martes, 24 de junio de 2014

Capítulo 13.

10:15 de la mañana en un apartamento cualquiera de la playa de la Barceloneta...

—Despierta dormilona, que ya son horas —le susurró David a Cía mientras ésta aún seguía durmiendo.

  Cía se giró, miró a David, hizo sonidos extraños y volvió a cerrar los ojos.

—Vale, vale... Pues tú lo has querido, nena.

  Y dicho esto comenzó a hacerle cosquillas en las costillas, haciendo que Cía se despertase de repente y empezase a reír a carcajadas.

—¡Para ya, David! —suplicó Cía mientras daba patadas e intentaba soltarse de él—, por favor, para.
—¿Qué dices?, es que no te oigo —dijo él mientras continuaba haciéndole cosquillas.
—¡Que pares! —contestó ella mientras hacía amago de morderle.
—Ah, no, no, o sea, ¿no te despiertas y encima quieres morderme...?, vamos mal, pequeña Cía, vamos muy mal...

  Ese chico le sacaba de quicio, pero cada vez le gustaba más, cómo era, cómo se portaba con ella, cómo la trataba, y lo mejor de todo, cómo sabía hacerla sonreír. 
  Hacía tanto tiempo que no se sentía así, que había olvidado qué era sonreír sin tener que fingir, estaba bien con él —¿bien?, mucho más que eso—, y sin duda, no quería que nada ni nadie le quitase de su vida ese bienestar.

—Vale, me rindo, me rindo —dijo ella levantando los brazos en modo de derrota.
—Así me gusta.
—Entonces... ¿Me perdonas?
—Me lo tendré que pens...

  Pero antes de que acabase la frase, Cía le besó.
  Volvía a sentir ese pequeño calambre en el cuerpo y ese cosquilleo en el estómago, y seguía sin encontrar explicación alguna. ¿Cómo, de qué manera podía haber llegado a pillarse —aunque no quisiera admitirlo— de esa chica?, si no era nada del otro mundo, no tenía nada especial... A parte de ser guapa, tener una sonrisa increíble, un cuerpo diez, hacerle sentir único...

"Ya, David, deja de decir mariconadas", se dijo a sí mismo. "No vas a pillarte, no ahora que acaba de empezar el verano y puedes tenerlas a todas".

  De repente se oyó la puerta de la calle abrirse.

—¿¡Cía!?, ¿¡Cía dónde estás!?

  Su madre.

  Antes de que David pudiese esconderse, la madre de Cía entró por la puerta de su habitación y fue corriendo a abrazarla haciendo caso omiso de la presencia del chico.

—Dios, ¿estás bien, hija? —preguntó Irene— No sabes lo preocupada que estaba.
—Mamá, tranquilízate... ¿Qué pasa...?
—Me llamó un chico, por la voz diría que no más de 20 años, me dijo que estabas en peligro, y colgó. He venido lo antes posible... Menudo susto teníamos.
—Bueno, ya has visto que estoy bien... 
—Y bueno, ¿él es...? —dijo su madre extrañada.
—Em..., mamá, David. David..., mi madre Irene.

  Pero Cía no tenía la cabeza en el momento... Sabía de sobra quién había llamado a su madre. Y el porqué lo había hecho, sabía que si no era de él..., no quería que ella fuese de nadie más.
Álex.

lunes, 16 de junio de 2014

Capítulo 12.

  David se quedó callado, miró a Cía y formuló la pregunta:

—¿Te ha gustado la pizza?

  Cía se sorprendió y seguidamente le pegó un puñetazo en el hombro a David.

—Estúpido, me has asustado.
—¿Qué pasa, Cía?, ¿creías que iba a preguntarte sobre el imbécil de tu ex al cual le has abierto la puerta? —dijo David medio serio.

"¿Y ahora qué le digo?", pensó Cía. "¿Se lo cuento...?"

—¿Cómo has sabido que era mi ex?, ¿estabas escuchando la conversación, David? —preguntó Cía levantando un poco más el tono de lo normal.
—¿Y si te digo que sí, qué? —contestó David vacilante—. Cuando ha dicho que te echaba de menos me han entrado ganas de chillarle que tú a él no, que ahora estabas conmigo...

  Cía no se podía creer lo que estaba escuchando, y mucho menos de él, nunca hubiese imaginado que David fuese así de impulsivo y de celoso, aunque en parte, a decir verdad, era algo que le encantaba.

—Por eso has chillado si subía a ducharme contigo, ¿verdad? —preguntó Cía sonrojándose.
—Bueno... Sí, en parte.
—Bien, ahora vuelvo.

  Cía se levantó del sofá, recogió ambos platos vacíos, los dejó dentro de la pila de la cocina y subió de nuevo a su habitación.
  Empezó a dar vueltas alrededor de la cama; no se sacaba de la cabeza ni a Álex ni a David. Uno por ser el primer chico del cual se enamoró, el otro..., por hacerle creer de nuevo en el amor.

"Piensa Cía, piensa", se dijo a sí misma cogiéndose la cabeza con ambas manos. "Veamos, tienes a un chico guapísimo que se ve que está pillado por ti, ahí bajo, en tu casa, en tu salón, en tu sofá, ¿se puede saber que estás haciendo pensando en el imbécil de tu ex?"

Toc. Toc.

—¿Puedo entrar? —dijo David en voz baja.

  A Cía le dio un vuelco el corazón, y con las pulsaciones disparadas contestó:

—Em..., sí, pasa, pasa.
—Cía, ¿estás bien? —preguntó David mientras se acercaba a ella—, tardabas en bajar y pensaba que habías salido huyendo o algo —y seguidamente rompió a reír.
—Sí, David, estoy bien, no pasa nada.
—Siento lo ocurrido antes, he de admitir que me he puesto celoso sin motivo... —dijo David mirándola a los ojos.

"¿Qué me está haciendo?, yo antes no era así", pensó David. "A mí antes todas las tías me daban igual, ¿por qué ella tendría que ser diferente?"

—Ya está, olvidémoslo —dijo Cía—. Quiero seguir viendo la película, ¿sí?
—Claro, vamos —respondió David cogiéndola de la mano.

  Volvieron a bajar al comedor y se sentaron en el sofá. Cía se acostó sobre sus rodillas mientras David le acariciaba el pelo de nuevo.
  Cuando la película acabó, David hizo ademán de levantarse, pero se dio cuenta de que Cía se había quedado dormida sobre sus piernas, así que cuidadosamente le acarició la oreja y le dijo:

—Cía, vamos a dormir.

  Ésta, sin pensárselo dos veces, se levantó con la ayuda de David, y ambos subieron las escaleras hasta llegar a la habitación.
  Cía se metió en la cama y David se quedó en los pies viéndola dormir de nuevo.

02:30 de la madrugada en una calle estrecha de Barcelona...

  Se encendió un cigarro, y se lo metió en la boca, empezó a caminar cabizbajo mientras daba pequeños golpes a las piedras que iba encontrando y soltaba el humo por la boca y la nariz.
  Álex no sabía qué hacer, no sabía quién era aquél capullo que estaba en casa de Cía, pero no iba a quedarse con los brazos cruzados.

—O es mía, o no es de nadie.

  Y dicho esto realizó una llamada que cambiaría la situación por completo.

lunes, 9 de junio de 2014

Capítulo 11.

—¿Por qué llevas harina en la cabeza? —preguntó Álex extrañado.
—Repito... —dijo Cía— ¿Qué haces aquí?
  
  Álex miró al suelo y seguidamente a los ojos color miel de ella y respondió:

—Te echaba de menos y necesitaba verte.
—Álex, ya hablaremos, ahora mismo estoy ocupada.
—¿Podemos quedar mañana para comer?, me quedo esta semana y no tengo nada que hacer —siguió insistiendo el chico.
  
  Cía solo quería que se fuese, no podía ver a David, y mucho menos que David le viese a él.

—Ya hablaremos mañana, ahora te tengo que dejar.
—Está bien, Cía, ya te llamo mañana... Por suerte no borré tu número.
  
Y dicho esto al intentar cerrar la puerta, David chilló:

—¡Chica sin habla!, ¿¡te vienes ya a la ducha!?, te estoy esperando.

  La cara de Cía de repente empalideció y Álex solo supo hacer una cosa... Preguntar de nuevo.

—Estás con alguien más, ¿verdad?
—Eso no es asunto tuyo —respondió ella—, ya hablamos.

  Y cerró la puerta. Se apoyó en ella, y se sentó, acercó sus rodillas a su pecho y una lágrima resbaló por su mejilla. De repente bajó David por las escaleras únicamente con una toalla en la cintura. Su torso parecía que acababa de salir de los dedos de cualquier escultor, era perfecto, sin vello y con unos abdominales que dejaban realmente sin palabras.
  Se secó la cara y tragó saliva, realmente le hubiese encantado ducharse con él, y lo sabía.

—¿Te ha ido bien la ducha, señorito?
—Me podría haber ido mejor, pero bueno —dijo intentando disimular las ganas que tenía de ducharse con ella—, otra vez será.
—Pues ahora voy yo, en 10 minutos bajo y cenamos, saca la pizza del horno, pon la tele, limpia un poquito la cocina, y si eso busca algo para ver, no tardo.
—Sí sargento —dijo David soltando una carcajada.
—Eres idiota —dijo Cía, y sonrió.

  Subió las escaleras sin ganas, porque lo único que le apetecía era estar sentada en el sofá con él, pero decidió no demorarse y así acabar temprano, tal y cómo había dicho.
  Se quitó la ropa rápidamente y se metió en la bañera, le apetecía un baño relajante de espuma y sales minerales, pero hoy no iba a ser el día. Abrió el grifo y dejó que el agua cayese sobre su cabeza, eliminando los restos de harina que quedaban y el pequeño recuerdo del momento hacía diez minutos en la cocina. Se puso a pensar; necesitaba saber por qué Álex había vuelto, por qué ahora y no dos meses antes, quería averiguar qué sentía al estar con David, con el “perfecto David”, y por qué no podía sacarse a su ex de la mente.
  La cabeza iba a estallarle de un momento a otro, así que dejó de pensar en ambos y salió de la bañera. Se secó, se puso su particular pijama y bajó al comedor.
  Al ver todo aquello no pudo creérselo. 
  La mesita de cristal que estaba frente al sofá estaba llena de jazmín, habían dos vasos llenos de Coca-Cola y una pizza cortada en forma de corazón —supuso que el resto se lo había comido él, pero en ese momento fue lo que menos le importó—.
  En el suelo habían dos cojines y en la televisión estaba puesta la película “Un paseo para recordar”, una de sus favoritas.
  
Se acercó por la espalda a David, le rodeó el cuello con ambos brazos y le besó.

—Gracias... —dijo entre susurros.
—Yo no he hecho nada, Cía, gracias a ti.

  Al acabar de cenar, se tumbaron en el sofá. Cía apoyó su cabeza en el pecho de David, mientras este le acariciaba el pelo.

  De repente David se quedó mirándola.

—Cía..., tengo que hacerte una pregunta.

  En ese momento pensó en lo peor, no tenía motivos, pero no podía esperar nada bueno. Aún así tragó saliva y respondió:

—Claro, dime.

lunes, 2 de junio de 2014

Capítulos 9 y 10.

—¿Qué pasa Cía, te noto diferente?

  En lo que llevaban de camino, no había parado de mirar al suelo, intentaba no quedarse embobada con la mirada de David, pretendía olvidar por un momento lo que aquel chico le hacía sentir, pero nada, le resultaba totalmente imposible.

—¿Hola?, Planeta Tierra llamando a Cía, ¿hay alguien ahí? —dijo David sacudiendo su mano delante de la cara de ella para llamar su atención.

  Ambos se quedaron mirando y soltaron una carcajada.

—Mira que eres idiota —contestó poniéndose roja—, pero sí, estoy aquí.
—Sí, un idiota al que le encanta hacerte sonreír —dijo David mirando a Cía—, y el cual te encanta.

  David le dio un rápido beso en los labios y echó a correr.

—¡CAPULLO! —chilló Cía— ¿Ahora por qué corres, eh?, ¿tienes miedo de que te pille?
—¿¡Qué dices!? —contestó David alzando la voz— ¡Desde aquí no te oigo!

  David hacía gestos a lo lejos acercándose la mano a la oreja, insinuando que no la oía, y Cía, picada, echó a correr tras él. Corrían cada vez más deprisa, uno intentado alejarse, y el otro intentando cogerle. 

"Me hace sentirme como hace tiempo que no me sentía —iba pensando David—, como un niño."

—¡Te pillé! —dijo Cía con la respiración entrecortada— A saber..., en qué..., pensabas...
—Eh, respira, respira —respondió David sonriendo—, no pensaba en nada, pero me sabía mal hacerte correr tanto.

  Cía, fue a pegarle un puñetazo en el hombro a David, pero éste le cogió la muñeca.

—Tengo buenos reflejos, chica sin habla.

  Cabreada, hizo lo mismo con la mano que tenía libre, pero de nuevo, fue cogida.

—Veo que no te rindes, eh —dijo David con las dos muñecas de Cía entre sus manos.
—Veo que vas de chulo, eh —contestó Cía con rabia.
—¿Y no te gusta?
—No.
—Cía, no sabes mentir, al menos tus ojos no dicen lo mismo.

  E instintivamente cerró los ojos.

—¿Y ahora, me crees? —y sonrió.

  David no contestó. La miró, de nuevo, no se cansaba de hacerlo, de ver lo perfecta que tenía la piel, —¡y dios!, esa boca—, le daba igual lo que hiciera ella después, pero la ocasión era perfecta, y necesitaba besarla otra vez. Así que no lo dudo, y aprovechando que seguía con los ojos cerrados se acercó a su boca.

—Si no tuviese tus manos agarrando mis muñecas juraría que te ha tragado la tier...

  Antes de que terminase la frase, David ya tenía sus labios con los de ella, volvía a sentir ese cosquilleo en el estómago, esas ganas infinitas de decirle que era perfecta.
Cía se separó poco a poco de él y se quedó mirándole.

—¿Por qué lo has hecho, David?
—Simple, me apetecía hacerlo.

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—¿Te ha molestado? —preguntó extrañado.
—No, tranquilo, me ha pillado por sorpresa —respondió Cía—, ¿podemos irnos?
—Sí, claro.

  Ambos empezaron a caminar de nuevo, pensando en lo que acababa de pasar. Cía no sabía por qué él había hecho aquello, ¿por qué se fijaba en ella habiendo mil chicas mejores?
  Llegaron a su casa y Cía buscó las llaves en su bolso, abrió la puerta con las manos un poco temblorosas, y entraron.

—¿Cenamos pizza? —sugirió Cía.
—Sí, claro —contestó David ya sentado en el sofá.
—Ahora vuelvo, voy un momento arriba.

  Cía subió las escaleras y fue directa a su habitación, se puso sus pantalones cortos y su camiseta de "Los Simpsons" y recogió la ropa que había encima de la cama y de la silla de su escritorio. Al salir, se dirigió a la habitación de sus padres, buscó una camiseta que no usase mucho su padre y unos pantalones de chándal. Por suerte él y David tenían una estatura parecida, y casi la misma talla de pantalón.
  Mientras bajaba las escaleras, vio a David quitándose la camiseta, vio su perfecta espalda, y las pecas que tenía. Respiró y siguió bajando.

—Mira a ver si te cabe —dijo Cía dándole la ropa.

  David, sin pensarlo dos veces se puso la camiseta y se quitó los pantalones para ponerse los otros.

—Pues mira por dónde, sí me cabe —dijo riéndose.
—Mira que eres idiota —contestó riendo Cía—, ¿me ayudas con la cena?
—Por supuesto, señorita, eso ni se pregunta.

  En casa de Cía acostumbraban a hacer la masa de la pizza ellos mismos, por lo que tenían que usar harina, y Cía ya sabía que eso no era una muy buena idea.

—¿No tenéis base de pizza hecha ya? —preguntó David extrañado.
—No, aquí las hacemos caseras.
—Entonces me da a mí que vamos a divertirnos.

  Al cabo de un rato, en la cocina daba la sensación de que acababa de nevar, y el aspecto de ambos no era para menos.

—Bueno, espero que la pizza nos haya salido buena —dijo David echándose a reír.
—Después de cómo me has puesto, más te vale.
—Ahora necesito una ducha, y puesto que no vas a querer ducharte conmigo..., tendré que ir haciéndome el ánimo de ducharme solo, ¿verdad?
—Pues sí —dijo seria Cía—, al subir las escaleras, la última puerta a la derecha.
—Era broma, mujer, mete la pizza en el horno y en menos de diez minutos bajo.
—Está bien.

  David subió corriendo las escaleras y Cía puso la pizza en el horno. Ella también necesitaba una ducha urgente, pero ya lo haría cuando David saliese del cuarto de baño, ni en broma iba a meterse con él. Aún así, soltó una ligera risa al pensarlo.

Ding. Dong.

"—Dios. ¿Y ahora quién podrá ser?, ¿y si son mis padres?", la cabeza de Cía parecía un mar de preguntas, "pero si tenían que volver mañana por la mañana..."
  
  Se acercó sigilosamente a la puerta, miró a través de la mirilla, y no pudo creerse lo que veían sus ojos... Abrió la puerta despacio y le miró a los ojos.

—¿Qué haces aquí, Álex?
—Vaya, Cía, yo también me alegro de verte...