sé —hago un minuto de silencio y continúo—, prefiero no pensar en ello,
preferiblemente.
—Entonces, busquemos el número
de Telepizza y llamemos —dice sonriendo.
—Si no te importa, voy a
subir a cambiarme, estoy cogiendo frío y tampoco debería ir así —digo señalando
mi albornoz.
—¡Puedes ir como
quieras, Cía! —contesta Jota entre carcajadas—, al fin y al cabo es tu casa,
soy yo el inquilino.
Pongo los ojos en
blanco porque sé por qué lo dice y acto seguido, río yo también. Al final,
habrá sido incluso buena idea que se quede esta noche.
—¿Buscas tú el número y
llamas mientras yo me cambio? —le pregunto.
—Claro, tranquila —responde
mientras saca su móvil del bolsillo—, ¿de qué quieres que la pida?
—De lo que quieras, me
gustan todas —contesto mientras ya estoy subiendo las escaleras.
No le oigo responder
pero sí la risita que se le escapa. Entro en mi habitación y me quito el
albornoz que llevo puesto, me pongo el primer pantalón corto de chándal que encuentro
por el armario y una camiseta que tengo de la marca “Coca-Cola”, siempre me ha
encantado llevar camisetas anchas por casa. Voy al cuarto de baño a dejar el
albornoz que finalmente no he utilizado y a desmaquillarme, porque sé que no
voy a salir y de repente recuerdo cómo estará el otro: No lo he limpiado a
fondo después de todo lo que ha pasado y creo que debería hacerlo.
Después de pasarme una
toallita húmeda por la cara y quitarme todo el maquillaje, bajo a toda prisa
por las escaleras para dirigirme a la cocina y coger la lejía y algún que otro
estropajo.
Jota sigue en el sofá
como si fuera una estatua. Una estatua que me mira.
—Voy a limpiar el cuarto
de baño —le digo para que no se sorprenda por mis prisas de repente.
—¿Quieres que te ayude?
—se ofrece—, ya he llamado a Telepizza.
—No, no te preocupes,
ponte la tele si quieres, tengo Netflix, por si te apetece ver algo en concreto
—digo mientras busco los productos de limpieza en uno de los armarios de la
cocina—, ¿qué pizza has pedido al final?
—Crispy Bacon —responde
mientras escucho la tele encenderse.
—¡Mi favorita! —chillo emocionada mientras aparezco de nuevo en el comedor, armada como si me fuese a la guerra de
la limpieza, y estallo a carcajadas después por las pintas que debo de llevar.
Jota pone cara de “Lo
sabía” y de repente contesta:
—También es la mía.
De repente nos quedamos
los dos en silencio y para romper el hielo le digo que no voy a tardar, mientras
me dirijo al cuarto de baño. Entro en el último sitio donde estuvo Sophie y me
vienen a la mente los últimos momentos de mi, ahora, excompañera de piso.
Intento no llorar, no es justo. Cojo el estropajo y mojándolo primero en agua y
después con un poco de lejía, limpio los restos de sangre que quedan en el
suelo. Nunca me imaginé haciendo esto.
Diez minutos después,
Jota aparece por la puerta preguntándome cómo va.
—Bien, esto ya está
—contesto con voz ronca debido al nudo de la garganta que se me ha creado —sólo
tengo que subir a su habitación, recoger sus cosas y cambiar las sábanas de la
cama para que duermas esta noche.
—No te preocupes, Cía,
no hace falta.
—Necesito hacerlo, Jota.
No puedo dejarlo más tiempo ahí.
Tras un breve silencio,
salgo del cuarto de baño delante de él y dirigiéndome de nuevo a la cocina,
dejo los productos de limpieza que acabo de utilizar en el armario donde
estaban.
—Ahora bajo, cinco
minutos —le digo al chico de ojos verdes que está persiguiéndome por todo el piso
cual perro a su dueño.
—Aquí te espero.
Subo, de nuevo, las
escaleras, en dirección a la habitación de invitados, hace apenas horas: la
habitación de Sophie. Comienzo a recoger la ropa que tenía en el armario y a
meterla en la maleta que hay justo al lado de la cama, todavía por vaciar del
todo.
«¿Y ahora qué se supone que debo de
hacer con todo esto?», me pregunto mientras guardo sus bolsos, Michael Kors e
Yves Saint Laurent entre otros.
Después de recoger todos sus objetos
personales y de cambiar las sábanas, voy a mi habitación y cojo el
móvil que me había dejado antes encima de la cama.
Busco el número de Dani, que me he
guardado esta mañana finalmente cuando me ha llamado y después de releer el
WhatsApp que me escribió anoche, le escribo yo otro:
“22:12: Cía: Dani, tengo las cosas de Sophie en casa, había pensado en
tirarlas pero luego he creído que querrías tenerlas, así que… ¿qué quieres que
haga con ellas?”
Y como si tuviese el móvil en las
manos en ese mismo momento, recibo una respuesta.
“22:13: Dani: Mañana por la mañana me pasaré a por ellas. No hagas nada.”
No contesto y un minuto después
vuelve a enviarme otro mensaje:
“22:14: Dani: En cuanto al mensaje de ayer, me repito: Espero verte y que
no sea acompañada.”
«¿Perdón?, ¿desde cuándo él decide
con quién tengo que estar y con quién no?»
“22:15: Cía: Mañana nos vemos. Y lo siento, pero sí estaré acompañada.”
Dicho esto, cierro WhatsApp e ignoro
cualquier respuesta por su parte.
Bajo las escaleras de nuevo y de
repente llaman al timbre.
—Debe de ser la pizza —dice Jota.
—Debe de ser —contesto yo con cara
de “me estoy muriendo de hambre”.
Me acerco al telefonillo y contesto:
—¿Quién?
—Me llevo
las cosas de Sophie ahora mismo —oigo la voz de Dani—, abre._____
Después de un año y medio por fin tenéis aquí el esperado capítulo 29. Lo he alargado un poco más de lo normal, para que lo disfrutéis, volvemos a la rutina y a un nuevo capítulo cada lunes. Espero vuestros comentarios acerca de qué os ha parecido, ¡quiero leeros a vosotros también!
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