«Ha caído sobre mí. Tiene la cara fría, pero mojada del sudor que está generando su cuerpo. Está más blanca de lo normal y no respira.
—¡Joder!
La cojo en brazos y la meto dentro de casa. La recuesto sobre el sofá en forma de L y subo corriendo a mi habitación. Sigo maldiciendo el lugar y el tiempo, y todo.
Busco desesperadamente las llaves del pequeño Audi A6. No las encuentro por ninguna parte. No entiendo por qué siempre me tiene que pasar algo a mí. Miro por si acaso debajo de la cama. Nada. Hace tanto tiempo que no cojo el coche que ni siquiera sé dónde dejé las llaves. Rebusco por los cajones principales, pero siguen sin aparecer...
—Quizá... —pienso.
Abro el armario y en el primer cajón, al fondo, las veo. Las cojo enseguida y, sin tan siquiera cerrar el cajón, bajo a toda hostia.
Laura sigue inconsciente en mi sofá y yo en lugar de llamar a una ambulancia me paro a buscar mis llaves... Da igual, lo hecho, hecho está.
La vuelvo a coger en brazos y la llevo hasta el garaje, abro el coche y la siento en el lugar del copiloto. Por mucho que hayamos pasado, me está preocupando, y de verdad.
Subo a mi asiento y meto las llaves, las ruedo y salgo de allí sin mirar atrás.
Ella va sentada a mi lado, y de ser otra ocasión quizá no estuviese tan contento de tenerla ahí, pero ahora, ahora no puedo pararme a pensar si estaría feliz o no.
Se han hecho los 10 minutos más largos de mi vida, pero por fin hemos llegado. Llamo corriendo al primer enfermero que encuentro, explicándole la situación y salen a continuación dos más arrastrando una camilla a toda prisa. Por lo visto la situación es peor de lo que me podía haber imaginado...
Abro el coche, y entre los dos enfermeros la sacan. Uno, aparenta tener 40 años como mínimo, pero se conserva bien. El otro, es mucho más joven, y me atrevo a decir que no tendrá más de 30, pero eso ahora poco importa realmente.
Entro detrás de ellos, mientras veo cómo le van poniendo la máscara de oxígeno a Laura y van hablando entre ellos de lo grave que es la realidad.
La meten por unas puertas en las que soy incapaz de entrar porque una enfermera con cara de pocos amigos me interrumpe el paso con un simple:
—Lo siento joven, no puede pasar.
Decido, pues, esperar nuevas noticias en la cafetería, pero lugares como estos me traen malos recuerdos... La última vez que estuve aquí fue por Cía, y no fue nada agradable; aunque siendo bastante egoísta, prefiero estar aquí, que allí...
Van pasando los minutos, las medias horas e incluso las horas completas y no dicen nada, yo me estoy desesperando y ya no sé qué hacer. Llevo en mi cuerpo más de tres cafés solos y estoy que ni me puedo sentar.
De repente, sale otra enfermera.
—¿Familiares de Laura González?
Nadie contesta.
Me acerco donde está ella y en voz baja le digo: "Sólo estoy yo".
Me mira de arriba a abajo y hace caso omiso diciéndome, simplemente, que la acompañe. Y eso hago.
Habitación 324.
Ahí está, con un gotero en el brazo derecho y un tubo de respiración asistida que le entra por la nariz. No pregunto qué lleva... Me siento al borde de su cama y la miro. Miro las magulladuras cerca de sus ojos, varios arañazos por su cara y por ambas piernas y el corte en el labio. No evito imaginarme lo peor.
—Se pondrá bien, no te preocupes —me dice la enfermera. Únicamente son heridas externas, nada grave. Si necesitas cualquier cosa, me tienes por aquí.
Y dicho esto, se va.
Bajo de la cama, sentándome esta vez en la silla que está al lado, pero sigo mirándola, como si no fuese a verla nunca más. Apoyo mi cabeza sobre mis brazos y sigo observándola...
Me despierto por el sonido de mi móvil que sin darme cuenta me he dejado encima de la cama y acto seguido escucho una voz.
—No, soy Laura, ¿quién eres?
Me mira. Me pasa mi teléfono descolgado y me dice:
—Es Cía.
Le arrebato el móvil de las manos y antes de contestar, Cía ha colgado. Maldiciendo en voz baja, vuelvo a posar mis ojos sobre los de Laura oyéndola decir:
—Tienes unos ojos preciosos... Que pena que no te conozca...
Cía es una adolescente de Zaragoza que se va a Barcelona por motivos de trabajo de su padre durante el verano, y en parte, por olvidar a su ex novio, Álex. Allí conoce a un chico llamado David, y todo va genial hasta que un día, Álex se presenta en su apartamento diciéndole que la echa de menos. ¿Qué pasará entre ambos?, ¿Cía se quedará con David, con Álex o con ninguno?
martes, 19 de mayo de 2015
martes, 12 de mayo de 2015
Capítulo 46.
«Salgo hecho una furia después de escuchar las palabras del inspector Valls. ¿Que mi hermano es un año mayor que yo y vive en Zaragoza?, y qué más. Imposible. De ser así sería consciente de ello.
Manel Valls sale detrás de mí. Grita; pero me niego a escucharle. Me coloco de nuevo la capucha sobre la cabeza, los auriculares en mis oídos y pongo la primera canción, que hay en la lista de reproducción de música, en mi móvil. Enciendo de nuevo los datos. Nada. Ningún WhatsApp. Ni un mensaje de ella. Absolutamente nada.
Dala por perdida, David, le digo a mi propio pensamiento.
No, nunca, me contesto.
Pienso ir a por ella, no voy a perderla de nuevo. No otra vez.
Me voy directo a casa. Abro la cerradura. Sólo está rodada una vez. No hay nadie. Obviamente no hay nadie, claro; vivo solo.
Dejo las llaves sobre la mesita del recibidor. Madera de roble blanco. Me recuerda a mi madre, siempre me decía que tuviese cuidado con lo que dejase sobre ella, se rayaba con facilidad.
Oigo la televisión a lo lejos. Me la he dejado encendida al salir con prisas. Camino despacio hasta llegar al comedor y encuentro el mando a distancia a la primera. Está sobre el sofá en forma de L. Siempre me ha gustado ese sofá, no sé por qué. Apago la televisión y me subo a mi habitación.
Cojo la primera maleta que encuentro. Una no muy grande, pero tampoco muy pequeña. Empiezo a meter antes que nada las cosas vitales como mi cepillo de dientes, mis calzoncillos y algún que otro paquete de tabaco. Marlboro, por supuesto. No fumo otra marca.
Algunos dicen que es caro, que es para ricos, que no vale la pena gastarse cinco euros por un capricho de nada cada vez. Yo simplemente callo y asiento. Sé que me lo puedo permitir; de sobra, así que no tengo por qué dar explicaciones ni argumentos sobre lo que pienso, aunque podría.
Me quedo mirando unos instantes el paquete que tengo sujeto en mi mano. Ese paquete blanco y rojo y lo meto en la maleta. No estoy enganchado al tabaco, pero prefiero pegar unas caladas al cigarro y tranquilizarme, que estar pensando todo el día en las mil movidas que tengo.
Me acerco al armario y abro ambas puertas. Visualizo antes que nada mis bermudas, selecciono un par y las meto dentro de la maleta. Cojo también varias camisetas de manga corta, alguna que otra chaqueta y sobre todo mis Air Max 90.
Lo coloco todo en la pequeña maleta que está situada encima de mi cama y me siento en el borde de ésta última.
Voy únicamente por un fin de semana, sé que Cía no va a perdonarme, y si lo hace, será un milagro. No quiero estar allí mucho tiempo si ella no va a estar a gusto.
DING. DONG.
Llaman a la puerta.
No tengo ni idea de quién puede ser. Únicamente mi hermano Fran y mis primos conocen dónde vivo. A no ser qué...
Justo.
Abro la puerta y ahí está ella.
Con unos pantalones cortos que realzan sus impresionantes piernas largas, una blusa azulada de media manga y sus ojos verde esmeralda mezclado con gotas de Coca-Cola; pero esta vez con varios arañazos en la cara, un corte en el labio, y varias magulladuras cerca de los ojos.
Me preocupo.
—¿Qué ha pasado, Laura? —pregunto sin dar crédito a lo que veo.
No abre la boca. Parece estar en otro mundo. Cada vez empalidece más.
—¿Laura?
De repente cae sobre mí. No tiene pulso.»
Cojo la primera maleta que encuentro. Una no muy grande, pero tampoco muy pequeña. Empiezo a meter antes que nada las cosas vitales como mi cepillo de dientes, mis calzoncillos y algún que otro paquete de tabaco. Marlboro, por supuesto. No fumo otra marca.
Algunos dicen que es caro, que es para ricos, que no vale la pena gastarse cinco euros por un capricho de nada cada vez. Yo simplemente callo y asiento. Sé que me lo puedo permitir; de sobra, así que no tengo por qué dar explicaciones ni argumentos sobre lo que pienso, aunque podría.
Me quedo mirando unos instantes el paquete que tengo sujeto en mi mano. Ese paquete blanco y rojo y lo meto en la maleta. No estoy enganchado al tabaco, pero prefiero pegar unas caladas al cigarro y tranquilizarme, que estar pensando todo el día en las mil movidas que tengo.
Me acerco al armario y abro ambas puertas. Visualizo antes que nada mis bermudas, selecciono un par y las meto dentro de la maleta. Cojo también varias camisetas de manga corta, alguna que otra chaqueta y sobre todo mis Air Max 90.
Lo coloco todo en la pequeña maleta que está situada encima de mi cama y me siento en el borde de ésta última.
Voy únicamente por un fin de semana, sé que Cía no va a perdonarme, y si lo hace, será un milagro. No quiero estar allí mucho tiempo si ella no va a estar a gusto.
DING. DONG.
Llaman a la puerta.
No tengo ni idea de quién puede ser. Únicamente mi hermano Fran y mis primos conocen dónde vivo. A no ser qué...
Justo.
Abro la puerta y ahí está ella.
Con unos pantalones cortos que realzan sus impresionantes piernas largas, una blusa azulada de media manga y sus ojos verde esmeralda mezclado con gotas de Coca-Cola; pero esta vez con varios arañazos en la cara, un corte en el labio, y varias magulladuras cerca de los ojos.
Me preocupo.
—¿Qué ha pasado, Laura? —pregunto sin dar crédito a lo que veo.
No abre la boca. Parece estar en otro mundo. Cada vez empalidece más.
—¿Laura?
De repente cae sobre mí. No tiene pulso.»
martes, 5 de mayo de 2015
Capítulo 45.
—¿Perdón...? —la chica no dio crédito al vacile del supuesto "Pablo", pero no dijo nada al respecto, simplemente se presentó con un "Igualmente, soy Cía", y volvió a mirarle.
—Perdonada quedas, cielo, pero bueno, como me has caído bien, acabaré la bromita. Soy Diego y soy tu nuevo vecino.
»Vine hace unas una semana o así y la vecina de la otra calle, Carmen, creo que se llamaba, mencionó que volvíais esta semana. No conozco a nadie y puesto que la gente que he visto por aquí tampoco es que me haya llamado la atención —dijo sin apenas pararse a respirar—, me pregunté: "¿y por qué no buscar el destino yo mismo?", y aquí estoy...
—Per...
—...plantado en la puerta de tu casa esperando una invitación a salir...
Cía definitivamente se quedó sin habla.
"¿Pero cómo puede tener tanta cara sin apenas conocerme?", pensó la chica mirándole perpleja.
—¿Te apetece que pase esta noche a por ti cuando hayas acabado de instalarte? —preguntó Diego sin dejar de sonreír.
—Lo siento, pero si esto te funciona con otras chicas, no va a funcionarte conmigo, si es lo que crees.
—Entonces seguiré intentándolo —dijo el chico algo decepcionado—. Ah, por cierto, ten —y tendiéndole el brazo y depositando el objeto que llevaba en su mano, se despidió con una ligera sonrisa—, un pequeño detalle de bienvenida —dijo antes de irse.
Al abrir su mano vio una pequeña cajita con su nombre.
"¿De qué manera habrá averiguado cómo me llamo?", se preguntó a sí misma. Pero omitió la pregunta al recordar que la charlatana de su vecina le había dicho incluso cuándo volvían. "Luego hablaré con ella", se dijo.
Deshizo el diminuto lazo que envolvía aquella pequeña caja azul —su color favorito— y la abrió. Dentro, envolviendo un anillo había una nota:
"Como supuse que no aceptarías mi invitación para salir, esperaba que aceptases este regalo al menos, aunque no tenía porqué hacerlo. Disfrútalo, Diego".
Y en la parte de detrás, su número.
"Por si cuela, claro", pensó Cía poniendo los ojos en blanco.
Entrando de nuevo en su casa y cerrando la puerta tras suya, subió otra vez a su habitación. Dejó la cajita con el anillo encima de su mesita de noche y volvió a releer la nota que estaba escrita.
"Para ser un chico tiene bonita letra", pensó. "Venga, Cía, déjate de tonterías, ve a visitar a Carmen porque tienes que dejarle claras un par de cosas". Y así lo hizo. Se cambió de zapatillas porque las que llevaba le estaban empezando a apretar y bajó a la calle.
Justo tres calles paralelas a la suya, se encontraba la casa de la charlatana de su vecina Carmen. Se acercó, pisándole el césped, pensando que sería una mínima manera de vengarse y se rió para sus adentros. Llegó a la puerta y, después de pensárselo varias veces, llamó al timbre.
Viendo que no contestaban, Cía se giró de nuevo, haciendo ademán de irse, pero de repente alguien abrió la puerta.
Antes de soltar todo lo que le iba a soltar, se dio media vuelta para decírselo a la cara, pero en lugar de ver a su vecina, vio a uno de sus hijos.
—Buenas tardes, Andrés... Perdona que te moleste, pero... ¿Podría hablar con tu madre un momento? —dijo Cía medio disculpándose por ir a la hora de la siesta.
—Supongo que tu familia y tú no lo sabréis porque habéis estado fuera..., pero mi madre falleció hace dos semanas, Cía...
Sin tener palabra alguna, Cía se despidió dando el pésame y pensando cómo habría averiguado el chico aquel su nombre y el día en el que ella y su familia volvían...
—Perdonada quedas, cielo, pero bueno, como me has caído bien, acabaré la bromita. Soy Diego y soy tu nuevo vecino.
»Vine hace unas una semana o así y la vecina de la otra calle, Carmen, creo que se llamaba, mencionó que volvíais esta semana. No conozco a nadie y puesto que la gente que he visto por aquí tampoco es que me haya llamado la atención —dijo sin apenas pararse a respirar—, me pregunté: "¿y por qué no buscar el destino yo mismo?", y aquí estoy...
—Per...
—...plantado en la puerta de tu casa esperando una invitación a salir...
Cía definitivamente se quedó sin habla.
"¿Pero cómo puede tener tanta cara sin apenas conocerme?", pensó la chica mirándole perpleja.
—¿Te apetece que pase esta noche a por ti cuando hayas acabado de instalarte? —preguntó Diego sin dejar de sonreír.
—Lo siento, pero si esto te funciona con otras chicas, no va a funcionarte conmigo, si es lo que crees.
—Entonces seguiré intentándolo —dijo el chico algo decepcionado—. Ah, por cierto, ten —y tendiéndole el brazo y depositando el objeto que llevaba en su mano, se despidió con una ligera sonrisa—, un pequeño detalle de bienvenida —dijo antes de irse.
Al abrir su mano vio una pequeña cajita con su nombre.
"¿De qué manera habrá averiguado cómo me llamo?", se preguntó a sí misma. Pero omitió la pregunta al recordar que la charlatana de su vecina le había dicho incluso cuándo volvían. "Luego hablaré con ella", se dijo.
Deshizo el diminuto lazo que envolvía aquella pequeña caja azul —su color favorito— y la abrió. Dentro, envolviendo un anillo había una nota:
"Como supuse que no aceptarías mi invitación para salir, esperaba que aceptases este regalo al menos, aunque no tenía porqué hacerlo. Disfrútalo, Diego".
Y en la parte de detrás, su número.
"Por si cuela, claro", pensó Cía poniendo los ojos en blanco.
Entrando de nuevo en su casa y cerrando la puerta tras suya, subió otra vez a su habitación. Dejó la cajita con el anillo encima de su mesita de noche y volvió a releer la nota que estaba escrita.
"Para ser un chico tiene bonita letra", pensó. "Venga, Cía, déjate de tonterías, ve a visitar a Carmen porque tienes que dejarle claras un par de cosas". Y así lo hizo. Se cambió de zapatillas porque las que llevaba le estaban empezando a apretar y bajó a la calle.
Justo tres calles paralelas a la suya, se encontraba la casa de la charlatana de su vecina Carmen. Se acercó, pisándole el césped, pensando que sería una mínima manera de vengarse y se rió para sus adentros. Llegó a la puerta y, después de pensárselo varias veces, llamó al timbre.
Viendo que no contestaban, Cía se giró de nuevo, haciendo ademán de irse, pero de repente alguien abrió la puerta.
Antes de soltar todo lo que le iba a soltar, se dio media vuelta para decírselo a la cara, pero en lugar de ver a su vecina, vio a uno de sus hijos.
—Buenas tardes, Andrés... Perdona que te moleste, pero... ¿Podría hablar con tu madre un momento? —dijo Cía medio disculpándose por ir a la hora de la siesta.
—Supongo que tu familia y tú no lo sabréis porque habéis estado fuera..., pero mi madre falleció hace dos semanas, Cía...
Sin tener palabra alguna, Cía se despidió dando el pésame y pensando cómo habría averiguado el chico aquel su nombre y el día en el que ella y su familia volvían...
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