Dani
—Ponme uno doble, con hielo —le pido al camarero de nuevo—. De lo mismo.
La botella que lleva mi nombre precedido de otro está a punto de llegar a la mitad y sólo la he tocado yo. El camarero coge mi vaso, le añade dos cubitos de hielo, levanta la botella de Jack Daniel's y llena el vaso hasta la mitad.
—Incluso el vaso lo veo medio vacío... —Murmuro mientras sujeto el objeto de cristal con la mano y hago tintinear el hielo.
—¿Decía algo, señor? —Me pregunta el camarero pensando que le hablo a él.
No contesto.
El camarero sigue con su faena y yo miro de qué manera el hielo se deshace en mi vaso. Este es el cuarto que me hago y la promesa que me ha hecho hacer Sophie sigue dando tumbos por mi mente. Doy un trago y noto cómo los 40º bajan por mi garganta directos al hígado. No me importaría desaparecer ahora.
Doy otro trago. El camarero ha desaparecido y yo en breves voy a necesitar otro vaso. Doy el tercero, bebiendo hasta la última gota de lo que queda. Los cubitos de hielo no han tenido tiempo de consumirse y los dejo "vivir", como no ha sido posible con Sophie. Doy un puñetazo a la barra.
"La imagen, Daniel, la imagen", me repito sucesivamente.
—¿Algún problema, señor? —Por fin, ya está aquí—. Sí, no está lleno —le digo señalando el vaso que tengo entre mis dedos—. Llénalo.
El camarero me mira perplejo —supongo que por la capacidad que tengo de aguantar sobrio— y me coge el vaso. No antes sin pedirme permiso: Permiso concedido.
—Doble pero sin hielo —digo esta vez.
El camarero deja sobre el recipiente plateado las pinzas que había cogido para el hielo y echa únicamente el whisky que le he pedido. Me da el vaso de nuevo, lleno y sin hielo, y va a atender a otros clientes.
Este vaso me lo bebo todavía más deprisa que los anteriores y maldigo a mi cuerpo por no dejarme emborracharme tranquilo.
Dejo el vaso completamente vacío sobre la barra, hago una seña al camarero para que se acerque y cuando lo hace, le doy cincuenta euros.
—Cóbrese los cinco y las molestias.
Me levanto del taburete seguro de mí mismo y voy directo a la máquina de tabaco. Introduzco cinco euros y le doy a la tecla que pone "Marlboro". Hacía casi dos años que no fumaba, desde que empecé con Sophie, pero al final, las malas rutinas vuelven y lo bueno se va.
Salgo a la puerta y abro el paquete. Ya estoy empezando a notar cómo me sube el alcohol, pero no me importa. Saco un cigarrilo y lo enciendo, dejando que el humo llegue hasta lo más profundo de mí. La primera calada hace que tosa pero la segunda ya la controlo. Noto cómo empiezo a marearme y no sé si es que los cinco vasos de Jack Daniel's están empezando a hacerme efecto o estar casi dos años sin fumar tiene consecuencias.
Empiezo a ver borroso y sé que no son las lentillas. Me siento en el bordillo de la acera por intentar recobrar un poco el sentido y sigo fumando.
—Perdona, ¿tienes fuego? —Me pregunta una chica morena con unos increíbles ojos azules.
—Sí, claro —contesto tendiéndole el mechero que saco de mi bolsillo derecho. No sabía ni que tuviese uno.
Está jodidamente buena. Es bastante alta, lleva un vestido negro por encima de las rodillas, una americana blanca y unos tacones de un palmo, mínimo. Las curvas se le marcan como si el vestido fuera de papel y las piernas me gritan que las abra.
—¿Qué haces a estas horas por aquí? —Le pregunto, curioso.
—Podría preguntar lo mismo —me dice, y no respondo.
Estoy empezando a notar cómo se me cierran los ojos y hago todo lo posible por mantenerlos abiertos.
—¿Estás bien? —Me pregunta.
—Sí, claro —me levanto del bordillo y le tiendo la mano—. Daniel, encantado.
—María, lo mismo digo —responde apretándome la mano.
—¿Quieres tomar algo? —Le pregunto—. Tranquila, yo invito —y cogiéndola de la cintura la llevo de nuevo adentro.
Seis horas después...
Abro los ojos como puedo y a través de la ventana veo cómo en el exterior ya es de noche.
"¿Dónde coño estoy y qué hora es?", pienso. Estoy totalmente desnudo y no veo nada.
Me incorporo de la cama en la que me encuentro y comienzo a palpar el colchón, no hay nadie.
—Joder, menos mal —digo en voz alta.
Me levanto y doy una patada sin querer a unos pantalones. A oscuras, descubro que son los míos y busco mi iPhone en el bolsillo.
"Sigue aquí".
Miro la hora en la pantalla: "20:30". Maldigo para mis adentros el haber bebido tanto y pongo el flash a modo de linterna para ver dónde me encuentro.
No es mi habitación y no es ninguna que conozca, ¿dónde coño me he metido?
—Por fin, buenos días —dice una voz que entra por la puerta. Es María.
Cía es una adolescente de Zaragoza que se va a Barcelona por motivos de trabajo de su padre durante el verano, y en parte, por olvidar a su ex novio, Álex. Allí conoce a un chico llamado David, y todo va genial hasta que un día, Álex se presenta en su apartamento diciéndole que la echa de menos. ¿Qué pasará entre ambos?, ¿Cía se quedará con David, con Álex o con ninguno?
domingo, 24 de abril de 2016
Capítulo 21, parte dos.
Dani.
Cinco minutos antes...
Cía acaba de bajar a toda hostia porque ha olvidado decirles a los enfermeros que vive en el ático; solo espero que estén al caer. Sophie sigue sin pulso y es lo que más me acojona. Abre los ojos de repente y mi corazón se para al instante.
—Dani... —Dice entre murmullos—. Escúchame...
—Cállate, Sophie, por favor. Has perdido mucha sangre y no será bueno que hagas esfuerzos, por Dios...
—Escú... chame... —Sigue diciendo sin apenas poder hablar—, sé... sé fe...liz... Con ella... o con qui...en sea... Promé...teme...lo, por favor...
No sé por qué coño me hace prometerle nada, y menos esto. ¿A qué viene eso ahora?
—Prométeme...lo, Da...ni...
—Te lo prometo, Sophie —le digo sin más remedio—, lo haré...
Y como si mi "haré" fuese un interruptor, desconecta a Sophie de la vida.
—¡Sophie, joder!, ¡Sophie, despierta!
Siento cómo el corazón se me está desgarrando como si fuese papel y a medida que van pasando los segundos me voy desesperando más.
—Está en el cuarto de baño. A mano derecha —oigo que dice Cía nada más entra en el piso.
Dos enfermeros, de apariencia bastante joven, irrumpen en el cuarto de baño nada más seguir la indicación de Cía. Sin apenas pestañear, sacan las herramientas —que supongo— que van a necesitar para reanimar a Sophie.
Cía viene detrás de ellos y también se sorprende de su rapidez. La cara de ella muestra miedo y sobre todo tristeza. Sigo con Sophie entre mis brazos y cada vez la noto más fría. Tengo demasiada rabia por dentro al no poder derramar ni una maldita lágrima.
Veo cómo el enfermero más joven intenta la reanimación cardiopulmonar básica y mi rabia aumenta cuando los labios de éste se posan sobre los de mi novia. Si él no fuese la línea que la separa de la vida y la muerte, seguramente le mataba. Aquí mismo. A sangre fría.
El otro, al ver mi cara de rabia, saca un desfibrilador portátil.
—Apártate, chico —me dice éste último.
Dani, cálmate.
Hago caso inmediato y me levanto, dejando a Sophie acostada completamente en el suelo. Voy al lado de Cía. Está temblando y sus ojos están inyectados en dolor.
Cuentan hasta tres y el desfibrilador da su primera descarga. Sophie se eleva unos centímetros del suelo pero sigue sin moverse. El Holter está bajando sus pulsaciones y me cago en la puta.
—Sube a 130 —dice el enfermero que tiene ambas placas metálicas en las manos.
Segunda descarga. Una fina capa de sudor está empezando a nacer por la frente del enfermero. Sophie vuelve a levantarse unos centímetros del suelo y continúa en su estado inicial. El Holter deja sonar la peor melodía conocida y Cía se lleva las manos a la boca. Ya sabemos el resultado.
—Hora de la muerte, 13:08 —anuncia el enfermero mirándose el reloj de muñeca.
Quitando las placas metálicas del cuerpo sin vida de Sophie, la cubre con una manta isotérmica y dice:
—No hemos podido hacer nada, chicos... Lo sentimos.
Y antes de que diga nada más, salgo del cuarto de baño directo a la puerta principal y doy un portazo con todas mis fuerzas.
Salgo del edificio con las manos convertidas en puños apretando como si estuviera estrangulando a alguien. Estoy preparado para destrozarme los nudillos y lo haría, si no fuera porque son parte de mi imagen y no puedo joderla.
Lo que sí puedo hacer, y nadie me va a prohibir, ni siquiera un puto contrato, es ir a cualquier bar. Y ahí es donde voy.
lunes, 18 de abril de 2016
Capítulo 20, parte dos.
Cía
Ahora mismo estoy bastante perpleja. Hace menos de dos días que conozco a Sophie, vale, pero ¿por qué algo así no podía habérmelo
comentado?
—No… No lo sabía… —Consigo decir al final—. La ambulancia
está de camino —añado, cambiando de tema, estoy lo suficientemente asustada
como para encima hablar de más muerte.
Dani sigue arrodillado a su lado, tapándole los cortes de
ambas muñecas como puede, pero para mi sorpresa, no derrama ni una lágrima.
—No te preocupes, Dani… —Digo mientras me siento a su
lado—, se pondrá bien.
Nunca he sido de hacer promesas sobre el futuro. Nadie sabe
a ciencia cierta si va a salir bien o mal, pero en estos casos, prometer que “saldrá
bien”, es como darle una cuerda a una persona que está colgando de un
precipicio: le estás dando algo a lo que aferrarse.
—No me lo tengas en
cuenta, no soy tan optimista como tú.
¿Optimista yo?, creo que si no estuviera en el momento en
el que estoy, y si no hubiese pasado lo que ha pasado, me echaría al suelo a reír
a carcajadas.
—¡No tiene pulso, Cía! —Chilla Dani de repente—, ¡no tiene
pulso, joder!
No me lo puedo creer… Esto ahora no, por favor…
—Sigue evitando que se desangre más —le digo a Dani—. Hace
ya más de diez minutos que he llamado.
El cuarto de baño empieza a ser rojo, como los ojos de Dani, los cuales siguen sin siquiera humedecerse.
A lo lejos escucho la sirena de la ambulancia y bajo corriendo en ascensor al portal para abrir antes de que llamen, he olvidado decirles que vivo en el ático. Después de dos minutos contados, dos chicos de apariencia bastante joven, entran con una camilla. No sé cómo van a poder bajar a Sophie si todos no caben en el ascensor.
Subo con ellos con la camilla desmontada y llegamos al loft.
—Está en el cuarto de baño. A mano derecha —les indico a ambos chicos.
Entro detrás de ellos mientras me percato de que ambos ya han sacado las herramientas necesarias para reanimar a Sophie.
El más joven, aparentemente, intenta primero la reanimación cardiopulmonar básica pero el otro chico, saca a continuación el desfibrilador portátil.
—Apártate, chico —le dice el enfermero a Dani.
Éste último, haciendo caso inmediato, vuelve a ponerse a mi lado.
Un... Dos... Tres...
El desfribilador da su primera descarga y Sophie da un salto acostada. Sigue sin moverse. El Holter está bajando las pulsaciones de Sophie, joder.
—Sube a 130.
Segunda descarga. Veo cómo una fina capa de sudor empieza a formarse en la frente del enfermero que está atendiendo a Sophie. Ella, levanta cinco centímetros la espalda del suelo y vuelve a su estado. El Holter empieza a pitar continuamente.
No digo ni una palabra. Ya sé el resultado.
—Hora de la muerte: 13:08.
El enfermero levanta las placas metálicas del cuerpo sin vida de Sophie y con una manta isotérmica la cubre entera.
—No hemos podido hacer nada, chicos... Lo sentimos.
Dani sale del cuarto de baño y, dando un portazo, desaparece de mi loft.
domingo, 10 de abril de 2016
Capítulo 19, parte dos.
Cía
No me hace mucha gracia ir en el coche de Dani teniendo el mío en el párking. Siempre me ha gustado hacer las cosas por mi cuenta y no depender de los demás, no me gusta estar a la merced de cualquiera y ahora mismo en el coche de Dani, lo estoy: puede hacer lo que le plazca conmigo y no estoy cómoda.
—¿Puedes ir más despacio? —le pregunto. Desde que hemos subido al coche se ha saltado dos semáforos en rojo y va a casi 80 km/h dentro de la ciudad.
—Lo siento, Cía. Realmente estoy preocupado.
Dudo si creerle o no, realmente parece nervioso pero no acabo de confiar plenamente en él. No ha dejado de dar golpecitos con los dedos en el volante desde que lo ha cogido por primera vez y ni siquiera suena la radio, la ha apagado en cuanto han puesto publicidad. Leves gotas de sudor empiezan a aparecer por su frente. No sé por quién preocuparme más, si por Sophie, o por él.
Miro por la ventana, algunas gotas, aunque escasas, de lluvia, comienzan a empapar el cristal.
—Lo que faltaba —dice dando un golpe seco al volante.
—Tranquilízate, Dani, ¡por Dios!
Al cabo de cinco minutos, frena en doble fila delante del apartamento y baja corriendo hacia mi puerta. Se quita el abrigo negro y me lo pone encima para que no me moje; la lluvia se ha convertido en el diluvio universal. Observo cómo deja al descubierto un impecable traje gris y le doy las gracias: no tiene pinta de ser barato y por mi culpa se lo está mojando.
Llegamos al portal y abro la puerta derecha. Entramos, él detrás de mí, y subimos al ascensor. Le devuelvo su abrigo dándole de nuevo las gracias y le doy al botón número 9 haciendo que el aparato elevador comience a subir.
—Solo deseo que esté esperándonos en la puerta. O al menos, esperándote —dice.
Sexto piso. Séptimo piso. Octavo piso...
Pero como dicta la ley de Murphy: "Si algo puede salir mal, saldrá mal", y antes de llegar al noveno piso, el ascensor se detiene.
—¡Joder! —grita Dani—, dime si algo puede salir peor.
Y conforme suenan esas seis últimas palabras de su boca, la luz se apaga.
—¿Algo más que añadir? —critico.
—Creo que mejor me voy a callar —dice.
Miro mi iPhone, ¡maldita sea!, sin cobertura. Si yo no tengo cobertura, dudo que él tenga...
—¿Tú tienes cobertura? —le pregunto.
—Nada...
Genial. A ver qué hacemos ahora.
Enciendo el flash de mi móvil a modo linterna y él hace lo mismo.
—Por lo menos, algo nos podemos ver —comenta. Gracias, no me había dado cuenta—. Ten, anda, póntelo —me dice tendiéndome de nuevo su abrigo.
—Gracias...
Me mira a los ojos y me duele ver cómo se le acristalan.
—¿Crees que estará bien?
—Espero que sí —le contesto mientras acabo de ponerme su abrigo.
Se acerca a mí y antes de poder reaccionar, encuentro sus brazos rodeando mi cuello convirtiéndolo en un extraño abrazo. Paso los míos por su cintura y, dejando de lado mi desconfianza, le devuelvo el abrazo.
—Estará bien, ya lo verás...
Como por arte de magia, el ascensor empieza a moverse, haciendo su recorrido programado y en menos de cinco segundos hemos llegado al noveno piso.
Abro la única puerta que hay en el piso, porque mi ático es el único de la finca y me sorprende que esté abierta. Nadie, aparte de mí, tiene copia de llaves.
—¿Qué ocurre? —pregunta Dani detrás de mí.
—Sh —siseo.
Entro en silencio con Dani a mis espaldas y oigo como un grifo está abierto.
—Ve al cuarto de baño y asegúrate de que el grifo esté cerrado.
Yo voy a la cocina por si acaso fuese la fuente del ruido y me cercioro de que el de allí también lo esté.
—¡Cía, por Dios, corre! —oigo que chilla Dani desde el cuarto de baño.
En cuanto entro, lo primero que veo son unas muñecas llenas de sangre y una cuchilla en el suelo. Sophie está sentada en el plato de ducha y Dani, empapado por el agua que sigue cayendo del grifo, sujeta su cabeza.
Apago el telefonillo para que deje de caer el agua y marco enseguida el 112.
—Una ambulancia, por favor. Sí. Paseo de Gracia número 20. Intento de suicidio. Dense prisa, por favor. Gracias —y cuelgo—. ¿¡Me dices cómo ha podido entrar si no tenía llaves!?
—Su padre... —susurra Dani entre sollozos.
—Su padre, ¿qué?
—...su padre —continúa—, era policía. Aprendió a abrir puertas hace tiempo...
—¿Era?
—Sí, Cía... Ambos murieron en un accidente de coche hace un par de semanas.
No me hace mucha gracia ir en el coche de Dani teniendo el mío en el párking. Siempre me ha gustado hacer las cosas por mi cuenta y no depender de los demás, no me gusta estar a la merced de cualquiera y ahora mismo en el coche de Dani, lo estoy: puede hacer lo que le plazca conmigo y no estoy cómoda.
—¿Puedes ir más despacio? —le pregunto. Desde que hemos subido al coche se ha saltado dos semáforos en rojo y va a casi 80 km/h dentro de la ciudad.
—Lo siento, Cía. Realmente estoy preocupado.
Dudo si creerle o no, realmente parece nervioso pero no acabo de confiar plenamente en él. No ha dejado de dar golpecitos con los dedos en el volante desde que lo ha cogido por primera vez y ni siquiera suena la radio, la ha apagado en cuanto han puesto publicidad. Leves gotas de sudor empiezan a aparecer por su frente. No sé por quién preocuparme más, si por Sophie, o por él.
Miro por la ventana, algunas gotas, aunque escasas, de lluvia, comienzan a empapar el cristal.
—Lo que faltaba —dice dando un golpe seco al volante.
—Tranquilízate, Dani, ¡por Dios!
Al cabo de cinco minutos, frena en doble fila delante del apartamento y baja corriendo hacia mi puerta. Se quita el abrigo negro y me lo pone encima para que no me moje; la lluvia se ha convertido en el diluvio universal. Observo cómo deja al descubierto un impecable traje gris y le doy las gracias: no tiene pinta de ser barato y por mi culpa se lo está mojando.
Llegamos al portal y abro la puerta derecha. Entramos, él detrás de mí, y subimos al ascensor. Le devuelvo su abrigo dándole de nuevo las gracias y le doy al botón número 9 haciendo que el aparato elevador comience a subir.
—Solo deseo que esté esperándonos en la puerta. O al menos, esperándote —dice.
Sexto piso. Séptimo piso. Octavo piso...
Pero como dicta la ley de Murphy: "Si algo puede salir mal, saldrá mal", y antes de llegar al noveno piso, el ascensor se detiene.
—¡Joder! —grita Dani—, dime si algo puede salir peor.
Y conforme suenan esas seis últimas palabras de su boca, la luz se apaga.
—¿Algo más que añadir? —critico.
—Creo que mejor me voy a callar —dice.
Miro mi iPhone, ¡maldita sea!, sin cobertura. Si yo no tengo cobertura, dudo que él tenga...
—¿Tú tienes cobertura? —le pregunto.
—Nada...
Genial. A ver qué hacemos ahora.
Enciendo el flash de mi móvil a modo linterna y él hace lo mismo.
—Por lo menos, algo nos podemos ver —comenta. Gracias, no me había dado cuenta—. Ten, anda, póntelo —me dice tendiéndome de nuevo su abrigo.
—Gracias...
Me mira a los ojos y me duele ver cómo se le acristalan.
—¿Crees que estará bien?
—Espero que sí —le contesto mientras acabo de ponerme su abrigo.
Se acerca a mí y antes de poder reaccionar, encuentro sus brazos rodeando mi cuello convirtiéndolo en un extraño abrazo. Paso los míos por su cintura y, dejando de lado mi desconfianza, le devuelvo el abrazo.
—Estará bien, ya lo verás...
Como por arte de magia, el ascensor empieza a moverse, haciendo su recorrido programado y en menos de cinco segundos hemos llegado al noveno piso.
Abro la única puerta que hay en el piso, porque mi ático es el único de la finca y me sorprende que esté abierta. Nadie, aparte de mí, tiene copia de llaves.
—¿Qué ocurre? —pregunta Dani detrás de mí.
—Sh —siseo.
Entro en silencio con Dani a mis espaldas y oigo como un grifo está abierto.
—Ve al cuarto de baño y asegúrate de que el grifo esté cerrado.
Yo voy a la cocina por si acaso fuese la fuente del ruido y me cercioro de que el de allí también lo esté.
—¡Cía, por Dios, corre! —oigo que chilla Dani desde el cuarto de baño.
En cuanto entro, lo primero que veo son unas muñecas llenas de sangre y una cuchilla en el suelo. Sophie está sentada en el plato de ducha y Dani, empapado por el agua que sigue cayendo del grifo, sujeta su cabeza.
Apago el telefonillo para que deje de caer el agua y marco enseguida el 112.
—Una ambulancia, por favor. Sí. Paseo de Gracia número 20. Intento de suicidio. Dense prisa, por favor. Gracias —y cuelgo—. ¿¡Me dices cómo ha podido entrar si no tenía llaves!?
—Su padre... —susurra Dani entre sollozos.
—Su padre, ¿qué?
—...su padre —continúa—, era policía. Aprendió a abrir puertas hace tiempo...
—¿Era?
—Sí, Cía... Ambos murieron en un accidente de coche hace un par de semanas.
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