lunes, 30 de mayo de 2016

Capítulo 27, parte dos.

Dani

No me hace ni puta gracia que ese chaval haya entrado a su casa. Sé de sobra que sus nudillos son una excusa perfecta para estar cerca de ella. A ver qué gilipollas se cree que no hay más sitios donde ir; un hospital, por Dios. Estoy de mala hostia porque no entiendo el porqué no soporto que Cía esté con alguien que no sea yo.

Estoy andando hacia el bar donde dejé por última vez mi coche. Sólo espero que no me lo hayan robado, ni rayado, ni nada jodidamente raro que tenga que ver con mi Aston Martin. Veo parejas por la calle y no consigo olvidar por un momento a Sophie, dejar de pensar en qué coño debió pasarle por la cabeza para que llegase a hacer lo que hizo, no lo entiendo ni lo entenderé. Obviamente no he estado en su situación, y espero no estarla, pero el suicidio nunca es la solución... Asumo que parte de culpa fue mía por provocarla con el beso de Laura, algo que sé que no debería haber hecho ni ese día, ni nunca, pero nunca quise que acabara cómo acabó... Me echo las manos a la cara intentando llorar, pero sigo sin poder derramar lágrima alguna, así que me trago el nudo de la garganta y sigo caminando.

—Ahí está —digo después de caminar diez minutos sin poder evitarlo. Mi coche está impecable. Donde lo dejé. Ni un rasguño, ninguna raya, nada. En cambio yo, parece que me haya muerto y haya resucitado.

Me acerco a la puerta para abrirla y de repente una voz me llama.

—¿Dani?

Esto no me puede estar pasando a mí. Me giro y, efectivamente, ahí está. Completamente cambiada. Va en chándal, sudada y con colecta, pero a decir verdad, sigue estando igual de atractiva.

—Hola María... —Digo sin apenas poder creérmelo.
—Vaya... Parece que te alegras... de verme... —dice jadeando y quitándose los auriculares de los oídos. Cualquiera juraría que viene de correr una maratón.
—No esperaba verte ahora, por aquí.
—Suelo venir a correr... por esta zona... —continúa diciendo—. ¿Y tú?, vives a unas... cuantas manzanas de aquí... Además, ¿por qué... no te has cambiado? Pensaba que te había... dejado en casa —acaba diciendo.
—¿Alguna vez te han dicho que eres demasiado cotilla? —Le pregunto un poco cansado de tanta pregunta.

No contesta.

—Lo siento, no pretendía ser borde.
—No importa, ya me iba.
—Venía a por mi coche —le digo mientras señalo al Aston Martin—, me lo dejé anoche y todavía no había venido a por él. Y no, no me habías dejado en casa, estaba en casa de una amiga —le doy explicaciones sin saber por qué, pero ahí las tiene—, ¿dudas aclaradas?

Asiente con la cabeza sin decir ni una palabra y vuelve a ponerse los auriculares.

—Que te vaya bien, Dani —gruñe y empieza a correr en otra dirección.

Pero antes de que me dé tiempo a subir al coche, empieza a diluviar, como si alguien estuviese echando cubos de agua desde arriba. Abro la puerta y subo a mi Aston Martin. Pongo las llaves, arranco el motor y busco por la misma calle a María. Me cuesta encontarla entre tanta gente buscando refugio para no mojarse, pero cuando lo hago, bajo la ventanilla y le chillo:

—¿Quieres que te lleve o prefieres mojarte?

lunes, 23 de mayo de 2016

Capítulo 26, parte dos.

Cía

—Cía, ¿estás ahí? —Dani me despierta de mis pensamientos en los que me hallaba dormida y pego un sobresalto—. Te he dicho que ya nos veremos, ¿me has escuchado?
—Sí, perdona.

Menos mal que no ha pasado nada, era lo último que necesitaba que pasara.

—Puedo quedarme más si te apetece, eh —me sonríe con complicidad.
—No hace falta, gracias, podré vivir sin ti —le digo irónicamente—. Como ya te decía, iba a bañarme y de momento, sé hacerlo sola —me río por dentro sabiendo que acabo de darle un pequeño apretón a sus partes nobles indirectamente.
—Todo claro, señorita.

Sale definitivamente de dentro de mi loft y se dirige al ascensor. Veo cómo aprieta el botón y todo me sucede a cámara lenta. Sigue con el traje con el que se ha ido esta mañana a toda prisa de aquí, y, aun sucio, le queda que ni pintado. Me echa la última mirada como si quisiera despedirse así y al abrir la puerta sale Jota con un una venda rodeándole los nudillos de la mano derecha, bañada de rojo.

—¿Te importa que pase? —Me dice Jota mirándome directamente a mí, haciendo caso omiso a Dani.
—Cla...ro... —Le contesto, básicamente porque no sé qué decirle.

Dani, con cara de pocos amigos, entra en el ascensor después de que Jota haya salido y cierra la puerta. Ni un "Llámame", ni un "Hasta luego". Nada.

—¿Qué coño te ha pasado, Jota? —Le pregunto ya dentro de mi loft.
—Después de 35 años casados, mis padres deciden divorciarse, ¿me puedes explicar por qué? ¡Dios!
—Lo primero, relájate. Ven, sentémonos —le digo señalándole el sofa—. Enséñame eso —le cojo la mano y le quito la venda mal puesta que la envuelve.

Tiene los cuatro nudillos llenos de heridas pequeñas pero que sangran en abundancia. Menos mal que de momento no tengo fobia a la sangre, si no, a estas alturas, estaría ya bajo tierra.

—No tardo —digo levantándome del sofá. Esas heridas necesitan cura inmediata. No están para puntos, pero sí para primeros auxilios.
—Claro... —Responde.

Deprisa, subo por las escaleras hasta llegar al cuarto de baño y recuerdo que iba a darme un baño.

«Vas a tener que posponerlo», se ríe mi subconsciente, y no le quito razón, voy de mal en peor. Busco el maletín de primeros auxilios que tengo en el armario detrás de la puerta y cuando ya lo tengo entre mis manos, lo abro para ver que está todo lo necesario. Bajo corriendo para curar a Jota que sigue sentado en el borde del sofá y no deja de mirarse las heridas de su mano derecha.
—¿Te apetece hablar? —Le pregunto mientras cojo su mano para proceder al intento de salvamiento. 
—Por algo he venido —me responde—. No sabía a quién acudir —confiesa.

Sin dejar de mirarle a los ojos, saco un par de gasas esterilizadas, agua oxigenada, Betadine y un par de apósitos de algodón. Le echo primero el agua oxigenada para desinfectar las heridas y más tarde Betadine para que cicatricen mejor. Le pongo las gasas encima y le digo que se las sujete.

—¿Y esto era preciso? —Le vuelvo a preguntar, señalándole las heridas de la mano.
—Lo he hecho por no pegar a mi padre, Cía. Estaba teniendo una aventura con otra mujer.

No sé qué responder, ni qué decirle. Acabo de quedarme prácticamente sin habla.

—¿Puedo pedirte un favor? —Me pregunta finalmente.
—Claro.
—¿Puedo quedarme esta noche a dormir aquí?, prefiero no volver a casa.

lunes, 16 de mayo de 2016

Capítulo 25, parte dos.

Cía

—¿A qué viene eso? —Dice Dani tocándose la mejilla ahora un poco enrojecida.
—¿De qué coño vas?
—¿Qué dices, Cía?
—Desapareces casi durante un día entero y te plantas como si nada en mi casa, teniendo además los cojones de preguntarme si me iba a dar un baño sin ti, ¿te parece normal?, pregunto —le digo mirándole a esos ojos verdes azulados que brillan tanto.

No dice nada, para mi sorpresa.

—¿Puedo pasar o me vas a dejar aquí en la puerta? —Pregunta al cabo de un minuto—. A parte, a ti tampoco creo que te haga mucha gracia estar medio desnuda, ¿no?
—No, si no me contestas.
—Ahora te lo cuento...

Sin más remedio, me hago a un lado para que pase adentro y cierro la puerta detrás de mí. Me doy cuenta de que va con la misma ropa de esta mañana, por lo que deduzco que no ha pasado por su casa. Esto no me pinta bien. Se sienta en el sofá y apoya los codos en sus rodillas. Me mira y no sabría decir si su cara es de arrepentimiento o de qué. Nunca se lo he preguntado, pero creo que su primer apellido es: Hielo. Por lo jodidamente frío que es.

—¿Estás bien? —Digo sin poder evitarlo.
—Sí —me contesta—. Ven, siéntate —dice dándole un par de palmaditas al sofá.

Le hago caso y me acerco a él. Me cojo el albornoz como puedo y me tapo todavía más, no sé por qué me avergüenza estar así delante de él. 

—¿Tienes vergüenza? —Me sonríe.

No le contesto, pero sí le frunzo el ceño.

—Vale, vale —dice a modo de disculpa levantando ambos brazos como si yo tuviera un arma entre las manos y le estuviese apuntando.
»Verás... Después de que pasara todo lo que pasó con Sophie, no quería saber nada de nadie. Quise romperme los nudillos golpeando cualquier pared de hormigón, pero recordé que es parte de mi imagen y tenía que estar impecable, por lo que decidí ir al bar más cerca y beber hasta perder el sentido... Después de unos cuantos chupitos de Jack Daniel's, salí fuera a fumar y conocí a una chica...
—No... —Chillo, pensándome lo peor. 
—No pasó nada... —Me tranquiliza—. Me cuidó bastante bien, por lo visto, y me ha traído hasta aquí... No sé, le debo una, supongo. Aunque sé que no la volveré a ver.
—Ah...

Dani sigue contándome la impresionante historia con su nueva amiga y yo cada vez estoy más seria.

—¿Por qué frunces el ceño? 
—No, por nada —respondo.

No entiendo cómo es así. Cómo muere su novia y en cuestión de horas ya está durmiendo con otra.

—No iba a pasar nada con nadie, Cía. No soy así —se defiende.
—No he dicho nada.
—Pero tus pensamientos sí —me dice tocándome la frente con su dedo índice.

Me quedo callada. Ya no sé qué más decir sin quedar como una auténtica imbécil.

—Creo que mejor me voy a ir —añade al silencio que se acaba de formar—. Alguien iba a bañarse...

Y ese alguien soy yo, sí.

—Sí, a ello iba —contesto levantándome del sofá, cogiéndome como puedo el albornoz.

Se levanta detrás de mí y va directo hacia la puerta otra vez.

—Ya nos veremos —dice abriendo la puerta.
—Claro... —Contesto.

Pero antes de irse, se gira y en lugar de darme dos besos, me da uno muy despacio en la comisura del labio mientras con la mano derecha me acaricia la mejilla. 

lunes, 9 de mayo de 2016

Capítulo 24, parte dos.

Cía

Diez minutos antes...

Me voy a volver loca. Si no fuera porque tiene la edad que tiene y es mayorcito para cuidarse solo, hubiese ido a la Policía a denunciar su desaparición.

«¿Qué dices, Cía?», ya está mi subconsciente llamándome loca indirectamente. Pues sí, lo haría. Desde que le vi hay algo en él que me recuerda a David.
Vuelvo a mirar mi iPhone para ver si hay alguna perdida suya, algún mensaje, algún algo... Pero nada. Sigue sin haber jodidamente nada. Mis manos me piden a gritos que me arranque de cuajo los pelos de la cabeza antes de salir corriendo por la puerta para ir a buscarle. Mis pies les dicen que se tranquilicen.
Pienso en qué podría hacer para evadir mi mente de todo lo que ha pasado en las últimas 10 horas y de repente recuerdo que apenas he dado un motivo suficiente en el trabajo. Me levanto del sofá en el cual llevo, ni siquiera, 5 minutos sentada y me dirijo al cuarto de baño de mi habitación a retocarme el maquillaje. De camino, paso por delante de la habitación de Sophie y, joder, parece que no haya ocurrido nada. Que ella esté en clase y vaya a volver de un momento a otro. La putada es que no va a ser así. 
«Voy a tener que recoger sus cosas tarde o temprano», me dice el subconsciente. ¡Vaya!, en algo tiene razón; y qué razón.
Me dirijo de nuevo hacia mi habitación sintiendo el loft más frío desde que Sophie no está, y es jodido.
En cuanto cruzo la puerta, el timbre de bajo suena. Si algo existe en mi vida con mucha frecuencia, es eso, la casualidad.
Bajo a toda prisa deseando que sea Dani quien llama y contesto:

—¿Quién?
—El cartero —dice una voz de hombre al otro lado del telefonillo.

De 14 pisos que hay, ha tenido que llamar al ático. Esto es impresionante. Abro y cuelgo el telefonillo con fuerza. Deprisa, vuelvo a subir las escaleras hasta llegar al cuarto de baño.

«Vaya cara de muerta viviente tienes», se descojona mi subconsciente cuando me miro al espejo. No le quito la razón.
Cojo una toallita desmaquillante del tercer cajón y me quito el maquillaje que me queda en la cara. El rímmel corrido debajo de mis ojos desaparece y mi cara se hace un poco más natural. Me pongo crema hidratante antes de ponerme de nuevo el maquillaje y me limpio las manos. El agua está a una temperatura increíble y se me pasa por la cabeza no ir al hotel y darme un baño de espuma. Eso voy a hacer. Me descalzo y me quito las medias que llevaba puestas y me dispongo a quitarme la falda. De repente, el timbre de bajo vuelve a sonar. No hago caso y me quito definitivamente la falda. Vuelven a llamar.

—¿Y ahora quién coño es?

Me quito la blusa y me quedo en ropa interior para así ponerme ahora mejor el albornoz. Bajo las escaleras rápidamente descalza y el timbre vuelve a sonar.

—¿Quién? —Contesto por segunda vez en menos de diez minutos.
—¿Abres? —Reconozco la voz de Dani en el acto y me quedo sin habla.
—Esto... Sí... —Digo casi después de medio minuto—. ¿Subes?
—Sí —afirma.

Abro la puerta de bajo y espero detrás de la puerta del loft impaciente. Como cualquier chica enamorada, un viernes, esperando que su novio baje del tren para abrazarla. Como cualquier persona después de echar de menos durante mucho tiempo a alguien.
Oigo cómo sube el ascensor y cómo se para en mi planta. Antes de que Dani llame al timbre, abro la puerta y me quedo mirando sus ojos verdes azulados fijamente.

—¿Ibas a darte un baño sin mí? —Bromea.

Y yo, sin pensármelo un minuto, le abofeteo la cara con mi mano derecha.

domingo, 1 de mayo de 2016

Capítulo 23, parte dos.

Dani

"¿Qué coño?, ¿qué mierdas ha pasado aquí?", pienso tapándome el miembro que por suerte está relajado. María me mira mientras sujeta un vaso lleno de agua con la mano derecha y un Ibuprofeno con la mano izquierda.

—No tienes nada que no haya visto antes —dice riéndose—. Toma, anda, tómatelo, te vendrá bien para la resaca —me tiende la mano y me da el Ibuprofeno seguido del vaso lleno de agua.

"La rescaca", mierda, ni me había parado a sentirla. Ahora que lo dice sí empiezo a sentir cómo su voz se eleva más de lo normal y me martillea la cabeza sin parar. Me tomo el Ibuprofeno con una mano para seguir tapándome con la otra y le doy las gracias.

—¿Qué ha pasado? —Pregunto algo incómodo por no recordarlo.
—¿No te acuerdas? —Me responde pícara.
—Pues no, no me acuerdo —está empezando a cabrearme.
—Tranquilo... —Dice intentando relajarme. Creo que ha percibido mi mala hostia en mi expresión facial—, no ha pasado nada —continúa—. Entre tú y yo —especifica—. Además de lo que bebí contigo, intuyo que tú bebiste bastante más antes que yo.
—¿Por qué lo dices? —Pregunto, mientras busco con los ojos mis calzoncillos por la habitación.
—Yo solo llevaba dos chupitos de tequila cuando tú no sabías ni dónde estabas —se gira y coge unos bóxers de Emporio Armani del respaldo de la silla de su escritorio—, ¿buscabas esto?
—Sí, gracias —le digo mientras los cojo de su mano—. ¿Y qué pasó?, ¿me explicas por qué no llevo mi ropa puesta y mis pantalones estaban por el suelo?
—Siéntate, anda. No vayas a vomitar de nuevo —dice riéndose.

Hago caso a lo que dice y me siento al borde de la cama mientras me pongo los bóxers que me acaba de dar.

—¿Vomitar?
—Sí, querido Daniel... Antes del incidente estuvimos hablando y me contaste lo que ocurrió con Sophie. Empezaste a beber como si no hubiese mañana, además de lo que ya tenías en el cuerpo y lo tuviste que tirar. Te manchaste la camisa que llevabas y los calzoncillos, no me preguntes cómo —dice echándose a reír, y continúa—: Como no me dijiste dónde vivías, te traje aquí, te quité la ropa, dejando los pantalones en el suelo, eché a lavar tu camisa y tus calzoncillos, los cuales ya están secos —dice mirándolos— y te acosté en mi cama. 
»Has dormido como unas 5 horas del tirón, no me quisiera imaginar qué hubiese sido de ti si no te hubiese traído aquí.
—Sé cuidarme solito —añado.
—Sí, lo he notado... —Bufa—. En fin...
—Lo siento, no acostumbro a que cuiden de mí. Gracias, supongo —contesto sinceramente.
—No te preocupes, si quieres, en cuanto se seque la ropa, te vuelvo a llevar adonde tengas el coche.

La miro a los ojos y noto que me lo dice seria. Sinceramente, sí, si no hubiese sido por ella, no sé qué me hubiese ocurrido.

—Sí, si no te importa.
—Con lo que he hecho ya, un viaje es lo de menos —dice mostrando una leve sonrisa.

Después de media hora, ya tengo mi ropa puesta de nuevo y estoy esperando a María en la puerta de su apartamento. He comido un trozo de pizza que tenía ella en la nevera para que no me sentase mal el medicamento y he revisado mis notificaciones. Tenía 5 llamadas perdidas de Cía y no sé cuántos WhatsApp's preguntándome dónde estaba y si estaba bien. Creo que se merece una disculpa.

—¿Nos vamos? —Me pregunta María en cuanto llega adonde estoy.
—Sí, claro.

Bajamos a la calle y subo al coche con ella, un Ford Mustang completamente nuevo.

—¿Dónde te llevo?
—Al Paseo de Gracia —le digo citando la dirección de Cía—, número 20.

Pone la dirección en su Samsung y emprende la ruta. Después de diez minutos, llegamos sin habernos dirigido la palabra durante el trayecto. No soy capaz.

—Encantada de haberte conocido —añade después de todo—. Espero verte pronto.
—Lo mismo digo —contesto saliendo del coche. Y cierro la puerta esperando no volver a verla.

Me dirijo al portal de Cía y llamo al timbre. Espero durante medio minuto y vuelvo a llamar. Es extraño que no conteste. Insisto por última vez y cuando tengo decidido no esperar más, su dulce voz suena por el telefonillo.

—¿Quién? —Pregunta.
—¿Abres?