lunes, 27 de octubre de 2014

Capítulo 27.

  Cía volvió a encender la luz de su lamparita de noche, apartó las sábanas de su cuerpo y se levantó.
  Se acercó a la ventana del balcón, era un cristal que llegaba al suelo desde el techo, el cual nunca le gustaba que estuviese sucio, pero que en esos momentos era imposible tener limpio, pues las lágrimas del cielo lo estaban salpicando.
  Abrió despacio, intentando hacer el mínimo ruido posible y dejó pasar a David, quién parecía haber sido sacado recientemente de un río.
  Le dejó allí plantado en medio del dormitorio, y salió en busca de una toalla con la cual se secara.
  La casa estaba completamente en silencio; sólo se podía percibir cómo las gotas de lluvia golpeaban con fuerza los cristales, y cómo el viento atizaba las ramas con energía.
  Al volver a su habitación, le vio, sin camisa, con su perfecto torso, con sus perfectos bíceps y sus abdominales. Con lunares que hacían competencia a las mejores constelaciones del universo, pero temblando, como un cachorro recién nacido que necesita el calor de su madre.

—Ten, anda —dijo Cía tendiéndole la toalla de terciopelo con el brazo— cúbrete y sécate antes de que cojas una pulmonía.
—Pensaba que te habrías ido... Supuestamente te volvías hoy a Zaragoza... —añadió David cabizbajo.
—Con la tormenta que hay, mi padre ha decidido posponer el viaje. No es muy seguro.
—Déjame pasar la última noche contigo, por favor...
—David, no sé qué haces aquí, pero esto no es buena idea —respondió.

  El chico iba acercándose a Cía, y ella, como un animal indefenso se quedó quieta.

—Déjame hacerlo. Por última vez quiero verte. Quiero observarte dormir, y contemplar cómo giras en la cama buscando la sábana que sin querer pierdes mientras estás en los brazos de Morfeo.
—David..., no hagas esto más dif...

  Y antes de que ésta pudiera acabar la frase, fue besada por aquél chico de los ojos verdes azulados.

—No sabes los días que llevo queriendo hacer esto, Cía —le susurró David en el oído mientras le acariciaba el pelo—. Deseando oler de nuevo tu perfume, tu esencia.
—Dav...
—Sh... —contestó el chico poniéndole el dedo índice sobre los labios.

  Y volvió a besarla.
  Con más ganas, con más placer, con más ansia. Había añorado cada segundo que no había pasado con ella, y necesitaba, anhelaba con todas sus fuerzas que esa frágil y delicada chica, fuese suya.

—No soportaría nunca que otro te tocase como estoy haciendo yo ahora —siguió diciendo David entre murmullos.— Cía, eres mía, y no quiero que seas de nadie más.

lunes, 13 de octubre de 2014

Capítulo 26.

—Ey, David, ¿estás bien?, te has quedado blanco, tío —dijo su hermano.

  David tardó en reaccionar pero finalmente de su boca salió un: —Sí...
  Nunca le había hablado de ella a Fran, hacía años que no se veían y tampoco había tenido la ocasión de decirle nada, pero debería haberlo hecho; ahora no estaría en aquella situación.

00:30 en el "Port Olímpic"...


—¿Por qué me has traído aquí? —quiso saber ella.
—Supuse que, de todos los sitios de La Barceloneta, este sería el último en el que nos buscarían.
—¿Qué quieres, Álex?
—Qué queremos. Queremos que esos dos no estén juntos; yo quiero que Cía vuelva a ser mía, y tú..., bueno, tú supongo que quieres que David vuelva a ser tuyo, ¿o me equivoco?
—No, no lo haces. Pero no sé qué quieres que haga, si Cía va a irse mañana a Zaragoza —contestó la chica algo confusa.

  Álex se acercó a su oído y le susurró qué iba a hacer.

00:40 dentro del coche de la familia Beltrán...

—¿Por qué vas tan callada, hija?

  Cía miraba por la ventanilla del coche, tenía en sus oídos la canción "Aunque tú no lo sepas" de "El canto del Loco" y observaba cómo las gotas de lluvia que hacía poco habían empezado a caer, nacían en el cristal; su madre le tocó la pierna y le hizo el gesto de quitarse un auricular invisible para que la escuchase.

—Perdona mamá, no te estaba oyendo, ¿decías?
—Nada, cariño, simplemente me extraña que no hayas dicho nada desde que hemos salido del restaurante.
—No pasa nada, solo es que estoy cansada —suspiró y añadió:—. Cuando lleguemos avísame, voy a seguir escuchando música.

"He blindado mi puerta
y al llegar la mañana
no me di ni cuenta
de que ya nunca estabas..."

  Y cerró los ojos con la voz de Dani Martín, acariciando sus tímpanos.

00:52 llegando a un apartamento cualquiera en la playa de La Barceloneta...

  Irene acarició la pierna de Cía, quién se había quedado dormida, y le dijo:

—Cariño, ya hemos llegado.

  Los tres bajaron del coche, y la chica subió rápidamente a su habitación pues la lluvia había empezado a cogerse y caía con fuerza.
  Entró en su dormitorio y comenzó a quitarse la ropa: primero los tacones, luego el vestido de encaje negro y finalmente el sujetador. Se introdujo la camiseta de los Simpsons por la cabeza, se metió en la cama, apagó la luz de su lamparita de noche y se quedó mirando a la nada. Al techo, negro, cómo si en esos momentos tuviese los ojos cerrados.
  De repente, le llegó un WhatsApp y revisó por última vez sus mensajes.
  Tenía 33, pero todos eran de grupos, exceptuando el último, que era el que acababa de recibir:

"David: Cía, abre la ventana... Estoy fuera."

lunes, 6 de octubre de 2014

Capítulo 25.

  Allí estaba, sentada, con un vestido negro precioso, de media manga, con un encaje que le realzaba la figura tan esbelta que tenía. Sus ojos color miel destacaban entre cualquier otros y su melena, color carbón, de largaría hasta su cintura, brillaba como nunca.
  No recordaba haber visto a ninguna chica igual de preciosa que ella; tan elegante y a la vez tan sencilla. Contaba en silencio las veces que se enrollaba en el dedo índice su mechón de pelo negro y cuántas lo enganchaba tras su oreja —¡hasta ese movimiento lo hacía como nadie!—.
   Mierda. Acababa de levantarse. Seguro que iría a decirle algo por cómo la estaba mirando; si es que hasta él se había dado cuenta, si las miradas matasen, esa chica de la mesa 30 hubiese estado bajo tierra hace rato.
  Pues no. Se dirigía hacia el baño. Y qué bien caminaba, recta, pisando fuerte, con seguridad.

"Si sigo aquí no voy a lograr nada", se dijo el chico para sus adentros.

  Y dicho esto, se levantó de la barandilla donde estaba sentado, volvió a colocarse los auriculares en sus oídos y fue tras ella.
  Los servicios se encontraban en la planta inferior, a los cuales se llegaban bajando una enorme escalera de caracol. La chica del pelo negro acababa de entrar por la puerta, y él, lo único que pudo hacer, fue sentarse en el último escalón y esperar.
  Al cabo de diez minutos, mientras oía "Entre sábanas" de Balastegui, notó cómo una mano le tocaba el hombro. Era ella.

—Perdona, ¿te conozco?
—No, dudo que lo hagas, recordaría una cara como la tuya.
—Vaya, pues me he equivocado de persona... —dijo Cía sonrojada.
—Pero bueno, ya que estamos, encantado; soy Fran.
—Lo mismo digo; soy Cía.

  A la chica, aquella cara le sonaba tan sumamente familiar..., y lo peor es que no sabía el porqué.

—¿Vives por aquí? —le preguntó Fran.
—¡Qué va!, soy de Zaragoza, y esta noche es nuestra última noche...
—¿Nuestra...? —dijo él algo desconcertado.
—Mis padres y yo; ya sabes.
—Ah , sí, claro. Bueno, bonita, quizá nos veamos más adelante, en cuestión de semanas voy a Zaragoza, mira por donde.

  Cía no podía creerse lo que estaba oyendo. Acababa de conocerle y justamente iba a ir a Zaragoza, a su Zaragoza. Cosas de la vida.

—¡Qué pequeño es el mundo, vaya...! Pues nada, ya nos veremos si eso.

  Y sin despedirse siquiera, Cía, siguió subiendo las escaleras, y desapareció de su vista.

23:40 en la puerta del restaurante "1881 per Sagardi"...

—¡Ya era hora de que llegaras, hermano!, ¡te he estado esperando como unos 30 minutos! —chilló Fran al chico que se le iba acercando.
—He estado algo liado, ya sabes...
—¿Has vuelto a estar con ella...?, mira que no aprendes...
—Déjalo, no importa. ¿Tú qué?, ¿te ha interesado alguien de por aquí mientras me esperabas?
—Pues no vas a creértelo pero sí. Es preciosa, su pelo, sus ojos, incluso su nombre...
—¿Y no me vas a decir cómo se llama, pillín?
—Cía, David, mi amor platónico se llama Cia...