Ahí estaba él, como si sus ojos fuesen de cristal, con la mirada fija en los labios de Álex, como si de un momento a otro esos ojos verdes azulados fueran a romperse.
David tenía el nudo en la garganta, el corazón a punto de salir de su pecho y sus latidos cada vez cogían más velocidad. Pero calló y no dijo nada, simplemente pasó por delante de ambos, agachó la cabeza y siguió caminando.
—Cía, ¿conoces a ese chaval que acaba de pasar? —preguntó Álex— Me ha dado la sensación de que nos estaba mirando.
Cía no podía articular palabra, no sabía qué decir o hacer en esos momentos, únicamente quería irse de allí lo más pronto posible.
—Cía, ¿estás bien?
—Sí, pero necesito irme —contestó ella con la voz quebrada—. Ya hablamos, ¿sí?
—Voy a acompañarte aunque no me dejes, estás demasiado lejos de tu casa y es tarde, no quiero que te pase nada, pequeña.
—No, Álex, prefiero irme sola, y no insistas.
Dicho esto le dio dos besos al chico y emprendió camino.
00:15 en un banco del parque de La Barceloneta...
"No puedo ser más imbécil...", se repetía cada dos minutos David en la mente. "¿Quién me mandaría a mí pillarme por ella?, si es que..."
Tenía los nudillos llenos de sangre por haber descargado su rabia contra un muro aún inacabado, pero no era ese el dolor que más daño le hacía, sino uno más profundo que le venía desde dentro del pecho y al cual no estaba acostumbrado a sentir.
De repente le vio, pasó por delante de él: Álex. Con su metro ochenta y dos aproximadamente de estatura, su pelo rubio y esos ojos grises que a cualquier chica enamorarían, iba con unos vaqueros pitillo, las últimas Vans que habían sacado a la moda y una camiseta de tirantes que le remarcaba su bonito bronceado y esos bíceps de cuatro meses de gimnasio y algún que otro batido de proteínas.
Mirándolo así, Álex era el prototipo perfecto de chico, físicamente no tenía ningún defecto, y él a su lado, no era nada.
Álex se acercó al banco dónde estaba él, y David, intentando disimular sus lágrimas y las heridas de sus nudillos, alzó la cabeza.
—Mira qué tenemos aquí... —dijo Álex con tono vacilante— Una niñita que llora a la primera que le rompen el corazón, ¿verdad?
—¿Qué coño quieres? —contestó David— ¿Y Cía?, ¿dónde está?
—Yo de ti nada, solo venía a advertirte. Cía está de camino a su casa, ¿dónde sino?
—¿Advertirme de qué?
—De que ella es mía, y de que no te acerques a ella, niño bonito, o quizá eches de menos esa carita que tienes, fue, es y será mía, chaval, así que mejor no te metas dónde no te llaman.
David no daba crédito a lo que estaba oyendo, pero solo podía pensar en ella, en la de peligros que corría al ir sola por la calle.
—¿Cómo has sido capaz de dejarla irse sola?, ¿así es cómo cuidas lo que es tuyo?
—¿Perdón? —preguntó Álex incrédulo.
—Que eres un imbécil.
Y antes de que Álex pudiese responder nada, David bajó del banco, se puso sus auriculares, la música a todo volumen y aceleró el paso para encontrar a Cía a tiempo.
00:55; dos manzanas antes de llegar al apartamento de Cía...
Allí estaba, la veía. David se puso a correr para alcanzarla porque los gritos con su nombre estaban siendo en vano. Ella acostumbraba también a ponerse los auriculares con la música a todo volumen para olvidarse del resto del mundo, como él.
Cía se paró en un cruce, mientras David seguía corriendo tras suya.
—¡Cía, para! —le chilló de nuevo David.
Ella instintivamente se quitó el auricular en medio de la calle y se giró viendo a David correr hacia ella; lo que no vio fue ese coche que minutos después la tendría sobre el capó...
No hay comentarios:
Publicar un comentario