viernes, 26 de junio de 2015

Capítulo 49.

De nuevo en la habitación 324 del Hospital del Mar...

  David caminaba de un lado para otro de la habitación con las manos en la cara. Intentaba asimilar la pérdida de memoria de Laura y aunque no quería admitirlo, le dolía que ella no le recordase.

—¿Qué es lo último que recuerdas..., de nosotros? —preguntó David intentando no parecer desesperado ante la situación dada.
—No sabía que hubiese habido un nosotros, comoquieraquetellames... —rió Laura desconociendo lo difícil que le resultaba a David todo aquello.
—Vale, bien. Empiezo a hacerme una idea —respondió el chico—. De primeras, me llamo David, y bueno, tú y yo...

  Hizo una pausa. ¿Y si era mejor no decirle nada?, ¿y si ocultándole la verdad, ella cambiaba...?

—¿Tú y yo qué, David?
—Nada, Laura, tú y yo somos como hermanos, simplemente. Y bueno, me duele verte así.

  La chica mostró una leve sonrisa al escuchar la frase que había dicho David, y cogiéndole la mano, dijo:

—No tiene porqué cambiar nada, ya lo verás.

  Y dicho esto, lo abrazó.

  Al principio notó una ligera incomodidad al sentir los brazos de ella de nuevo rodeando su cuello, su cabeza a milímetros de su oreja y su pelo largo dándole caricias accidentadas a su piel, pero poco a poco fue sintiendo cómo cada uno de sus músculos se relajaba bajo los efectos de su abrazo.

—¿Puedes soltarme ya, o vas a quedarte ahí dormido? —dijo Laura entre risas al cabo de dos minutos.
—Perdona...
—No te preocupes, bobo —respondió la chica.

  David soltó a Laura lentamente, quería evitar tocarle demasiado el tubo del gotero que estaba introducido en su piel. Nunca le había gustado la sensación de aquel plástico —relleno de líquido calmante normalmente— adherido a él.

—Y bueno... ¿Cuándo me dan el alta?, ¿y mis padres?, deberían estar por aquí, ¿no...?

"Mierda", pensó David. "¿Y ahora qué cojones le digo?

—Hmmm... Laura, ¿qué año es?
—El verano del 2013, ¿no?
—No exactamente...
»Estamos en verano, sí... Pero es 2014. Y tus padres... Bueno... Tu madre murió el año pasado... Tu padre desapareció pocos meses después... Viviste con tu abuela hasta los 18 y después te independizaste... Yo te conocí hace dos años... 

  Laura cerró los ojos intentando asimilar todo lo que le había dicho David y de repente cayó sobre la cama.

—¿Laura?, ¡Laura despierta, joder!

  El estetoscopio emitió el primer pitido continuo y David oyó al unisono cómo se iba la vida de la primera chica a la que quiso de verdad...

martes, 16 de junio de 2015

Capítulo 48.

  "Unos días antes, a pocos kilómetros, alrededor del parque de La Barceloneta...

  Corría. Sintiendo el latido de su corazón bombear cada vez más rápido dentro de ella. Imaginaba que conforme pasaran los minutos, si seguía así, sus pulmones poco más podrían aguantar en su sitio, saliéndose por su boca en un momento u otro.
  Cada pisada en el suelo de cemento se volvía más fuerte y las gotas de sudor comenzaban a arderle en la cara.
  Sólo tenía en mente correr. Correr lo más deprisa posible. Huir de él. Huir de allí.
  Las magulladuras en su cara iban a dar comienzo a ser visibles y los objetos que tenía delante empezaban a volverse más borrosos conforme los iba pasando. Iba a más, y no entendía el porqué.
  A lo lejos divisó una casa que le resultaba muy familiar. Las luces de la parte superior estaban encendidas, lo que significaba que David estaba en su habitación. 
  Siguió corriendo, sabría que allí estaría a salvo, al menos de momento. Él seguía detrás de ella. Necesitaba esconderse en cualquier sitio.
  Llegó empapada de sudor a la puerta del chico y llamó varias veces al timbre.

"Abre, David, joder, abre", se decía desesperada.

  Cinco minutos después de esperar ansiosa el abrir de la puerta, David la veía, pero ella no tenía más soporte. No podía aguantar más. Y conforme había llegado hasta allí, hecha un desparpajo: más en la parte de la muerte, que en la de la vida, se desplomó antes de articular palabra alguna."

  En la actualidad, en la habitación 324 del Hospital del Mar...

—¿Cómo que no sabes quién soy, Laura? —preguntó anonadado David— ¿Me estás tomando el pelo?
—¿Perdón?, ¿nos conocemos?

  David no sabía qué decir, qué hacer, cómo reaccionar ante aquella situación.

  Mientras tanto, en otra parte de España...

  "¿No pasa ni un día y David ya está con ella?, ya no sé ni por qué no me sorprende...", pensó Cía mientras se le acristalaban los ojos de nuevo. "Vale, ya está, se acabó", se repitió tragándose el nudo de la garganta que le impedía respirar.
  Sus padres seguían sin aparecer por casa y eran casi las 10 y media de la noche. Quería, por otra parte, saber de qué manera había averiguado el tal Diego su nombre, su dirección y, sobre todo, cuándo encontrarles a su familia y a ella en su casa. Ningún vecino excepto Carmen, quién improbablemente podía haber dicho nada por la situación en la que se encontraba, sabía que su familia se había ido de Zaragoza.
  Ansiaba salir de casa y buscarle, sentarle aunque fuese en el primer banco de la calle y hacerle un largo cuestionario hasta sonsacarle todas las respuestas posibles.
  Su ropa ya estaba mínimamente guardada y las ganas que tenía de saber a qué venía tanto misterio estaban empezando comérsela viva.
  Se levantó del sofá de un salto, se volvió a colocar sus Converse blancas y antes de llegar a la puerta para salir, sonó el timbre de nuevo.

"Mierda, ahora sí que serán mis padres", pensó Cía, "ya me puedo ir olvidando de ir a buscar a nadie".

  Abrió la puerta, con la cabeza gacha pensando que tendría que ayudarles a guardar la compra pero al ver unos únicos pies, supo enseguida que sus padres no eran.
  Mirando fijamente a esos dos ojos bañados en el azul del mar de las islas Maldivas dijo:

—¿Qué haces aquí, Diego?
—Vaya, yo también me alegro de verte, pequeña Cía —dijo el chico con una media sonrisa—. Te he dicho esta mañana que me pasaría esta noche y como tampoco has dicho que no...

  Cía sin saber qué decir, cogió al chico del brazo y cerrando la puerta tras ella, comenzó a caminar. Llegaron a la zona ajardinada de la Avenida de la Ilustración y en el primer banco divisado se sentaron.

—Si querías tener una cita romántica conmigo, podrías habérmelo dicho, fui yo quién te lo propuso antes —dijo vacilante Diego.
—No te flipes. Quiero saber cómo has sabido mi nombre, cómo sabías cuándo volvía y de qué conoces a la vecina, si una semana antes de que tú llegases, según me has dicho, murió...

  El chico parándose a pensar la respuesta comenzó a decir...

—Hmmm... Verás Cía... Voy a decirte la verdad...