Cía
Juraría que parece contento, nada que ver con la mala hostia de antes, y con perdón de la palabra. ¿Qué ha podido cambiar? Sus ojos tienen algo que hace que se me erice la piel, pero su sonrisa —para ser la primera vez que la veo—, consigue amenizar el efecto de sus grandes ojos fijos en mí. Miro a cualquier parte intentando disimular que le he escuchado. No quiero que en ninguna circunstancia, mis palabras y las suyas se encuentren. No quiero ser sinónimo de un flan.
—Hola Max —responde agitada una voz detrás de mí.
«Por supuesto, no iba por mí.» Perpleja, me giro hacia la voz que acaba de saludar al chico que tengo a un par de metros y veo a Ana exhausta por la carrera que —con dos dedos de frente, supongo—, se acaba de dar. En la mano derecha, sujeta una funda translúcida que contiene varios folios. La misma que acabo de entregarle hace dos minutos contados. O ha pasado más tiempo o, esta chica, vuela.
—Perdona, Cía, se te han colado estos papeles entre los que me has dado y he pensado que lo necesitarías —dice, sin apenas quitarle el ojo al chico trajeado.
—Gracias —contesto revisando los folios escritos que me acaba de dar.
Sin darme cuenta, había metido el contrato provisional del piso entre los papeles para mi jefe. «Bien hecho, Cía.»
Max pasa por nuestro lado sin articular palabra dirigiéndose al hall del hotel, pero antes de que yo pueda abrir la boca, él se me adelanta y dice en voz alta dirigiéndose a Ana por segunda vez:
—La reunión impecable, preciosa.
Este tío, además de antipático y desagradable; baboso. Incluso así, casi tengo que recoger del suelo los pedacitos de Ana. Cualquiera diría que el tal Max este le rompe todos los esquemas.
De repente, los cabos se unen solos en mi cabeza, como si de dos piezas de un puzzle se tratara. «Reunión, Max»
—Ana —le digo antes de que vuelva a entrar al hotel detrás de la réplica de Christian Grey—, ¿Max es el supuesto jefe? —Y digo "supuesto" porque hasta ahora todavía no le había visto la cara. Ni siquiera yo, siendo la supervisora de recepción.
—Esto... Sí... —musita.
—¿Y por qué yo no era consciente? —pregunto con un tono bastante irritado.
—Nadie lo sabía hasta hace un par de horas —se disculpa.
—Bien.
Definitivamente no entiendo nada. Sin decir nada más y con la carpeta esta vez en mi mano, doy media vuelta dejando a la chica plantada en la puerta del hotel y me dirijo de nuevo hacia mi casa.
Estando ya en el metro, menos estresada que antes, empiezo a fijarme en las diferentes personas que hay en mi mismo vagón. La señora que tengo enfrente, me llama la atención, tiene el pelo granate y mil anillos por ambas manos. Sujeta una especie de bolsa donde lleva a su caniche y le sonríe cual madre haciendo muecas a su bebé. Sonrío cabizbaja por la extrañeza de esa mujer de, aparentemente, 50 años y saco el móvil de mi bolsillo. 2 llamadas perdidas del mismo número: Sophie.
«¿Y ahora qué sucederá?» Le devuelvo la llamada y al segundo tono contesta:
—¿Diga?
—Hola, Sophie, soy Cía, tenía dos llamadas perdidas tuyas, ¿ocurre algo?
—Simplemente quería hacerte una pregunta en cuanto al piso —me dice.
—Claro, dime.
—¿Te parecería bien que mi novio Dani viniese a vivir con nosotras?
Y el mundo se me cae encima.
Cía es una adolescente de Zaragoza que se va a Barcelona por motivos de trabajo de su padre durante el verano, y en parte, por olvidar a su ex novio, Álex. Allí conoce a un chico llamado David, y todo va genial hasta que un día, Álex se presenta en su apartamento diciéndole que la echa de menos. ¿Qué pasará entre ambos?, ¿Cía se quedará con David, con Álex o con ninguno?
jueves, 29 de octubre de 2015
jueves, 22 de octubre de 2015
Capítulo 3, parte dos.
Cía
Veo cómo Sophie me mira extrañada y de repente levanta la mano llamando a Dani con gestos.
—Creo que tu novia te está llamando —le digo al chico señalando a Sophie con la cabeza.
—Contéstame y me iré —me exige haciendo caso omiso a lo que le acabo de decir.
—No lo sé, Dani, nunca antes te había visto —miento.
Sus ojos dicen que los míos mienten a kilómetros, que no me cree, pero él en cambio, se ríe y asiente con la cabeza.
—Disculpa, no debería haberte dicho nada. —Y sin darme tiempo a contestar, se despide con un simple—: Nos veremos pronto, Cía.
Sus últimas palabras han creado en mí un efecto extraño, pero agradable. Veo cómo se va acercando a ella y unos sentimientos de celos invaden mi estómago. Observo cómo la coge de la mano y cómo con la otra le acaricia la cara haciéndole creer que todo está bien, que no ha pasado nada.
«Si es que no ha pasado nada.»
Sigo delante de nuestra mesa del Starbucks cuando la camarera se vuelve a acercar a mí, con su cara de pocos amigos, y por obligación me pregunta si voy a querer algo más.
—No, gracias —digo—, me iba ya.
Me mira como diciendo "¿Por qué me haces perder el tiempo?" y se va. Con el paso firme comienzo a alejarme del local mientras me pongo a pensar en lo que acaba de suceder con Dani. No puede ser que ambos nos recordemos cuando no nos hemos visto nunca, al menos él a mí no, o eso creo.
Saco mi iPhone del bolsillo trasero de mi pantalón. Ninguna notificación, lo suponía.
Cojo los auriculares de mi otro bolsillo y los conecto. Busco alguna canción de Ed Sheeran esperando que me tranquilice. "Thinking out loud" suena en mis oídos mientras veo cómo el gentío en el Passeig de Gràcia va creciendo.
Es un jueves por la tarde y parece viernes. Siempre me ha gustado Barcelona por la multitud de gente, porque cada uno va como quiere vestido y a nadie parece importarle y sobre todo, porque Barcelona nunca duerme.
De repente veo el reloj.
«Mierda.» Son las seis y media de la tarde casi y tengo que presentar la carpeta con los papeles de recepción a mi jefe en una hora y media.
Acelero el paso esquivando, como puedo, a las personas que se interponen en mi camino mientras pongo a punto las llaves para abrir la puerta del piso. Cualquiera que me vea pensará que estoy loca, que se me va la vida y que en breves se me van a salir el corazón o los pulmones por la boca, pero no me importa, tengo prisa y es lo que me toca hacer: Correr como si quisiera reencontrarme con mi primer amor en la estación de tren.
Mientras pequeñas gotas se acristalan en mi frente vuelvo a pensar en él. En el chico de los ojos verdes azulados. No sale de mi mente ni un maldito segundo y joder, cómo escuece. Sin darme cuenta de a qué velocidad voy, tropiezo de frente con un chico trajeado. Su maletín lleno de papeles cae al suelo y me pregunto en voz baja por qué todo me pasa a mí.
—Perdón, lo siento mucho, iba sin mirar. Tenía prisa, y... —digo con la respiración agitada.
—¿No podrías mirar por dónde vas? —me dice elevando la voz más de lo normal. Me mira fijamente con sus ojos grises y un escalofrío recorre mi espalda. Por su apariencia diría que es mayor que yo, pero no mayor de 30 años.
—Lo siento, de verdad —titubeo y me agacho a recoger los papeles que yacen en el suelo.
—Déjalo, ya has hecho bastante —gruñe y acaba por recogerlos él.
«Será imbécil.» Sin decir nada, me levanto y me dispongo a caminar hacia mi loft.
Cuando llego al cruce, me giro hacia él por curiosidad y le encuentro mirándome con esos ojos tan intimidantes.
Al llegar al piso me cambio de nuevo a toda prisa, poniéndome otra vez la falda de tubo negra y la blusa blanca. Me echo por encima la americana y paso por última vez por el cuarto de baño para retocarme el maquillaje. Cojo el colorete de la bolsa de aseo para darme el último toque pero lo pienso mejor cuando veo que mis mejillas ya lucen un tono rosado bastante fuerte. Enseguida pienso en el chico trajeado y en sus ojos grises y sin darme cuenta sonrío.
Diez minutos más tarde estoy en la parada del metro esperando que llegue. Preferiría coger el coche, pero me queda apenas media hora para entregarle los papeles, no sé si habrá mucho tráfico y sobre todo si habrá sitio para aparcar.
«Urquinaona, Jaume I, Barceloneta...» A la cuarta parada bajo y camino durante casi ocho minutos hasta llegar al hotel.
Llevo trabajando aquí cinco meses aproximadamente y todavía no me acostumbro a lo intimidante que resulta ser.
Llego a la recepción y me encuentro a Ana atendiendo el teléfono. Me saluda con la cabeza y le enseño los papeles que tengo en la mano. Con un simple gesto me señala la mesa para que los deje encima, se aparta el teléfono de la oreja y me dice:
—Max está en una reunión ahora mismo, ya me encargo yo de dárselos.
En voz baja le doy las gracias y me despido de ella.
Salgo del hotel bastante más relajada que hace apenas media hora y de repente se me hiela la sangre.
Esos ojos grises se encuentran de repente con los míos y una ligera sonrisa aparece en su cara.
—Nos volvemos a encontrar, señorita.
Veo cómo Sophie me mira extrañada y de repente levanta la mano llamando a Dani con gestos.
—Creo que tu novia te está llamando —le digo al chico señalando a Sophie con la cabeza.
—Contéstame y me iré —me exige haciendo caso omiso a lo que le acabo de decir.
—No lo sé, Dani, nunca antes te había visto —miento.
Sus ojos dicen que los míos mienten a kilómetros, que no me cree, pero él en cambio, se ríe y asiente con la cabeza.
—Disculpa, no debería haberte dicho nada. —Y sin darme tiempo a contestar, se despide con un simple—: Nos veremos pronto, Cía.
Sus últimas palabras han creado en mí un efecto extraño, pero agradable. Veo cómo se va acercando a ella y unos sentimientos de celos invaden mi estómago. Observo cómo la coge de la mano y cómo con la otra le acaricia la cara haciéndole creer que todo está bien, que no ha pasado nada.
«Si es que no ha pasado nada.»
Sigo delante de nuestra mesa del Starbucks cuando la camarera se vuelve a acercar a mí, con su cara de pocos amigos, y por obligación me pregunta si voy a querer algo más.
—No, gracias —digo—, me iba ya.
Me mira como diciendo "¿Por qué me haces perder el tiempo?" y se va. Con el paso firme comienzo a alejarme del local mientras me pongo a pensar en lo que acaba de suceder con Dani. No puede ser que ambos nos recordemos cuando no nos hemos visto nunca, al menos él a mí no, o eso creo.
Saco mi iPhone del bolsillo trasero de mi pantalón. Ninguna notificación, lo suponía.
Cojo los auriculares de mi otro bolsillo y los conecto. Busco alguna canción de Ed Sheeran esperando que me tranquilice. "Thinking out loud" suena en mis oídos mientras veo cómo el gentío en el Passeig de Gràcia va creciendo.
Es un jueves por la tarde y parece viernes. Siempre me ha gustado Barcelona por la multitud de gente, porque cada uno va como quiere vestido y a nadie parece importarle y sobre todo, porque Barcelona nunca duerme.
De repente veo el reloj.
«Mierda.» Son las seis y media de la tarde casi y tengo que presentar la carpeta con los papeles de recepción a mi jefe en una hora y media.
Acelero el paso esquivando, como puedo, a las personas que se interponen en mi camino mientras pongo a punto las llaves para abrir la puerta del piso. Cualquiera que me vea pensará que estoy loca, que se me va la vida y que en breves se me van a salir el corazón o los pulmones por la boca, pero no me importa, tengo prisa y es lo que me toca hacer: Correr como si quisiera reencontrarme con mi primer amor en la estación de tren.
Mientras pequeñas gotas se acristalan en mi frente vuelvo a pensar en él. En el chico de los ojos verdes azulados. No sale de mi mente ni un maldito segundo y joder, cómo escuece. Sin darme cuenta de a qué velocidad voy, tropiezo de frente con un chico trajeado. Su maletín lleno de papeles cae al suelo y me pregunto en voz baja por qué todo me pasa a mí.
—Perdón, lo siento mucho, iba sin mirar. Tenía prisa, y... —digo con la respiración agitada.
—¿No podrías mirar por dónde vas? —me dice elevando la voz más de lo normal. Me mira fijamente con sus ojos grises y un escalofrío recorre mi espalda. Por su apariencia diría que es mayor que yo, pero no mayor de 30 años.
—Lo siento, de verdad —titubeo y me agacho a recoger los papeles que yacen en el suelo.
—Déjalo, ya has hecho bastante —gruñe y acaba por recogerlos él.
«Será imbécil.» Sin decir nada, me levanto y me dispongo a caminar hacia mi loft.
Cuando llego al cruce, me giro hacia él por curiosidad y le encuentro mirándome con esos ojos tan intimidantes.
Al llegar al piso me cambio de nuevo a toda prisa, poniéndome otra vez la falda de tubo negra y la blusa blanca. Me echo por encima la americana y paso por última vez por el cuarto de baño para retocarme el maquillaje. Cojo el colorete de la bolsa de aseo para darme el último toque pero lo pienso mejor cuando veo que mis mejillas ya lucen un tono rosado bastante fuerte. Enseguida pienso en el chico trajeado y en sus ojos grises y sin darme cuenta sonrío.
Diez minutos más tarde estoy en la parada del metro esperando que llegue. Preferiría coger el coche, pero me queda apenas media hora para entregarle los papeles, no sé si habrá mucho tráfico y sobre todo si habrá sitio para aparcar.
«Urquinaona, Jaume I, Barceloneta...» A la cuarta parada bajo y camino durante casi ocho minutos hasta llegar al hotel.
Llevo trabajando aquí cinco meses aproximadamente y todavía no me acostumbro a lo intimidante que resulta ser.
Llego a la recepción y me encuentro a Ana atendiendo el teléfono. Me saluda con la cabeza y le enseño los papeles que tengo en la mano. Con un simple gesto me señala la mesa para que los deje encima, se aparta el teléfono de la oreja y me dice:
—Max está en una reunión ahora mismo, ya me encargo yo de dárselos.
En voz baja le doy las gracias y me despido de ella.
Salgo del hotel bastante más relajada que hace apenas media hora y de repente se me hiela la sangre.
Esos ojos grises se encuentran de repente con los míos y una ligera sonrisa aparece en su cara.
—Nos volvemos a encontrar, señorita.
miércoles, 14 de octubre de 2015
Capítulo 2, parte dos.
Cía
Ahora mismo me encuentro en shock. No es posible que este chico de aquí delante se llame David. No es posible porque David no existe. Él únicamente estaba vivo en mi mente, él no puede estar de pie enfrente de mí.
—Encantada, Sophie —titubeo mientras le devuelvo el mismo gesto. —Un placer, David —digo a continuación antes de tenderle la mano también a él.
Ambos se quedan extrañados mirándome y de repente el chico me saca los colores como nadie.
—Me llamo Dani, Cía. No David.
«Uf. Menos mal. Demasiadas coincidencias.»
Más tranquila, me siento de nuevo en la silla y la pareja hace lo mismo. Después de apenas 5 minutos, la camarera de antes se acerca decidida a la mesa y pregunta si nos toma nota. Los tres asentimos prácticamente a la vez y cada uno pide el café a su gusto.
—Entonces será: un Caramel Macchiato, un Caffè Mocca y un Mocha Frappuccino, ¿verdad?
—El Mocha Frappuccino, light —rectifica Sophie.
La camarera, asimilando la información, acaba de apuntar los pedidos y se va.
—Como te decía antes, tu apartamento me parece precioso, Cía. Mi duda es, ¿por qué vives sola? —me pregunta un poco indiscreta la chica, pero al ver la cara de extrañeza que tengo antes de responderle, se adelanta a decirme—: Si no te molesta contestar, claro.
—No, tranquila —la calmo. No tengo nada que esconder—. Me mudé cuando, después de dos meses desperté del coma en el que estaba —se quedan ambos prácticamente con la boca abierta, pero me dejan continuar con mi relato—, estoy trabajando como supervisora de recepción en el hotel Arts y puesto que no tengo novio y básicamente estoy sola aquí en Barcelona, he decidido tener compañía.
Sophie se queda pensativa durante unos segundos pero continúa su entrevista como una periodista en prácticas.
—¿Y tus padres? —pregunta.
—En Zaragoza. Vivíamos allí los tres, y durante los 6 años que estuve en coma tuvieron que hacerse cargo de mí. No quería suponerles más problemas y les comenté que quería independizarme.
—¿Y sin más aceptaron?, ¿tan pronto encontraste trabajo? —sigue preguntando.
De repente otra voz femenina interrumpe la conversación:
—Aquí tenéis —dice la camarera con una sonrisa de pocos amigos. —Que os aproveche.
—Vaya cara traía —comenta en voz baja Dani cuando la chica se va. —Normal que no haya casi gente en la terraza —y ríe.
—¡Cállate!, aún terminará por escucharte, idiota —añade Sophie con una ligera mueca de enfado, pero segundos después ríe aún más fuerte que su pareja.
Me gusta cómo se miran. Se quieren. Al menos sí en mis ojos. Estos ojos que sólo hacen que pensar en el chico que tienen enfrente. Nunca he creído en las coincidencias o en la suerte, siempre he pensado que todo sucede por algo. ¿Por qué?, no lo sé, pero sí o sí, es por algo.
—Y bueno, ¿tú por qué quieres compartir piso? —le pregunto directamente a Sophie intentando hacer que se olvide del interrogante por contestar.
—Bueno... Estoy en el penúltimo año de carrera de Periodismo y Corporación Corporativa en la universidad Blanquerna pero no me apetece quedarme en ninguna residencia o estancia parecida. Esta mañana mismo me he puesto a buscar anuncios de pisos que no estuvieran muy lejos y he encontrado el tuyo. Es de los que más han gustado, la verdad. Y he dicho "¿y por qué no?".
Me gusta su respuesta, es una chica decidida y sin miedo al compromiso, por lo visto.
—Tendríamos que hablar de precios, claro está —continúa diciendo—, aunque hay pocas cosas que no pueda permitirme.
—Hmmm... Está bien —digo, sin saber muy bien qué responder. Su contestación ha sido un poco prepotente. —¿Qué te parecen 550€ al mes?
Se queda boquiabierta, pero no dice nada. Asiente, mira a su novio y se gira de nuevo hacia mí:
—Me parece perfecto.
Esta vez soy yo la que tiene la mandíbula en el suelo. Me limito a sonreír y miro al suelo.
Después de media hora, le doy la dirección exacta del piso y le digo que ya puede venir a instalarse cuando quiera, que no hay problema. Pedimos la cuenta y pagamos. Me despido de ellos mientras se van hacia su coche, nada menos que un Mercedes Clase A, conducido por ella, por supuesto.
De repente veo cómo Dani da media vuelta y se dirige con paso firme hacia mí. Juraría que se le ha olvidado algo.
—¿Se os ha olvidado algo? —pregunto extrañada.
—Haz como que sí —dice en voz baja mientras mira fijamente la mesa donde estábamos sentados. —Tenía que preguntarte algo que me ha estado rondando por la cabeza durante toda la tarde.
—Sí, claro, dime —respondo algo preocupada.
—¿De qué nos conocemos, Cía?
Ahora mismo me encuentro en shock. No es posible que este chico de aquí delante se llame David. No es posible porque David no existe. Él únicamente estaba vivo en mi mente, él no puede estar de pie enfrente de mí.
—Encantada, Sophie —titubeo mientras le devuelvo el mismo gesto. —Un placer, David —digo a continuación antes de tenderle la mano también a él.
Ambos se quedan extrañados mirándome y de repente el chico me saca los colores como nadie.
—Me llamo Dani, Cía. No David.
«Uf. Menos mal. Demasiadas coincidencias.»
Más tranquila, me siento de nuevo en la silla y la pareja hace lo mismo. Después de apenas 5 minutos, la camarera de antes se acerca decidida a la mesa y pregunta si nos toma nota. Los tres asentimos prácticamente a la vez y cada uno pide el café a su gusto.
—Entonces será: un Caramel Macchiato, un Caffè Mocca y un Mocha Frappuccino, ¿verdad?
—El Mocha Frappuccino, light —rectifica Sophie.
La camarera, asimilando la información, acaba de apuntar los pedidos y se va.
—Como te decía antes, tu apartamento me parece precioso, Cía. Mi duda es, ¿por qué vives sola? —me pregunta un poco indiscreta la chica, pero al ver la cara de extrañeza que tengo antes de responderle, se adelanta a decirme—: Si no te molesta contestar, claro.
—No, tranquila —la calmo. No tengo nada que esconder—. Me mudé cuando, después de dos meses desperté del coma en el que estaba —se quedan ambos prácticamente con la boca abierta, pero me dejan continuar con mi relato—, estoy trabajando como supervisora de recepción en el hotel Arts y puesto que no tengo novio y básicamente estoy sola aquí en Barcelona, he decidido tener compañía.
Sophie se queda pensativa durante unos segundos pero continúa su entrevista como una periodista en prácticas.
—¿Y tus padres? —pregunta.
—En Zaragoza. Vivíamos allí los tres, y durante los 6 años que estuve en coma tuvieron que hacerse cargo de mí. No quería suponerles más problemas y les comenté que quería independizarme.
—¿Y sin más aceptaron?, ¿tan pronto encontraste trabajo? —sigue preguntando.
De repente otra voz femenina interrumpe la conversación:
—Aquí tenéis —dice la camarera con una sonrisa de pocos amigos. —Que os aproveche.
—Vaya cara traía —comenta en voz baja Dani cuando la chica se va. —Normal que no haya casi gente en la terraza —y ríe.
—¡Cállate!, aún terminará por escucharte, idiota —añade Sophie con una ligera mueca de enfado, pero segundos después ríe aún más fuerte que su pareja.
Me gusta cómo se miran. Se quieren. Al menos sí en mis ojos. Estos ojos que sólo hacen que pensar en el chico que tienen enfrente. Nunca he creído en las coincidencias o en la suerte, siempre he pensado que todo sucede por algo. ¿Por qué?, no lo sé, pero sí o sí, es por algo.
—Y bueno, ¿tú por qué quieres compartir piso? —le pregunto directamente a Sophie intentando hacer que se olvide del interrogante por contestar.
—Bueno... Estoy en el penúltimo año de carrera de Periodismo y Corporación Corporativa en la universidad Blanquerna pero no me apetece quedarme en ninguna residencia o estancia parecida. Esta mañana mismo me he puesto a buscar anuncios de pisos que no estuvieran muy lejos y he encontrado el tuyo. Es de los que más han gustado, la verdad. Y he dicho "¿y por qué no?".
Me gusta su respuesta, es una chica decidida y sin miedo al compromiso, por lo visto.
—Tendríamos que hablar de precios, claro está —continúa diciendo—, aunque hay pocas cosas que no pueda permitirme.
—Hmmm... Está bien —digo, sin saber muy bien qué responder. Su contestación ha sido un poco prepotente. —¿Qué te parecen 550€ al mes?
Se queda boquiabierta, pero no dice nada. Asiente, mira a su novio y se gira de nuevo hacia mí:
—Me parece perfecto.
Esta vez soy yo la que tiene la mandíbula en el suelo. Me limito a sonreír y miro al suelo.
Después de media hora, le doy la dirección exacta del piso y le digo que ya puede venir a instalarse cuando quiera, que no hay problema. Pedimos la cuenta y pagamos. Me despido de ellos mientras se van hacia su coche, nada menos que un Mercedes Clase A, conducido por ella, por supuesto.
De repente veo cómo Dani da media vuelta y se dirige con paso firme hacia mí. Juraría que se le ha olvidado algo.
—¿Se os ha olvidado algo? —pregunto extrañada.
—Haz como que sí —dice en voz baja mientras mira fijamente la mesa donde estábamos sentados. —Tenía que preguntarte algo que me ha estado rondando por la cabeza durante toda la tarde.
—Sí, claro, dime —respondo algo preocupada.
—¿De qué nos conocemos, Cía?
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