"Hogar, dulce hogar", pensó Cía nada más bajar del coche. Notaba ligeros pasos de hormigas por sus pies. Odiaba esa sensación, no podía caminar sin evitar querer arrancarse las extremidades de sus piernas cada vez. Volvió a sentarse en el asiento del coche pretendiendo que aquel infierno se le fuese de su piel mientras sus padres descargaban el equipaje del maletero.
Cía desbloqueó su móvil y encendió los datos.
WhatsApp: 5 nuevos mensajes de 3 conversaciones.
"14:20, Marta: Cariño, ¿ya has llegado?
14:51, Álex: ¿Cuándo podemos vernos?
14:51, Álex: Necesito que lo hablemos todo, Cía.
14:56, David: Te quiero, recuérdalo."
Borró directamente las conversaciones de ambos chicos después de haber leído qué decían y contestó a su amiga.
"Estoy bien, Marta, algo cansada por el viaje, pero todo en orden. Vamos a arreglar todo el desastre de maletas que tenemos, hablamos después."
No dijo nada más. Salió de nuevo del coche comprobando si la sensación de hormigueo se le había pasado y así fue. Sus padres hacía rato que habían entrado en su casa y ella ni se había dado cuenta. Cogió su maleta negra de Pepe Jeans del maletero, sus dos bolsas a juego dónde llevaba algún que otro par de zapatos y su material de aseo.
Su habitación, mucho más grande que la del apartamento de La Barceloneta no había cambiado.
Las sábanas blancas de su cama de matrimonio seguían intactas, el olor del suavizante que utilizaba su madre seguía desprendiendo el increíble aroma del cual ella estaba enamorada desde que era una niña y su peluche azulado con forma de conejo continuaba protegiendo todo aquello mientras ella había estado ausente.
Lo primero que hizo después de dejar el equipaje justo en la puerta, fue conectar su iPhone a los altavoces y poner la canción "El perdón" de Nicky Jam y Enrique Iglesias. Necesitaba algo movidito, algo que no le recordase todo lo que estaba sucediendo en el mundo real.
Hecho esto, se lanzó sobre la cama y abrazó a su tan querido conejito "Pasto".
—Ay, pequeño, si supieras la de cosas que han pasado... No te lo creerías —le dijo a su peluche como si de una persona se tratase.— Te he echado de menos. No sabes cuánto...
Y volvió a abrazarle.
—Cía, ahora volvemos, tu padre y yo tenemos que ir a comprar algo de comida —chilló su madre desde el piso de bajo.
—Vale, tranquilos, id —contestó Cía sin apenas preocupación.
Habían transcurrido 45 minutos desde que sus padres se habían ido al supermercado y quince desde que había decidido ponerse con la operación "VACIAR MALETAS".
Diez minutos después, el sonido del timbre hizo que dejara de lado su fiesta en la habitación y fuese corriendo a abrir la puerta.
"Qué raro, mis padres deberían llevar las llaves encima", pensó Cía mientras bajaba por las escaleras. "Aunque pensándolo bien, si van cargados con la compra, quizá necesiten ayuda".
Al llegar a la puerta y observar por la mirilla, vio a un chico de espaldas. Tenía el pelo corto por la parte de detrás y algo más largo por la parte superior. Vestía un polo blanco a rayas azules con la etiqueta de Massimo Dutti en el dobladillo y llevaba algo en la mano que por las condiciones en las que se encontraba, le era imposible de llegar a ver.
El chico se giró para llamar al timbre de nuevo y fue entonces cuando Cía se quedó sin respiración. Los ojos de él parecían haber salido de las aguas de las Islas Maldivas, su sonrisa era la más perfecta que hasta el momento había podido observar y el pico de su polo dejaba al descubierto un pecho sin vello y bastante marcado.
Al no obtener respuesta alguna, el chico se dio de nuevo media vuelta con la intención de irse y fue entonces cuando Cía despertó de la pequeña ensoñación. Abrió la puerta como pudo y sin apenas habla dijo:
—Perdona, me has pillado ocupada... ¿Quién eres...?
El chico mirándola sin pestañear, se acercó a ella y a cinco centímetros de su cara contestó:
—Me llamo Pablo, y creo que aún no nos conocemos.
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